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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


domingo 30 de noviembre de 2008

Un deseo



Un día cualquiera.
Un día de calcetines grises
y elegante camisa (¿está mal que lo diga?)
de rayas azules y verdes.
Un día en el que haces cuentas en el desayuno
y prescindes de las magdalenas.
Un día en el que bajas en el ascensor y miras
otra vez en el espejo tu vida.
Un día en el que abres el buzón
aunque sabes que nadie te ha escrito.
Un día más de otoño, con sus ramas
sin hojas y sus terrazas vacías.
Un día perfecto
para soñar despierto, como sueles.
Un día para ir al banco y pedir un préstamo
de esperanza (perdón,
me he equivocado de sitio).
Un día cualquiera.
Un día en el que entras y sales a tu antojo
de los bolsillos o de las nubes.
Un día donde musitas el salmo 23 en el autobús urbano.
Un día cualquiera, de otoño
en el que vas al Corte Inglés sólo para escuchar de labios
de alguna amable señorita si deseas algo...
Y desearlo en ese instante.

sábado 29 de noviembre de 2008

Carta a Eduardo Verástegui



Querido Eduardo, amigo:


Estabas exultante. Se te nota Dios en los ojos. Y tus palabras vibraban de vigor sobrenatural. Saltaban de aquí para allá, sonaban de verdadera vida y nos decían tu intimidad. Gozas de un entusiasmo que contagia y provoca que la gente se te acerque con admiración. Es el don de la gracia, que te escogió entre muchos, y transformó lo soez en pureza y alegre plenitud. Te escuchaba amigo mío, y mientras te escuchaba sentía -y siento- una terrible congoja. ¿Sabes por qué? Porque yo no doy más de mí. Corrijo: porque me conformo con medianías y una piedad saltimbanqui. Y el silencio que preciso para llegar a Dios se me embota de palabras, libros y caprichos. Soy un cretino.

Eduardo, el mayor error que podemos cometer es envanecernos de tonterías, despistarnos del amor de Dios y pensar que ya está, que somos capaces por nosotros mismos. “Dejadme solo, sé lo que me hago”. Entonces vamos listos. Y el alma puede ir perdiendo oído sin apenas darnos cuenta, escuchando lo que nos conviene o es más fácil en cada momento. ¿Dios? Otro día, luego. Como los niños cuando dicen: “Mamá espera, ahora voy, ya termino”. Y tiene que ir la mamá a buscarlos o no irían nunca, embebidos en sus juegos. Nosotros podemos no ceder en grandes cosas, pero enseguida encontramos excusas para justificar la coba, o esa mirada, o esa mentira que no va a ningún sitio, o ese coqueteo fortuito, o esa agenda engreída de citas solemnes que sin Él no son nada.

En la jungla postmoderna donde la jerga de la barbarie es el ruido y su modus vivendi la alienación consumista como anestesia (es duro sentir el vacío y su desasosiego), sólo podemos sobrevivir a base de fe, no de fachada. De fe y no de palabras. Una fe viva, no gansa. Una fe que resulte coherente en las obras y no se deje llevar por esa especie de alucinación colectiva tan cómoda como cantamañanas. Por eso, mientras hablabas, sentía en tu entusiasmo la fuerza de Dios y me emocionaba con el impulso de tu alma. Recordé lo que decía Dostoievski, que es uno de los más grandes escritores espirituales que conozco. Decía: “El secreto de la existencia no consiste solamente en vivir, sino en saber para qué se vive”. Y tú y yo -¿te das cuenta del prodigio?- estamos en la entraña del secreto. Del Amor del Crucificado.

Pero ¿sabes?, el entusiasmo se pasa. Sí, se pasa. Y vienen las dudas y la aridez y la desgana. Llegas a pensar que no puedes más, que los colores palidecen, que la esperanza se desmorona y que se difumina Dios en una especie de niebla o fantasía. ¿Para qué rezar entonces?, se pregunta uno. Las tentaciones se multiplican de mil formas. Sibilinas o burdas. Y el alma parece que se ahoga, que desfallece… Te cuento esto porque me da miedo tu ir y venir constante, y que esa trepidación en la que vives ahora (inmerso en la promoción de la película Bella) pueda darte algún golpe bajo. Te cuento esto porque en realidad me lo estoy diciendo a mí mismo, que no termino de aprender.

Escucha Eduardo, sé que lo sabes, y además tienes cerca de ti buena gente, pero a veces no se pone fácil distinguir lo que realmente importa de lo que no lo es. Los hombres somos especialistas en poner las cosas del revés a la mínima oportunidad, mientras seguimos pensando impertérritos que no, que las cosas van cada vez mejor. Ten prudencia y no te fies de las adulaciones. El poder y la gloria sólo son de Dios. Y tú necesitas un buen descanso.

Un gran abrazo.

viernes 28 de noviembre de 2008

Misterio y alma


Para Elena Almeda


Es muy de mañana. Me he levantado temprano. Hace frío en la casa. Como cuando era niño exhalo vaho en la ventana, y dibujo sobre él una estrella y su estela de plata. La borro con la mano y escribo en el cristal una sola palabra: alma. Parece que la nombro mucho, pero es ella la que me escribe a mí y la que da sentido a todo lo que hago o digo. Me preparo. Y en el abrigo de pana guardo un par de libros. La calle está vacía. Nadie. Los árboles flanquean mis pasos, y las farolas encendidas, mientras miro con deleite el mosaico de las hojas en la acera. Tirita la luz recién nacida a la intemperie de la vida. Un poco más allá un barrendero barre los restos de la noche. Mis manos en los bolsillos del abrigo palpan los libros de Merton y Eliot, y las llaves y un rosario de Tierra Santa. De olivo. Voy a misa, aunque antes… De niño me entretenía entre los encajes de madera o de alabastro de los retablos de las iglesias, buscando extrañas figuras, o me encaramaba a los púlpitos para ver si desde allí podía ver por fin a Jesús, que me decían estaba escondido. Al final me sentaba en el reclinatorio del banco -castigado por travieso- y sacaba mis cromos de futbolistas o alguna pieza del Mecano. Era mi forma de rezar por entonces. Supongo. Como ahora, cuando saco el libro de Merton o releo algún poema de Eliot. O de Colinas o Basho o Teresa de Jesús. Me gusta hablar con Dios de poesía. Y leerle poemas al oído. Acercarme a Él desde el ritmo de los versos, para hallar la armonía del Verbo. En ocasiones me hace guardar silencio, detenerme en una palabra concreta. La última fue “misericordia”. Y a partir de ese momento es todo cosa Suya. Puro estremecimiento, temblor de amor: misterio.

miércoles 26 de noviembre de 2008

La purga de libros como ensoñación progresista


A una vieja política española (dicho sea con todo respeto) se le ha caído el inconsciente por la boca. Por la comisura de su cosmovisión marxista se ha licuado su mala baba. Y ha dicho lo que piensa, ni más ni menos. ¡A la hoguera todos los libros de César Vidal! Ya no es sólo Cristina Almeida, es esa forma tan delicada que tiene la izquierda española de expresar su tolerancia. De casta le viene al galgo. O galga. Claro, ahora vienen las excusas y las grandes palabras, aunque que yo sepa no ha pedido perdón explícito. Pero da igual, todos la hemos visto por dentro. In púribus. Y aunque pida perdón y esgrima su currículo progresista, yo no me la creo. Estoy seguro que sigue pensando lo mismo. Ella y muchos otros. El marxismo -aunque esté diluido en otras palabras o en otros ismos o en sutil propaganda- es una ideología que degenera con gran facilidad en purga y en listas negras. La verdad es que yo estaba esperando la reacción en masa de gacetilleros, novelistas, vates de la experiencia y demás prosapia intelectual. ¿Se imaginan? ¡Qué señorío entonces! Declarar por ejemplo: “Yo no he leído ni leeré nunca un puñetero libro de Vidal, pero denuncio la pirotecnia libresca como signo de una mentalidad fascista”. (Lo de fascista les encanta). En fin, algo. Una señal de verdad y coherencia. De vida, detrás de tanta apariencia y comadreo. Incluso una manifestación por la rúa. O un ponerse de acuerdo los principales suplementos literarios y defender en portada y en páginas interiores a uno de los escritores más leídos. Por encima de ideologías u otros menesteres. Por amor a la libertad y a los libros. ¿Qué títulos irían a la hoguera después de los de Vidal señorita Almeida y demás compadres de partido, de tenida o de estofa? ¿Jiménez Losantos, Pío Moa, Ricardo de la Cierva? ¿Y luego? Porque la inquina no se conforma, es voraz y siempre habrá alguien que denuncie o no piense como ustedes. Que escriba en libertad vamos. Mala, muy mala señal es esto. El peor de los indicios. Y con todo lo más oscuro y triste no son las palabras manirrotas de esa señorita. Lo que apesta es el silencio de los que callan, cerrando filas con el fiasco.

martes 25 de noviembre de 2008

Telediarios


“Pon las noticias”, dice alguien. “Por favor no, que estamos viendo esta serie, no por favor no, favor, no, no, no, por favoooor”, clama el coro cabreado. "¡Qué padres tan aburridos!”. Pero en esa casa, allá las nueve de la tarde noche, hay un ritual: las noticias del telediario. Según usos y tics consuetudinarios. Por si acaso un político se ha caido del guindo o el mundo está un poco menos trastornado. ¿Mandan los padres todavía? Mandan. O hacen como que mandan. Todavía. “¿Otra vez verdura?, que asco”. “Deja de tocarte el ombligo y saca el agua”. “¡Y el tomate!”. “Lo que ordene el señorito, faltaría más, aquí está, ¿desea algo más el señorito?”. “Bendice Señor a nosotros y…”. “¿Y el pan?”. “No hay”. “¿Qué no hay?, pues no ceno”. “Pues bueno”. Las nueve en punto y suena la sintonía. “¿Se puede saber qué cadena es esta?”. “La sexta”. “¡Ni de broma!”. Se pone otra. Y comienza el carrusel de sucesos. Y la pasarela de rigor con señoritas de culo prieto y temblorosos senos, que es cuando el simpático presentador del telediario saca a relucir sus comentarios más tiernos y la audiencia permanece más atenta. Lo demás es un poco de relleno político, con Obama en primera línea, que ya da grima de tanto pasearlo, o una breve homilía de Rajoy o Zapatero, para rematar la faena. “¿Se puede saber dónde está el agua?”. “¡Callaros, callaros!, que comienzan los deportes”. Por fin. “¿Deportes?”. Decir ‘deportes’ resulta memo. “¿Por qué gritáis tanto?”. Se trata de fútbol. Casi en exclusiva. Cotilleos e intrascendencias de unas ruedas de prensa donde entrenadores y futbolistas intentan expresar algo. ¿Qué será de la NBA, por ejemplo? Si antes dices nada… ¿Ves? Ahí tienes una canasta de Pau Gasol. Machacando. Y gracias a que España ganó la Davis y estirarán el acontecimiento hasta el último fleco. Para que luego te quejes. De broche un escabroso récord Guiness, o los hombres más sexys del mundo, o los turrones de Jijona (bien ricos por cierto). Anécdotas y sarpullidos del momento. ¿Cultura? Sin noticias. No ha muerto ningún plumífero, académico o rapsoda en lo que llevamos de semana. Ojo, que se acaba de conceder el Premio Nacional de las Letras. Y después de un anuncio de compresas con alas o un desodorante para musas de poetas en celo, parece que bajan las temperaturas en el norte y arrecia el viento en el valle del Ebro. Apago ya la cosa y comienza una conversación familiar sobre los Reyes Magos, que resulta mucho más interesante desde luego.

lunes 24 de noviembre de 2008

Yo fuí masón



“Nací en 1933, de padres que habían rechazado cualquier tipo de religión”. Así comienza este libro escrito por Maurice Caillet, competente médico cirujano especialista en ginecología y urología. Yo fui masón (LibrosLibres) está lejos de la teoría y de la especulación. El autor nos cuenta su vida, sus miedos, sus anhelos, su vacío, su dolor. Y nos cuenta con valor y riqueza de matices su experiencia masónica.

Desde el inicio de su profesión, y antes de que se legislara en Francia la contracepción artificial y la esterilización, él las llevó a cabo, siguiendo su particular patrón “etico”. No lo hace por hacer o en busca de dinero. Pero el caso es que va prosperando. Se casa con una católica de la que se separará, y se vuelca en su trabajo. Es así como conocerá a una enfermera también católica. Sus relaciones sociales aumentan. Y un buen día alguien le habla del ideal masónico, de su filantropía y amor a la libertad. Libertad “que estaba en el espíritu de los tiempos, en los que el objetivo parecía ser la ruptura de los tabúes de la moral tradicional judeo-cristiana”. Ya ven que seguimos en las mismas.

Caillet valora la libertad por encima de todo, y es un tipo con inquietudes. Y se inicia en los ritos masónicos. No tardará en alcanzar un grado superior. Narra las peculiares y extrañas iniciaciones, con curiosidades que satisfarán al más inquieto lector. El Grande Oriente en persona le prometió “la Luz”. Pero las cosas se tuercen. En su trabajo hay otro masón que le envidia y le amarga la vida por una extraña envidia paranoica. Pone a todos contra él. La tan cacareada fraternidad queda en entredicho. ¡Cuánta leyenda y melopea esotérica!

Hay como un declive en su vida. Su segunda mujer, Claude -con la que de momento se casa civilmente-, enferma. De unas úlceras en el aparato digestivo. Y Maurice Caillet, ateo y masón, le propone nada menos ir a Lourdes. Es ahí cuando se produce en su vida lo que podríamos denominar los prolegómenos de su completa conversión. Pero al principio él ve normal compaginar su pertenencia a la masonería, o su curiosidad por el ocultismo y el espiritismo y el new age con estas primeras pulsiones de la gracia. Aunque él va profundizando en la doctrina cristiana y llegará a percatarse de la incoherencia que supone. Su conversión es ya un hecho. En una reunión de la logia les explica a todos los allí presentes -imagínense- esto que digo: su definitiva conversión al catolicismo, sirviéndose de una disertación (que reproduce completa) sobre la figura de Jesús. Los rostros se crispan, no le hablan, no le miran. Se acabó la filantropía y el buen talante.

Sus consideraciones sobre por qué un católico no puede ser masón, son de lo más esclarecedoras. Desde entonces se dedica fundamentalmente a transmitir su fe y a explicar con pelos y señales la masonería. En ese “espíritu de los tiempos” que citaba antes, es muy llamativo -y trágico- que el propio padre de Caillet, agnóstico convencido, al enterarse de su conversión le insultó y amenazó, retirándole la palabra desde entonces.

Estamos ante un libro que puede parecer curioso (¡ay el morbo!), pero que sobre todo resulta ilustrativo y oportuno. Y muy positivo. Porque el autor nunca enfoca las cosas con desdén ni rencor, alegre en el don de la fe que le ha sido concedido. Y al terminar el libro cita con tino a San Pablo: "Porque en otro tiempo fuisteis tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en todo bondad, justicia y verdad. Examinad qué es lo que agrada al Señor. Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, antes bien, reprendedlas". No se lo pierdan.

Nota: Para profundizar en el intríngulis masónico, y como el mejor complemento, aconsejo otro título editado también por LibrosLibres: El secreto masónico desvelado, de José Antonio Ullate.

domingo 23 de noviembre de 2008

La crisis lo invade todo


La crisis lo invade todo. Me cuesta hasta terminar de leer los libros. Por eso opto por los cuentos o relatos cortos. O por la poesía. O por esa otra prosa que nace en los aledaños del meollo y se hace forma en la idea, o donaire en las palabras de un sencillo artículo de prensa. ¿Verdad Juan Manuel de Prada? Y es que no hay manera de hilvanar unos cuantos párrafos seguidos. Enseguida se te requiere para el asunto más anodino. Generalmente. No hay manera de quedarse quieto en el libro. “Es que papá siempre está leyendo”. La fama te precede. Por eso a veces con un verso te das por satisfecho. O con un cuento de Maupassant o Kipling. Lees a rachas, como el viento trajina con las hojas del otoño. Y te conformas -¿qué otra cosa puedes hacer?-, o das más vueltas a las mismas cosas. No hay que obsesionarse con demasiados libros. Bastan unos cientos, o unas decenas, bien leídos y subrayados a conciencia. Pero para el lector empedernido e insaciable de curiosidad y trama, se trata de un imposible. ¿Por qué poner freno a un delirio así? Manoseamos la esperanza de poder llegar a leerlos algún día. Incluso imaginamos el momento exacto, su señor sillón o el perfume adecuado de la brisa. Y por llegar cuanto antes a esa quimera aceleramos la vista (y su mirada), y no calibramos adecuadamente el silencio, y pasamos más deprisa las páginas de la vida. Total, ¿para qué? Los libros tienen cada uno su singladura y su demora, y es necesario respetarlas si queremos enterarnos de algo. ¿Nos enteramos? ¿Me entero? Y escuchas con frecuencia mientras intentas leer un poco: “¿Qué haces ahí sin hacer nada?”.

sábado 22 de noviembre de 2008

Oración del escritor al alba


Jesús,
ya lo ves,
es por la mañana
recién amanecida
de milagros y azucenas.
Y con un poco de escarcha sobre el alma.

Desde la bruma del sueño Te veo
venir hacia mí, puntualmente.
Hoy Me mostrarás de nuevo
la pureza
de Tu presencia
en calles y jardines,
o en los pistilos de las flores
o en el bullicio de las cafeterías,
donde hasta el humo del tabaco se transforma
en el incienso de Tu gloria.

Pero yo,
mi Jesús,
emponzoño todo lo que pienso
o quiero.
No soy digno
de compartir Contigo
ni siquiera el mismo verso.
Y caigo de rodillas, pues sé
que amaneces en mí cada día.

Sé que Tuya es la belleza
y el amor
de los poemas
que leo en el salón o en la cocina.
Sé que cuando escribo
pones a mi disposición Tu omnipotencia.
Pero ¿de qué me sirve
si estoy ciego de egoísmo
y soberbia?

Señor, que vea.
Haz que mis palabras sean siempre Tuyas.

viernes 21 de noviembre de 2008

El miedo



El gemido del viento me despierta en plena madrugada. Si estuviera solo iría raudo al otro extremo de la casa, encendiendo a mi paso todas las luces. No aguantaría la supuesta amenaza. Sé que parece irracional, pero en el sonido de ese viento se perfila lo que a simple vista no veo, pero que está ahí. Aquello. Como un preciso radar va delineando al mismo tiempo mi temblor y su presencia. No se trata de fantasmas ni de ninguna obsesión extraña. Se trata de algo real, compacto, que me oprime el pecho incluso ahora, que estoy acompañado por mi familia y que aprieto entre mis manos un crucifijo.

Por entonces era verano. El trabajo requería de mi presencia en la ciudad, pero convencí a mi mujer para que se fuera con los niños a la montaña. Era absurdo quedarse y sufrir una temperatura tan infernal. Reconozco que, aparte de todas mis buenas intenciones, en aquella postura había mucho de egoísmo. Nada tan tentador como la soledad. A la vuelta del trabajo mil posibilidades de esparcimiento. Desde la lectura sin medida al baño de dos horas, con abundante espuma y el relax de sales aromáticas. Por medio largos paseos por el parque, librerías o sencillamente no hacer nada. ¿Imaginan? No hacer nada de nada. Tumbado a la bartola, sin mirar el reloj, ni estar pendiente de esto o de lo otro.

El calor derretía cualquier tipo de pensamiento digno de tal nombre. Y al salir de trabajar fui al cine, para prolongar un poco más el aire acondicionado. No presté a la película mucha atención, esa es la verdad. Dormitaba entre el estruendo de las bombas y las ráfagas de ametralladora que el héroe de marras dominaba con mortal perfección. Había dormido muy mal y mucho me temía que esa segunda noche pudiera ser peor. No sólo era el calor, era una angustia que oprimía el alma. Y el asunto no empezó bien. Al abrir la puerta de casa sentí un extraño vacío, como si estuviera entrando en un desconocido abismo donde me esperaba algo… o alguien.

Intenté distraerme con un buen baño. Y para pasar el rato busqué una novela que no requiriera de mí esfuerzo alguno en su lectura. No se me ocurrió otra que Miguel Strogoff, de Julio Verne. Pero apenas leí unas páginas. Creía que iba a tener todo el tiempo del mundo para hacer lo que normalmente no podía, inmerso en la rutina familiar. Resultó imposible. La tentación de la desidia es muy fuerte, y me iba dejando llevar por ella en una fruición perversa.

A las diez ya era de noche. Cené por inercia y me puse a holgazanear ante la televisión. El ruido no deja espacio para otra cosa, y ni sufría ni padecía. Iba cambiando de canales absorto en las musarañas más inhóspitas. Hasta el momento en que todo acabó con una leve presión de mi dedo pulgar. El silencio era total. Apenas había vecinos en la casa. Me quedé mirando la negra pantalla un buen rato, en una extraña sugestión. Después recogí muy por encima la sala de estar y la cocina, y me fui a dormir. Eran ya las tres de la madrugada.

Me acosté sin atreverme a prescindir de la luz, aunque el sueño hizo que reuniera el suficiente valor para pulsar el interruptor mientras ponía mi cabeza sobre la almohada. Abría y cerraba los ojos constantemente. Una y otra vez. E intentaba fantasías que me alejaran de la noche y de su misterioso latido. Volví a encender la luz… La oscuridad estaba en la puerta, acechando… Al cabo de una hora de vigilia y sudor decidí trasladarme a otra habitación. O a otro mundo si hubiera podido. Pero permanecí inmóvil. ¿Cómo dejar de pensar en aquello, de percibir su presencia? ¿Cómo hacerlo?

Crujía la madera del suelo. O eso creí entonces. Salté de la cama y aterrado me adentré en el corazón de las sombras. Sabía que no estaba solo. Lo sabía. Y eso era lo peor de todo. Saberlo.

jueves 20 de noviembre de 2008

Por más que me empeñe en los libros...


Por más que me empeñe en los libros, lo importante es la vida. Lo que cuenta. Vida, vida, vida. Sin vida no hay ni tan siquiera buenas historias que contar. Sin vida no hay versos que cortocircuiten las mentiras en las que embalsamamos el alma de continuo. Vida, vida, vida. La vida es la que habla, la que nombra el lenguaje por su verdadero nombre. La vida es la que nos escribe los días con esa caligrafía nítida de luz que nos despierta todas las mañanas. Vida, vida, vida. La vida es la literatura más cierta, aquella que nos cuenta el argumento de nuestra propia realidad. Porque el hombre es el ensayo de una claridad, es la novela de un sueño, es el teatro de un drama, y es la poesía de una eternidad. Y todo ello es la vida, que se prolonga más allá del tiempo y de su gramática. Vida, vida, vida. La claridad ilumina el paisaje del idioma, ilumina por dentro los ojos y los trigales, las palabras y las nubes... Y se conjugan todos los verbos en infinito. La claridad nos restituye el gozo de las cosas y el tacto invisible de su esencia. Vida, vida, vida. Soñamos cada noche un sueño distinto, o el matiz de una felicidad inexpugnable. Soñamos la materia más perfecta: esa boca que escancia su vida en la nuestra, esas piernas que se abren al amor más adentro, o esas manos que abarcan el entero universo. Vida, vida, vida. La vida en la alegría de su drama. Paradoja humana. Cruz. Dolor que nos hace madurar el alma. Valle de lágrimas, aflicción y sufrimiento. Luz y sombras. Injusticias, humillaciones… Ser hombre duele. Y ese dolor nos trasciende y humaniza. Y nos resucita en sobrenatural efusión de gracia. Vida, vida, vida. Poesía. Ese zumo de luz al mediodía. La virtud de la paciencia y esa muchedumbre de gladiolos y begonias.

miércoles 19 de noviembre de 2008

Sin excusas


Durante los fines de semana cada uno se entretiene como puede. Discutes un poco con tu mujer, paseas la nostalgia por la acera donde se encuentra el sol, te sientas en el sofá sin hacer nada que no sea devanarte en la indiferencia, planchas el batiburrillo de los colegiales uniformes, haces las paces con tu mujer, lees un poco a Nguyen van Thuan o a Javier Argüello, no cenas por aburrimiento, vuelves a ver una película sólo para estar hora y media abrazado a tu hijo pequeño… A veces cruzas muy despacio las piernas y tomas notas, como ese afanoso joven que aparece en el fresco Escuela de Atenas, de Rafael. Notas que generalmente acaban en la papelera. ¿Para qué guardar tantas palabras si has de escudriñar todavía en su silencio? Y te pasas horas haciendo como que haces, disimulando la molicie por los pasillos. Allí te embebes en el dragón de un grabado de 1790…, o piensas en un rincón cualquiera del espacio y del tiempo. No sé, puede que la Florencia de Pietro Perugino. O la Salamanca de Miguel de Unamuno. O la Valencia de Jaime Siles, que no cesa de escribir poemas de un ritmo cada vez más brillante, variado y contemplativo. No hay manera de que se seque la ropa. Periódicos, exámenes… Te quedas solo y te vas al Telepizza a leer un rato a José Antonio Muñoz Rojas. Hay cosas que me aburren: / los espárragos y las fábricas, las reuniones y la política, / aquello donde el hombre aparece y no se encuentra. Lees y lees, hasta que los gruñidos y eructos de unos chavales te sitúan en el mundo en el que vives. Bebes tu agua y miras cómo la luz se desvanece en la calle y se sube al autobús de la noche. De los fines de semana lo mejor está en el viernes a última hora, cuando tu mujer te lleva del brazo hacia sus labios y adyacentes, que son gloria bendita y equilibrio de tu vida. Lo demás ya es lunes, casi ni cuenta. Dice van Thuan: “tengo miedo de perder un segundo viviendo sin sentido”. Y a ti te ocurre lo mismo. Pero el sentido lo encuentras en esos labios, en unos pocos versos o en la luz que se escabulle, en la amistad o en calor de la plancha, y en el repique de esas campanas que ahora mismo escuchas y que te llaman a Dios sin excusas.

martes 18 de noviembre de 2008

De algo hay que vivir



Yo es lo que intento. Eso: vivir. Por ejemplo
tomar prestada la palabra colibrí
y desde ella hacerme con el néctar de esa mirada
que me despierta por las mañanas.
O pisar descalzo la hierba de los recuerdos
cuando todavía iba de la mano de mi madre.
O abrir por cualquier página el libro
de la historia y pensar que yo estaba allí.
O hacer una transferencia de un millón de besos
a la cuenta corriente de quien más lo necesite.
O sustituir a Kitting como profesor de literatura
en el carpe diem de la belleza...
O quizá escribir el próximo poema de Miguel d’Ors
con esa tinta que siempre es cielo y es azul.
O de una vez por todas subir las escaleras,
abrir la puerta que está al fondo del pasillo
y ver por fin a Dios.

lunes 17 de noviembre de 2008

Sales de casa...


Sales de casa balbuceando una oración sencilla. Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestra asistencia y reclamando vuestro socorro, haya sido abandonado de vos. En el portal te santiguas, como hacía tu madre. “Papá, ¿no te da vergüenza si te ven?”. “Bueno hija, el que es seguro que nos ve es Dios ¿no crees?”. Y la despedida. Besos y los consejos de rigor. “Pórtate bien, no pierdas nada (es muy despistada), sonríe y ten cuidado”. La miras irse entre un remolino de hojas. Es muy guapa. Claro, que yo soy el padre. ¡Qué voy a decir! Es de alma esbelta y vehemente corazón. Y más lista que el hambre. “¡¡A Dios!!”. Me saluda con la mano y desaparece por la esquina. Me envuelven las hojas en dibujos concéntricos, y en una íntima congoja. Congoja y hojas acompañan mis pasos por la calle. Cojo una al vuelo, y la guardo en un libro de Roberto Bolaño que saco del abrigo. Me da por esas. Guardo lo que puedo, porque tengo miedo a perderlo definitivamente. En esa hoja está mi hija, la oración y la congoja. Puede que un día vuelva a encontrarme con todo ello en una página de ese libro de cuentos… Con estas cosas creo que busco materializar la memoria, o la felicidad. No quiero olvidarme de nada de todo esto que me rodea hoy. No me gustan las despedidas. Pero, excepto Dios, todo en nuestra vida es una continua despedida. ¿Volveré a abrir ese libro de Bolaño? ¿Viviré para contarlo? Y esa hoja puede que un día se la encuentre ahí mi propia hija, escogiendo unos cuantos títulos para el verano. Y puede que intuya algo, no sé. Y sienta en su vehemente corazón el significado. Y acudan a su boca las palabras de aquella sencilla oración que rezaba su padre cuando salía de casa.

domingo 16 de noviembre de 2008

Carta a Thomas Merton


Querido Thomas:


Cuando diste cuenta a Dios de tu vida te encontrabas en Bangkok y era el año 1968, diez de diciembre. Yo tenía cinco años. Y cuando leí por vez primera un libro tuyo -La montaña de los siete círculos, tu autobiografía- ya iba por los quince. Te leí a instancias de una de las personas más apasionadas por la literatura que he conocido: Rafael Díaz Riera, viejo amigo y sabio profesor de dicha materia allá en el fulgurante bachillerato. He de decirte, Thomas, que por entonces me creía poco menos que un genio en esto de los libros. Con ese atrevimiento tan ingenuo y bobo que dan los quince años. Leía todo lo que caía en mis manos. Tan pronto me refugiaba en un rincón para leer a los Siete sabios de Grecia, como me ensimismaba toda una tarde con Muerte en Venecia, de tu tocayo Mann, olvidándome del todo del examen de Física que tenía al día siguiente, y que resultó un absoluto fracaso. En fin, tú también pasaste por algo así, y sabes de lo que te hablo. Y desde entonces me parece que tampoco he cambiado mucho.

Pues sí, leí La montaña de los siete círculos, en la edición de 1961 de la editorial Sudamericana.
La compré con el dinero que me iba a gastar en jugar al billar con mis amigos.
Al poco, y en la misma librería Pérez (hoy es un solar que espera algo de bonanza inmobiliaria), me hice con tus diarios de El signo de Jonás. Recuerdo que me entusiasmé relativamente con tus libros. Allí se quedaron, en mi inopia. Porque el tiempo nos enseña a leer. Y han tenido que pasar treinta años para que descubra de verdad tu obra. Y tu vida. Que a la postre son en ti una unidad de lo más coherente, una armonía que me ha hecho redescubrir muchas realidades espirituales, que son las que en definitiva sostienen y dan su verdadera identidad al hombre . Me dice una amiga que padezco “mertondependencia”. Puede ser. Y todo gracias a la editorial Edhasa, que en estos tiempos de indiferentismo religioso, cuando no de feroz tropelía contra la fe y los valores cristianos, se ha arriesgado a reeditar tu vida.

Pero tu vida no sólo está reflejada en La montaña de los siete círculos. En ese libro nos cuentas tu infancia, juventud y primera madurez. La visión de tus padres (los dos artistas) y hermano es especialmente tierna. Años donde se fueron forjando tus sentimientos y tu carácter; tus conocimientos, y esa personalidad tuya tan entrañable (con alma de poeta), independiente y decidida, que busca sin tregua la paz. La buscas en la amistad, en el amor humano, en la literatura, en el mundo, en los viajes… En la vida, vamos. Pero como muy bien dices casi al final de tu autobiografía: “(…) lo que estás esperando viene cuando realmente no lo esperas”. Un buen día Dios se precipitó en tu vida. Te convertiste al catolicismo, después de tantos años de atonía y confusión, de orfandad. Y un poco más tarde decides ser monje trapense. Como comprenderás eres un escándalo. Como lo fue Cristo. No estabas en tus cabales. ¿A quién se le ocurre? Un joven con un futuro tan prometedor, con ese porte y esa experiencia como profesor, con esa tesis tan lúcida sobre William Blake (al que me has hecho volver), con…

Hasta aquí llega La montaña de los siete círculos, hasta aquí llega tu vida. Porque desde entonces prescindes de ella, mejor dicho, la fundes con la Vida. Sigues escribiendo, pero tu objetivo ya no es el conocimiento erudito o el prestigio humano. Nuevas semillas de contemplación (SalTerrae), La oración contemplativa y Meditación y contemplación (PPC), Diario de Asia (Trotta), etc. Sin olvidar tu poesía: “(…) La verdad que transustancia la noche del cuerpo / ha hecho de nuestras almas Su tienda: / abre el secreto ojo de la fe / y bebe estas honduras de luz invisible”. Tu objetivo es el amor de Dios, poder contemplar Su intimidad, ser santo. Le dices: “No quieres que piense lo que soy, sino lo que Tú eres. O más bien, no quieres siquiera que esté pensando mucho, pues Tú me elevarás sobre el nivel del pensamiento”.

Querido Thomas, no te extrañe que desde entonces no cese de leerte, considerando con calma tu alma, en esa búsqueda que es la única búsqueda que colma nuestro ser. Un gran abrazo y gracias por todo.

sábado 15 de noviembre de 2008

Muñecas rusas


Cabizbajo, y solo, y oscuro
-silencioso, sin rastro-
en las olas de niebla se funde
como se hunden los barcos.

MARINA TSVETÁIEVA


Nadie se tiene que enterar. ¿Dónde está la maleta? La manía de cambiar las cosas de sitio. Juraría que estaba en el altillo de mi habitación. ¿O quizá en el trastero? Voy a indagar. Las llaves, las llaves del trastero... Tampoco las encuentro. ¿Pero qué ocurre en esta casa? Tanto orden va a acabar conmigo. Es igual, cualquier maleta me sirve. La maleta y mi amplia cartera negra ribeteada en rojo. Primero la ropa. Ah, y el neceser, sin olvidarme de las medicinas (aunque allí donde quiero ir no sé si serán de utilidad). ¿Falta algo? Pensemos… ¡Ya está! El pijama y la corbata dorada. Y la gabardina, por si necesito un poco de lluvia. Rápido, rápido, que mi sueño es muy puntual y sale en media hora.

En la cartera sólo libros. Por Dios, ¡qué nervios! ¿Y qué libros? No sé si cogerlos al azar, que será más breve. Vamos a ver. Abro las puertas de la biblioteca, cierro los ojos y arrastro mi mano derecha por los lomos. Éste de aquí, y éste, y éste. Y éste. Ya vale. ¿Poesía popular de la China antigua? Bueno. Los cementerios civiles, de José Jiménez Lozano. Para adentro. El mago de Viena, de Sergio Pitol. Ya lo he leído, pero es igual, es de lo mejorcito. Y… ¡una guía de Rusia! Misterio, misterio. ¿De dónde habrá salido? A saber el rumbo que toma el tren de mi sueño. Cinco minutos. ¿Y si los libros son pocos? Nunca se sabe. Me llevo también estos dos que tengo por la mesa. Asesinato en Montmartre, de Cara Black y esos Diarios de Sándor Márai. Listo. Y cierro los ojos. El viaje será largo. Quisiera que fuera muy largo…

El compartimiento del tren es coqueto y cómodo, de madera noble y terciopelo color turquesa en los asientos. Estoy solo, pese a que hay dos camas litera. Fuera la noche es espesa, y dentro la luz es mortecina, como de novela decimonónica. Alguien llama a la puerta. “¡Adelante!”, me escucho decir a mí mismo. Un revisor. Me quedo mirando el brillo de los botones de latón de su uniforme. “Señor, ¿quería algo?”. “¿Yo? Pues no sé, ¿he de querer algo?”. El revisor me mira incrédulo. Por salir del atasco le pregunto el destino del tren. Su mirada desconfía a ojos vista. “Praga, señor, nos dirigimos a Praga; que pase buena noche”. Y se va. ¡Praga! Abro la cartera y recurro a la poesía china: Hay que ser felices hoy, más felices / vamos juntos a pasear entre las nubes.

Hoy. ¿Pero qué día es hoy? Llamo al revisor. “¿Señor?”. “No le he oído llamar a la puerta”. “Bueno, señor, puede que estuviera dormido”. Hago como que no le he oído. "¿Podría decirme qué día es hoy?”. “Exactamente 3 de junio de 1924”, me contesta con cierta sorna. “Y llegaremos a la estación de Hlavni Nadrazi en seis horas”. “Gracias”. Considero la posibilidad del sueño y que falten seis horas para despertar. Pero si estoy aquí es para disfrutar del viaje. Vale, bien, ¿y qué hago? La noche me devuelve mi rostro. Y no puedo quedarme dormido en mi propio sueño. Libros, para qué os quiero, mantenedme despierto y consciente de este viaje. Y hojeo el dietario de los últimos años de Márai sin convencimiento. Las palabras se tropiezan con la imagen -o imaginación- de las piernas de una actriz que no identifico muy bien. Quizá Doris Day.

El tren está quieto. ¿1924? Unas bombillas oscilan nerviosas ahí fuera, donde el temor habita. Ruidos de puertas, voces y la soledad de un silbato. Retomamos la marcha. ¿1924? “¡Señor, señor!”. El revisor de nuevo. “¿Sí?”. “Con permiso señor, ¿sería usted tan amable de dejar que se instalara aquí con usted una persona hasta llegar a Praga?”. “Desde luego, desde luego”. Y me levanto pensando que cualquier cosa es mejor que seguir en la somnolienta apatía de aquel compartimiento. Para mi sorpresa una vieja maleta de cartón avanza por delante de una mujer triste. Esboza un no muy convincente amago de sonrisa, supongo que por falta de práctica. Cojo su maleta y la guardo. “Gracias señor, es usted muy amable”. Y toma asiento en un largo suspiro.

“Me llamo Marina Tsvetáieva”. Y me lo dice tendiéndome su mano. Se la estrecho con la boca abierta. No puede ser. Esto es imposible. “Encantado, yo soy Ernesto Urreta, español, aunque si tengo que serle del todo sincero no sé muy bien qué hago aquí, llegando a Praga, que es como decir a la Luna”. “Puede que sólo sea un sueño”, matiza. Sus ojos sonrien un poco, maliciosos. “Es una posibilidad que no dejo de tener en cuenta cada día”, le respondo. Una carcajada llena el habitáculo. Una risa amplia, pura, inesperada, niña. “Perdóneme, no es muy frecuente que en mi vida haya algo que me haga reír”. “Pues me alegro de ser una de las causas”. ¿1924? Le pregunto lo que ya sé: “¿Usted es rusa no es cierto?”. “Así es, una rusa exiliada, pues el exilio es la patria más común del pueblo ruso”. A duras penas contiene una emoción profunda. Vuelve su rostro hacia el amanecer, mientras su mano derecha dibuja en el vaho del cristal una diminuta cruz.

¡Cristo y Dios, quiero un milagro, / ahora, al comenzar el día!. Y proseguimos juntos con los siguientes versos: Déjame morir mientras la vida / es como un libro para mí. Ahora sí, ahora Marina Tsvetáieva llora. La miro en silencio y tomo sus manos entre las mías. Al fin me dice: “Tú no eres Ernesto Urreta, ¿quién eres?”. Pasa lo que me parece una eternidad hasta que le respondo. “Marina, quizá soy un sueño dentro de otro sueño”. Esta vez no se ríe. “Pues entonces no quiero que despiertes”.

viernes 14 de noviembre de 2008

La importancia de lo insignificante (o una pistola de juguete en el armario)


Dicen que tengo cosas importantes que hacer. Y yo les aseguro que no las encuentro por ningún sitio. Busco en “mis documentos” y en el diccionario de María Moliner, por si acaso alguna recóndita palabra me diera una pista aprovechable (me fijo sólo en “fábula” y “merodeo”, no se por qué). Busco en mis agendas y en el fondo de mi cartera, pero sólo encuentro manías y unos viejos versos. Busco entre los pistilos de una flor que no conozco y que tengo encima del escritorio, y apenas encuentro un lejano olor de vida. Busco entre los e-mails y en mis bolsillos, busco entre la colada y asomado a las ventanas. Nada. Debo ser un poco torpe. ¿Qué será eso tan importante que tengo que hacer? Tiento los libros, indagando en los títulos. Me quedo con Un gran chico, de Hornby, pero sin ninguna razón en concreto. Pliego las sábanas y emparejo los calcetines, que están un poco húmedos todavía. Sólo veo arrugas y algún hilo suelto... Cosas importantes, dicen, como si fuera tan fácil. Abro sin ganas las cartas del banco y preparo unos bocadillos para mis hijos. Me siento, pero recuerdo que rompí la persiana de mi cuarto. ¿Lo intento? “Todo es cuestión de ponerse”, me dijo un taxista hace poco. No me atrevo. Mejor dicho, me inmoviliza la pereza. ¿Dónde? ¿Dónde encontrar aquellos asuntos tan importantes de los que me debo ocupar? Busco en los mensajes del móvil y… me levanto para mirar si tengo alguna camisa planchada. Me entretengo en el armario (con el tiempo los armarios acumulan lo más insólito). Libros viejos, una vistosa pluma de ave con sus tintas de colores, una pistola de juguete y un peine que daba por perdido. Y mis camisas, claro. Y esas perchas vacías que oscilan entre el desconcierto y su metáfora. Con ahínco busco, y salgo a la terraza para ver si me espabilo con el frío y la emoción garza del cielo. Dicen que tengo cosas muy importantes por hacer, que estoy llamado a realizar grandes aventuras. Yo creo que se equivocan de medio a medio. La gente te acaba queriendo por costumbre o porque no tiene otra cosa mejor que hacer. Hablan por hablar. Lo mío es lo menudo, lo insignificante. Apenas soy capaz de escribir estas líneas y poco más.

jueves 13 de noviembre de 2008

El paro acojona



Sinceramente, el paro acojona. Iba a escribir “asusta”, o “provoca pánico”, o “induce a un considerable desaliento”. Pero no, la expresión ajustada -por expresiva y coloquial- es la que es: el paro acojona. Y además lo otro. No sólo por la posibilidad de que me volviera a tocar a mí. Pensemos en los demás. Creo que ya todos vamos sabiendo de gente cercana -familia o amigos- que se ha quedado en la calle. Y yo, que soy de imaginar, imagino el día a día a partir de ese momento. Cobrar el paro no quita el miedo a nadie que esté en esa situación. Y te ves más solo que la una, como en medio de un testamento. Acojona la mirada de tus hijos, el abrazo de tu mujer (o el de tu marido) y la posibilidad de que tu currículo no valga para nada, o menos que nada. Y acojona la impericia política que nos reconcome el futuro, además del presente. El destino de la bolsa, la trapisonda inmobiliaria (la avaricia rompe el saco), la refundación del capitalismo o los elásticos tirantes rojos de Botín serán un asunto crucial de la economía, pero el caso es que han llegado los días en que unos cuantos miles de personas y familias han tenido que empezar a pedir dinero a sus padres para poder comer, o a ver cada vez más de cerca el embargo de su alegría. Es muy duro cuando se cortan de raíz los sueños y zozobras en el insomnio de la madrugada. Y das vueltas y más vueltas a tus aptitudes, a los gastos y a la fatalidad. La perspectiva cambia para todos. O debería. Hablas con personas al borde de las lágrimas, impotentes. Vidas como la tuya, que de pronto se ven en la cuneta del desgarro. Y comienzas a pensar no tanto en la casuística y en las cifras -no deja de crecer el desempleo- como en la misericordia. ¿Qué puedo hacer por los demás? Esa es la pregunta que conduce al principio de toda esperanza, y hace de un hombre un imperio. Nos necesitamos los unos a los otros. Apartarse en un solipsismo displicente, ir a lo nuestro, y ver la vida desde la molicie del telediario o Internet, rodeado de cojines y con los pies en la mesa, es de cafres irresponsables. Vivimos tiempos en que la caridad es lo más importante. Y no sólo con los que necesitan dinero.

miércoles 12 de noviembre de 2008

Las Obras Completas de Galaxia Gutenberg



En el panorama editorial español hay muchas cosas realmente sobresalientes. Tantas que no podría reseñarlas todas. Pero quisiera apuntar algo, dar unas pinceladas. Cualquiera que me conozca un poco o haya leído apenas un párrafo de lo que escribo sabe de mi pasión lectora. A prueba de cualquier contradicción, befa o tentación casquivana. Los libros siempre van conmigo. Haga frío o calor, trabajando o de vacaciones, alegre o menos alegre. Son medicina, catarsis, oración, compañía, consuelo, fortaleza, humor, brisa y defensa tantas veces ante lo más sórdido del mundo. O ante la tristeza vespertina que nos acongoja un día cualquiera de otoño.

Son unas cuantas las editoriales que me encandilan. Y tras ellas tantas personas sabias. En ciencia filológica y en ciencia humana. Gente que sabe de lo que habla, gente con buen gusto para las palabras, gente discreta y trabajadora. Gente buena, gente amiga. Os doy las gracias con todo mi corazón. Minúscula (Valeria, Valeria), Lumen, Ciudadela (Luisa y Antonio, os quiero), Atalanta (Jacobo, no dejes de sorprenderme), Ariel, Siruela, SM, LibrosLibres (Álex y Carmelo, ¿qué haríais sin Sara, tan simpática y sin compromiso?), Pre-textos, Anagrama, Alianza y Cátedra, Acantilado, Encuentro, Seix-Barral, Biblioteca Castro, Linteo, Renacimiento, Tusquets, Edhasa, Alba, Salamandra… A mí alrededor están vuestros libros, en esta mañana donde la niebla es un plus de literatura.

Pero quería centrarme hoy en una editorial. Más todavía: en una colección de dicha editorial. Porque las Obras Completas (Opera Mundi) que viene publicando Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores bajo la tutela y el ímpetu de Joan Rianbau (sin olvidar a Toni Munné o Ignacio Echevarría) son un dechado de virtudes, un festín sin igual. Desde luego un prestigio intelectual de primera categoría. Por la excelencia de los escritores seleccionados, por sus ediciones magistrales, por la calidad de sus estudios y prólogos, por su papel e impresión, por el formato. Por todo. La colección Obras Completas de Galaxia Gutenberg son un artículo de primera necesidad lectora. Sus tomos son imprescindibles en el alma de nuestra biblioteca. Y es de justicia reseñarlo. Y una delicia saborearlos.

Ante la crisis yo recomiendo sobre todo lectura y reflexión. Luchar por adquirir ideas propias, y un sentido crítico ante la mentalidad de manada pánfila que tanto predomina hoy. Hacer un sitio en el tiempo para el rastro de silencio que dejan las palabras de Baroja, Kafka, Vargas Llosa, Montale, Neruda, Delibes, Canetti, Valente, Nerval, Nabokov, Cortázar, Gómez de la Serna o Nicanor Parra. Entre otros de los aquí publicados. Resistir, resistir. Un buen lector es un rebelde con causa, una persona a la que le subleva la fruslería y la malversación de la literatura. Es decir, del espíritu y su aventura equinoccial, que diría Ramón J. Sénder (otro olvidado). Un buen lector cultiva la austeridad en sus compras librescas. Pues la austeridad significa gastar en lo que merece la pena, significa ir al grano de lo que importa, sin perdernos en la morralla.

¿Y qué es lo que importa en literatura? Todas estas Obras Completas, o casi completas, para empezar. Todos estos escritores y los que han de venir. Sólo espero que los vericuetos legales y de derechos no sean siempre impedimentos insalvables, y dejen que muchos literatos señeros se sumen a los que ya están. Espero que no haya dudas en esa casa, y que nunca flaquee el sueño, el corazón y el presupuesto. Por el bien de todos. Porque es un regocijo sacar de su estuche cada volumen, acariciar sus páginas y ponerse a leer. Aunque haya niebla.

martes 11 de noviembre de 2008

El árbol de las verdades


“Me gusta levantarme una mañana de verano / cuando los pájaros cantan en cada árbol (…)”. Perdón, es que estoy leyendo y dando vueltas a las Canciones de inocencia y de experiencia de William Blake (Cátedra), y me he quedado traspuesto un rato después de comer escuchando esos pájaros de infancia. La inocencia de las nanas y los primeros cuentos y juegos. La inocencia de esa visión cristalina del mundo. El rostro de tu madre, “el sol naciente: allí vive Dios” y el olor del pan que traía mi abuela del horno. Este libro de Blake hace que retome los primeros días de colegio, las escurridizas lagartijas y los árboles donde me subía a lo más alto de la aventura… Despuntaba la alegría de la vida allá arriba. ¿No era aquello el Paraíso o algo parecido? Pero ahora es otoño y el cielo está que da pena, tan gris y mustio y desvalido. Imagen de la experiencia en el transcurrir del tiempo. Imagen de tantas lágrimas y derrotas. Imagen del rédito de los años, donde la memoria se hace sombra. ¡Qué gran poeta es Blake! Visionario, romántico, intuitivo… Pese a todo escepticismo, lucharé por no perder ese rescoldo de inocencia, y el eco de estos versos.

Y después he salido a pasear un rato y, como suelo, he llevado conmigo varios libros, entre ellos El árbol de las verdades, de Blanca García-Valdecasas (Ciudadela), que tras años de silencio publica esta novela. Una vez escuché a un pobre crítico que la obra de esta mujer era mojigata, entre otras lindezas. No hubo apunte alguno por mi parte, no había leído nada suyo. Después conocí a la que ahora es mi mujer, lectora agraciada donde las haya. Y del primer libro que me habló fue de Por donde sale el sol, de García-Valdecasas. “Una de las mejores novelas que he leído nunca”, fueron sus palabras. Yo la miré con cierta desconfianza. Debió notar mi duda o la coña, vaya usted a saber. El caso es que unos días después vino con el libro y me soltó a bocajarro: “Cuando lo leas opinas”. Y yo chitón. ¡Cómo para decirle nada a la novia! Y leí la novela. Y disfruté de una prosa limpia y honesta, de una historia fantástica. ¿No la han leído? Pues El árbol de las verdades (es un fresno, ya averiguarán su porqué) ha vuelto a conseguir que sienta renovada aquella sorpresa. Sin buscar cosas raras, sin alambiques memos. Una historia llena de humanidad, luz y emociones. Escrita con trabajada espontaneidad, con sencillez y tino. El poder de Elisa es el poder de una mujer buena (esto suena hoy un tanto disparatado, lo sé), que sabe querer y se hace querer, y que transforma todo a su alrededor…

Vuelvo a casa sin leer nada. Mi idea era encontrar algún banco con palomas, o entrar a un bar y tomar un descafeinado. Pero se me ha enfriado el ánimo, dando vueltas a la lluvia y a la adolescencia. Todavía no han vuelto mis hijos. Recojo un poco la cocina y me tumbo en la cama. Que sea lo que Dios quiera.

domingo 9 de noviembre de 2008

Arte


Ese empeño por resultar original es lo que más me aburre del arte contemporáneo. Esa obcecación por el rarismo y por lo intrincado. Volutas de escombros y anatomías de nada. Es como si las cosas tuvieran que pasar obligatoriamente por el tamiz de lo extravagante para resultar aceptables. ¿No es ya todo bastante complicado y rarito y energúmeno? Pues se ve que no. El arte posmo lanza su cuarto a espadas. ¡Qué viejo me parece, y qué jauja! Cuanto mayor es el espasmo y el sinsentido más encendido será el elogio de los botarates. Y se sacan del encéfalo teorías minuciosas, y reciben unas subvenciones pletóricas, y ¿qué decir de las críticas? Unánimes en palabras gaseosas. Hay que llamar la atención como sea. Siempre recuerdo el artilugio expuesto en la galería de arte propiedad del personaje que interpreta Katharine Hepburn en la película Adivina quién viene esta noche, y que John Prentice (Sidney Poitier) contempla incrédulo. ¿Arte o disparate? ¿Arte o pícara estratagema? ¿Dónde se nos ha quedado el alma? Porque yo es lo que busco en la materia y en sus formas, en el trasluz de los colores o en los guiones de cine. Busco la emoción pura de los sentimientos, la ternura de la belleza… Todo eso que me redima de la impostura y del fastidio. No me interesa la especulación del exceso, o la agria desfachatez del prejuicio. Quiero lo que quieren todos los hombres: indicios de felicidad. Por eso mientras veía la película Bella, protagonizada y producida por mi amigo Eduardo Verástegui, he comprendido un poco mejor lo que es el arte y lo que significa el alma.

sábado 8 de noviembre de 2008

No tengo valor para ello


Mientras repasaba unas fotografías del verano pensaba en una frase recientemente leída. De Rudyard Kipling, en El mejor relato del mundo. Le hace decir al joven Charlie Mears: “A mí ya no me interesa escribir. Quiero leer”. Algo que yo mismo llevo pensando desde hace tiempo. No es por mera apetencia o por el lastre de la comodidad. O por una falsa humildad. O por indiferencia. Es por algo que se parece bastante a cierto sentido de la proporción. Y del decoro. Seamos sinceros: de lo que uno escribe se deriva -si no se está atento- una espesa vanidad que apenas nos deja distinguir los bajíos de las horas y vivir con serenidad. Hoy la literatura es un cotilleo bastante generalizado y una cuenta de resultados. Mucho boato y poca miga. Un cotilleo que puede estar beatificado con el barniz de la Academia y de las contraportadas y de los premios, de los medios de comunicación y de unas cuantas citas fulgurantes. Tanto da. De seres pensantes es muy fácil degenerar en seres pedantes (cuyos sinónimos más apreciados son la afectación o la jactancia). Y de ahí a la cosmovisión pedorra sólo hay un paso. Pero la coba nos ciega. Siempre habrá gente que te diga que escribes como los ángeles o que has cambiado su vida. O que tu estilo le recuerda a Azorín o Hemingway (que desde luego no es mi caso, vaya mala suerte la mía). Incluso puede haber personas que elucubren que estas líneas son para llamar la atención sobre una presunta y literata hidalguía. Ni caso. La cuestión es: ¿por qué escribo todos los días? ¿Para estar menos solo? ¿Para ganar en autoestima? ¿Para solventar mis deudas? ¿Por hacer algo? Me canso de mí mismo, de veras. Quiero leer a los buenos, ya sea Guillermo Cabrera Infante o John Steinbeck. Más todavía. Lo dicho: me bastan esos libros, un paseo en bicicleta y unos calamares. Pero sé que no dejaré de escribir, no tengo valor para ello.

viernes 7 de noviembre de 2008

Un suceso extraordinario


He aquí un suceso extraordinario del que fui testigo hace más de una década. Nada que ver con El hecho extraordinario donde se narra la conversión al catolicismo de don Manuel García Morente. Ni mucho menos se acerca a un relato de Arthur Manchen o Algernon Blackwood. Se trata de una historia sencilla, de un suceso que vi por casualidad y que no creo que sea muy frecuente (¿o sí?). Porque lo vi, y esa es la verdad que más me afecta. ¿Por qué digo que es extraordinario? Mejor será que comience a contar y que cada lector opine lo que le venga en gana.

La ermita estaba -y está- relativamente cerca de la ciudad donde vivo. Mi amigo Antonio y yo habíamos quedado esa mañana de sábado primaveral para estirar un poco las piernas, aletargadas del sedentario sin vivir. Y nos dejamos llevar por la conversación. Una conversación que no tuvo nada de especial. Lo de siempre. La familia, la literatura y el déficit moral de nuestra rudimentaria sociedad. Entre otras cosas no tan elevadas, es decir, la política. Antonio es hombre parco en palabras, le gusta más escuchar. Y conmigo desde luego le ha tocado la lotería, porque no doy tregua a la lengua.

El camino más o menos lo teníamos claro, pero tampoco nos importaba improvisar y acabar nuestro itinerario sabatino en algún pueblo, alameda o paisaje con ciertas garantías de reposo contemplativo. Caminábamos despacio, obligados por la desmedida afición de Antonio por lo pequeño. Me refiero a las amapolas, a las flores y bichos más insignificantes, a las briznas de hierba y al relieve de los troncos de los árboles. Todo le llamaba la atención. Y mientras él se abismaba en una margarita cualquiera, yo andaba tirando piedras al horizonte.

Antonio, Antonio. Se empeñaba en convencerme de la importancia crucial de las nubes para el alma. O de la silueta de la luz que nos precedía (a saber lo que quería decir con eso). Y se quedaba embobado mirando hacia el cielo, mientras yo le pasaba el brazo por los hombros y le decía con más o menos convicción: “qué tío más grande eres”, o “cómo envidio tu forma de ver las cosas”. Ese tipo de frases que en realidad no dicen mucho, y que traducido al idioma vulgar significan algo así como: “perfecto, maravilloso, pero sigamos porque se nos va a hacer tarde”. O bien: “déjate de historias y vamos al grano”.

Hacia el mediodía pasamos por un pueblo que ya no recuerdo. Era diminuto y feo, como el bar donde entramos a beber una cerveza. Obviamente a Antonio le encantó. Me hizo recorrer todas sus callejuelas, la plaza, la iglesia… Y estuvimos un cuarto de hora delante de la puerta de una casa y de su aldaba, enmarcada por un arco de piedra donde estaba grabado el año del Señor de 1720. Precisamente cuando estábamos allí como dos pasmarotes se abrió la puerta, ocasión que aproveché para departir con el abuelo que surgió de las sombras. Parecía tener tantos años como la casa y tan arrugado como las piedras que enmarcaban la puerta. Por él me enteré de una ermita saliendo del pueblo a mano derecha y luego todo recto, más allá del cementerio. “Adiós abuelo, gracias por todo”. “Adiós zagales, la ermita estará abierta a estas horas”.

Y hacia allá que fuimos. Antonio no había abierto la boca. Y siguió sin hacerlo hasta que llegamos a la altura del camposanto. “Entremos”, dijo. Y entramos. Cuatro cipreses, tumbas y una pared llena de nichos. Eso era todo. Aunque claro, eso era todo para mí. Antonio comenzó a leer fechas y epitafios. “¿Qué haces?”, le pregunté. “La muerte no existe”, se limitó a murmurar. “Ya, por eso están todos fiambres”, apostillé con una contundente carcajada. Sonrió. Debía pensar con razón: “Amigo mío, pero mira que eres bruto”. El caso es que Antonio tenía -y tiene- el don de hacerme pensar. Cuando se apagaron los ecos de mis risas no pude evitar el quedarme muy serio. ¡Qué silencio en medio de todos aquellos muertos! Antonio arreglaba algunas rosas y claveles artificiales y puso unas flores silvestres sobre la blanca tumba de una niña llamada Beatriz que murió a los cuatro años, en 1914. Me estremecí. Y leí sobre la piedra: “Ve con Dios hija, sabemos que los ángeles nunca mueren”. Antonio me miró a los ojos y sentenció: “¿lo ves?, toda esta gente sigue viva”.

Salí de inmediato de allí y le esperé sentado en un incómodo poyo. Imaginé el entierro de esa niña. Imaginé la vida en este rincón del mundo en 1914. Imaginé la pobreza y el frío y la piedad de aquellas gentes. Y me vi a mí, tan lleno de recursos y cachivaches inútiles. Tan lleno… y tan vacío en tantas ocasiones. Pero dejémonos de mis cosas. Seguimos la excursión por un sendero ribeteado de las dichosas amapolas que parecían pintadas al óleo. La ermita se recortaba en un paisaje de ensueño. Estábamos solos en el centro de tanta belleza. Antonio tomaba algún apunte sobre la marcha. Escribía dos o tres palabras y se guardaba en el bolsillo de la sahariana la libreta. Yo hablaba y hablaba. ¿Es un defecto? Puede. Yo creo que sobre todo es una manera de disimular la tristeza. Una impostura más con la que trajinamos la vida.

En la ermita no había nadie. Pero miento. Estaba Dios, en un sagrario barroco de madera dorada. A su lado una oscilante llama eléctrica. Completaban el conjunto una Virgen dolorosa, una pintura bastante rudimentaria de la Santísima Trinidad, y dos tallas de santos. Supusimos que alguien andaba cerca vigilando. Yo salí un rato al sencillo acto de respirar la brisa… Ni un alma por los alrededores. Al poco entré de nuevo, y lo que vi… Nadie me va a creer. Pero lo vi. Vi a Antonio de rodillas ante el sagrario. Hasta ahí normal. Es hombre religioso. Pero detrás de él había una niña pequeña, como de cuatro o cinco años. Antonio no parecía darse cuenta de su presencia. La niña resplandecía con una luz que no podría describir por más que lo intentara. Y en un momento dado se volvió hacía mí… Y… Y ¿cómo explicar lo que vi en su mirada? Pero lo vi. Y estaba viva.

Sé que me tomaran por insensato, y que todos creerán que esto es sólo un cuento. ¿Qué más da? Yo sé lo que vi, y estoy cuerdo.

jueves 6 de noviembre de 2008

Del mar, libros y sueños


Hace poco mencioné la isla desierta a propósito de los libros que me llevaría. Y aunque no me siento náufrago de nada, sí que es cierto que lo sueño con frecuencia. No se trata de un anhelo, o de una especial querencia por la soledad, o de un gusto por la lectura llevado a su extremo más radical. Pero es un sueño que se repite, que insiste, y que lo recuerdo siempre al despertar, cosa rara en mí. ¿Alguna lectura de aventuras de la infancia, algún trauma que no me sé? Puede que sin darme cuenta busque un refugio o una dimensión distinta del tiempo. Por alguna extraña razón emprendo un viaje en barco. Me veo leyendo en una de esas inenarrables tumbonas de cubierta. O contemplando la gama de azules del océano, y la espuma de nubes que se esparcen por el cielo. Deambulo por los pasillos de los camarotes hasta dar con el mío. Allí están mis maletas. Una con ropa y otra atestada de libros, revistas y cuadernos. Una visión muy nítida es la que observo desde popa, al atardecer, asomado a la fosforescente estela del barco. No hay conversaciones, aunque sí el sonido de las olas, en un bonancible concierto. No sé los años que tengo, ni si estoy casado o soltero. Tampoco sé el destino de la nao, ni el puerto de procedencia. Y no sé si navegamos por el Atlántico o por el Pacífico o por el Índico. Hay pocas cosas que me llamen la atención aparte de la incidencia de la luz en el agua y en el espacio. Y en esto creo que tampoco hay mucha distancia entre la realidad y mi sueño. Temo la profundidad de lo desconocido. Pero me acojo a la tumbona y cierro los ojos... Y ya no recuerdo nada más hasta la playa. Solo. El mar en calma. Soy consciente de un miedo que va creciendo. El caso es que sueño un largo paseo por la orilla, y que me voy encontrando restos de la inapelable zozobra del barco. No tengo sed ni hambre, lo que me ha llevado a pensar en ocasiones si me habré soñado muerto. Aunque no me cuadra el miedo. Un miedo muy intenso que no logro identificar con nada ni con nadie. Entre los despojos que están en la arena hay varias maletas que voy escudriñando con ansiedad. Una de ellas es la de mis libros y cuadernos. Desde entonces ya no sueño el miedo. Y comienzo a leer y releer hasta aprenderme de memoria sus páginas (no recuerdo títulos concretos). Y escribo… Y me despierto a las siete en punto. Y se me hace raro no ver el mar por la mañana. Hasta que vuelva a soñarlo. Y a sentir ese extraño miedo en el espinazo de la noche.

miércoles 5 de noviembre de 2008

Intento no dar esquinazo a Dios


"Nuestro descubrimiento de Dios es, en cierto modo, ser descubiertos por Él"

THOMAS MERTON



Suelo hacer un rato de oración todos los días. Y cuando ya he escrito esta frase me digo que soy un estúpido. No por hacer oración, si no por decirlo. ¿A quién puede importarle? Y tampoco es nada del otro mundo. Muchas personas lo hacen. ¿Qué pretendo, darme cierta importancia espiritual? Menuda majadería. Pero bueno, el caso es que hablo con Dios. Y les aseguro que no lo hago por relajarme. Me cuesta. Y mucho. Y normalmente ni hablo ni escucho ni siento ningún cosquilleo místico. Y me distraigo con cualquier cosa. O sueño fantasías, o calculo el final de mes, o pienso en un verso que versa de chopos o de nubes. ¿Que por qué oro o rezo o lo intento? Porque Dios me espera. Así de simple. No sé si es la razón teológicamente más precisa, pero es la que me brota del corazón y la que me mueve. Y darle esquinazo a Dios pues no sé qué decirles. Me parece como mal. Y no se crean que de cuando en cuando no le doy plantón. Estaba en lo mío… y se me olvidó, o dejé que se me olvidara. O pedí parte de mi herencia para irme de juerga. Siempre hay excusas. Y de lo más razonables y sensatas. Pero el caso es como si te olvidaras de tus citas con la novia o con tu mujer o con los amigos, por la sencilla razón de que no te apetecía en exceso o que estabas inmerso en una novela exuberante (de Rafik Schami por ejemplo) o que andabas otoñal depresivo. La cosa exige lucha, como todo lo que vale la pena en la vida. La peor sinrazón es llegar a creerte que no tienes tiempo. Imaginen que Dios dejara de tener tiempo para nosotros (y aquí lo mismo da ser católico, agnóstico o licenciado en derecho). Se acabó lo que se daba. La historia quedaba del todo finiquitada. Por otra parte es una falta de educación lamentable. Y de sentido práctico. Porque lo que sí tengo comprobado es que si me ocupo de Dios -aunque sólo sea fijando la vista en la belleza por Él creada o en la factura horrible de ese sagrario que yo sé-, Dios se ocupa de lo mío. De mi felicidad, se entiende. Aunque antes debas pasar por algunos contratiempos en forma de Cruz. Que tampoco es para tanto, pero claro a uno le duele más lo suyo, y para más inri soy quejica por naturaleza. Total, que sí, que unos minutos al día hago oración. Soy católico. Lo raro sería que no la hiciera, que me conformara con la misa del domingo, o que le diera un corte de mangas a mi fe.

martes 4 de noviembre de 2008

Katherine Whitmore escribe al enterarse de la muerte de Pedro Salinas



“Amarte, amarte, gozarme en sentirme amándote”
PEDRO SALINAS




La lluvia llega de puntillas.
La oigo caer dentro de mí misma
en una precipitación interior y nocturna.
La veo en un dulce recuerdo de música y libros,
doblegando al tiempo de su tenaz mordedura.
La lluvia se adormece todavía en tus brazos,
en un sopor de caricias y geranios.
Cuando te beso arrecia el milagro
en un escalofrío de palabras extremas.
No has muerto amor mío,
¿cómo puede morir la poesía?,
¿cómo puede morir un hombre tan bueno?
Y me abrazo a ti -más, más, más-,
y bailamos de nuevo el deseo.
Escucha Pedro, escucha la lluvia en mi pecho…

Un día dijiste que éramos los dos infinitos.
Y yo te creí. Y te creo.
Por eso estoy tranquila. Y espero
tu voz y tus labios…

lunes 3 de noviembre de 2008

La literatura, la vida... y los semáforos


Los semáforos son un punto muy concreto de los días. Yo tengo recuerdos casi en cada semáforo de mi ciudad, pero también en otras. Recuerdo ahora un apasionado beso en la Gran Vía de Colón de Granada. Nos despertó del beso el claxon de un ocurrente motorista. O un semáforo de Roma, en plena Vía del Tritone, donde misteriosamente pensé en un verso de Claudio Rodríguez que dice: “Y yo te veo porque yo te quiero”. ¡Cómo me sorprende recordarlo! Estoy seguro de que si no la quisiera dejaría de verla. Es más, dejaría de ver todas las cosas, y no entendería nada de mi vida. Desaparecería todo a mi alrededor por ensalmo. El amor es la verdadera mirada del hombre. Y en aquel semáforo, miré a Ana de otra manera, como con más convicción, con una vislumbre más nítida de su pureza y escorzo. Los semáforos son una hipnosis. Durante un par de años tuve una tertulia literaria en uno de ellos. Sobre las 21,00 horas, de lunes a viernes. Allí, esquina con Tenor Fleta, pelábamos la pava sobre libros y algo de política. Con calor o frío. Insaciables, sondeábamos la historia de la literatura, la diseccionábamos sin rubor y con vehemencia. En ese lugar conocí a Nicanor Parra (“El poeta está ahí / Para que el árbol no crezca torcido”) y a George Steiner. Y declamábamos poesía para regocijo de los conductores. Con los años te ríes de todo, pero la risa dura menos. Porque enseguida das con otro semáforo que te obliga a pensar y a mantener la compostura del alma. O abres el Dietario voluble de Vila-Matas y te encuentras con un haiku de Paul Auster: “Esta brumosa mañana de invierno / no desprecies la joya verde entre las ramas / sólo porque es la luz del semáforo”. Y esa otra joya que es el poema "Semáforos, semáforos" de Jaime Siles, que da nombre a uno de sus libros que más me gustan (que ya es decir). “La falda, los zapatos, / la blusa, la melena. / El cuello con sus rizos. / El seno con su almena. // El neón de los cines / en su piel, en sus piernas. / Y en los leves tobillos, / una luz violeta”. Y prosigue en una vorágine de música, de luces, de imágenes, de belleza y de pasión huidiza. En un ritmo brioso que es imagen del latir del corazón. Y del veloz paso del tiempo, que parpadea en el ámbar de los semáforos y que de repente un día se nos pone en rojo. Ya no vale la angustia de la prisa, ya no vale el trampantojo del humo de las horas. Tenemos que parar y cuadrar las cuentas. Sin posibilidad de huída.

domingo 2 de noviembre de 2008

¿Libros imprescindibles?



Una lectora me pide que haga “un resumen de imprescindibles”. No, no habla de futbolistas, toreros o tonadilleras. Se refiere a libros. La eterna cantinela. A la gente que leemos nos va esta historia del canon fundamental, las diez mejores novelas de la historia de la literatura española o costarricense, qué libros tendría usted siempre en el cuarto de baño o mesilla de noche, o los títulos preferidos de tal o cual escritor. Etcétera. Curiosidades y bagatelas. Porque sobre todo se trata de eso, de satisfacer nuestra curiosidad. Aunque también buscamos corroborar nuestro gusto o esa laguna de nuestra biblioteca, o vaya usted a saber, porque somos de lo más rarito. Pero son asuntos que no hacen daño a nadie y valen para pasar el rato. Que es de lo que se trata. ¿O no?

¿Hay algún libro imprescindible? Es la primera interrogante que me formulo. Enseguida salta la Biblia. Pero claro la Biblia, libro de libros, es escritura inspirada nada menos que por Dios. Además cuenta la vida de Dios-Hombre, el Verbo encarnado, la Palabra de Vida (la Palabra que da Vida). Es la historia de la Redención del ser humano. De la Creación y del Apocalipsis. Principio y fin. En la Biblia interiorizamos la esencia divina, sin leyendas cultiparlantes o fábulas pedestres. Es otra dimensión. La literatura como instrumento de resurrección, de esperanza y de belleza, de bienaventuranza y de Amor. Normalmente leemos sus páginas sin mucha convicción, o distraídos en cualquier monserga o tribulación; pero el intríngulis está en que podemos darnos de bruces con el mismo Dios. En Persona. Y eso no deja a casi nadie indiferente.

¡Ay, los libros imprescindibles! Como soy tan bibliólatra (dentro de un orden) su compañía -sólo con verlos- es algo único. Atempera el carácter y deleita el corazón. Miradlos. Todos me parecen imprescindibles. No hay nada más duro que desembarazarse de algunos -yo me los llevo al caserón de mis abuelos- para hacer un poco de sitio a los recién llegados. Miradlos. Nuevos o viejos, da igual. Lo bueno que tienen es que cada uno te cuenta su propia historia. ¿O es la tuya lector? ¿O es la mía? Decidirme por unos pocos es pedirme lo imposible. Si acaso puedo decir aquellos títulos o autores que entre tanta vorágine lectora -de novedades me refiero- necesito releer de cuando en cuando. No sé si serían los que me llevara a una isla desierta, o poblada por fogosas ninfas índígenas, pero posiblemente se acerque bastante.

En poesía releo sobre todo a Lope de Vega, San Juan de la Cruz, Rubén Darío, T.S. Eliot, Canciones de Inocencia y de Experiencia de William Blake, Rilke al completo, Cinco grandes odas de Paul Claudel, Jorge Luis Borges, Luis Cernuda, Pedro Salinas, Jane Kenyon, Eugenio Montale, Jaime Siles, Xavier Villaurrutia, Miguel d’Ors, Luis Rosales y Antonio Colinas. Son los que más frecuento. Aunque en las nuevas ediciones vuelves a encontrarte con José Antonio Muñoz Rojas, o José Miguel Ibáñez-Langlois, o Pablo García Baena, o Blas de Otero… En prosa tengo siempre a mi lado los Cuentos de Julio Cortázar, de Flannery O'Connor, de Nabokov, de Unamuno y de Borges. ¿Novelas? Las ejemplares de Cervantes. Todo Dostoievsky, pues su obra es lo más sublime. Y La montaña mágica, de Thomas Mann. Y La isla del tesoro de Stevenson. Y Ana Karenina de Tolstoi, y Ángel Guerra de Galdós, y La educación sentimental de Flaubert, y La Cartuja de Parma de Sthendal. De memorias las de ultratumba de Chateaubriand son lo mejor, y las magníficas de Elias Canetti (Historia de una vida) y Julio Ramón Ribeyro (La tentación del fracaso); sin olvidarme de las de Pío Baroja y de las de su sobrino Julio Caro Baroja. Todo ello junto a los Diarios de Kafka, el epistolario de don Juan Valera, y El Espectador de Ortega y Gasset. Y Filocalía o amor a la belleza de Pedro Antonio Urbina. Y casi todo Thomas Merton. Y la Carta a los artistas de Juan Pablo II.

Desde luego estos libros siempre están a mí alrededor de una manera u otra, en una danza donde se alterna el tango, el vals y el rigodón. Apretados en los estantes de mi memoria o en mi cartera o sobre la mesa de trabajo. Ahí están. ¿Imprescindibles? Seamos cautos, porque imprescindibles hay muy poquitas cosas en la vida, y creo que todos sabemos las que son.

sábado 1 de noviembre de 2008

Ponga usted el título que prefiera


¡Cómo me gusta que mis amigos disfruten de la vida! Que no se obsesionen con las cosas. Así, sentados, contemplando a placer la desmesura. O paseando por los recovecos del alma. Sin tristeza que trastabille el ánimo de los días, que no estamos para perder la eternidad del tiempo en fruslerías. Y conversar largo y tendido de lo divino y de lo humano. En un bar, en internet o en el campo, a la sombra de unas acacias. En la confidencia de esas palabras que atesoro, o en el silencio del abrazo. Sin miedo a decir lo que para muchos tal vez es dislate. Por ejemplo: “Las estrellas están al alcance de la mano”. O: “Es una delicia perderse en el azul del cielo”. Sentimientos que necesitan compartirse. Hablar de amores, sueños y deseos, o del dolor cuando impacta y te quedas sin aire. Ese dolor que hago mío de manera inmediata. Cada uno es como es... Sí, me gusta que mis amigos disfruten sin mí de la vida, para que me la cuenten luego y poder gozar así por partida doble. Que sean precisamente ellos quienes escriban los mejores poemas, o que me envíen desde Salamanca una postal, o un libro desde Córdoba, o desde Los Ángeles un e-mail que diga: “Te gustaría esta ciudad tan amarilla, rezo por ti”. Sencillamente. ¿Qué haría yo sin ellos?