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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


viernes 29 de mayo de 2009

Vidas de santos (I)



Es un tipo de lectura en la que siempre he perseverado con gusto. Por si se me queda algo. Me atrae la épica de la santidad, del propio desprendimiento, de esa búsqueda de la intimidad de Dios generalmente sin experimentar nada extraordinario (lo extraordinario es tener esa conciencia espiritual de la vida), pero siendo héroe de la fe, de la esperanza y de la caridad. Ser hombre está pero que muy bien: no me resisto a los encantos de la belleza y al conocimiento de la inteligencia y a la satisfacción del trabajo cotidiano. Ser hombre está pero que muy bien. Sentir en tu mano esa otra mano, o las teclas con las que dices palabras, o la caricia del agua. El ciento por uno. Y agacharte por la calle y recoger del suelo una hoja de la primavera, o comprar el pan recién hecho, o abrir la puerta al cartero y dar las gracias. La vida está hecha de esos detalles. Es increíble lo desapercibidos que pasan. Ser hombre es ir descubriendo el amor en todas esas menudencias. Y entonces… Entonces es cuando comenzamos a estar de veras vivos. Y se nos queda pequeña la propia vida. Es cierto. Miramos con ansia los destellos de Dios en cualquier parte. Incluso sin darnos cuenta. Queremos más. Amamos. Hasta el dolor se ve de otra manera. Apagamos la televisión y no se nos indigesta el silencio. Al contrario. Ser hombre es un aprendizaje de santidad, de felicidad que no se acaba. Lo llaman de muchas formas, pero es eso lo que el hombre desesperadamente busca: santidad. Aunque lo disimule, o blasfeme, o lo ignore, o lo persiga. O antes muerto que reconocer algo así, tan religioso. ¿Qué otra cosa merece la pena? Todo lo demás se muere. Menos el alma. Por eso soy aficionado a las vidas de santos: porque Dios lo trastoca todo. Y crece el gozo cuanto más cerca estás de Él. Y somos más de verdad. Y se nos abren los ojos al milagro constante que es la vida. ¡Qué gente los santos! Los más sabios. Esto me recuerda el libro de los Proverbios, que tanto releo, y rezo cada vez con más provecho. ¡Qué gente los santos! Hay innumerables leyendas en los más antiguos, pero el amor es unánime. Como la humildad. Se ve esto en un libro tan curioso como La leyenda dorada, del obispo y beato genovés del siglo XIII Santiago de la Vorágine (Alianza Forma, 2 volúmenes) donde se deleita el lector sobremanera. Esta recopilación de leyendas piadosas no es ninguna broma y no se trata sólo de literatura o de un cúmulo heterogéneo de exageraciones devotas. En fin, la santidad como síntesis más perfecta de nuestro aliento.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Que si Dios lo trastoca todo? Dímelo a mí, que por encima de todo me quería casar con una chica estupenda y soy cura.
Buscaré ese libro del que hablas, no lo conozco y parece interesante.

Anónimo dijo...

No son muchos los que hablan de santidad hoy en día. Comenzando por los clérigos. Y menos los que se la creen.

Anónimo dijo...

Lucharé por esa sabiduría mientras viva.

Anónimo dijo...

Voy a comprar ese libro. Cuando cobre este mes.