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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


miércoles 3 de junio de 2009

Todavía estoy a tiempo



Tengo a la vista la tarjeta del censo que me informa dónde votar en las elecciones al Parlamento europeo (por algún sitio hay que empezar el artículo). Pero me produce hartazgo. En el telediario cambio de canal cuando asoma algún político. Sandío o de los llevaderos, me da lo mismo. Algún partido de Roland Garros está mucho mejor. Tienen más estilo, y de vez en cuando enfocan a unas jóvenes espectadoras, francesas por supuesto. O nada. Me quedo sin sonido y miro los libros de las estanterías (el cartero está mosqueado y me pregunta que dónde los meto, el muy indiscreto). O me duermo, hasta que me despierta una llamada de Orange o un gimnasio o una contumaz señorita de un banco a la que le digo que Guillermo Urbizu está disfrutando de unas largas vacaciones, que lo siento. Y después me quedo pensando en esas vacaciones, en su hipótesis de relajo y cielo submarino… ¿Cuándo podré sumergirme en esas aguas? ¡Qué lastre es el cuerpo! Perdón, no debo quejarme. Intento escribir algo para salir de la modorra (no es mal motivo). Me han invitado a presentar un libro de un tipo que no conozco y del que no he leído nada. Puede que no esté mal, o puede que sea un petardo. Lo peor de estas cosas es cuando el autor es un pesado y el libro es muy bueno, o cuando el libro es mediocre y el escritor es tan simpático que te ves obligado a mentir con dulzura para salvar la situación. No es frecuente que texto y autor sean los dos de buena calidad, que vida y obra coincidan en cierta armonía. De lo que me alegro es del próximo libro de cuentos de Milena Agus, Mientras duerme el tiburón (Siruela). Esa es una gran noticia, después de Mal de piedras y Las alas de mi padre. Vaya, se me ha quedado una pierna dormida y me da por cavilar que todo esto ya lo había escrito yo antes. Cualquiera sabe. Pero no seré yo quien lo busque. Quita, quita. El flexo hace una excesiva reverencia y la luz se estrella contra el cristal de la mesa. Y aunque no tenga nada que ver con esto, creo que la gente se toma demasiado en serio. Yo incluido. Te pones delante del espejo y caramba, ¡qué prosopopeya!, ¡qué poses! Y esos gestos, y ese cuerpo que el reflejo envuelve en un haz de misterios inefables. Todos los espejos resultan escasos. Y esa manera tan pulcra y lenguaraz de hablar o de escribir. ¡Qué inteligencia, qué poderío el nuestro! Es extraordinario lo ridículos que llegamos a ser. E ilusos. Voy a leer Bouvard y Pécuchet, de Flaubert, en la edición de Mondadori, por si todavía estoy a tiempo, como vacuna. La portada y contraportada reproducen el cuadro El gabinete de lectura, de J.P. Hasenclever. Los teléfonos están en silencio.

9 comentarios:

Anónimo dijo...

"No eres más porque te alaben, ni menos porque te critiquen; lo que eres delante de Dios, eso eres y nada más".
Thomas de Kempis

Anónimo dijo...

Leí Madame Bouvary y me aburrí muchísimo. Ya no me atrevo con Flaubert. Prefiero Dickens o Dumas entre los franceses. Stendhal también me gusta. Son gustos.

Anónimo dijo...

Yo prefiero los santos, con esos sí que te das cuenta de lo ridículo que eres y, además, te ayudan si decides que todavía estás a tiempo.

Anónimo dijo...

Pues si yo tuviera un libro por presentar me gustaría que me lo presentara. Me gusta su manera de escribir las cosas, su manera de contar la vida y la literatura. Siga por favor.

Anónimo dijo...

Me quedo con el nombre: Milena Agus. No sabía de su existencia. A partir de hoy entrará a formar parte de mi curiosidad.

Anónimo dijo...

Una vez leí a una escritora quejarse de tener muchos amigos.
Pronto estará usted igual. Espero que no todos sus amigos sean escritores y le quieran para presentar sus libros, aunque, ya que se los va a leer por aquello de la amistad, qué trabajo le cuesta presentarlos.
Bueno, ése es su problema y no le puedo ayudar, no entiendo de libros ni de amigos.

Anónimo dijo...

A quien le falta sentido del humor es a usted, cuando le pregunte el cartero le dice que los vende en el rastro, o que tiene una oenegé en Buenos Aires, o que le guarde el secreto porque usted es el auténtico guardián del cementerio de los libros olvidados, o dígale que tiene una mirada tan fulminante que después de leerlos los tiene que tirar, o que tiene una tía monja que los vende para los pobres o cualquier cosa que se le pase por la mente.

Pero no le llame indiscreto, es sólo curiosidad de la sana, de la que tienen todos los niños, de la que empieza uno por preguntarse qué hará el tipo raro éste con tanto libro y acaba llevándote a pedirle uno para averiguarlo.

Observe a su cartero, hable con él, conózcale y téngale un libro preparado para la próxima vez que le pregunte.

Con cariño. Rosa.

Anónimo dijo...

Ayer adquirí el libro Mal de piedras, del que hablas. No tenía nada que leer y me pareció buena idea.

Anónimo dijo...

" No creas que existe mucha gente que se toma en serio la vida. Ya lo sabes. La desperdician entre los escombros del tiempo y su vanidad, en una pérdida irrecuperable."

Carta a Jaime Siles. Guillermo Urbizu.

(Por cierto, ¿le regaló el libro al cartero?)