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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


domingo 14 de junio de 2009

“La última escapada”, de Michael D. O’Brien




Me gusta este escritor, el tal Michael O’Brien, nacido en Ottawa (Canada) en 1948. Un tipo que piensa, que vive la literatura con desparpajo y como un vistazo crítico de la realidad, que no se esconde detrás de unas bien amañadas y pulcras palabras. Va de frente. Las aventuras de sus personajes no son la acción por la acción. Primero es la vida, luego la reflexión, y por último la narración. Pero tampoco es exactamente así. Porque todo está concebido como una unidad, como un único destino. En La última escapada todavía se hace más nítido lo que digo. Publicada en 1999, y ahora muy bien traducida por Ignacio Peyró (LibrosLibres) parece surgir de un diario que el escritor tanteara y que poco a poco se hubiera ido desarrollando y “literaturizado”. De hecho se escribe bajo la forma del diario de Nathaniel Delaney, el afanoso padre de familia y director de un pequeño periódico -The Swiftcreek Echo- en un bucólico y agreste rincón de Canadá.

Ya en sus novelas El librero de Varsovia y El Padre Elías -editadas las dos en LibrosLibres- se aprecia ese gusto de Michael D. O’Brien por un tipo de novela reflexiva donde pone sobre el tapete sus personales inquietudes, su rebeldía hacia una sociedad narcotizada, su apuesta por los valores cristianos, su análisis crítico sobre la manipulación de cualquier tipo, etc. Pero pueden estar tranquilos los lectores. Sus novelas no son propaganda ni adoctrinamiento panfletario. Son eso, novelas. Con un gusto, eso sí, por el constante desafío hacia lo “políticamente correcto” y “la desolación del hombre moderno” que, como él escribe, se olvida de vivir, inmerso en patrañas. No es manca la aventura. Por eso mismo Nathaniel se ve perseguido, y huye junto a dos de sus hijos (“los niños son los que te enseñan la mayor parte de las lecciones verdaderas”).

Asistimos a una narración trepidante. No es tanto una huída como una búsqueda, un ir al encuentro de la verdad. Sé que suena contundente o quizá demasiado pretencioso, pero es que se trata de eso. Se trata de luchar por la felicidad, de forma radical. De reivindicar la vida y la familia (“el precio que se paga por una familia feliz es la muerte del egoísmo”), la amistad y la buena literatura, y el sabor de una buena pipa. La inteligencia del protagonista no puede consumir más falacias. Y lo escribe en su periódico, se rebela. Y son muchos -incluida su mujer- los que no le soportan, pero unos pocos le leen y admiran su coherencia. Asistimos a un diálogo con la memoria y a un perfeccionamiento del amor. En todos los órdenes. Se pregunta: “¿Hemos ido perdiendo poco a poco nuestra reverencia por el misterio de la vida humana y su belleza, perdiendo en el proceso nuestra capacidad de amar a los pobres y a los sencillos, a los difíciles y a los alocados, a los enemigos, a los santos y a los pecadores?”.

“El mundo se está volviendo oscuro”. De acuerdo, es una novela de fuerte carga moral. El alma se asfixia. Pero, ¿de dónde nos viene la fuerza? La huida es un aprendizaje plagado de símbolos. Y la impotencia y el dolor una necesidad ineludible para comprender… Los perseguidores no dan tregua. La última escapada es un thriller difícil de catalogar. La acción está en esa persecución a Nathaniel, Tyler y Zöe -debe desaparecer todo conato de verdad-, en su resistencia, pero sobre todo se trata de un cúmulo de confidencias, de una lucha interior que provoca que el lector se aplique a la lectura con inusitada pasión. Y vaya sacando consecuencias.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Leí El Padre Elías. Mañana me lo compro. Gracias. Me encanta su blog y lo que escribe en el blog de
www.religionenlibertad.com.

Anónimo dijo...

La educación debería de ser el problema number one, o fenecemos como cultura y como país.

Anónimo dijo...

Yo de huir nada. Yo me enfrento con todos estos papanatas del progreso gaseoso. Hasta el final. No soy violento, jamás lo he sido, pero la gilipollez y la hipocresía me saca de quicio. Que no huyo. Y enseñaré a mi familia a luchar contra ellos.

Anónimo dijo...

Leeré a este escritor. De usted me fío.

Anónimo dijo...

Ya lo estoy leyendo.

Anónimo dijo...

Casualidad. Ayer me lo recomendó una amiga y hoy lo veo en tu blog. Será que es de interés. Si me lo recomienda alguien más lo compro.
No, es broma. Lo compraré. Será lo primero que lea de este autor.