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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


miércoles 31 de diciembre de 2008

La mirada de Dios en el último día del año



Vivit in me Christus
(San Pablo a los Gálatas; 2, 20)



En mi vida
predomina la esperanza,
a pesar de los agoreros y demás calaña.
Mi fe en Dios llena todos mis sueños
y es el quicio
de mis palabras.
Creo. Soy feliz
precisamente por eso: porque espero.

(Ya sé que le traiciono
con la frecuencia del capricho,
y Su amor se desangra por mí
todos los días, sin pausa).

Sí, soy feliz.
Consciente de que Dios me ama
y me perdona
y hace Suyas mis miserias.
Siento su presencia cuando me despierto
del lado de la ventana, y veo Su cielo,
aunque esté gris
de olvido por mi parte.
Y siento mi nada
en Su mirada crucificada.

Sólo Dios sabe que no os miento.
Está aquí Su presencia,
aquí, en estos pobres versos
cuyo lenguaje rezo con esperanza.

¡Cómo cuesta olvidarse de uno mismo
y abandonarse del todo
en el Todo de esa mirada!

martes 30 de diciembre de 2008

El bolso de Ana



Ahí dentro está la luna. Y su mano
cuando hiende la oscuridad de las cosas.
El tacto busca algo en concreto, no sé,
tal vez una caricia o un lápiz de labios
con el que pintar de fucsia la mañana
o de rojo la belleza que luego me besa.

O busca las llaves de casa
donde habita el tesoro de todos los días.
Pero a veces no encuentra lo que busca
y sale a la luz el brillo nervioso
de una pulsera de acero, o de un crucifijo...
Ya, por fin, ¡el monedero! Y en él el dibujo
de unos vestidos y esas pocas monedas
que nos ofrece el tiempo.

Parece que no hay fondo en ese bolso
donde guarda Ana la vida. El relámpago
de un pendiente que se creía perdido
se desprende por sorpresa desde un pañuelo de seda.

Vaya. Ahí dentro, sí, está la luna. Y lo imposible.
Caben casi todos mis deseos. Se los pido
y ella los busca con ahínco.
Ese bolso es figura de su corazón insondable.
Me gusta que así sea. Me gusta ver como su mano
desaparece de pronto y palpa
en el secreto de mi alma.
Como si nada.

lunes 29 de diciembre de 2008

La escritura que no cesa o un necesario aprendizaje


Los más jóvenes están muy preocupados por escribir (y otro tanto muchos de los no tan jóvenes). Con prisa teclean, o bolígrafo en ristre bullen en sus fantasías y obras de ficción. Los hay que escriben varios libros a la vez, se inscriben en tertulias y talleres literarios, y te pasan sus textos para ver si tu opinión corrobora su indómita pasión por la literatura y sus arrabales. Tienen una prosa voraz de imágenes bulliciosas y de argumentos inverosímiles. Los matices vendrán luego. Se presentan a premios y desfiles del gremio, contactan con editoriales (se buscan jóvenes y mujeres a poder ser) y se miran detenidamente en los espejos, calibrando la caída del pelo y el cautivador movimiento de las cejas. Parecen estar completamente seguros de su genio. ¡Qué determinación la suya! ¡Qué envidia las hormonas de su sintaxis! Cuando a mí me cuesta horrores dar por terminado un párrafo cualquiera de vida, o un par de versos que emocionen. Pero ahí están: jóvenes, trepidantes, pujantes de palabras. Su velocidad de crucero es tal que en ocasiones no entiendes muy bien lo que dicen… Yo les hablo de mis lecturas y ellos me hablan de la carestía del tiempo. Y con 19, 20 ó 21 años no han leído a Stendhal, a Galdós o a Rulfo. (¿Rulfo? No me suena; o como un día me espetó uno: “si es muy seria la literatura no me interesa”). Reconocen su deuda, pero ¡es tanto lo que tienen que escribir! Que no, que no hay tiempo. Y además hay que jugar a la playstation y a otros juegos de perpetua adolescencia. Pero es imposible un escritor que no desee leer a todas horas. Un completo absurdo. Es como si estuviera ciego, o cojo, o mudo. O todo a la vez. No me creo esa prosa tan genial que no aprende a moderar un poco su dicharachero entusiasmo, y no recorre con su mirada el silencio pleno de los maestros. Y es que con los años de lo que menos me fío es de la prisa, o de que a la primera ya toca el premio gordo de lo que sea. No, no me creo un texto que antes no se haya cultivado con la vida y una buena ración de libros. No hay mayor madurez literaria que perseverar en la lectura y tomar nota del alma durante una buena temporada. De lo contrario la verdad rechina y el interés de lo escrito es nada. O menos que nada. Lo dicho: paciencia.

sábado 27 de diciembre de 2008

Los regalos



Cosas. ¿Sólo cosas?
¿O significan algo?
Signos, indicios, formas.
Envuelta en la piel del papel
está su materia. ¿Qué oculta
el papel, qué la materia?
Se sopesa y se dilata
en el tiempo la sorpresa.
Se espera de improviso
el prodigio del universo.
¿Qué habrá dentro? ¿Qué?
Esa es la cuestión de todo.
¿Qué habrá dentro del don?
¿Qué habrá dentro
de la vida que nos envuelve?

viernes 26 de diciembre de 2008

El arte de la familia


La soledad queda arrinconada por algún sitio, pero nadie se molesta en buscarla. ¡Qué preciosidad esta niña! ¡Qué guapa eres Teresa! ¿Cabemos todos bien? Somos treinta y uno. La mesa está salpicada de entrantes, recién pintados de colores. Las conversaciones se multiplican por las habitaciones. Soy todo oídos. Besos, abrazos efusivos. Cuánto tiempo sin verte. ¡Llaman a la puerta! Nadie abre, ya voy yo. ¡Inés! ¡Qué guapas son todas mis ahijadas! La cocina está llena de cuñadas y humo, susurrando los últimos acontecimientos de familia. Mal que te pese el Madrid este año nada. ¿Dónde está Wally? Mira Manuel, mira el belén… ¡No lo toques! Bueno, hijo, toca lo que quieras, estoy seguro que a Dios le gusta jugar contigo. ¿Dónde están mis hijos? ¿Ha visto alguien a mis hijos? En este bullicio de felicidad no hay quien encuentre a nadie. ¿Qué tal va esa garganta? Tienes suerte, hay consomé. Espero llegue caliente a la mesa. Toma Chavi, pon el vino. Y Juan Carlos que haga algo mujer, que lleve los langostinos. ¿La lotería? Sigo siendo pobre, quizá sea lo mejor para mi vida. Los regalos luego cariño. Tío, tío… ¿Qué quiere mi niña? Tío, ¿sabes?, es Navidad. ¿No me digas? ¡Aúpa!, venga, toca el cielo con los dedos. Será el techo. No hija no, el cielo. Las niñas buenas como tú siempre tocan el cielo con sus dedos, ¿no lo sabías? No. Pues ya hablaré yo con tu madre, para que te explique. ¡Pasoooo! Que buena pinta tiene ese jamón serrano. Ah, te pillé. Juan, pórtate bien y come todo lo que te pongan. Y tú, Jaime, piensa que nace Dios, cuida las formas. ¡A la mesa, a la mesa! Venga, que se enfría el ánimo y la sopa. Es consomé, mira que eres bruto. Un poco de silencio que bendecimos. Bendice Señor… ¿No leemos el nacimiento de Jesús en el Evangelio? Eso luego. ¿Qué tal José Luis? Estupendo. ¿No lo dirás por este barullo? Venga, venga que bendecimos, clama la abuela… ¿Otra vez? Es que no prestáis atención. Lo dicho, el Madrid nada. Se da por vencida. ¿Y el Zaragoza? Veremos que pasa. Es ahora la mujer más feliz del mundo. Pero está cansada. Mira a todos y acaricia despacio la mano de su marido. Le sonríe. Estamos juntos de nuevo.

miércoles 24 de diciembre de 2008

POSTAL NAVIDEÑA



Queridos amigas y amigos:


Vivimos unos tiempos especialmente agresivos para el hombre. Llevamos decenios en ello. Contumaces. La violencia física no es nada comparada con la sistemática violación y tortura del alma, cuando no la proclamación oficial de su inexistencia. Esto se ha revestido de ciencia y de filosofía, de modernidad y de progreso (incluso no han faltado vates que han vitoreado a los asesinos). Hasta desembocar en ideologías que justifican los campos de exterminio o que quieren hacernos creer que el asesinato de niños en el seno de sus madres es un derecho inalienable. Sí, los cuerpos de miles y miles de mujeres son de hecho un campo de exterminio. Y todo esto no ha dejado de suceder. Está sucediendo ahora mismo. Como tantas otras tragedias que preferimos ignorar en beneficio de nuestras vidas macilentas, agnósticas de alegría y de buen juicio.

Pero el hombre no deja de soñar, de sentir, de leer, de anhelar algún tipo de pureza. Nos mantenemos a la expectativa de una amplia gama de deseos. Porque hemos nacido para eso: para buscar a Cristo. ¿Cómo decirlo de otra manera? ¿Para qué ceder a literaturas desnutridas de enjundia, por más de alcurnia que reluzcan sus palabras? ¿Por qué avergonzarnos por más tiempo de la eternidad de las bienaventuranzas? Esa es la pura verdad, el resumen del corazón humano: Cristo. Porque a las cosas hay que llamarlas por su nombre. ¿Qué otro deseo mayor puede existir? Contemplad a conciencia el skyline de la belleza, leed y releed a los poetas. ¿Qué veis, qué escucháis en el fondo de vuestro ser? El amor de Dios, el amor de Dios… que está naciendo. Que nadie desprecie antes de hora, que nadie llene sus días de prejuicios o vociferante inmundicia. Escuchad, escuchad ese latido.

¿Y qué puedo desear yo para cualquier tipo de prójimo con el que me tropiece? Pues lo más grande: la santidad. Ir al grano de la existencia. Dejándonos de remilgos. ¿Navidad? Santidad. Aprender poco a poco a fijarnos en los detalles de Dios, que están por todas partes. Pero silencio. Escuchad el latido del Amor hecho niño. Ya, ya… Ha nacido. Para que nosotros sigamos vivos. Para que nuestra vida no muera nunca. Y caigo de rodillas, y lloro, y canto…

¡Feliz Navidad a todos!

martes 23 de diciembre de 2008

La agenda del tiempo


Hace un par de días estuve hojeando varias de mis agendas. Tengo montones. A veces dos por año. Y no persevero en ninguna. Las compro pensando que con el tiempo van a estar nutridas de citas, versos, ocurrencias, plegarias, dibujos o propósitos firmes de algo, y que van a procurar cierto orden a mi vida, o que al menos el desorden estará todo junto y me hará sonreír a semana vista. Y entre sus hojas señales de ese tiempo que las devora y las va dejando en blanco, a solas con el santo del día, y que algunas veces me lleva a consultar La leyenda dorada de Santiago de la Vorágine. Bueno, a solas con el santo del día y en ocasiones con algunos aforismos que siempre parecen venir a cuento en su ocurrencia. Y recortes de prensa, pías estampas, fotografías de seres queridos, o un primer plano de Luis Cernuda con algunos versos de su libro Las Nubes copiados a mano por mí, en un día de sopor veraniego. Hasta briznas de hierba encontré en una de ellas, y una postal de Madrid de 1913 escrita por una mujer llamada Luisa (las postales antiguas me hacen soñar en que estoy allí, dejándome llevar por la montaña rusa del tiempo), y copias de poemas de Amparo Amorós, César Simón o Manuel Padorno pegados sobre el mapa de carreteras o los prefijos telefónicos internacionales o esa primera hoja de datos personales (profesión: mis silencios, o esa trigonometría de miradas curiosas). Hay un poema de Padorno -en la letra K, donde nunca hay gente- que no me resisto a transcribir, porque desde que lo leí sigue pareciéndome mío. Dice: Sólo estoy preparado para nada. / Es mi oficio. Termino sin saberlo. / Lo sé muy bien. Yo estoy acostumbrado / a trabajar en cosas que parecen / no ser de mi incumbencia, y naturales. / Lo sé muy bien. Experto, sin quererlo / en conducir las olas, encajarlas / con suavidad total, sedosamente / encima de las peñas de la playa. / También otro trabajo, incomprensible / es obligar las nubes a que marchen / en dirección al sur, que sobrevuelen / esta ciudad, que intenten diluirse / encima la colina, hacerse lluvia. / Sólo estoy preparado para cosas / que la gente no ve, ni da importancia. / Estos trabajos, y otros que me guardo / me ocupan todo el día, y me convierten / por su incredulidad, un ser inútil. / Manejar una nube no es oficio / en parte alguna; nadie lo creería. Vaya, que buscaba direcciones… y acabé dándome un garbeo por la nostalgia. Y vi a amigos que ya están muertos -Manuel, José Luis, Luis, Pedro Antonio- y otros que se quedaron lejos, en la distancia. Teléfonos a los que si llamo ya no contestará nadie, para hablar de poemas, de Roma o de luceros. Pero cerremos las agendas por un tiempo.

lunes 22 de diciembre de 2008

“Desiertos de la luz”, de Antonio Colinas


Estaba haciendo memoria del tiempo que llevo leyendo a Antonio Colinas. Pero ¡qué más da! ¿Importa algo? Lo que importa es que siempre tengo sus libros a mano y que su obra me hace crecer y adentrarme en la santidad del mundo como fin último, y principio. Y utilizo este término -santidad- muy a propósito. Entre otras cosas porque no encuentro otro más adecuado a su devenir poético, a su manera de contemplar la vida como realidad trascendente, que respira algo más que aire. O brisa. O muerte.

He tardado mucho en escribir sobre Desiertos de la luz (Tusquets, colección Marginales) porque siempre que me disponía a ello me entraba un silencio repentino, un no saber qué decir, o un íntimo pudor de sólo decir naderías (que es lo que se suele). Y volvía a leerlo otra vez. ¿Qué decir de la poesía, de estos poemas de Antonio Colinas? A mí lo que me interesa de él es su ritmo de alma, su entraña de silencio y conocimiento. Las palabras van y vienen, como las olas; pero lo que nos queda es mucho más que su música o la arena. Es lo que él considera una armonía plena, un constante adentramiento en la propia existencia, una toma de conciencia interior, de pulso espiritual en definitiva.

Pienso que la poesía de Colinas -sus temas, sus imágenes- cada vez se nos va esencializando más, es más desnuda en sentimientos y emociones, y más deudora de los místicos castellanos y del Oriente, y de autores como María Zambrano. Sobre todo a partir de la trilogía compuesta por sus libros Los silencios de fuego (1992), Libro de la mansedumbre (1997), y Tiempo y abismo (2002). En su poesía la clave está en el amor. Denuncia la desacralización y la impiedad, el cinismo y la mentira. “El no amor es el no saber”. El amor es el único que cicatriza el odio (leer el poema ‘Para olvidar el odio’), el amor es el que da su perfume a los jazmines y hace que las palabras sean “nuevas”.

El amor es la pureza y la más preciada plegaria. Porque el hombre debe levantarse de la miseria, del escombro de la costumbre y el tedio. El amor es el pensamiento y es la poesía. El amor es la luz, lo blanco, la llama, el centro, la armonía; conceptos que constantemente se repiten en estos versos de Desiertos de la luz, como una letanía. El hombre necesita aprender a ser contemplativo (dejando de correr hacia ningún sitio); necesita volver a percibir la pasión del misterio y del himno que es toda belleza y el drama de la existencia. Porque el ser que es más ser / es tan sólo el que ama.

El libro se vertebra en dos cuadernos: el de la vida y el de la luz. El de la realidad cotidiana sublimada en cántico, y el de la luz que ilumina el sentido de todo. Aunque esa vida y esa luz es una unidad, dos voces que son la misma voz. De ahí la coherencia de todo el texto, y su eficacia literaria. “Vivimos en tiempos de Satán”, llegará a decir, “de tinieblas”, anhelando esa música que identifica con la vida eterna. El poeta desgrana las palabras, buscando en ellas una respuesta, una salida al laberinto insustancial donde el hombre está inmerso.

¡Qué belleza la de este poemario! ¡Qué sincera y a contracorriente suena su melodía! No puede pedirse a un poeta más claridad y más valentía! Después de haber leído y releído durante tantos años la obra poética de Antonio Colinas no dudo en afirmar que Desiertos de la luz es uno de sus mejores libros. A esto se llama: perfección de estilo y madurez de alma. Sin paliativos.

domingo 21 de diciembre de 2008

La noticia más importante del año



Es una bendición. Sentir la cercanía de la Navidad me refiero. Respirar el frío y envolver los regalos con papel de seda y celofán, o ese otro más normal que venden en cualquier quiosco. Y guardarlos en el corazón o detrás de los sillones, cada uno con su etiqueta donde está escrito el destinatario. Y en los chinos comprar las figuras del belén que han salido rotas de la bolsa, y una nueva estrella cuya estela te deja purpurina en el rostro y en las caricias de las manos. Bueno, bueno, y esos lazos dorados y rojos, y esos pliegos de estraza donde está pintado el musgo y unas amapolas minuciosas. Sin olvidarnos de las travesuras con la nieve de corcho, y los brillos de ese río de plata que discurre entre piedras carmesí y unas montañas de libros que no se ven, pero que están y sostienen todo el entramado de ilusión y piedad. “Bendito es el fruto de tu vientre”. Y el ángel de la puerta de casa, con su espumillón y sus cabellos de lana. Y las felicitaciones navideñas, que escribimos de madrugada, dibujando en los sobres campanillas, estrellas, abetos y pesebres. “Santa María, Madre de Dios”. Conmueve esta cercanía de familia, a pesar de los exámenes y de esos esquemas formidables que hay que aprenderse de memoria para salvar el bachillerato. Desde luego la noticia se las trae y relega a todas las demás... O no. Puede que más que relegarlas les dé al resto de los acontecimientos su verdadera dimensión, su entidad y redención. Es, o debería ser, noticia de portada. Prime time, urgente valorar la nueva situación. Entrevistas sobre el terreno, editoriales, conexiones en directo, suplementos. ¿Qué pasa? ¿A qué viene tanta excitación? Dios va a nacer. El que nos mantiene en el ser. Ese mismo. Pero elige la pobreza. No hay sitio para él. Y en las afueras de Belén prepara José Su trono de paja. Falta ya muy poco. María respira hondo y reza. "Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte". En su seno espera Dios el momento de entregarnos Su vida.

sábado 20 de diciembre de 2008

¡Menuda mañana!


Hola. Acabo de llegar de un funeral. El finado era el abuelo de una cuñada. Frío y lágrimas. La liturgia del dolor. Miraba el féretro, y rezaba con esfuerzo, porque no es fácil la muerte. Y ahora el ordenador que a veces se desmaya en medio de un paisaje, o en el oficio de unos versos . Y se me pone a descifrar virus durante una hora. Y recurro a escribir a mano. Y en un amén todo son tachaduras y borrones. Debo haber perdido el pulso para estos menesteres caligráficos. Y es una pena. No uso casi ni bolígrafos ni pluma. Sólo un modesto lápiz para subrayar la vida. Aunque cuando el asunto es grave recurro a uno de esos rotuladores que fosforecen las cosas. No entiendo muy bien mi letra. ¿Qué he dicho? ¿Alguna idea? Un lector quiere que le recomiende algún libro religioso. Se me ocurre a bote pronto La oración contemplativa de Thomás Merton o las Poesías reunidas de José María Valverde. De este último siempre recuerdo el inicio de un poema de 1943 titulado “Oración por nosotros los poetas”: Señor, ¿qué nos darás en premio a los poetas? / Mira, nada tenemos, ni aun nuestra propia vida; / somos los mensajeros de algo que no entendemos. Pero el mejor libro de ese género es el cielo. A través de la ventana, del balcón o del alma. Desbrozar las nubes hasta dar en el azul de Dios. O pedir la luna cuando llegue la noche y no sepamos interpretar la adecuada maña del amor. Soy un tipo un poco raro, lo reconozco. “¿Un poco?”, pensará algún gracioso. Bueno, no creo que sea para tanto, pero esto de escribir todos los días sobre lo inaudito de los suspiros, de los libros o de las olas tiene su miga. Y si me llaman, las más de las veces callo, o no hago caso del teléfono, y sigo mi camino, pensando en las palabras más adecuadas para describir las cosas desde dentro. El timbre. Es un libro de Hilario Barrero. Días de Brooklyn. Pero lo peor es que el marido de mi cartera se ha quedado en el paro, y viven con el sueldo de ella. Y después de tantas palabras estupendas no he sabido qué decirle. Lo siento de veras amiga.

viernes 19 de diciembre de 2008

Editorial Encuentro. 30 años de lectura.


Hay editoriales y editoriales. Pero cada una tiene su impronta y su pasión más específica. Ninguna me es indiferente. Disfruto con todas. Hasta la que pueda parecer más superficial en su enfoque esconde algún título que te sorprende. Editoriales humildes y editoriales megalómanas, editoriales voraces en su negocio y editoriales que subsisten de milagro. Editoriales que de por si son toda una completa biblioteca (como Alianza y Espasa, Ariel, Tusquets, Cátedra, Lumen-Mondadori, o Círculo de Lectores-Galaxia Gutenberg ) y editoriales en el que cada título ya es en si mismo una biblioteca (como Acantilado, Minúscula, Valdemar, Trotta, Alba o Atalanta). Y editoriales que parece que fueran mías, tanto es el cariño que les tengo (Ciudadela o LibrosLibres). O SM, Pre-textos, Seix-Barral, Gredos, Renacimiento, Siruela, Salamandra, Anagrama… En definitiva, las editoriales. Ese fantástico mundo donde se obra la maravilla de los libros.

Y entre ellas está Encuentro. De las pocas que no tiene desperdicio. No hay un sólo título prescindible. Siempre ando con alguno de los suyos en la cartera. Biografías, historia, novelas, cine, educación, religión, filosofía… ¿Qué más quiero? Y además son tan indómitos que se atreven con la poesía. ¡Válgame Dios! Porque veamos, ¿cuándo se convencerán las editoriales -pobres o ricas, me da lo mismo- que en la poesía está el fundamento de todas las demás palabras y géneros? Encuentro lo sabe, pero además de saberlo lo hace. Sí, ya sé que Lumen también lo hace, y Tusquets, y Seix-Barral, y Siruela, entre otras, además de las editoriales específicamente dedicadas a la poesía (quiero recordar aquí sobre todo a Visor e Hiperión, que gracias a Chus Visor y Jesús Munárriz defienden con brío y calidad este bastión desde hace tantos años). Pero se me dirá que esas editoriales son ricas, que pueden hacerlo, “permitirse ese lujo”. Bueno, pues ahí tienen a Pre-textos (¡qué edición tan deliciosa la Poesía Completa de José Antonio Muñoz Rojas!) o Encuentro, que no son mal ejemplo.

¿Lo digo? Lo digo. Llevo tiempo clamando por reunir de una vez por todas la Poesía de Miguel d’Ors. Toda. Hasta lo que tenga escondido en el cajón. Ya basta de antologías más o menos acertadas. La Veleta puso una pica en Flandes con Punto y aparte, y años más tarde Númenor publicó 2001. Poesías escogidas (un proyecto muy ambicioso). Pero ya todo está agotado. Estos días Renacimiento está a punto de publicar una nueva antología del autor de Curso Superior de Ignorancia. Gracias Abelardo Linares, muchas gracias. Pero querida Carmen Salgado y demás amigos de Encuentro, tenéis que plantearos dos cosas: apostar por la poesía de Miguel d’Ors -os aseguro unas muy buenas ventas y una lectura que os conmoverá-, y encargar una nueva traducción de las Cinco grandes odas de Paul Claudel. La edición de Siglo XXI está agotada también, según creo.

Y dicho esto, prosigamos con vuestros libros. He terminado de leer hace nada los Relatos completos del Padre Brown, en vuestra colección “Básicos”. ¿Qué pasa con Chesterton que tan gran cantidad de editores hincan el diente en él? Pues creo saberlo. En estos años de crisis espiritual galopante, donde todo parece dar igual, donde se ha perdido en buena medida el norte y todo se funda en la opinión, Chesterton es sumamente actual en sus planteamientos -no lo encasillemos como pío converso- y aparece como clara referencia. Muchas de las razones del existir del hombre se ponen en solfa, como en su propio tiempo. Pero él se rebela y saca a relucir lo obvio: el milagro cotidiano de la vida, su maravilla. Hace de la propia vida una paradoja. “La paradoja no es más que una cierta satisfacción de desafío que pertenece a la fe”, escribirá en Herejes (Acantilado). Tanto en los relatos del Padre Brown, como en El hombre que fue jueves (Alianza) o en otras de sus obras, Chesterton introduce la variable de lo sobrenatural por medio de una literatura fascinante. No siempre se sabe vivir la vida. Y hasta lo más fantástico requiere de una específica coherencia.

Permítanme un par de apuntes. Un día al ingenioso Bernard Shaw no se le ocurre otra cosa que retar a duelo literario a Chesterton, para que aporte algo “al drama británico”. Y el autor de Ortodoxia respondió con una breve obra maestra que merece ser conocida por más lectores. Se trata de Magia, y la acaba de editar ediciones El Cobre. Uno ya parece que está habituado a su genio, pero resulta que no. Vuelve a sorprender de nuevo. Y Shaw admiró una vez más a su oponente literario. El segundo apunte es más breve. Se trata de algo que dijo con gran perspicacia la escritora norteamericana Flannery O’Connor. La idea era que una de las mayores equivocaciones de los católicos estaba -y está- en pensar que los escritores cuya religión es la católica escriben exclusivamente para ellos, para los católicos. Craso error desde luego. Apañados íbamos. No deja de ser una muestra palpable de clericalismo tiñoso que aflora de cuando en cuando. Y ya que ha salido a relucir Flannery O’Connor les recomiendo la lectura de El negro artificial y otros escritos. Sobre todo sus cuentos. O Misterio y maneras, que es un libro sencillamente memorable. Ediciones Encuentro fue pionera en la reivindicación de esta escritora, hay que decirlo. Después vinieron otros, como Lumen y Sígueme.

He leído también un libro editado por Encuentro que es todo un repaso por la actualidad. Pero no un repaso cualquiera. Fernando Sebastián, obispo emérito de Pamplona y Tudela, además de un buen Pastor de almas -eso me han dicho mis amigos navarros- es un escritor vocacional, claro y apasionado. En Cartas desde la fe reúne escritos ya publicados con anterioridad en la prensa o en medios diocesanos, que así, agrupados, nos hacen partícipes de una palpable unidad de criterio intelectual, doctrinal y espiritual. Y literario. Es una oportunidad única para ahondar en la vida cristiana. En una vida cristiana que está en el mundo, que vive en la calle, entre los entresijos de la actualidad más rabiosa. La queja o la denuncia no basta. Es preciso el testimonio de unas vidas claras, sin miedo a nada. Pero para ello es crucial adquirir una doctrina segura, porque no sólo bastan los buenos sentimientos o el agua bendita. En definitiva, hay que estudiar, hay que leer, hay que razonar. Y Cartas desde la fe pienso que ha nacido con ese propósito. Profundizando en el porqué del laicismo, en el derecho a la educación cristiana, en el derecho a la vida, en la fe y en la política. Este libro es sobre todo un estímulo. Ahí lo tienen. Lean.

Un poeta francés ha muerto con apenas 41 años en el frente del Marne durante la Gran Guerra. Se llamaba Charles Péguy y era hijo de unos humildes artesanos. Unos años antes -en 1907- se había convertido al catolicismo. Hastiado de la hipocresía y del asesinato del sentido común. A su alrededor -algo pero que muy actual por estos lares- los amigos abandonaron el socialismo por el oportunismo más soez. Comenzó a ver una trascendencia que enhebraba la épica cotidiana, la realidad y el drama de las vidas. De ahí su fuerza poética. En tan poco tiempo escribió una obra deslumbrante. Y una buena muestra es Los tres misterios, libro vertebrado por “El misterio de la caridad de Juana de Arco”, “El pórtico del misterio de la segunda virtud” y “El misterio de los santos inocentes”. El estudio, que sirve de extensa introducción, de Javier del Prado es resolutivo y reivindicativo, erudito y esclarecedor. Pero lo mejor viene luego. Para que se hagan una idea ayer me acosté a las tres de la madrugada, embebido en estos versos de Péguy. Fe y palabras conmocionadas por su elegía; imágenes multiplicadas por infinito; letanía, himno, grito; sustrato místico del hombre y de Francia y del mundo. Poesía que reza y nos hace humildes.

En fin, he aquí algunas razones para no perder de vista las novedades de la editorial Encuentro, y para seguir la pista de su fondo bibliográfico. (Ahora me espera En defensa de España, de mi amigo Santiago Abascal y de Gustavo Bueno Sánchez). Ah, y felicidades por los primeros 30 años de provechosos libros. Somos muchos los agradecidos.

jueves 18 de diciembre de 2008

Un amigo (F.C.)


Nos hemos dado un buen abrazo. ¡Cuánto tiempo! ¿Un año, dos? Su vida y la mía. Sus preocupaciones y las mías. Una larga conversación. Lo de siempre renovado. Lo de siempre pero de otra manera. Cambiamos aunque no seamos del todo conscientes de ello. Y nos lo hemos dicho, hablándonos de frente, con palabras llenas de alma y de esos misterios que tanto saben de silencios compartidos. Palabras que uno intenta guardar para escucharlas de nuevo cuando está solo, vacías de sonidos. O cuando en medio de la gente no acabas de entender muy bien la vida y sus avatares plagados de signos. O cuando… Pero todos ustedes me comprenden. Es la amistad: gracia y privilegio. Esa amistad que es como una habitación repleta de libros (por lo acogedora). Esa amistad que te escucha pese al eventual olvido. Esa amistad que forma parte de tu familia, es decir de tu cariño. Y que abrevia el fastidio, y que deshace entuertos y egoísmos. ¿De qué hemos hablado? Pues para ir al grano diré que del porqué de las cosas y de su ordinaria providencia. Que no es poco. Porque todo tiene su designio y su teodicea. Todo tiene un destino de amor, un contenido donde la verdad pugna por hacerse sitio. Nada es arbitrario. Ni siquiera el dolor o la mala literatura. O esa incomprensión de la que se quejaba mi amigo. O ese no saber qué hacer a veces con uno mismo camino de París o Dubai, o paseando por el centro de Hamburgo. La amistad es un regalo que nos acompaña hasta el último confín del mundo. Por eso no acierta uno a despedirse. Y vuelves a abrir la puerta cuando se ha ido.

miércoles 17 de diciembre de 2008

Quietud



Mi gran Quietud de Luz
Eterna
(Charles Péguy)



Ya está la cama hecha. Las almohadas
en su sitio y lisa la colcha. Y escucho
mi respiración, boquiabierta
de luz y noche…

Pienso en el gozo de Dios
y de las cosas simples.
Unidad de todo
en un relámpago de amor ardiente.

Confidencia infinita, conciencia
de un fuego que alumbra y quema
el instante donde ahora vivo.
O donde ahora sueño...

Ya está la cama hecha. Y acaricio
en ella la muda ternura de la noche.

martes 16 de diciembre de 2008

"Odisea", de Jack McDevitt


Mi pasión por la ciencia-ficción viene de lejos. Comenzó en aquellas viejas películas en blanco y negro de mi infancia, y se desarrolló en los títulos de Julio Verne, leídos en la editorial Bruguera. Y maduró en las aventuras de la serie Star Trek, con su nave U.S.S. Enterprise, al mando del capitán James Kirk. Una variante de todo ello fueron desde luego los cómics de Marvel. Personajes como Thor, el Capitán América, el príncipe de los mares Namor, la Masa, los Cuatro Fantásticos, etcétera, ejercieron en mí una fascinación tremenda y un gusto muy particular por esa ficción de héroes y fantasía, vertebrada en buena parte por la ciencia, el frenesí de su progreso y los dislates de máquinas rebeldes, que ocasionan fenómenos imprevistos o un grave peligro para la humanidad. Luego ya uno fue leyendo a H.G. Wells, Ray Bradbury, Olaf Stapledon, Lovecraft, C.S. Lewis, Philip K. Dick y tantos más.

Reconozco que no soy un fanático del tema, lo que hoy se denomina friqui, pero de cuando en cuando me gusta leer un buen libro de ciencia ficción. No sabría explicar muy bien el motivo. Tal vez sumergirme en el futuro de una humanidad anhelante, sentir un poco de ese pálpito infinito que nos procuran las estrellas y las galaxias más distantes… No sé, puede que sea simplemente dar cumplida cuenta de viajar por espacio y tiempo, sentirme en compañía de nuevos conocimientos y paisajes… En definitiva, soñar, prolongarme más allá de esta insatisfacción inmediata que me rodea, que no llena. Porque es esa la riqueza mayor del hombre: sus sueños. No lo es el consumir desaforadamente y el tener más y más cacharros y cosas. ¿Para qué? ¿Para presumir o aparentar, para que nos envidien? Sabemos o deberíamos saber que todo eso no lleva a ninguna parte. Es más, nos hunde.

La ciencia ficción, como toda literatura, logra de cuando en cuando que el lector se inquiete y se plantee dudas. Que disfrute de las aventuras más variadas en el espacio interestelar, pero también nos hace ver y comprender que el universo está ahí fuera, sí, pero que el universo más desconocido sigue estando aquí dentro, en el interior de cada persona. De ahí los sueños, y la imaginación, y la literatura. Pues bien, el penúltimo descubrimiento que hice en esto de la ciencia ficción se llama Iain M. Banks, un escritor escocés realmente bueno y completo (no sólo se dedica a la ciencia ficción, lean por ejemplo La fábrica de avispas). El lector puede disponer de una buena parte de su obra en la editorial La Factoría de las Ideas, que hoy por hoy es la que edita la crema y nata de este género en lengua española. Su saga de "La Cultura", que comprende ocho títulos, es un hito. La última suya que he leído no pertenece a esa saga, pero es igualmente magnífica: El algebrista. Pero vayamos con mi último descubrimiento.

Nació en Filadelfia en 1935 y comenzó a escribir tarde. Su nombre es Jack McDevitt. Y el libro que me acabo de leer se titula Odisea (también en La Factoría de las Ideas). La acción está aquí al lado, allá por el 2250-2300. De hecho hay una serie de temas e inquietudes que son las que tenemos ahora mismo: la preocupación ecológica sin ir más lejos está latente durante buena parte del libro. O la religiosa, que huye del fanatismo y que es vista con cierto toque escéptico y nihilista por parte de la voz del narrador y del personaje digamos principal, el editor Gregory MacAllister, en el que se aprecia una especie de alter ego del autor. La narración, pese a la tecnología avanzada, los agujeros negros y los nuevos mundos al alcance de muchos, resulta muy cercana. Sobre todo porque el énfasis está en las emociones y en la humanidad de los personajes. El centro es el hombre, no los extraterrestres o las máquinas. El hombre con sus pasiones, burocracia, fe, política, familias, heroísmo, manipulación mediática, injusticia social, etc. Y con su miedo. Esto nos hace el texto más atractivo si cabe. El suspense no está tanto en el misterio de los llamados “jinetes lunares” (una especie de ovnis de por entonces), como en las decisiones humanas, en su libertad de criterio en cada momento. Está más cerca de esa “imaginación razonada” que diría Borges.

Odisea es una especia de examen de conciencia planetaria, no sólo un divertimento. Se nota que el autor ha imaginado unos personajes y una trama en medio de una serie de acontecimientos que le preocupan hoy. Quiere hacer partícipe al lector de su pensamiento. Quiere que todos seamos un poco más conscientes del destino del hombre como individuo y como civilización. Y que el hombre, aunque pasen siglos, sigue siendo capaz de lo peor, pero también de lo mejor. Y eso es lo que más me agrada de esta novela. ¿Quiere decir esto que la acción es tediosa? Nada más lejos. Es amena cien por cien. (Personalmente pronto leeré otros títulos suyos, no me lo pienso perder: Las máquinas de Dios, Omega, Deepsix o Chindi). Desde la aparición de los “jinetes lunares”, la odisea de la nave "Salvator" tras su pista, la amenaza de dichos “jinetes” sobre el proyecto Orígenes, la precariedad de medios espaciales, la previsión de la directora de operaciones Priscilla Hutchins, hasta el rescate de una buena parte de las personas allí destinadas, el heroísmo de la piloto griega Valya o Valentina…

En definitiva, Odisea es una buena novela de género, pero será leída con gusto por todos aquellos lectores amantes de una literatura variada y de calidad.

Nota bene: Recomiendo para los más interesados el libro Las 100 mejores novelas de ciencia ficción del siglo XX (La Factoría de Ideas) y que se den un paseo por los títulos de la editorial Minotauro, donde por ejemplo están publicadas joyas como los Cuentos completos, de Philip K. Dick (en relatos suyos están basados films como "Blade Runner" o "Minority Report") o Historias de Terramar, de Ursula K. Le Guin. No tardaré en hablar de ellos.

lunes 15 de diciembre de 2008

Esas menudencias que no quiere nadie



Huyendo del mundanal ruido y de esa ingente muchedumbre de portadas que cercan mi escritorio, he venido a dar en la beatitud de la memoria. Así puedo soñar a gusto con el campo cuajado de colores, y en una soledad que inspira mil aromas… Pero estoy en este despacho lleno de fotografías donde miro el pasado desde un presente que reconoce la felicidad al instante. Y como no quiero perderla no dejo de mirarlo todo, no sea que cualquier despiste me cueste demasiado caro. Quiero ser más consciente de la felicidad que me es dada; del pasado, del campo, del presente, de los sueños. Memorizarlo en el alma y repetírmelo una y mil veces al cabo de los años. Es posible ser feliz si me empeño en descubrir lo nimio, el matiz, el detalle. Esas menudencias que no quiere nadie. De cualquier cosa que se tercie en el horario de trabajo o en la calle. No se precisa más. Dejo los grandes proyectos para los intrépidos, y para nada me interesa ser importante. Sólo quiero, por ejemplo, escuchar la cercanía de un piano… Así, como ahora. Sus notas me proveen de lo necesario. Melodía de vida, de fuego, de aire. Ráfaga de armonía. O este espejo donde miro con parsimonia el paso del tiempo, al que no dejo de hacerle guiños. No espero descubrir en su reflejo algún mérito por mi parte. Pero pienso en si mañana me seguiré viendo. O si estaré al otro lado. No son malos augurios. ¡Qué va! Es la conciencia de la vida y del kirieleisón. Y de la resurrección de la memoria, y de su cuerpo, que brilla. Abro y cierro libros. Y los ordeno con deferencia. De uno de ellos cae una hoja de tilo, que dejo junto a una fotografía donde los girasoles sólo miran a Ana, en un destello de luz amarilla.

domingo 14 de diciembre de 2008

100 escritores del siglo XX (200 en realidad)


No pueden pasar muchos días sin que hable o escriba sobre literatura. Dejando aparte el tiempo dedicado a la lectura. Supongo que es una pasión, y la pasión tiene que ver con el amor. Y el amor tiende a expandirse, a decirse, a propagarse… No puedo evitar dejar de hablar sobre ello. Comunicar todo lo que puedo de ese cúmulo de emociones. Y hago mis pinitos y escribo unos versos o un relato -sin pretensiones de modelo en un desfile de brocados y pedrerías-, e intento poner por escrito el lenguaje de mis sentimientos, de mi fe, de mis razones. Y no conformándome con eso, quiero llevar a otros mis lecturas. Y escribo reseñas de decenas de libros que pasan por mis manos y que leo dejando de lado quizá tantas otras cosas. Pero en esos libros está mi vida, no puedo disimularlo. En sus páginas me cobijo, me distraigo, pienso. Aprendo a ajustar la existencia y la imagen de lo que siento.

Oigo hablar de los hombres de letras. Y la expresión me deja frío. Más bien mujeres y hombres de alma. Lo prefiero. Personas que toman la pluma, o teclean en su ordenador, esas cuantas palabras indispensables. Esas palabras que manan de esa inspiración vigorosa llamada trabajo. Personas que muy de mañana o de madrugada o a media tarde abren más los ojos, o los cierran por unos momentos; y toman notas de su mirada. Y borran y pulen o vuelven a comenzar desde el principio. Con más o menos ánimo, con más o menos ideas, con más o menos genio. Y el sentido va cobrando forma. Y una extraña alegría. ¡Qué oficio éste! Hacer arte de lo de cada día, o vislumbrar con la imaginación personajes y hazañas insospechadas. Elegías, metáforas, dramas. Aventuras y belleza.

Y en el centro de todo ¿qué hay? ¿Qué hay en medio de todas esas novelas, odas, cuentos y palabras? Unos responderán que en ese centro está la literatura y la maravilla de su don, otros que un laberinto que no lleva a nada, otros que el hombre mondo y lirondo, y quizá unos pocos piensen que en ese centro está Dios, y el alma. Habrá quien pernocte una larga temporada en el laberinto de su propia caligrafía y logre al fin hallar la salida de tanto afán y tantos días. Habrá quien asfixiado de palabras busque desesperadamente otra meta, o quizá esperanza. Habrá quien prefiera el silencio después de probar suerte durante demasiado tiempo. O habrá quien haya dado con las palabras precisas una vez en su vida y desde entonces ya nada ha resultado ser lo mismo. ¡Hay tantos tipos de escritores y tantas formas de acercarse a las palabras del ser y al ser de las palabras!

Y para muestra traigo aquí, conmigo, un par de extraordinarios libros. Libros que nos pueden servir de guía de lectura, de conocimiento, de curiosidad, de canon; o de atlas donde encontrar el dato que buscamos, o contemplar el relieve exacto de tal obra o de tal escritor. Dos libros que se complementan necesariamente. Uno trata sobre los 100 escritores del siglo XX del ámbito hispánico, apadrinados justamente en portada por Jorge Luis Borges, tal vez el mejor de todos. El otro volumen trata de los 100 escritores del siglo XX del ámbito internacional. En este caso la portada es para James Joyce. Algo que estoy seguro sería muy del gusto de Vladimir Nabokov y otros muchos admiradores del autor del Ulises. La editorial Ariel y el coordinador Domingo Ródenas han hecho un esfuerzo verdaderamente encomiable por el que les felicito.

Son libros que, como todos aquellos que vienen determinados por una cifra, van a ser objeto de dimes y diretes, más que nada por las ausencias. Pero es lo que hay. Y lo que hay es encomiable. A mí personalmente me ha alegrado muchísimo la inclusión de Giovanni Papini, un escritor cien por cien recomendable y que en España merece una reedición en condiciones de su obra. Así como Elias Canetti. Pero que no estén Gilbert Keith Chesterton o María Zambrano o Simenon es un desliz que merece reparación. Y que Pedro Gimferrer merece estar, nadie con dos dedos de frente poética lo duda, pero falta el mejor poeta de su generación, que no es otro que Jaime Siles. Aunque hay quien opina que lo es Antonio Colinas. O quizá los dos sean indispensables. ¿Y dónde está el mejicano Jaime Sabines, o sus compatriotas Xavier Villaurrutia o José Gorostiza? ¿Y el narrador peruano José María Arguedas, autor de Los ríos profundos? Ródenas tiene su criterio y es consciente de todo esto, como indica exhaustivamente en su Prólogo . Aunque hubiera incluido el doble de escritores hubiéramos encontrado fallas. De todas formas me reafirmo en que deberían estar los que he dicho. Y otros más.

En la época de Google parece difícil convencer a alguien no muy apasionado para que compre estos dos volúmenes, que a todas luces resultan un complemento ideal -que diría mi hija- para la Historia Universal de la literatura, de Martín de Riquer y José María Valverde, recientemente reeditada por la editorial Gredos, siempre atenta a lo importante. Al menos sí animo para que visiten su librería y hojeen un rato estos libros. Puede que alguien se anime para regalar(se) esta maravilla. Y se decidan a ello por determinado autor, por las ilustraciones, por el diseño o por los sabios colaboradores de este empeño digno de elogio y zambullida. Desde luego ha sido un placer. Lo está siendo todavía. Y no dejará de serlo.

sábado 13 de diciembre de 2008

Un poco de actualidad señores


Las temperaturas han bajado drásticamente en toda España, aunque a mí lo que me hace temblar de verdad es la inmediata factura del gas. Shuster ya no es el entrenador del Real Madrid, por lo visto su rendimiento en el césped no era el esperado y además no era muy dúctil a los designios del mandamás, no era suficientemente pelota; que no Shuster, que no, que así no vas a llegar a ningún sitio, que hay que agachar la cabeza y rendir el propio juicio. En Estados Unidos el gobernador de Illinois había sacado a subasta el vacante escaño de senador del presidente electo Obama, esperando al mejor postor, mira que hay gente mala, uyyyyy, y había candidatos muy decididos a hacerse con la pieza. Una nueva cabeza de ETA ha sido decapitada, pero se renueva enseguida la hidra (por lo visto para matar al bicho se requiere llegar a su corazón, que late donde todo el mundo sabe, pero deben estar esperando un tipo de advenimiento que desconocemos los votantes, los que no somos expertos en nada). En África el cólera se extiende y su bacteria más fulminante es la corrupción de los Mugabes y Cía, y la avaricia descomunal de Occidente -ríanse ustedes de la piratería de Somalia-, pues de África sólo importan los diamantes, algunos específicos minerales y gases y los safaris para los tontos del culo que cunden por los cinco continentes. En Atenas la cosa se pone fea, disturbios que no cesan, huelga nacional, y aunque se sabe que los griegos son de sangre levantisca, el fondo es que el paro crece y que no se llega y que se pasa mal; y que cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar, y átate los machos monclovitas. ¿Quién ha comentado que Evo Morales ha tenido algo que ver con el contrabando? Por favor, esto no se dice, ¿quién iba a creerlo? Es como lo de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE), gente voluntariosa que sólo busca el dinero suficiente para mantener el propio condumio. Son unos titanes del pesebrismo y del progresismo de su cuenta corriente. Pero son majos, no exageremos el vituperio, aunque amenacen incluso con cobrar a las fiestas de “Moros y cristianos” o las "Fallas". Pobres. A fin de cuentas su maestro zen Felipe González ya dijo en uno de sus éxtasis que “Gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones”, y hace poco lo ha rematado con un pensamiento más oriental si cabe: “La cosa está jodida”. Por otra parte dicen algunas lenguas que hay un ministro que se llama Soria en alguno de sus apellidos, tendré que contrastar mis datos y repasar la lista de ministras y ministros. Y que a este hombre le va la marcha de lo que él llama “el suicidio asistido”. ‘Carambita’, que diría Flanders, el de los Simpsons. Lúgubre el tío. ¡Y es el ministro de Sanidad por lo visto! Pero en qué quedamos, ¿la gente de progreso no está a favor de la vida, en contra de la pena de muerte sea de la casuística que sea? Ah, hay matices. Pues en esos matices está nada menos que el homicidio. Por más legal que se vista.

viernes 12 de diciembre de 2008

Cosas de casa (o el intento de escribir algo)


Sábanas plegadas, un amasijo de calcetines, diccionarios del siglo XIX, el juego del Cluedo, un gorro de lana quechua, las arrugas de las camisas, un poema de Ricardo Molina, el relincho de un caballo, cartas de los colegios que no he leído, la esperanza del pasillo, el sistema periódico de las voces, un ángel que vuela de libro en libro, el juego de té chino, el camión de bomberos de juguete (de la época de Maricastaña), las musarañas de mis hijos, los zapatos de los duendes, un belén de plástico infinito, el atlas visual del espacio, las chinchetas que sujetan el verano, un rosario de perlas enhebradas de plata, “¿alguien ha visto a papá?”, las camisetas de deporte, esa corriente que arrastra palabras y papeles, una goma de borrar el tiempo y sus borrones, la postal de nieves perpetuas, música máquina (sólo tienen en común que son esdrújulas), el tintero inglés de porcelana, unas piedras lapislázulis, el teléfono que canta un villancico, carreras (¡cuántas veces os he dicho que no se corre en casa!), plantas mortecinas, el olor de la cena, los acostumbrados milagros, un parchís en el suelo, los cuadros sin marco, el agua bendita, un episodio de Embrujada o Cuando éramos soldados, los dos baños ocupados, libros por todas partes, la plancha que acecha, los chistes del de siempre, las palomitas y las pipas, Tintín en el sofá, “¿dónde está mi móvil?”, el tuenti (diez minutos, ni uno más), peluches de cuando la ternura de entonces, agendas que nunca terminan el año, un reloj que perdió con el tiempo sus saetas, las gafas de Chiqui en cualquier sitio, los armarios abiertos desde siempre, unos billetes de 500 euros (del Monopoly por supuesto), la sonrisa que dibuja el ketchup en el plato, la conmoción de un grano, “¿alguien ha visto a papá?”… (Lo lograron, por fin me han encontrado).

jueves 11 de diciembre de 2008

El clamor de la lluvia


(...) La lluvia es una cosa
Que sin duda sucede en el pasado.
JORGE LUIS BORGES


Los charcos están llenos de hojas muertas. Y en ellos las nubes flotan en un reflejo de luto. “¡Taxi, taxi!”. Huyo de todo esto. ¡Qué derroche de belleza por el suelo! Y el cielo no deja de llover sobre mi infancia. Es la misma humedad de por entonces, la misma que nos mojaba los pies y la cara y la cartera. Y en clase sentías una congoja sinónima a la que ahora sientes dentro del taxi. No es tristeza lo que siento, es… esta sensación de tiempo que va conmigo a todas partes y camina por las mismas calles. “Sí, en esta esquina, muchas gracias”. Y me bajo del taxi justo en el sitio donde mi madre me arreglaba el pelo y el impermeable. Y me daba un beso y me decía: “Te quiero mucho”. Que no, que no es tristeza todo esto. Si acaso el clamor de esos instantes que nunca dejan de ser presente. El amor de los seres queridos, y estas calles… Por entonces la lluvia no tenía recuerdos. Era sólo agua, y juegos. Aunque en el colegio se volvía un poco más tímida y te castigaban si te la quedabas mirando por la ventana. ¡Qué cosas! Cuando la mejor educación es dejar que un niño contemple a su antojo la lluvia. Es una de las asignaturas fundamentales del alma. Y con ella crece la capacidad de percibir mejor la vida y su memoria. Me gusta pasear así, con mi gorro y mi gabardina. Al hombro el peso de los libros, y las manos hundidas en las canicas de los bolsillos. Unos niños se agolpan en la entrada del que fuera un día mi colegio. Las madres están en los últimos detalles y en los penúltimos besos, dentro de un techo de paraguas multicolores. No quiero perderme nada. En fechas navideñas recortábamos estrellas de papel… Y las poníamos en las ventanas, en todo su esplendor. Pero ya no están. O es que es pronto todavía. Y me pierdo por las bocacalles del tiempo. Con lluvia.

miércoles 10 de diciembre de 2008

El bien y el mal


El bien y el mal. Ahí están. En su lucha interior y en la percepción de nuestro alrededor. El bien y el mal. Ahí están. En nosotros mismos y en los demás. Ahí están. En la intimidad del corazón y en las leyes que dictan los gobiernos. El bien y el mal. Están ahí. En la virtud y en el pecado, en la humildad de los pequeños y en la soberbia de la razón. En calles y plazas, dormitando en el metro, en Canadá o en el Vaticano. O en nuestras propias casas. Ahí, ahí… El hombre es un acto de libertad (o libertad en acto). O una pasión que duda. Y es también un constante esfuerzo moral -un querer ser mejor- o un dejarse llevar por la abulia y la debilidad y el qué dirán. El bien y el mal. Aquí están. En la santidad del amor o en la voluntad homicida del terrorista. O en la tibieza, una vela a Dios y otra al diablo. O en pensar que no pasa nada, que no me afecta, total ¿qué puedo hacer yo por esas mujeres esclavas o por esos niños que matan dentro de sus madres? El bien y el mal. Aquí… Dentro de ti y a tu lado. Por más abstraídos que podamos estar, ya saben, el excesivo trabajo (¡dichosos los que hoy trabajan!), achaques o los números rojos, vemos el bien en los ojos de nuestros hijos y somos conscientes del mal en cualquier página del periódico. El bien y el mal. La verdad y la mentira. La alegría o la tristeza. La vida o la muerte. Hay que elegir, porque no podemos convivir por más tiempo con el término medio, peleles, aletargados en lo insustancial de una existencia anodina, pese al dinero y su afán o a un edulcorado prestigio social que ya me dirán ustedes para qué dentro de cuatro días o cuando nos encontremos a solas, ya me entienden. El bien o el mal. Sin caretas ni disfraces, sin más negociaciones o componendas o disyuntivas. De una vez por todas, con valentía.

martes 9 de diciembre de 2008

Nieve



Pues, ¿no da luz la nieve? Inmaculada
y misteriosa, trémula y callada,
paréceme que mudamente reza
al caer…

"Jaculatoria a la nieve", AMADO NERVO


Estoy ante la pantalla en blanco y me acuerdo de la nieve. Iba a escribir sobre otro asunto, pero lo dejo, no importa. Me quedo en la nieve, en su irisada blancura. Haré eslalon con las palabras, y en algún punto me pararé a contemplar su lustre. Y escucharé como se desliza la ventisca por la superficie de nácar. Su níveo resplandor por unos momentos vuelve oscura la mirada. Pero pronto se torna inmaculada, pura. Aquella nieve coruscante y estas palabras que apenas aciertan a describir nada. ¿Cómo? ¿Cómo hacer para decir las cosas así de nítidas y blancas? Y que las palabras acierten con la debida textura, en la definitiva caricia que signifique al alma. Nieve que se derrite al contacto del cuerpo y de la memoria. Nieve de luz que se expande por el espacio de la página. Nieve blanca, o escarlata, o de color mandarina. O violeta. Silva de policromía. Nieve humilde que pisas, la misma nieve que viene de los cimientos de la altura. Copo a copo cubre de silencio y quietud algo más que el paisaje. Fosforece y se enciende al mediodía. Cae… y la miras en su caída desde entonces. Y quisieras volver a resbalar por ella, con las mismas carcajadas. Pero te conformas con verla en las palabras que escribes. Sobre esta página blanca, blanca, blanca.

lunes 8 de diciembre de 2008

La poética de la vida


El día comienza bien. Un beso de Ana es mi oración de la mañana. Doy gracias por las palabras que escribiré cuando pueda. O quizá ahora. Observo lo de todos los días, pero al abrir el balcón me estremece una sola gota de agua que resbala por una hoja. Me la quedo mirando hasta que salta… Y cierro. Reviso el correo. La poeta Dionisia García me sorprende con unas amables líneas. Y luego una carta estupenda de una chica llamada Estela. Espera un bebé y se entretiene con lo que escribo. Tendré que revisar un poco más las palabras. O no. Que salgan espontáneas, frescas. Mejor eso que andar dando demasiadas vueltas al estilo. Digo. Pero cada uno busca su camino y ajusta sus pasos a la vida. Con distinto ritmo y con distinta tinta. El caso es que se entienda el alma y el lector no se quede del todo vacío. O con cara de pocos amigos. Que esto de las palabras tiene su responsabilidad. Sin ir más lejos el viento se queda quieto cuando lo escribo. A mí por lo menos. A otros no sé. Sin embargo las olas me van dejando su espuma entre los dedos. Y un poco de arena. O si dibujo la palabra labios vuelvo de inmediato al beso del principio. Y me quedo allí durante un buen rato, calladito… Y recuerdo que en una ocasión el abuelo Pascual me dijo de crío: “Palabras, pocas”. Pero hay algunas que resultan precisas. Por ejemplo Ana, o brillo, o familia, o mayo, o niño. Su sonido evoca enseguida la vida. Y con la vida lo más sencillo. Y con lo sencillo el gozo de poder escribirlo.

domingo 7 de diciembre de 2008

Carta a los Reyes Magos



Queridos Reyes Magos:


Algunos pensarán que ya va siendo hora de que crezca un poco, o madure. Pero el caso es que no me da la real gana. Yo creo en sus Majestades y quiero ejercer de niño. Y por supuesto de cristiano. Aunque mis años sean los que son, mi espíritu sigue siendo igual de travieso, y sigo manteniendo la misma ilusión. O quizá no, quizá mi ilusión sea todavía mayor. Por eso les escribo y pienso estos días en su estudio de las estrellas -ya saben que a mí me da más por las nubes-, en los libros de sus bibliotecas, en sus conversaciones durante el viaje o en su llegada a Belén.

Lo imagino todo, y leo los Evangelios o incluso a María Jesús de Agreda, que en su Mística Ciudad de Dios cuenta lo que sucedió con profusión de detalles. Por ejemplo que la Madre de Jesús iba vestida de blanco. Tal vez parezca algo sin importancia, pero a mí me sirve para ponerme en escena. Sé que besaron al Niño y que lo sostuvieron en brazos. ¡Cualquiera no! Aunque sus Majestades no se hubieran atrevido a tanto de no ser por el ofrecimiento de María, su madre. Y pienso en ello. Pienso en su alborozo y piedad. Nada menos que tener a Dios en brazos, y hacerle carantoñas y arrumacos…

Pues yo lo mismo. Faltaría más. Yo también quiero ese cariño de Dios. Quiero verle como sus Majestades le vieron. Así de cerca. Con el debido pasmo y el oportuno respeto y el consabido jugueteo. ¡Jugar con Dios Niño! Eso sí que es saber de que va la felicidad y alcanzar de una zancada la más alta cima de la oración. Les cuento una cosa (y me da igual que ya lo sepan). En el siglo XXI lo de rezar está reñido con ser sabio. Bueno, eso es al menos lo que quieren hacernos creer aquellos que ni rezan ni son sabios. Y ofenden a Dios a diestro y siniestro. Pero lo de la sabiduría en nuestros días es asunto escaso. Precisamente por eso: porque no se reza, o si se reza es de garabato. Y después está ese empeño por fastidiar lo cristiano y a la madre del cristiano.

Dejémoslo estar. Hacer reír a Dios, de eso se trata. ¿Sus Majestades lo lograron? Supongo que sí, por más serios que fueran y poco duchos en infantes. Un niño es un niño. Aunque sea Dios. No es tan complicado. Eso sí que lo tengo bien experimentado: conmigo se parte de la risa. Porque no doy una. Y me despisto y tropiezo y me caigo en las posturas más insólitas del alma. De cuando en cuando se pone serio, es cierto, pero ocurre pocas veces. Siempre está ahí para sacarme del aprieto. No falla. Y ese es el primer regalo que quisiera pedir a sus Majestades: no fallarle a Dios. Y si le fallo que sea poco y que no cause demasiado estropicio. ¿Es pedir demasiado? Igual no es un regalo muy frecuente, pero yo lo pido.

Más cosas. Ésta tiene que ver con lo anterior. Quiero ser santo. Así de radical. Y sin amaneramientos ni extrañas vergüenzas. Un padre de familia santo y un escritor santo. Palabra a palabra. Un tipo coherente con su fe vamos. Por supuesto yo intentaré poner de mi parte. Lo que haga falta. Pero como me conozco, toda ayuda me parece poca. ¿Qué más?... Pido perdón, es como si me hubiera quedado seco. Estás escribiendo y surge un repentino parón, un no saber qué decir. Me ocurre con frecuencia. Yo lo aprovecho para que el pensamiento divague en la mirada, o para ponerme a escuchar la lluvia, como es el caso, o para leer unas páginas, y retomar el discurso por algún sitio un poco más tarde.

¿Qué pido? Igual lo más sensato es dejar que todo lo demás lo pidan mis hijos, porque yo en cuanto me salgo de los libros y de cuatro cosas más… Por eso he ido a lo crucial, a lo que de verdad me importa. Y no quisiera entretener más a sus Majestades, que por estas fechas tienen trabajo de sobra. Sólo me queda encomendarme a tan sabia protección. Y dar las gracias. Y aunque los años no pasan en balde dejar constancia de que mi ilusión sigue igual de niña, y por lo tanto igual de traviesa.

sábado 6 de diciembre de 2008

"Todo fluye", de Vasili Grossman


Cualquiera que lea con un mínimo de atención El drama del humanismo ateo, de Henri de Lubac (Encuentro) se da cuenta de algo cierto: desde la nietzscheana “muerte” de Dios (la religión es mera ficción, señala Comte en su ‘ley de los tres estadios’) el hombre en una buena parte del pensamiento moderno y contemporáneo pierde el norte. Pierde el norte porque reemplaza a Dios por un trampantojo, por una fantasía, por un absurdo. Reemplaza a Dios por si mismo, en un positivismo nihilista o materialista, en una dialéctica que le lleva a la locura. Cuando no a una soberbia alucinógena e irracional.

¿Cuál es “la doctrina salvadora”? El hombre se debate entre el ser y la nada, que diría Sartre años después. El hombre sin Dios sin darse cuenta busca el poder de otra fe, algo que justifique la deriva de su propia existencia, de su inquietud... No es de extrañar que se pusiera en manos del nacionalsocialismo hitleriano o de la revolución soviética. Y el hombre jamás ha sido tan atormentado y envilecido, jamás ha sido tan esclavo y escarnecido. El poder es el nuevo dios, y lo es el Estado. En su nombre todo vale. El mundo ya no es de quien lo ama. El mundo es de quien odia, de quien suprime la libertad y la vida de millones de personas en nombre de veleidades absurdas. El mundo sin Dios, señores, es un infierno. A la vista estaba entonces y lo sigue estando ahora.

El último libro que escribió esa especie de Dostoievski del siglo XX ruso que es Vasili Grossman es iluminador pero también lacerante. Todo fluye -editado por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores- no es propiamente una novela. Es más un reportaje desde la entraña misma del sufrimiento, un estudio del alma rusa y un análisis certero sobre Lenin y Stalin, sobre esa dictadura del proletariado que asesinaba a discreción. Todo, claro, por el paraíso marxista. El libro es una radiografía del terror y del miedo, y de la sinrazón.

Todo comienza con la historia de Iván Grigórievich. Con su regreso a Moscú después de 30 años en cárceles y campos penitenciarios. Vuelve como un espectro, un viejo lleno de arrugas y canas. La vida ha seguido su curso. Su primo Nicolai, biólogo, ha preferido no ver y ha prosperado. Y su mala conciencia intenta justificarse (“era insoportable tener sobre su conciencia tantos años de infame sumisión”), como otros, en ese mundo paranoico repleto de delatores. Y Ania Zamkovskaya -el amor de su vida- se ha casado con otra persona…

Iván viaja a Leningrado, donde ella vive. Y ve su ventana. Y nada más. Deambula por las calles de su juventud, recuerda, reflexiona. Se topa con el que le denunció. Pero no desprecia. Es cansancio lo que siente, e impotencia. Por momentos añora el orden de los campos de internamiento, y revive su infancia (“tontito mío -le dijo un día su madre-, qué difícil te resultará vivir con un corazón tan sensible, tan vulnerable”) y se pregunta por el sentido de su vida. “No hay en el mundo objetivo por el cual se pueda sacrificar la libertad del hombre”.

Todo fluye es una historia con una clara intención moral sobre la Revolución y estalinización y... El poder absoluto se ha podrido en un cúmulo de insensatez y gusanos. El Estado es un fin en si mismo, donde nadie está seguro de nada, donde campan a su antojo funcionarios y chivatos. El análisis que Grossman hace de Lenin y Stalin casi en las últimas páginas es de lo más sagaz.

La vida de Iván Grigórievich, después de tanto dolor, es en definitiva un regreso al amor de su familia y de Ania. O a su nostalgia. Sin hacer nunca dejación de su pasión por la libertad. Todo el libro es un canto a la libertad. La libertad es su esperanza. "A Iván Grigórievich no le sorprendía que la palabra 'libertad' estuviese en sus labios cuando, de estudiante, fue a parar a Siberia, que la palabra viviese en él y que ahora tampoco hubiese desaparecido de su cabeza".

La fuerza narrativa de Vasili Grossman es impresionante. Todo fluye no es, desde luego, Vida y destino, pero la complementa con eficacia. Personalmente animo a la editorial a que traduzca toda la obra de Grossman. Nada en él tiene desperdicio.

viernes 5 de diciembre de 2008

Juega hijo mío, juega



Por Dios Juan, juega,
no dejes de ser niño.
Juega con esos indios, juega,
y al galope cabalga por los libros.
Sujeta con fuerza las riendas del tiempo.
Apunta, dispara… ¡Eres niño!
Juega, juega sin descanso, juega.
En tus manos esos indios están vivos.
Como tu padre, contigo.
Juega, juega, juega…
En tus labios está el silbido
de las flechas que buscan la herida
mortal del enemigo.
¡Al suelo, al suelo! cuidado hijo mío,
el tiempo es traicionero
y tiene muy buena puntería.
Juega, juega, juega…
No dejes nunca de ser niño.

jueves 4 de diciembre de 2008

Las tantas



Me desvelo. ¿Y? Pues nada. Despierto estudio un atlas. Madrugada en la que se gesta la mañana. Con el dedo sigo el curso del río Amazonas. Y con el alma… Noche cerrada y frío. Desemboca todo -el agua, la noche y el tiempo- en el océano liso del atlas, o en la marejada que es la vida. Longitud y latitud imprecisa. Perdido en mitad de la habitación y de la madrugada. Acaricio con la palma de la mano el agua de papel, los desiertos, bosques, ciudades y montañas. Ahí, en algún punto, vive un hombre desvelado que busca algo en un atlas. Que visita la Patagonia (el glaciar Perito Moreno) o Venecia. Que pasea por Rangoon o por los jardines de la Alhambra. Que da la vuelta al mundo haciendo escala en la belleza de la Plaza de San Marcos o en el crepúsculo del Mar de la China. O quizá también en la campiña inglesa de las hermanas Brönte. Paso las páginas y las horas. Casi dormido entre mapas donde se cartografían los sueños de millones de personas. Almas llenas de estrellas, constelaciones y galaxias… Apago la luz abrazado al atlas. En noches así me gusta ver en penumbra los libros, como si fueran exvotos de diversos favores a los que debo una buena parte de mi felicidad. Y de la orografía de mi memoria. ¡Qué ternura hay en la noche! Por lo menos hoy, ahora. El amor se esmera. Noche iluminada e inagotable. Noche con fisuras de luz. Noche que vela al día. Noche con reflejos de esmalte. Claroscuro. Razón de ser. Inminencia.

miércoles 3 de diciembre de 2008

El retroceso del progreso


Palabras sobadas por los mercenarios de la política. Sin descanso. Palabras maniatadas ¿por la ideología? Ni siquiera por eso. Es el concubinato con la mentira, las medias tintas, la desfachatez desnuda del poder y aledaños. Repiten una y otra vez la misma cantinela: libertad, democracia, cambio… Y el sempiterno progreso, que es la más pulida de todas. Por el manoseo. Progreso, ¿hacia dónde? Palabras trampa, engañifa, paripé, propaganda. Palabras vaciadas de sentido, proporción y vida. Palabras viciadas de estrategias al servicio del partido y de su burocracia de sombras. Palabras ensalivadas de cháchara y fetiches. ¿Qué es el progreso señores? Y no me respondan con bagatelas o demenciales naderías a sueldo de la consigna de turno. No me digan que el progreso es el despelote moral o quitar los crucifijos de las escuelas. O buscar esqueletos de izquierda. O abortar niños hasta el exterminio del alma. Seamos serios queridos capitostes de la nada. ¿Eso es el progreso para ustedes? ¿Cargarse con alevosía la ley natural? ¿Construir la sociedad sobre los cimientos de la angustia que se esconde tras toda esta pantomima? Porque no se engañen, la vida pasará factura. Y la verdad, y la naturaleza. Su progreso es una mierda. Quería decirlo más suave, pero me ha salido la frase así de cierta. Su progreso es un retroceso constante hacia la tristeza. ¿Ahora qué toca? ¿La eutanasia? ¿Callar un poco más a la COPE? ¿Sacar a relucir el espantajo de la Iglesia como instrumento de represión? Llevamos años con la misma martingala. ¿Desde cuándo es progreso el asesinato y la censura y hacer el amor como bestias? Pues en ese trágala estamos. Y mientras tanto los impuestos y los precios suben. Y los sueldos asesores y las subvenciones amigas. Y los índices de paro. ¿Y qué hacemos con la pobreza? ¿Que se ocupe Caritas, las monjas del Santo Refugio o los comedores de las parroquias? Bonito progreso el suyo, menuda cuchipanda y empanada. Ustedes, la siniestra supuestamente ilustrada, los modernos que han sustituido las ideas por la modorra y el colorín, y que lo solucionan todo con un ministerio. O con una rueda de prensa.

martes 2 de diciembre de 2008

La historia interminable o como educar en el amor por los libros



El pasado jueves mi hijo pequeño, tras realizar sus tareas, leer un libro de Fantasmas de Fear Street y estudiar el examen de Lengua -los determinantes demostrativos y posesivos y el uso de la diéresis- me propuso una cuestión que ya creía que no iba a escuchar nunca: -“Papá, vamos a descubrir libros”. No cabía en mí de gozo. “Me parece bien Juan, siempre y cuando me dejes contarte antes lo que le sucedió a un chico más o menos de tu edad”. Tomé La historia interminable, de Michael Ende de una estantería y le dije: “Mira, he aquí una historia que no sólo le ocurrió a Bastian, el protagonista, también me ocurrió a mí, aunque no exactamente de la misma forma”. Juan me miró con cierta extrañeza, pero me conoce y sabe que a su padre le han sucedido cosas muy raras a lo largo de su vida. Como por ejemplo casarse con pajarita, escribir poemas o internarse en pleno desierto de Gobi -desde las montañas de Altai hacia el sur- sin moverse de casa. Por eso debió pensar que tampoco perdería nada si me prestaba atención un rato.

-“Juan, seré breve. Un día ocurrió lo que no debe ocurrir nunca. Me escapé del colegio. Era miércoles y tenía tus mismos años (cuidadito no se te pase por la cabeza hacer algo parecido, porque te castigo de por vida como galeote). Nadie se dio cuenta de ello. Tenía poco tiempo, pues debía volver a casa a la hora de la comida. Recorrí muchas calles que no sabía ni que existían. Algunas anchas y luminosas, otras llenas de sombras que parecían seguir mis pasos. En una de estas angostas callejuelas vi que se acercaban dos figuras enormes. Eran colosales y me pareció que gruñían. No lo dudé. Di media vuelta y me alejé de allí a todo correr…, hasta que no pude más. No sabía ni donde estaba. Y cuando poco a poco me fui recuperando descubrí que a mi lado estaba el escaparate de una librería”.

“No recuerdo su nombre (bueno, lo recuerdo, sí, pero hoy me lo callo). Sólo sé que entré como transportado por una fuerza desconocida. No te puedes imaginar la cantidad de libros que había allí. Me sentí seguro. Algo que me sigue ocurriendo desde entonces. En cuanto deja de haber libros por las cercanías me pongo nervioso. El caso es que en dicha librería había un señor mayor que no me dijo ni palabra. Estaba leyendo. Dejé la cartera en el suelo y comencé a curiosear entre los estantes y las enormes columnas de libros que había por todos los sitios. De pronto vi un libro que era mío. Quiero decir que me gustó. Acababa de dar comienzo una de las más grandes aventuras de mi vida, que sólo terminará cuando me muera, dentro de muchos, muchos años. Espero. El libro era La isla del tesoro. No tenía dinero para comprarlo, por eso aprovechando un descuido del señor cuando sonó un teléfono, guardé el libro en mi cartera. Lo sé, eso es robar y no hay que hacerlo jamás. Por eso, y después de decir adiós, salí de la librería con el corazón a mil por hora”.

“Una vez en la calle volví a correr como no te puedes figurar. Estaba seguro que a pesar de mis infantiles precauciones el librero me había visto coger el libro. Años después, bastantes años después, se lo conté todo y quise pagarle. Por supuesto no se acordaba de nada. Sólo me dijo que si había ocurrido como yo se lo estaba contando, que se alegraba como no podía ni imaginar. –‘¡Ojalá tuviera muchos ladronzuelos como tú!’, me dijo. ‘¿Sabes la cantidad de libros que me has comprado desde entonces?, además somos amigos’. Y nos dimos un abrazo”.

“Pero el caso es que, después de dar muchas vueltas y revueltas, logré encontrar el camino de mi casa. Comí a toda prisa y me escondí en un rincón para comenzar a leer La isla del tesoro: ‘El Squire Trelawney, el doctor Livesey y los demás señores me han encargado poner por escrito todo lo referente a la «Isla del Tesoro», de principio a fin, sin dejar otra cosa en el tintero que la posición de la isla, y esto porque aún quedan allí riquezas que no han sido recogidas. Tomo, pues, la pluma en el año de gracia de 17... y retrocedo hasta el tiempo en que mi padre era el dueño de la posada del «Almirante Benbow», y en que el viejo navegante, de moreno y curtido rostro, cruzado por un sablazo, se acomodó como huésped bajo nuestro techo’. Juan, ¿no escuchas desde aquí los cantos marineros, las jarcias y las olas? La isla del tesoro es mi historia interminable. Lee, lee. Tú eres Bastian, y tu padre cuando era niño. Entra de una vez en la librería”.

¡Qué tarde se nos ha hecho! Continuaré contándoles otro día lo que nos sucedió mientras descubríamos libros en casa.

lunes 1 de diciembre de 2008

Perlas de sabiduría



El hombre superior piensa siempre en la virtud; el hombre vulgar tan solo se preocupa de la comodidad
LAO TSÉ


Ha llegado a mis manos un librito de esos que por tamaño y texto gozan de mis favores. Es como un paquete de tabaco, pero sin veneno, aunque noto que provoca una cierta adicción al que lo frecuenta. Se trata de un libro de aforismos titulado Perlas de sabiduría, recopiladas por Francisco López-Seivane para la editorial Alianza. Llevo cuatro días con él, y me acompaña allá donde voy, confortando el ánimo en esperas anodinas, intrascendentes partidos de fútbol o en cualquier momento yendo por la calle. Es un libro de reencuentros. En mi caso sobre todo en la parte que toca a la sabiduría occidental, que da comienzo en la página 67 con una premisa fundamental, de Tolstoi: “No hay más que una manera de lograr la felicidad: vivir para los demás”. Bueno, de Tolstoi y de cualquier escritor cristiano que se precie de tal. Porque esa frase nace en el Evangelio y esa felicidad forma parte del ciento por uno, antesala de la vida eterna. Y aprovecho la mención del novelista ruso para reivindicar la amplia selección que de su Correspondencia ha publicado Acantilado. Una delicia recorrer sus avatares literarios, amorosos, religiosos o de viajes. Se trasluce una personalidad compleja pero de lo más perspicaz para calibrar a los hombres. Junto con sus Diarios -también en Acantilado- este epistolario es de lo que más me llama la atención en su obra. Será por mi condición de curioso impertinente. Será. ¡Qué gran relato cervantino es El curioso impertinente, dentro del Quijote! Pero volvamos con las Perlas de sabiduría. Ninguna tiene desperdicio. (Otra de Tolstoi: “Hay quien cruza el bosque y solo ve leña para el fuego”). Nos hacen pensar o quizá volver a las estanterías buscando la obra de determinado autor. A mí me ha ocurrido con dos de ellos: Alejandro Dumas y William Shakespeare. En el caso de Dumas escojo Los Mosqueteros, en la biblioteca Avrea de Cátedra, que acaba de editar además el segundo volumen de los espadachines, que incluye la tercera entrega de la serie: El vizconde de Bragelonne. Con Shakespeare me sumerjo en una primera y vieja edición de sus Obras Completas en Aguilar, leyendo un buen rato El rey Lear. (Edhasa, que no deja de sorprenderme, ahora con la biografía de Shakespeare, de Peter Ackroyd, genuino especialista en biografías, del que me gustó, y mucho, su Tomás Moro). Miren esta perla de Dumas: “Dios ha querido que la mirada del hombre sea la única cosa que no se pueda disfrazar". Y uno se entera de la existencia de un tal V. Turati. Y pensando que el apartado final donde se recogen las semblanzas de los autores aquí reunidos, me ilustrará sobre ese tipo, me tengo que conformar con dos palabras: Pensador italiano. Menos mal que uno tiene Google a mano. Y aún así he perdido la paciencia. No he encontrado ningún Turati cuyo nombre comience por V. Es igual. Me doy por satisfecho con esto otro de J.M. Barrie: “La vida es una larga lección de humildad”. Y que lo diga. En cuanto a la sabiduría oriental uno está menos ducho, si exceptúo a Gandhi y Tagore, tan apreciado por nuestro Juan Ramón Jiménez. Desde Krishnamurti a Confucio. Aquí están. Con esa manera tan suya de discurrir por imágenes. El aforismo que más me ha hecho pensar es precisamente de Tagore: “El hombre busca la multitud para ahogar el clamor de su propio silencio”. Son fragmentos de luz estas líneas, la condensación de una buena parte del alma del hombre. Sólo una pega. Si cada apunte tuviera su punto exacto bibliográfico, el libro donde puede encontrarse, hubiera sido un magnífico colofón. En fin, yo sigo con el librito en el bolsillo.