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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


sábado 13 de junio de 2009

Apúntate al optimismo



Estamos tan acostumbrados a la mentira, a la chapuza, a la sal gorda, que las cosas buenas que ocurren no nos las acabamos de creer. Es imposible, podemos llegar a pensar. Imposible del todo que alguien luche por ser santo -o simplemente una mujer o un hombre que trascienden su yo y su capricho-, alguien que dé su vida por la de los demás, o que sea fiel a su mujer o a su marido. O a Dios. O a los amigos. Nos acaba pareciendo que la honradez es agua pasada, como la justicia o el pudor (y tal vez la inteligencia). Lo normal es enseñar las tetas en la playa o amancebarse con la quiromancia. Sacudir el yugo de tanta gazmoñería de otras épocas. Vaya, no está de moda la ley natural y el buen gusto. Ahora lo que se lleva es provocar, engañar y enrollarse. Y desvirgar la pureza cuanto antes. Y por supuesto hay que demostrar siempre la inocencia. Lo normal es murmurar sobre la fama del prójimo, robar a la empresa o comer hasta la extenuación de la conciencia. Y ver la televisión al completo, haya lo que haya y apeste lo que apeste. Progresa la ordinariez. Todo se vende al mejor postor. ¿Quién da más por esa alma? Ah, y nada de sufrir. Consumamos, consumamos, pues nunca es suficiente y estamos necesitados de consuelo material. ¿Los ideales? Sin estrenar o caídos en desgracia, machacados por la envidia o por el odio o la pereza, en un conformismo letal. Y así todo. Pero resulta que hay gente buena, generosa y honrada. Chavales que defienden la vida en cualquier circunstancia o edad, sin distingos gubernamentales, y que no les da vergüenza el amor de verdad (ése que se respeta y está pendiente de la ternura). Gente de la calle, que trabaja, se divierte o que pasa apuros para comprar comida a final de mes. Gente que da de su tiempo para atender una residencia de enfermos terminales o el teléfono de la esperanza o la soledad de una anciana. Personas socias del Círculo de Lectores (o no) y forofos de su equipo de fútbol o de basket. Gente que obra milagros con su buen humor o una sonrisa. Al salir del mercadillo o jugando con sus hijos. Gente que aprende a perdonar aunque escueza y que pide perdón con gallardía. Gente nada perfecta, pero que intenta hacer la vida más agradable. Todas esas personas existen y están aquí. En el mismo atasco, en el mismo trabajo o en el mismo cine. Sin alharacas, con sencillez. No todos rezan, pero saben, valoran, se esfuerzan. Sin contrabandos de conciencia y mirando de frente: a los ojos. Por eso en tiempos de frustración y decadencia como los que vivimos es conveniente tener presente que hay millares de personas anónimas que intentan cada día ser mejores. En definitiva, buenas. Como suena. Ellas son el verdadero progreso del mundo. Seamos optimistas. Nosotros podemos ser uno de ellos. Debemos ser uno de ellos.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Lao Tse dice: si tratas de ser muy listo, si tratas de ser muy útil, serás utilizado. Si tratas de ser muy práctico, de un modo u otro te pondrán las riendas, porque el mundo no puede dejar en paz al hombre práctico. Lao Tse dice: abandona todas esas ideas. Si quieres ser un poema, un éxtasis, olvídate de la utilidad. Sé sincero contigo mismo.

No te preocupes demasiado por los fines utilitarios. Más bien, recuerda constantemente que no estás aquí, en la vida, para ser un objeto. No estás aquí para tener utilidad; eso está por debajo de tu dignidad. No estás aquí para ser cada vez más eficiente, sino para estar cada vez más vivo; estás aquí para ser cada vez más inteligente; estás aquí para ser cada vez más feliz, extáticamente feliz.

El de los loros,(el autentico).

Anónimo dijo...

Me apunto a este optimismo tuyo. Porque es de Dios y lo dices con coraje y muy lindo.

Anónimo dijo...

Los justos

Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Jorge Luis Borges, La cifra, 1981