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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


martes 30 de junio de 2009

La pulsera, las chanclas y San Agustín




Salí de trabajar dispuesto a comprar un buen regalo a mi mujer. El sol era de justicia. Más bien ajusticiaba a todo el que ponía los pies en la calle. Normal, en verano suele pasar: hace calor. Pero como nos tenemos que quejar de todo, pues nada a quejarse tocan. De algo hay que hablar. Si calor, calor; si frío, frío; si viento, viento; si lluvia, lluvia. Todo son aspavientos y flojera. Y enfilé calle arriba. Ni un alma. Sólo una chica muy guapa en el paso de peatones. Deslumbraba su pelo, largo, en caída libre por su espalda. Crucé a la sombra mientras miraba su ombligo. Eso ya era otra cosa. La sombra, digo. Nadie. Entré a una tienda. Vacía. Una dependienta escrutaba currículos de trabajo. Me gustan esas tiendas donde hay libros, ropa, complementos, velas aromáticas, cedés de músicas ensoñadoras y todo tipo de cachivaches. Esas tiendas que huelen a especias o perfumes remotos. “¿Qué es esto?”. “¿Y para qué sirve?”. “¡Ah!”. Es grato tocar los tejidos y la piel de esos cuadernos donde bien podría tomar notas. Los relojes adquieren formas oblongas. ¿Qué coges? Comencé a hojear los libros. Lo siento. ¿Virtud o vicio? Sobre todo virtud. En principio. Unos de la editorial Olañeta llamaron mi atención. Cada vez me gustan más los libros pequeños. Avancé por uno de los pasillos de la tienda. Una mujer acababa de entrar y miraba con afán unos bolsos. ¿Qué hacer, qué regalarle? Cuanto más miras menos sabes. Y piensas: “¿lo necesita?”, “¿le gustará?”. Todo en aquella tienda es prescindible. Absolutamente. ¿Unos pendientes, un imán para el frigorífico, una pañoleta, una pastilla de jabón con esencias coreanas…? ¿Qué? Es la duda consumista. Cuesta decidirse por una tontería o por otra. ¡Son tantas! Hasta que vi las chanclas de tonos rojos. “Unas chanclas chinas”, me comentaron. Su número de pie era… Allí estaban. “Seguro que acertaba” (y acerté de pleno, me estoy perfeccionando con el tiempo). Y mientras la chica envolvía el presente para regalo en un papel rosa yo dale que te dale con los libros. Tentación, tentación. Y caí. Puse en el mostrador La vida feliz, de san Agustín. Y seguí dejando vagar mis ojos por estantes y vitrinas en un vértigo que conozco muy bien. Nunca es suficiente. Para ella o para mí. Y acabé comprando también una pulsera llena de advocaciones de la Virgen y de santos. ¡Se llevan tanto! Y me fui pitando, antes de que las cosas fueran a peor.

11 comentarios:

Anónimo dijo...

Jajajajaj, buenísimo

Anónimo dijo...

Es un vicio, entra todo por los ojos. Los sentidos se vuelven locos y apetece todo. ¡Qué cuidado hay que tener con el consumismo! Cualquier excusa vale y nos engañamos con una gran facilidad.
Lo que escribe es el pan nuestro de cada día, nos pasa a todos.

Anónimo dijo...

San Agustín, en su obra “De la vida feliz”, expone que aceptando que es feliz quien posee todos los bienes que desea, aceptamos también que no solo importa poseer esos bienes, sino además poseerlos eternamente. Por lo tanto, necesitamos bienes eternos y permanentes para ser felices. Como Dios es lo único eterno, inmutable, permanente, e infinito, debemos poseerle (buscarle durante la vida) para ser felices.

Anónimo dijo...

Me gustaría leer esa vida feliz de San Agustín. Le felicidad me interesa, pero a veces la pierdo o la descuido o me la quitan o la cambio por cualquier chuchería.

Anónimo dijo...

Con esas chanclas chinas de tonos rojos su vida debe ser absolutamente feliz.

Anónimo dijo...

Me ha hecho reir de verdad. A mi mujer no hay quien la saque de las tiendas. Yo sólo disfruto en las tecnológicas.

Anónimo dijo...

Pero si prescindimos de todo... No todo el mundo vale para asceta.

Anónimo dijo...

Sólo por hoy, oh Dios, concédeme el don de la valentía, para que pueda andar libre y tranquilo por la senda de la vida; haciendo mi trabajo de cada día con ánimo.
Concédeme el don de la sonrisa, para que pueda sonreir y pueda ver el aspecto alegre y favorable de la vida; y pueda ayudar a mis semejantes a verlo también.
Concédeme el don de la armonía, para que pueda vivir en amistad y buena correspondencia con los demás; y para que pueda tratarlos como quisiera que ellos me traten a mí.
Concédeme el don de la lealtad, para que pueda vivir conforme a la fe más grande que mi corazón conoce y así pueda honrarte y glorificarte con mis actos.
Concédeme el don de la paciencia, para que pueda tolerar las faltas de los demás y para que ellos, en cambio, toleren las mías.
Concédeme el convencimiento de que el amor es el "cumplimiento de la Ley" y así pueda guardar el mandamiento del Maestro: "amaras a tu prógimo como a ti mismo".
Concédeme el don de un corazón comprensivo, para que pueda ser bondadoso y cooperativo con los demás; para que pueda comprender sus motivos y deseos.
Sólo por hoy, oh Dios, concédeme el don de la fe; fe en Ti; fe para saber que todas estas cosas que te he pedido me serán concedidas en los días por venir y para siempre."
Helen S. Carpenter

Anónimo dijo...

Me he comprado el libro de Agustín de Hipona. Esa editorial Olañeta tiene verdaderos tesoros literarios. En un tris estuve de hacerme con los Salmos y la poesía de San Juan de la Cruz.

Anónimo dijo...

Mi mujer se ha reido de lo lindo.

Anónimo dijo...

Gastar por gastar no es bueno, esas tiendas deberían estar prohibidas.