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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


viernes 15 de mayo de 2009

La crisis económica es una crisis de felicidad



La crisis económica en realidad es una crisis de valores de proporciones colosales. Lo inmoral prima, cautiva, conquista, vence. Sibilinamente, tenazmente. Y la conciencia hace mucho tiempo que dejó su lugar a la codicia y a la usura. El dinero es el dios de nuestros días. Un dios absoluto y cruel, que exige sacrificios rituales y que ha llevado al hombre a un grado de primitivismo espiritual lamentable. ¿De qué nos podemos extrañar? El asesinato en el seno materno se nos vende como medicina y derecho, y el matrimonio se nos presenta como un cajón de sastre donde cabe cualquier tipo de aberración sexual. Son dos ejemplos. Y el hombre, sin estos valores morales, se deshumaniza, se degrada cada vez más rápidamente. La fascinación por el mal cobra carta de naturaleza, está de moda. No pasa nada, es lo normal. Pero esa supuesta “normalidad” va socavando razón y corazón. El hombre deja de ser hombre. Es sólo un animal que obedece a sus instintos. Quiere lo que le apetece, no lo que le conviene o es mejor. No quiere saber nada de austeridad, templanza o mansedumbre. La virtud es palabra vaticana, es decir, prescindible a todos los efectos. Aquí, de lo que se trata, es de hacer cada uno lo que le venga en gana, y sin dar explicaciones a nadie. Y cobrar una pasta, o robarla, y fornicar hasta con las orejas. ¿Y el alma? Ay, el alma. Desmembrada, viscosa, olvidada. Si se pudiera fabricar una píldora del día después para ella ya la tendríamos a la venta. La crisis económica es en realidad una crisis de felicidad. Porque la felicidad no puede estar jamás en la codicia. Sea del tipo que sea. La codicia es una condena y una tristeza infinita. Una ambición desquiciada por las consignas, por la fama, por la envidia, por la avaricia, por la publicidad, por el hedonismo, por el ego. Y se busca la redención en el consumo, en la apariencia y en la frivolidad. Pero la redención no llega. Llega el abismo. Y el hombre se consume a dentelladas.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Se trata de una reflexión super acertada y yendo al grano del asunto, como debe ser. Somos unos infelices.

Anónimo dijo...

Sin valores no hay esperanza.
Le felicito por sus artículos y poemas.

Anónimo dijo...

El alma, arrancarnos el alma,si se pudiera es verdad que ya se haría.Gracias a Dios que no se puede.

Anónimo dijo...

No sois vosotras, ricas aguas
de oro, las que corréis
por el helecho, es mi alma.

No sois vosotras, frescas alas
libres, las que os abrís
al iris verde, es mi alma.

No sois vosotras, dulces ramas
rojas las que os mecéis
al viento lento, es mi alma.

No sois vosotras, claras, altas
voces las que os pasáis
del sol que cae, es mi alma.
JRJ

Anónimo dijo...

Hoy me gusta la vida mucho menos,
pero siempre me gusta vivir: ya lo decía.
Casi toqué la parte de mi todo y me contuve
con un tiro en la lengua detrás de mi palabra.
Hoy me palpo el mentón en retirada
y en estos momentáneos pantalones yo me digo:
¡Tanta vida y jamás!
¡Tantos años y siempre mis semanas!…
Mis padres enterrados con su piedra
y su triste estirón que no ha acabado;
de cuerpo entero hermanos, mis hermanos,
y, en fin, mi ser parado y en chaleco.
Me gusta la vida enormemente
pero, desde luego,
con mi muerte querida y mi café
y viendo los castaños frondosos de París
y diciendo:
Es un ojo éste, aquél; una frente ésta, aquella… Y repitiendo:
¡Tanta vida y jamás me falla la tonada!
¡Tantos años y siempre, siempre, siempre!
Dije chaleco, dije
todo, parte, ansia, dije casi, por no llorar.
Que es verdad que sufrí en aquel hospital que queda al lado
y está bien y está mal haber mirado
de abajo para arriba mi organismo.
Me gustaría vivir siempre, así fuera de barriga,
porque, como iba diciendo y lo repito,
¡tanta vida y jamás! ¡Y tantos años,
y siempre, mucho siempre, siempre siempre!
C V

Anónimo dijo...

Salva al hombre, Señor, en esta hora
horrorosa, de trágico destino;
no sabe adónde va, de dónde vino
tanto dolor, que en sauce roto llora.

Ponlo de pie, Señor, clava tu aurora
en su costado, y sepa que es divino
despojo, polvo errante en el camino;
mas que tu luz lo inmortaliza y dora.

Mira, Señor, que tanto llanto, arriba,
en pleamar, oleando a la deriva,
amenaza cubrirnos con la Nada.

¡Ponnos, Señor, encima de la muerte!
¡Agiganta, sostén nuestra mirada
para que aprenda, desde ahora, a verte!

B O

Anónimo dijo...

Me ha servido para rezar. Gracias. Y no es la primera vez.

Anónimo dijo...

Totalmente de acuerdo. ¿Quién va a ser feliz con un mundo que sólo se preocupa de gilipolleces?