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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


viernes 31 de octubre de 2008

Fija la mirada en algo y déjate llevar por el alma



Recuerdo bien que Octavio Paz decía que hay poesía sin poemas. Lo escribió en uno de sus mejores libros de ensayo, El arco y la lira, que compré en México D.F. o en Guadalajara, no recuerdo bien. Pensaba en esto mientras paseaba bajo la lluvia. Salí de casa espantado de la soledad y de las tempranas sombras. Paseaba por las calles aledañas, sin rumbo fijo. Un tanto mustio, si he de decir la verdad, con mi gorro impermeable y mi gabardina. El suelo de las aceras era un espectáculo, nada que ver con la tramoya del cielo hipocondríaco. Me sentía como un personaje de Blade Runner, o como Pío Baroja caminando por el otoño de Vera de Bidasoa. La cabeza gacha, las manos en los bolsillos, explorando los jeroglíficos del agua y de la modorra. Hay poesía sin poemas. Una variedad de hojas diseminadas en el suelo, iluminado por el neón de los comercios. Ocres, amarillas, granates, pardas, verdes... Collage de belleza que pisaba. Y otros pasos a mi lado, que me salpicaban la mirada. La atmósfera era naranja, de muselina, como la herrumbre del tiempo. Y en su difumino podías ver la lluvia en su lenta caída. (¿Desde cuándo estaba cayendo?). Las farolas parecían ángeles de luz que flanqueaban mi paseo. Poesía como cristalización de poderes, decía Paz. Y llegué hasta Correos, para recoger unos libros de la editorial Alba. Allí mismo, mientras otros facturaban sus envíos, leí el cuento “Tierra virgen”, de George Egerton, que en realidad se llamaba Mary Chavelita Dunne, incluido en la antología Cuando se abrió la puerta. Tentado estuve de leerme otro de Thomas Hardy, pero… se disponían a cerrar. La noche. Vestigios de incertidumbres y penumbras. Crucé la avenida sin mirar a los lados, guiándome sólo por el oído. Ni un coche, ni un alma. Nadie. Embozado en la gabardina, hechizado de imprevista poesía. Procuraba no pensar, pero las calles tienen buena memoria, y nos recuerdan los pasos de otros días, por las mismas aceras. Es la vida, y la quemazón de su rutina.

jueves 30 de octubre de 2008

Monotonía de rabia tras los cristales



Monotonía de rabia tras los cristales. Políticos provincianos trincando lo que pueden. Gentuza que sólo piensa en cómo llevarse la mosca mientras les dejen. Bastan unas cuantas palabras para el conjuro: democracia, libertad, solidaridad… Sí señor, un buen discurso de naderías. Un señuelo más, un embeleco. Porque detrás de eso está la realidad de su fullería. Les importa un huevo la gente. Primero ellos. Y segundo, y tercero, y cuarto. Ellos, sólo ellos. Una casta de medio pelo. ¿Sólo unos pocos? ¿De verdad? ¿Y los que lo consienten? Parásitos. Cínicos y beocios. Caudillos del estrago y el gustazo. En su vida se han visto en otra igual. Pisan las alfombras en un orgasmo macanudo. Dietas y cuchufletas. El pueblo, el pueblo. Se les llena la boca de apoteosis y tragantonas. El cargo les nubla el juicio. Y descubren el lujo a cargo del contribuyente. Chóferes y pelotas, viajes y fantasías. Flagrante pandilla de ganapanes. Paletos y rufianes. Sus estragos en boca de todos. Pero les da igual. Siempre hay alguna excusa para su avidez. ¿No son todos? Me he vuelto suspicaz y escéptico con los políticos. Vale, bien, unos pocos. Y, ¿qué hacen esos pocos todavía ahí, en el condumio oficial? ¿El mandamás de turno no los cesa inmediatamente? No es tan fácil, dirán. Sobre todo cuando es el mandamás de la autonomía de turno el que dilapida. Calladitos, que es mejor. Las regiones y provincias se nos han convertido en otra cosa. Nacionalismos filibusteros. Nidos de prebostes y alfeñiques con pocas ideas en la mollera. Reivindicación eterna, burlerías y humoradas sin gracia. Flotas de coches oficiales, asesores de festejos y otros funcionarios que se reproducen como hongos en un cuento de Lovecraft. Gangas y banderas, homenajes a la boina y a la herradura. De tú a tú con el Estado, faltaría más. Enciclopedias de las comarcas y de los rebaños. Propaganda al por mayor de menudencias. Publicaciones de todo lo que se mueva. Subvencionadas por supuesto. Es la bicoca en distintas lenguas y dialectos y acentos. ¿Cómo parar esto? Más leña, más leña. Que no pare el esperpento y la chufla. Que no cese el chollo que es España para muchos de los que más la aborrecen.

miércoles 29 de octubre de 2008

Pasen y lean




Empecé la semana (la pasada) terminando de leer la novela Resurgir, de Margaret Atwood (Alianza), laureada con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Confieso que lo único que sabía de ella era por Harold Bloom y su canon occidental de lecturas imprescindibles, y por el libro de relatos Érase una vez, que publicó en España Lumen, y con el que disfruté más. Es fácil estar de acuerdo en Shakespeare o Cervantes (me encantaría saber cuántas personas los leen sin estar obligados por exámenes de colegio o universidad, por puro placer vaya). Fácil pensar que Dante, Dickens, Tolstoi, Proust o Borges son bocado de cardenal que no puede uno perderse. Pero según nos acercamos a la contemporaneidad, a la literatura más inmediata, la visión se desenfoca tremendamente. Que Bloom, o el perico de los palotes más egregio, diga que esta novela de Atwood es un hito de la literatura, pues me parece estupendo. Cuestión de gustos y estrategias. Pero a mí me dejó con las ganas de algo más. Demasiado surrealista. La búsqueda del padre, la aséptica naturaleza (símbolo de una infancia que no podemos volver a recuperar), los complejos freudianos, la carencia de afecto y un irracionalismo demasiado desesperanzado (piensa la protagonista al final del capítulo 21: “Desde cualquier perspectiva racional soy absurda; pero ya no hay puntos de vista racionales”). Una mujer que se siente incapaz de amar y de ser amada, esa es la cuestión del argumento. Una mujer en busca de su identidad. Una mujer que en definitiva está sola en el mundo. ¿La novela quiere ser en realidad una parábola de la condición femenina? Lo mejor la ternura de algunos pasajes, con un lirismo nada despreciable, pues la condición de poeta de Atwood es el quicio que vertebra su escritura.

Y digo que me quedé con las ganas de algo más porque durante la lectura se metieron de por medio otros títulos. Y eso no es buena señal. Reí de lo lindo con uno de esos libros que pasan desapercibidos, pero que si estuviera firmado por Groucho Marx o Woody Allen sería un acontecimiento universal. O cuanto menos mundial. Manual de supervivencia en cenas urbanas, de Sven Ortoli y Michel Elchaninoff (Salamandra) es desternillante. En medio de tanta gastronomía emperifollada nos estamos olvidando que su verdadera importancia radica en la conversación a la que da color y sustancia nutritiva. Y he aquí unas cuantas ideas para mantener a salvo la altura de nuestro prestigio intelectual y de nuestro sentido del humor. Ese tono, ese tono. Pero sin resultar pedante. Genial. Decía Hermann Hesse que los libros sólo tienen valor cuando conducen a la vida o son útiles. Pues eso. Y cuando ya me quedaban apenas 50 páginas para terminar la novela de la canadiense Atwood, se coló de rondón -la curiosidad me mata- Las pinturas desaparecidas, de Gauke Andriesse (también en Alianza). Y todo porque se me ocurrió hojear las primeras páginas. Ya no hubo forma de parar. Hasta la bola, hasta el final. Si quieren ustedes una excelente novela de suspense, ahí la tienen.

Tengo pendientes de leer mil libros. Pero hay cierto tipo de ellos a los que no puedo resistirme. Por ejemplo todos aquellos que tengan que ver de una u otra forma con Sherlock Holmes. Y eso me ocurrió hace unos días con un título de la editorial Factoría de Ideas. No hizo falta que Silvia insistiera mucho para que lo leyera. Me tiré de cabeza y con tirabuzón. Houdini y Sherlock Holmes, del norteamericano Daniel Stashower prometo que va a ser del gusto no sólo de los incondicionales del personaje de Conan Doyle. Pero sí que es cierto que la sagaz unión de tan carismáticos personajes da lugar a una novela algo más que entretenida. Y es que no hay aventura más trepidante que la de la inteligencia. Houdini se ve envuelto en un caso de espionaje. Y acaba en la cárcel. Las habilidades de los dos serán capaces de desenmarañar el enredo. En 256 páginas plagadas de interés. Por la acción en sí y por la deducción, por la intriga y por una prosa sobria e inspirada, que nos evita lo prolijo y cansino, y que Ana García Longarón nos ha traducido perfectamente. Este libro no es cualquier libro ni un libro más, un epígono fácil del universo de Holmes. Es un libro en sí mismo, lo cual es algo que no pueden decir todos. Animo a la editorial a traducir otras obras de este autor. Me da en la nariz que no va a defraudar.

Un nombre: José Antonio Fortea. Es un cura católico de apenas 40 años. Una criatura, válgame Dios. Nacido en Barbastro (Huesca), cuna de unos cuantos santos. Un cura metido a escritor. Porque es lo que le gusta. Un cura que por esas cosas de la Providencia habla con los demonios en lenguas vivas y muertas, y los extirpa de las almas y de los cuerpos. Un exorcista vamos, un especialista en demonología. Uno de los dos exorcistas que hay en España (¿a que parecen pocos?). Un tipo agudo y de humor fino. Un hombre de fe, pero con un sano escepticismo. Su Daemoniacum (Belacqua) y la Summa Daemoniaca (Palmyra) marcaron un hito, y no es moco de pavo la traducción y edición que realizó del Manual de Inquisidores (La Esfera). Es lo que yo conozco. Sé que tiene novelas, en las que prometo indagar. Lo sé entre otras cosas porque me acabo de meter entre pecho y espalda nada menos que su Memorias de un exorcista (Martínez Roca). El título es mercantil pero no responde para nada a toda la realidad. Se dirá que suena un poco pretencioso autoinmolarse en unas memorias con sus años. Pero les aseguro que tiene buenas coartadas. La primera su vida. Una vida sencilla, pero llena de interés. Más que nada porque suena sincera. La existencia de un niño y de un joven que se lo pasaba fenomenal descubriendo cada día nuevos aromas a la vida. No precisamente piadoso, y que decide irse al seminario con todas las consecuencias. ¿Otra coartada? Su pasión por la literatura. ¿Otra? Andamos escasos de curas que escriban bien y sin tapujos (me viene ahora a la memoria otro que tal baila: Jesús Sánchez Adalid, un paladín de la novela histórica). Me he reído muchísimo con algunas páginas. También me he sentido confortado y emocionado. Y formado en ciertos aspectos. Y asombrado del pasmo de una buena parte del clero sobre Satanás. ¿Otra coartada para escribir estas memorias? Pues que en realidad nadie sabe lo que va a durar su vida. Sólo una pega: le ha costado la despedida, finiquitar el libro. Poca pega es ésta. En fin, un libro que defraudará a los morbosos del averno, pero que llenará de satisfacción a mucha gente sin prejuicios amante de los buenos libros. Sin más.

Y así concluyó la semana.

martes 28 de octubre de 2008

Malditas las ganas de escribir (carta a Enrique Vila-Matas)



Querido amigo:

Quisiera hacer un experimento. Escribir cuando malditas las ganas tengo de hacerlo. Sentir que diga lo que diga es silencio y nada. Mejor dicho, bobada. Un mecano de palabras cualquiera. Ya. Doy comienzo. Salida. ¿Qué digo? Acabo de llegar a casa siguiendo a unas palomas. Esto queda estupendo, ¿verdad? Y si le añado un incendio de luz en el pelo de aquella chica que cruzaba el Coso en bicicleta, pues ya es la leche. Pero no me apetece seguir esa historia. Demasiado lírica para las cinco de la tarde. Además la chica ya se ha ido. ¿Qué habrá sido de ella?

No sé a ti, pero a mí con frecuencia me da por pensar que las palabras me rehuyen. Y sin palabras no puedo hacer el experimento, ni puedo reconocer mi vida (fíjate que solemne), ni puedo escribir esta carta. Los tilos son recurrentes. Y los semáforos. Y los pasos de cebra desteñidos por el tiempo. Los puntos -aparte o seguido, da lo mismo- son lo peor. Te cortan el aliento, el discurso y el esplendor. Y la mirada se te queda varada justo ahí, en ese punto. O en esa página. O en esa caricia. O en ese maniquí roto del escaparate.

Sin saber qué hacer te apoyas en una farola y sacas el teléfono móvil del bolsillo, consultando los últimos mensajes en pos de una idea o para disimular tu soponcio o el vértigo. Malditas las ganas de escribir nada. A la deriva de la suspicacia o de la insignificancia. ¿Qué te has creído? Te muerdes las uñas del alma. Agitas los dedos entre las letras. Pero sin magia (dichosa palabrita). Las frases se acumulan sin más en el texto. O en el silencio. En estratos de apatía. Nada que hacer. Se empina cada vez más la vida. Estás que no estás. Y miras al sol en el suelo de tu cuarto, buscando algunos recuerdos que remedien la retórica de la tristeza. Pero como dijo Edmond Jabès “no hay recuerdo inocente”.

Querido Vila-Matas, Enrique, lo que pasa cuando no pasa nada, es una suerte de ascética o noche de los sentidos o página en blanco. O quemazón. O desgarro. ¿Destino? No creo que sea la soledad o el parco conocimiento. Demasiada miseria. Lo que ocurre cuando nada ocurre tampoco es la muerte, o una especie de coma inducido por lo imaginario. Si te fijas bien cuando no pasa nada estás más pendiente de todo. A la expectativa de lo imperceptible. O de lo imposible. Que bien podría ser.

No me negarás que hay días que no sabes que hacer contigo. O con tu propia ausencia cuando no estás en ti mismo. ¿Siempre hay algo que decir? El caso es que en lo más profundo de nuestro ser no son pocas las ocasiones en las que ya no encontramos palabras, ni significados, ni puntos, ni límites, ni metáforas. Está demasiado oscuro y abisal. Tanteamos nuestra existencia con divagaciones y disciplina (o hastío), buceando en Dios sabe dónde.

Malditas las ganas de escribir nada. No sé tú, pero yo lo único que quiero es que me quieran. Y a veces me da por creer que también los libros me ofrecen cariño. Como tu Dietario voluble, que está encima de mi mesa, esperando. Un fuerte abrazo.

Postdata: Puede que escribir sea renunciar del todo a uno mismo.

lunes 27 de octubre de 2008

“Dios probablemente no existe, deje de preocuparse”



Lo leí en un periódico, y nada menos que en el apartado ciencia, que ya son ganas de enredar. Es una de esas noticias que te hace caer en el tipo de mundo que vivimos, plagado de chinches postmodernos extraviados en una no tan extraña mixtura entre agnosia y maldad. O entre pasmo epicúreo y positivismo gaseoso. El asunto es que a un tal Richard Dawkins, que se autoproclama darwinista, le ha dado por promover una campaña a favor del ateismo. Vítores y palmas. Un exitazo oiga. No podía ser de otra forma. Lleva 35.000 euros recaudados para sufragar esta propaganda por lo visto tan necesaria, y que amenaza se volverá a repetir con las ganancias. El hombre es biólogo y profe en Oxford (menudo lustre) y ya ha publicado sus libritos de rigor. Best-sellers de la nada, del vacío, del hueco. Uno se titula El espejismo de Dios, donde se encarga de afirmar que todo esto de la fe es un delirio, y que los ateos deben estar muy orgullosos de su salud intelectual y de haberse conocido. Refuta a Santo Tomas de Aquino y al lucero del alba, y por supuesto él está en posesión de la verdad, respaldado por teorías científicas de una alcurnia tan infinita como el mismo Dios, si es que existiera. Los creyentes somos una escoria que hay que desinfectar. Por el bien de la humanidad por supuesto. ¡Qué es eso de lavar el cerebro de los niños y fomentar el fanatismo y la intolerancia y hablar del infierno! Hay que llamar la atención de la gente, hay que ayudarles a escapar de la religión. Por eso hacia falta un buen eslogan. Es el siguiente: “Dios probablemente no existe, deje de preocuparse y disfrute de la vida”. ¿Qué les parece? Les voy a ser sincero. Es la consigna en la que más empeñado está el Diablo desde el comienzo de la Historia del hombre sobre la tierra, es la síntesis perfecta de su pérfido actuar. De cajón. (Debemos volver a leer las Cartas del diablo a su sobrino, de C. S. Lewis). La palabra “probablemente” se las trae. Que digo que no digo. Porque Satanás sí sabe que Dios existe. Pero el hombre debe dejar de preocuparse y dedicarse a la bartola o a la pagana disipación. ¡La vida, la vida! Disfrutar de ella al máximo, hasta perder el conocimiento y la decencia. No pensar, no pensar, “deje de preocuparse”. Nunca pasa nada, disfrute hombre (o mujer). Como mejor le plazca. Olvidémonos de la conciencia y de los valores y del sentido del pecado. Supercherías... Por favor, relean el eslogan. Como puede apreciarse se trata de una consigna materialista y hedonista y mentirosa. Además de zote. Es lo de siempre: “dame tu alma y te daré el mundo con todos sus fastos y placeres”, “dame tu alma y serás por fin libre”, “dame tu alma y te haré partícipe de todos los misterios”… Satanás quiere celebrar nuestras exequias antes de hora, quiere nuestra muerte espiritual, quiere adueñarse de nuestro señorío, de la posibilidad de que seamos felices ahora y por toda la eternidad. El tal Richard Dawkins y la periodista Ariane Sherine -que es de quién partió la idea- no sé si harán todo esto para mayor gloria de la ciencia, por no dejar de estar en el candelero y medrar en el garden-party, o por iniciativa masónica, o por puro aburrimiento. No lo sé. Pero lo que sí sé es que se les ve el plumero y la obsesión, y que puede que gracias a ellos en el Reino Unido -y en otros sitios- haya personas que se pregunten por la Verdad, mosqueados de tanta simpleza.

domingo 26 de octubre de 2008

Loa de libros


Y en medio de la vida, de mi vida, libros, siempre libros. Abundantes libros que solazan mis días. Libros que hacen compañía y que me ayudan a relajarme. Libros en los que estudio la armonía de las cosas, o libros en los que pienso el por qué de mi naturaleza. Libros con los que me acuesto, rendido de tanta bulla, y libros que leo en los últimos bancos de las iglesias. Libros que me regalan los amigos, libros que me hacen llegar las editoriales para que me haga eco de su dicha o libros que compro de extranjis (no está la cuenta corriente para muchas letras). Libros que me parecen indispensables en un primer momento, y libros que vuelvo a encontrarme al cabo de los años. Libros dedicados por sus autores, libros viejos anotados y subrayados por otros lectores, libros en los que aparecen hojas de sauces o pétalos de flores, libros con los muy elaborados separadores dibujados por Ana, y libros con recortes de artículos de Azorín en el ABC de por entonces. Libros y más libros. Del XIX , del XX la mayoría, del XXI, pero también algunos sobrevivientes del XVIII y del XVII. Libros que leo a todas horas, a pesar de que los ojos se resienten cada vez más y que en una ocasión soñé que me quedaba ciego (Dios no lo quiera). Libros que me acompañan allá donde voy, porque no imagino sin ellos paraíso alguno, ni locus amoenus que se precie de tal, ni idílico viaje, ni felicidad completa. Libros con los que rezo la espuma de las olas o el perfume de su piel a mi lado. Esos libros que me muestran la historia del corazón humano. Y los metafísicos, tan estirados. Y los de espectros, duendes y trasgos... ¡Son tantos! Los saco de la estantería con tacto, los acaricio (los libros no los trasgos), y leo poemas para hacerme cargo, y recojo del suelo más papeles, dibujos y fotografías que se desprenden de entre sus páginas. Libros de distinto tamaño y calado. Libros del tamaño del alma, o del mundo, o liliputienses. O esos atlas superlativos y vastos en donde busco rutas alternativas los días de lluvia, o el camino que tomó a través de la selva El Corsario negro con destino a Maracaibo. O los diccionarios de la Real Academia de los años 20, cuando las palabras y las almas no eran tan ambiguas. Libros por todas partes. En las habitaciones, en el salón, en la cocina y en los cuartos de baño. Libros sobre las mesas, en los armarios y debajo de la piltra. Libros que me cobijan cuando dudo, o aquellos que se regocijan conmigo durante el verano. Libros breves y prolijos. En el candelero o proscritos por el olvido o la indiferencia. Libros de postín o más discretos. Libros amados (al menos los que yo tengo), leídos como un privilegio o dádiva o misterio. Fragmentos de mis días. El índice donde busco la sazón de mi propia vida.

sábado 25 de octubre de 2008

Puedo asegurar que no es un cuento


En el autobús urbano sucede con cierta frecuencia lo imprevisto. O es que en ese momento sólo tú te das cuenta, y piensas con acento romántico que una casualidad boba es nada menos que un signo que debes descifrar. En esta ocasión la conductora es rubia. Teñida, pero rubia. Le miras los dedos al darte el cambio. Largos y fuertes, y con las uñas pintadas de rosa. Pequeñas cosas que no te llevan a ningún sitio, pero te fijas, acostumbrado al ejercicio de valorar más lo menos, lo que pasa desapercibido. Está casada, si su alianza es de ley claro. Me dejo los diez céntimos y me llama. “Señor, señor”, que parece el inicio de una plegaria. Le doy las gracias. “De nada”, me contesta. Algo inusual. Porque podría no haberme llamado, o soltarme un bufido, que es el dialecto urbano más en boga hoy en día. En fin, aquí estoy, tanteándome los bolsillos al ritmo del tráfico. Busco el libro y me cercioro de que la cartera esté en su sitio. El libro es una novela de Paul Auster, la última, un tostón maestro. Pero me gusta ser fiel a la gente. Todos los asientos están ocupados y soy la única persona de pie. Y el único hombre. Solo entre mujeres. Bonita cuestión. Universitarias de miradas lánguidas en el arrullo de las mp3, amas de casa que sueñan más allá de los cristales, un par de monjitas de hábito pardo que bisbisean por toda la eternidad, una mamá muy joven que tiene en las rodillas a su hija (“mami, ¿cuándo nos bajamos?”)… Hacen como que no miran o que no escuchan, pero no pierden ripio de lo que sucede a su alrededor. Me apoyo en una ventanilla de emergencia y hago como que leo. A la caza de una mirada que me diga algo esta mañana. En el primer semáforo en rojo sorprendo a una chica intentando averiguar el título. La comprendo. Por eso decido darle facilidades, y pongo el libro de tal forma que muy pronto se da por satisfecha y se vuelve a mirar los escaparates. “Parada solicitada”. Y se levantan las dos monjas, sincronizadas. Una lleva un rosario en la mano, y la que es un poco más joven le dice a su compañera (lo oigo, lo oigo): “Hermana, mire que hay ruido en el mundo”. Pero ahí no acaba todo, porque la otra le contesta: “Sí, pero el ruido puede ser santo”. De piedra. Así me quedo. Porque es como si me lo hubiera dicho a mí. No creo en la casualidad. Las puertas se abren en un chasquido. “Mami, ya han abierto, vamos, vamos”, grita la niña. “Ya llegamos hija, no chilles”. Se bajan las monjas del brazo y desaparecen entre los coches. Es inaudito. Guardo el libro sin leer ni una línea. Suben dos chicas con el uniforme del colegio, y se sientan entre el ornato de sus mochilas y el arrobo de sus voces. (“Javier está buenísimo”). Es raro que siga siendo el único hombre. Parece que estoy dentro del argumento de un cuento al que el autor no acaba de sacarle partido... Un frenazo brusco me saca de la inopia. Y me doy cuenta que me he equivocado de autobús, que éste no es el mío.

viernes 24 de octubre de 2008

Cuestión de locura


Iba a ponerme a escribir sobre Baltasar Garzón e Ian Gibson y su particular halloween mental, cuando un bostezo descomunal ha borrado de mi voluntad las ya escasas ganas que tenía. Esa pareja es la encarnación más perfecta de la petulancia, metidos ahora a carroñeros de la historia y ampulosos justicieros prêt-à-porter. ¿Su vellocino de oro? El protocolo de la pompa y el espasmo del agasajo. Y ahí se acaba todo. Son espabilados no lo niego, pero intrigantes. Gramáticos del enjuague y peritos en chamusquina. Otro bostezo (perdón, ayer me quedé leyendo hasta las tantas). “Era de nefastos infortunios”, leía en William Blake. ¿Por qué esa perseverancia en el odio revestido de lo que se quiera? El cierzo azota las esquinas. Se enfría el ánimo y flamean los toldos. Cuesta decir las cosas. Y se prescinde de la misericordia. El lenguaje deambula en su infortunio, y casi nadie pronuncia a Dios, con el espanto mudo en los ojos y con tantas mentiras. Cuestión de locura (así se titula un relato de Ismaíl Kadaré, que acaba de dar título a un libro). Cuestión de locura, sí. Y de lágrimas intemporales. Cada vez hace más frío dentro del hombre. Por fuera uno se abriga de grandilocuencias o de hojarasca. Pero por dentro uno está desnudo siempre, a la intemperie sobrenatural del Juicio. El odio es un escalofrío minucioso que socava de negros abismos la vida. ¡Basta! Ya basta. O no sobrevivirá ni un día más el Universo.

jueves 23 de octubre de 2008

Total, que ya no pego sello


¿Para qué? A primera hora ya estoy consultando el correo virtual. Y al mediodía y por la tarde y antes de acostarme. O más. Es un vicio. Estoy como a la expectativa de una sorpresa inconmensurable. Como el que no deja de mirar el cielo por si lograra avistar un ovni o el ave fénix. En actitud de espera pasas la vida. Hay de todo. Familiares, amigos, lectores y gente que no sabe por donde le da el aire. Y de vez en cuando consultas bibliográficas, espirituales o hasta matrimoniales. O un piropo que te arregla el día. O una novela inédita que te envían desde las antípodas. El caso es que ahí estoy, esperando que aparezca en la bandeja de entrada un no sé qué que me haga sentir chiribitas de felicidad. Tecleas, tecleas, tecleas… Contesto a todos los correos. O casi. Guardas o eliminas, y de paso consultas en Google esa curiosidad ridícula sobre el ocelote o San Olaf. Y noto que se me está olvidando escribir. Me refiero a escribir cartas a mano, caligrafiando con calma lo que pienso, largo y tendido, sin esta inmediatez que abrevia y acelera el alma. Me refiero a acariciar las palabras con la tinta y numerar las cuartillas. Y al final esa rotunda rúbrica con tu nombre. Total, que ya ni compro ni pego sellos con la lengua (ahora son autoadhesivos). Ni sobres de papel verjurado. Ni aquella tinta Waterman para rellenar de azul el silencio. Se acabó la grafomanía y los buenos amigos que te enviaban poemas manuscritos. Los sobres los utilizo para enviar recados a los profesores de mis hijos, o para guardar estampas o viejas postales. Pero… sigo teniendo sellos en mi cartera, y las direcciones de las calles, plazas y avenidas donde viven mis amigos. Puede que este chisme se apague por lo que sea, y necesite levantarme e ir al buzón amarillo, o a los leones de Correos, que desde luego ya no son tan fieros. Y es que cada vez que veo al cartero me dan ganas de abrazarle. No sé, igual hoy escribo una misiva a Miguel d’Ors o a Pablo García Baena. Y me doy el gusto de contar un poco de mi vida dibujando las letras y pegando un sello y el sobre. Hoy, jueves, después de tanto tiempo.

miércoles 22 de octubre de 2008

La lista de la compra


La escribes durante la semana. De todo. Ahí, fijada a la nevera por un imán donde pone Franz Kafka, está la lista. Sal yodada, pechuga de pollo, huevos, jabón de lavadora, levadura, embutido, leche, fruta, dentífrico, tomates, yogures, especias, servilletas... Yo apunto otras cosas, para sorprenderte: joyas, un imprevisto viaje a Lugano, perfume Eau de Rochas o Chanel, un bolso de Loewe, un traje de chaqueta de Valentino... Nada, cualquier sueño o fruslería que multiplicado por ti se transforme en infinito. Te ríes, pero yo lo escribo muy en serio (aunque me parezcan una indecencia esos precios y tan inaccesibles como el Annapurna). Luego, a la hora de la verdad, pasamos la tarde juntos y lo de menos es la compra. Los niños en sus entrenamientos y nosotros deambulando por los pasillos de jardinería, deuvedés, o cachivaches más inauditos. O entramos en Zara para ver si por diez euros vestimos a la última el otoño y el invierno. Hay que andarse listo antes de que la ocasión vuele y nos birlen tu talla. “¿Necesitas algo?”, me preguntas. Y siempre te digo que no porque eres capaz de salirte del presupuesto por mí. ¿No te das cuenta que no se me luce tanto? Y nos sentamos en una cafetería para valorar adecuadamente el botín. Te entusiasman los tejidos y la combinación de colores, las gangas y el chocolate. Hasta que por fin esgrimes la lista como el mapa del tesoro (se nos hace tarde), y bajamos a la zona de comestibles y demás. Vas mirando los precios con pericia y te enfadas porque no reponen lo más barato (son unos truhanes). Y a mí me da por beberme con los ojos el oro del aceite, esos estantes que parecen sacados de Las mil y una noches. Diriges estupendamente el plan de operaciones y aún así me pierdo buscando los desodorantes. Y tengo que llamarte al móvil, y me encuentras mirando como un idiota las burbujas de la pecera donde están las langostas, o la mirada muerta del pez espada. O de pronto ya no estás porque se me ha ocurrido leer un poema de José Antonio Muñoz Rojas mientras decidías el tipo de queso. Y venga a dar vueltas… Ya te veo, gesticulando desde la lejanía. A fin de cuentas yo llevo el carro. ¿Ya? “Faltan la fruta y las verduras”. Te sigo. “Les va a comprar su padre, esto es un abuso”. Pero… “Ya nos apañaremos Guille”. Y le doy un beso, por su salero. Y otro por su gramática parda. Lo que no sabe es que lo que nos ahorramos en lechugas y manzanas dentro de unos días se lo voy a regalar a ella. Ante la crisis no hay nada como invertir en afecto y en los detalles sobre los que se afianza.

martes 21 de octubre de 2008

Puede que vuelva a subir la luz


Puede que vuelva a subir la luz… Y yo me siento con el libro de Thomas Merton en las manos. Sobre la mesa el estado de la cuestión: ansiolíticos y papeles del banco. Para solventar la crisis, que dispara y asedia mi posición, cuento con pocos aliados. Estratégicamente esto es una locura. Sentado y expuesto al impacto de cualquier engaño (un tal Esteban dice que en enero bajará el gas). Suben los precios de casi todo y lo más seguro es que estos cabrones vuelvan a subir la luz. ¿Qué? Puedo no pensar en ello y considerar con Merton la contemplación de Dios. Y parapetarme en cada vez más libros. Las provisiones son pocas. Hijos, dad un beso a vuestro padre que yo os cubro desde aquí. Venga, deprisa, deprisa, y santiguaros antes de salir. Habrá que leer sólo de día. La ducha fría es una posibilidad no tan remota. Al menos para mí. La situación es delicada. Hacen puntería donde más duele. ¡Hatajo de canallas! Ni una llamada, chitón. Y ya podéis pedir a Dios que este año el invierno mengüe. Tapad bien todos los flancos. No te puedes fiar de nadie. La ropa tiene que durar el doble. ¡Apaga esa luz he dicho! ¿No ves que nos delata? Estrecha el cerco el socialismo insensato. Tened brío y redaños. La indisciplina es lo peor. Templad los nervios y mantened firme el pulso. Porque vivir se ha puesto al rojo vivo (lo dice Blas de Otero). Atentos… Quieren dejarnos la vida a oscuras y el ánimo en pelota, amedrentados por más servidumbres y más impuestos. El estrépito de los titulares asusta a cualquiera. Y utilizan la artillería de mayor calibre: su cinismo. Cubríos el alma, apresuraos. Con estos nunca se sabe. Y menos ahora, dispuestos a todo para que pase desapercibida la epidemia. Y su torpeza.

lunes 20 de octubre de 2008

El éxtasis de todos los días



El idioma de los días nos ofrece una cantidad ingente de maravillas. Cada detalle está lleno de escarceos y escorzos imprevisibles. Hay que mirar bien por donde vamos. Caminar despacio exige cortesía. No es cualquier cosa lo que vemos. ¡Es el brindis de la vida! Mirad la liturgia de ese jacinto o el besamanos de esas nubes. ¿Y qué me decís del parpadeo de la luz en esos charcos de la calle? Poniendo un poco más de atención podemos llegar a percibir las siluetas de los mismos ángeles. Yo las veo, y no me engaño. Y me asomo a todos los balcones a la hora del crepúsculo, justo a la hora del desposorio de los colores. Y me llaman mucho la atención las baldosas de las aceras, el dibujo de su variopinta taracea. El motivo exacto no lo sé, pero lo cuento como me ocurre. ¡Hay tantas maravillas que vemos todos los días! Es lo corriente… ¿No os parece increíble la piel de una mandarina o el membrillo, o la forma de un limón? Dios mío, haz que sea más consciente de la inmensidad de este idioma. Tu idioma. Es lo humilde. La acrobacia de tus pájaros y la costura del pecíolo de estas hojas que cojo con mi mano. El tacto de su piel, y el olor a canela o a vainilla. El idioma de los días nos ofrece una santidad ingente de maravillas. Quizá abreviaturas o iniciales de la dicha. Veamos…

domingo 19 de octubre de 2008

La casa de los siete tejados, de Nathaniel Hawthorne



Cuando lees un libro de los llamados clásicos notas que el tempo de lectura es distinto. Es un tempo lento. Y no es porque sientas una devoción especial a priori, o porque el aburrimiento haga mella en nosotros. Nada más lejos de la realidad. Simplemente te pones a leer, y la misma literatura acompasa tu lectura. Pero no, no se trata sólo de la lectura, ni se queda el asunto en literatura o en un estilo digno de mención. La diferencia de los clásicos -de los que perduran en el tiempo- está en que a través de una historia o argumento nos adentran en un sistema de valores y de almas, o en una serie de sentimientos sublimados por la reflexión. Y una vez leído el texto, los elementos de la acción y los personajes dejan en nosotros como poco un descubrimiento: a cada lector uno distinto.

Nathaniel Hawthorne (1804-1864) nació en Salem, y era descendiente de uno de los jueces que dictaminaron sentencia en los archiconocidos juicios de Salem. En el período 1692-1693 más de doscientas personas fueron acusadas de brujería, siendo condenadas a muerte veinticinco de ellas. La obsesión puritana puede que no fuera sólo la única causa, pero vayamos a lo nuestro. Hawthorne era desde niño una persona más bien introvertida y amante de la soledad (entre otras cosas quedó huérfano de padre muy pronto). Y la soledad enriqueció sin duda su mundo interior, fomentó sus lecturas y fantasías y una imaginación propicia a la escritura. El ambiente puritano dejó su huella en él, así como esa fantasmagórica y alegórica perspectiva de la realidad. Sus cuentos -es un verdadero maestro del relato corto- así nos lo hacen ver. Edgar Allan Poe los admiraba rendidamente.

De todas formas su literatura adquiere una madurez completa en sus novelas. Y de ellas quisiera destacar dos: La letra escarlata (1850) y La casa de los siete tejados (1851). Y ésta última es la que ha reeditado la editorial Mondadori en su modélica colección “Grandes Clásicos”. La traducción de Verónica Canales es para enmarcar, y no exagero un ápice. En La casa de los siete tejados (en la contraportada del libro se nos dice que para T.S. Eliot era la mejor novela escrita en inglés) el escritor nos ofrece una visión cautivadora de la injusticia y de la soledad, del amor como redención… La casa de los siete tejados es el "personaje" principal del libro, y en su interior o a su alrededor están todos los demás, con sus deseos y ensueños, con su tedio y con una estricta rutina. Se edificó la casa sobre la prepotencia y el abuso descomunal del coronel Pyncheon, en la persona de un hombre sencillo y algo misterioso llamado Mathew Maule, que desde la horca le maldijo: “Dios le dará sangre para beber”. Y la maldición se cumplió.

Los descendientes del coronel se ven abocados a una serie de calamidades, pero sobre todo a una perpetua insatisfacción. Es como si la felicidad les hubiera sido arrebatada de cuajo. La señorita Hepzibah Pyncheon, hasta la vuelta de su viejo hermano Clifford (condenado injustamente durante décadas a la cárcel), ha estado siempre sola en la casa. Para ella “la mismísima esperanza se antoja forjada en plomo”. Y será precisamente Clifford el que en un momento dado murmure casi sin fuerzas: -“¡Quiero mi felicidad!”. Los dos se ven incapaces de sobrevivir. Pero la aparición de una jovencísima pariente - Phoebe- hará que las cosas cambien. Su pureza y ternura lo contagian todo y son toda una revolución. Y el mundo de sombras, muerte y maldición parece desaparecer. Hasta las flores reviven. Con la colaboración del joven daguerrotipista Holgrave y el anciano tío Venner. El final tiene su intriga. La alegría es posible. La salida de aquella vida oscura se avizora en una resurrección que parecía imposible.

La prosa se demora en todo este proceso. Se va deslizando lenta en nuestra lectura. Con ímpetu introspectivo, reflexivo y lírico (ecos de su talante romántico) . Contemplativo vamos. Da gusto paladear sus frases y sus párrafos, aunque al comienzo nos hayamos sentido -tan mal acostumbrados estamos por la literatura fácil e intrascendente- un poco inquietos por ese ritmo tan pausado. Pero no, Hawthorne sabe lo que hace. Nos va engatusando con ese tempo lento y profundo, con esa respiración de las palabras. ¡Qué gusto da leer una obra así! No me extraña que Herman Melville le dedicara su novela Moby Dick “en homenaje a su genio”. Realmente lo es. Uno de los mejores escritores norteamericanos.

sábado 18 de octubre de 2008

A vueltas con la adolescencia



Agotador… Tira y afloja. Más tira que afloja. “No entendéis nada”. Lo que antes era nefasto ahora es guay. La falda un poco más arriba y el pantalón un poco más abajo. “Mira que sois raros”, los padres claro. El tuenti, el Messenger y los mensajes del móvil. Esa chica o ese chico y esa cita con los innumerables amigos. Todo pasa. ¿Estáis seguros? Las madres de los nervios y los padres… ¿Qué hacemos los padres? Como siempre poca cosa. Aparentemente. Somos más proclives a las úlceras de estómago y a ese silencio tan insoportable. Sí, es bonita esta edad, tiene su aquello. ¿No os acordáis de vosotros? Grandes ideales camuflados en el ruido y esos sentimientos disfrazados de pujantes bravuconadas. Son ingenuos, pero encantadores. Se aburren en la calle, desmayados en los coches, pero claman por sus fueros. La calada al cigarrillo y esa pose tan no sé. No cuentan nada, pero de pronto, una noche cualquiera, se rompe la espita y su corazón nos envuelve y se desborda. Ahí, ahí están tus hijos. Sobreviven a sí mismos. De vez en cuando se asoman a sus ojos y logran percibir alguna pizca de sensatez. Rápido, libros específicos (cuidado, los hay deleznables), cursos familiares, experiencias y conferencias. “¿Dónde estabas?, llegas tarde, en casa a las diez”. Hay que estudiar la estrategia a seguir. Ser positivos. Aunque se nos caiga el mundo encima por algún descalabro. Pero las palabras no siempre nos hacen caso, y gritan. Empecemos de nuevo. Confianza. Y orden. Aunque veamos que afirman su personalidad en el estrambote. Largas conversaciones y no tener miedo. Vale, el ambiente es muy hostil. Es un hecho. “Es normal, lo hacen todos”. Ir formando su conciencia y su vida de piedad. Afinar nuestro ejemplo. Ante la droga, el botellón o el mete mano tiene muchísima más fuerza la familia, con diferencia. Y con gracia. Sí, confianza y comprensión (sin chuparse el dedo). La adolescencia es un estado de ilusión. De proyectos y aspiraciones, pero también de ensueños más o menos románticos o de volatines y entelequias, amorosas o no. Pensemos. No nos ahoguemos los padres en casuísticas demasiado negras y absolutas. Apoyémonos los unos a los otros, conozcamos a sus amigos, y no dejemos de lado el alma de los chicos. En ella se sustenta todo lo que importa. Y aprenderá su inteligencia a discernir y a no dejarse llevar por trágalas, y se fortalecerá su voluntad a ojos vista. Sin complejos ni vergüenzas. Por fin. Y vendrá el principio de una nueva aventura.

viernes 17 de octubre de 2008

Desde unas fotografías...


La cantinela de la tabla de multiplicar. Es lo mejor que me han dado nunca las matemáticas. Al ritmo de las palmadas de mi madre. El tresillo rojo, sencillo, años 60 y aquella lámpara de techo salpicada de iridiscencias. La tabla del 7 se me resistía, los ojos fijos en un enorme pez de cristal, con la duda del 7 x 8. Hasta que todo terminaba. “Muy bien Guillermo, puedes jugar un rato”. Ella a la cocina, y yo en el pasillo empapelado de flores. En un recodo las canicas y en el bolsillo de los pantalones cortos unos cromos del Antiguo Testamento. La radio, de pronto. Al fondo del pasillo una canica díscola, donde el miedo. Aún no he ido a buscarla, no me atrevo. “Guillermo ven”. Y voy y me subo a un taburete. “¿Qué te pasa?”. “En el pasillo hay alguien”. “Tonto”. Y ascendía en sus brazos hasta tocar el techo, donde todo el mundo sabe que está la felicidad más perfecta. “Mira”. Y miro desde ahí arriba. Es el cielo. La olla a presión todavía silva. Y la tortuga dormita en su caja de cartón llena de lechuga (no quiero hámster ni gusanos de seda). Y la yogurtera nueva. Y el tictac del reloj tan cercano. “No, no me bajes todavía mamá”. “Hijo, tengo que hacer la comida”. Y me deslizo por su alma hasta el suelo. Y me quedo mirándola para siempre. “¿Te ayudo?”. “Sube aquí -¡aúpa!- y da vueltas a las patatas, así, despacio…”. Las burbujas bailaban en el agua una danza que embrujaba. “Cuida no te quemes”. Pero me canso y fui a parar a un libro que estaba en una silla. Es un álbum de fotografías. Desde entonces. La veo a ella en mi mano, con un pañuelo en el pelo y unas gafas de sol enormes. De fondo la luz, como una aureola de terciopelo. “¡Mamá, mira, somos nosotros!”. Pero está poniendo la mesa con servilletas azules ribeteadas de plata. Cierro el álbum y balanceo los pies, inquieto, con hambre. Y de postre otra vez al colegio. El mismo olor y la misma cantinela: 7 x 6, 42; 7 x 7, 49; 7 x 8… Y desde entonces dudo.

jueves 16 de octubre de 2008

¿Qué hago?


Cuando uno ya no esté aquí para celebrar las victorias de Los Ángeles Lakers o las ocurrencias de sus hijos, seguirá la gente comprando libros y saboreando los helados de nata y jerez (que son los que a mí me gustan). O dilucidando entre la izquierda y la derecha, que ya son ganas. O mirándose a los espejos para cerciorarse de que siguen siendo verdad. Digo todo esto porque esta mañana he hecho acopio de nostalgias. Y es que el otoño me trae loco con tantas nubes y tantas hojas deambulando por el aire. Hago como que no veo, pero se arremolinan en mi cabeza y en mis pies, en una espiral de colores y formas variopintas. Intento escabullirme de alguna manera. Llamo por teléfono a mi mujer, para que su voz me diga por ejemplo si vamos a ir a la tutoría, o si he pagado el garaje. O puede que de improviso me meta a alguna iglesia, para ver si por fin aprendo a no cavilar tonterías. Aunque la manera más certera de evacuar nostalgias es leer la prensa. Mano de santo. Una pasadita por “nacional” -ya no digamos por los editoriales- es capaz de anestesiar a cualquier espíritu proclive a este tipo de aflicción o morriña. Pero dura poco, y estar demasiado tiempo expuesto a ese tipo de noticias puede causar daños irreparables en el juicio. También el enfrentarte a las facturas es un modo de intentar perder la pista a semejante pesar del alma. Pero nada, al mínimo descuido ya estás con los ojos en vilo y el recuerdo en ristre. ¡Qué débiles somos! Basta un color, un simple sello, mirar la hora, el difuso dibujo de la alfombra… Y ya te encuentras lejos de aquí. Ay, lo que yo daría por ser inmune a tanta monserga y tanta melancolía. Ser un tipo duro. Íntegro, pero refractario a esa sensibilidad extravagante. Sin darle más vueltas a las cosas. La lluvia es sólo lluvia. Y la niebla niebla. Y esas hojas… pues hojas secas que ensucian las calles. Pero no hay quien se lo trague.

miércoles 15 de octubre de 2008

Por favor, ayudadlas


Campos de Cáceres. Terrenos abruptos. Secarrales, pero también abundante hierba y fresnos cerca de los arroyos, pozos y fuentes. De cuando en cuando tomillo y majuelo. Y el cielo que sobrevuela una cigüeña. Y la soledad. Unas monjas clarisas viven y cantan por los alrededores de esta belleza tan limpia. Dan gloria a Dios con su alegría y desprendimiento. Caminos de tierra. Arbustos y piedras. Encinas. Campos de Cáceres. Unas palomas revolotean en la luz de la mañana. El alma contempla el cielo, y en el cielo el donaire infinito de una claridad que es ofrenda. Cerca de allí, en la cañada, Navas del Madroño. Las monjitas rezan. Saben que Dios prueba a los que más ama. Sobre todo con la pobreza. Caminan por su casa templadas, con garbo. Embebidas de Dios en su menudo monasterio en la finca de Viña de la Cruz, que les cedió el señor Obispo con sobrenatural agudeza. Sor Inés, que es la Madre superiora, es doctora en esperanza (su voz acaricia la voluntad de Dios). Por eso quiere que todas hagan horas extras ante el Sagrario, donde arde esa pequeña llama. El Señor de la Casa, Su Dueño y Esposo, cuidará de ellas. Solventará esas deudas que les preocupan. Las obras eran ineludibles, había que hacerlas. El Amor siempre provee de lo necesario. ¿Qué son unos miles de euros para Él? No hay oscuridad ni angustia que valga. Vale el corazón, y la fe, donde crece la perfección del alma. Porque la fe está lejos de ser una emoción o un mito, o un conglomerado de vagos sentimientos, o un entusiasmo subjetivo y pasajero. La fe es confianza: es contemplar con fijeza esa llama que arde, y que el Amor transforma en hoguera. Me emociona imaginarlas así, tan enamoradas, tan arrodilladas, con las manos y los pies rezando de frío. Y les falta para comer… Quieren ser santas en estos tiempos de incredulidad y latrocinio. ¡Si yo tuviera un poco de dinero para darles! Miradme: sólo me quedan palabras, no tengo otra cosa (mal oficio, mal oficio). ¿Y tú, lector amigo? Si puedes, por favor ayúdalas un poco. Son amigas mías.


Postdata obligada: Hermanas Clarisas; Viña de la Cruz; Navas del Madroño; Cáceres 10930. Teléfono: de Sor Inés, que es la superiora: 649841910. Nº DE CUENTA: CAJA DE EXTREMADURA: 2099-0239-09-0070032861. (La cuenta está a nombre de la Asociación Convento de Santa Clara Viña de la Cruz).

martes 14 de octubre de 2008

Giacomo Leopardi escribe en su biblioteca de Recanati


Una desconocida música hace su entrada
en la biblioteca donde estudio lo inaudito
del comportamiento humano.
Aunque a veces también investigo
el sentido que deja la luz en el alma
de unos versos.

Soy un erudito del silencio. Desde hace años
contemplo el mar y el amor en estos libros.
Aunque a veces soy más atrevido
y sigo en la noche el infinito rastro de los astros.

Y ahora esta música
en el pausado ritmo de sus pasos.
¡Qué ternura, Dios mío, qué ternura!
Ya conoces mis dudas
y mis penas…
¿Es la tristeza mi destino?

Escucho la melodía mientras escribo.
Es un delirio la vida, un mal sueño.
(O quizá sea bueno y yo un extraño).

Señor, no creo en ti, pero te amo.

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Giacomo Leopardi writes in his library of Recanati

An unknown music appears
in the library where I research the unprecedented
of the human behavior.
Also sometimes I investigate
the meaning that the light leaves in the soul
of a poem.

I am an erudite of the silence. For years
I contemplate the sea and the love in these books.
Although sometimes I am more daring
and I follow in the night the infinite track of the stars.

And now this music
in the slow rhythm of its own steps
What tenderness, my God, what tenderness!
You know my doubts
and my sorrows…
Is sadness my destiny?

I listen to the melody as I write..
Life is madness, a bad dream
(Or perhaps it is good and I am a stranger)

Lord, I don’t believe in you, but I love you.

(Traducción de Hilario Barrero)

lunes 13 de octubre de 2008

¿Dónde está el abolengo de la vida?


Otra vez es de noche. Las bolsas se desploman un poco más. ¿Hasta dónde? Y el balón de oro se lo merece Fernando Torres. En algún sitio estará ahora nevando y habrá mujeres y hombres abrazados muy lejos del frío y de la estúpida soberbia de Occidente. El premio Nóbel de literatura se parece cada vez más al de química, en una suerte de insólita y misteriosa formulación que sólo unos pocos suecos comprenden. En ocasiones así me doy cuenta de mi profunda insignificancia. ¿Y si fuera yo al que llevan en esa ambulancia que surca la madrugada? Aprieto las mandíbulas contra el dolor de cabeza y este insoportable dolor de ojos. Hoy me he entretenido con unos relatos de Ling Mengzhu, un tipo chino del XVI que escribía como los ángeles y al que conocí por casualidad hace unos años. Ha dejado de girar la melancolía en los ventiladores. Pero se traslada a la lluvia, o a la respiración de los árboles, o a la rutina de los papeles por la acera… Es otoño, y de noche. Siempre te gustaría estar en otro lugar. Por ejemplo Buenos Aires. O Jauja. O Cholula. O Lexington (en Kentucky). Pero estás aquí, casi a oscuras, escribiendo lo primero que te viene a los dedos. La música te consigue algunos recuerdos. Casi no te acordabas de ellos. Brahms en primer término, y de fondo los geranios y Eugenio Onieguin, de Pushkin. ¿Dónde está el abolengo de la vida? En Dios, en la infancia, en tu madre… Y en aquellos amigos hablando de todo y de nada, comiendo un poco de marisco en un tiempo abarrotado de humo y de filosofía. O comprando libros a un gitano que apenas sabía leer, pero que puedo asegurar conocía mejor que yo la literatura. Brilla la noche en la memoria. Su divisa es el alma y esa luna. ¡Cuántas cosas callan las palabras! ¡Cuántas cosas vas aprendiendo según las pronuncias en silencio!

domingo 12 de octubre de 2008

Carta a la Virgen (del Pilar)



Querida Madre:


Dios te salve, María... Y puede resultar un poco chocante lo de ponerte unas letras, pero me conoces de sobra, y sabes lo que me fascina ir engarzando palabras a lo invisible. Quisiera que esta carta fuera un regalo. Un sencillo regalo de uno de tus hijos más torpes y renuentes, pero hijo al cabo. Un hijo que en cuanto puede pone el alma en tu regazo, y se sienta en tus rodillas para contarte, no sin antes poner a tus pies una rosa roja. Quisiera que esa rosa -¿te gustó?- fuera como el símbolo de mi vida. Frágil, pero muy hermosa, por la gracia divina. Porque es la gracia el don que me hace comprender el milagro que miro a mi alrededor, cuando camino rezando con los dedos el rosario. Y siento el fervor de la luz, y tu presencia.

Mamá, Madre de Dios y Madre mía, quisiera verte. Soy niño y soy atrevido, y un tanto inconsciente. Pero es que quiero verte de verdad, tal cual eres. No entremos en merecimientos o en que lo mío es lo corriente. Como comprenderás no me voy a andar con diplomacias a la hora de hablar con mi Madre. Y te hablo con el corazón alegre, y necesitado, y urgente. Quiero verte… Y acabo de escribir unos puntos suspensivos porque estaba pensando. Nada especial. Estaba pensando en mis hijos, en qué harán solos en casa. Ya me entiendes. Échales un ojo anda, por favor. Porque muchas fiestas en tu honor, pero la mayoría lo celebramos trabajando. Y quizá sea lo mejor después de todo.

Soy consciente Madre del maremágnum que se organiza. ¿Rezar?, más bien poco. Ya ves las calles. Menudo cisco. Yo no digo que la gente no se divierta, ni presumo de inocente y puro, pero de ahí al despropósito histriónico y al desenfado más soez hay un trecho. ¡Qué bochorno! Ya sé, ya sé, el que debe orar más soy yo. Y limpiar con mi amor -que en realidad no es mío- esas plazas y esas calles. Pero voy y me despisto, y voy a lo mío (ya sabes cómo se me va la cabeza con los libros), o me da pereza, o rabia de tanta irreverencia y mal gusto. A ti, Madre mía, no te imagino enfadada. Todos son hijos. Aunque lloras… Es tu fiesta y se olvidan de ti. Y de tu Hijo.

Quisiera verte -yo insisto, por si acaso- y consolarte un poco. Y acariciar tu vestido. Sin pedir nada (tampoco quiero ser cargante), en un rincón de tu Corazón Inmaculado. Pasar estos días contigo, pero de una manera más cercana, más consciente. En familia. Madre mía, Virgen Santa del Pilar, toma mi alma y hazme digno de tu confianza. Acuna mi esperanza y sé la firme columna de mi fe. Tú, Asiento de la Sabiduría, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores. Tú, que eres la Puerta del Cielo, dame la mano, porque necesito cada vez más de ti. Para todo. Y no lo olvides: quiero verte. ¿Dónde quedamos?

Un beso muy fuerte. ¡Qué un beso! Miles. Un beso y mi vida entera, sin resquicios, prisas o indiferencias. Y felicidades en tu fiesta. Las mereces. Te pide tu bendición tu hijo Guillermo. Y una sonrisa.

sábado 11 de octubre de 2008

Avatares y desdichas del tonto contemporáneo


En una de sus máximas Thomas Merton se ríe un poco del tonto contemporáneo. Bueno, lo del tonto lo digo yo, que conste. Comenta que la mayoría de la gente no está nada interesada en lo de ser bueno. Mal negocio ése. ¿A quién le va a interesar semejante provocación? Ya habrá tiempo para si acaso en el último momento…, pero por ahora mutis, no vayamos a fastidiar el invento. Además vivimos en un jardín que si no es el del Edén poco le falta. Una pandilla de benditos, eso es lo que somos los hombres. Pero la palabrita bueno tiene connotaciones peligrosas (y demasiado religiosas). Suena a dejar de vivir como vivo. ¡Y vivimos tan bien en esta especie de limbo! ¿A que sí? Y luego está la historia de las “virtudes”. ¡Por favor! Si acaso poderío, aplauso y cuchipanda. Pero ¿virtudes? Dejémoslo estar. Los tiempos del catecismo del padre Astete o del Ripalda pasaron a mejor vida. O eso creemos. ¿Para qué sirve ser bueno y decente? Menuda murga. Y encima quedas como un cacaseno en medio de tanto lustre. El tonto contemporáneo escucha en eso de la bondad o virtud el eco de un retintín inoportuno, o la zumba de aquellos que reparten a discreción las prebendas postmodernas. Por eso mismo Merton escribe que nada de hablar de virtud. A estos hombres “les complace pensar en todo lo que parece hacerles inteligentes”. Por eso hay que andarse listos y hablar entonces de los “hábitos del intelecto práctico”. Ya es otra cosa ¿no es cierto? Entrarán a saco, creyendo que la sabiduría no es la alegría o lo sencillo o la verdad; para ellos se acerca más a una coquetería léxica, a un empaque dialéctico. Aunque resulte que fuera Tomás de Aquino el que se refiriera a las virtudes como “hábitos del intelecto práctico”. Y es que el tonto contemporáneo funciona exclusivamente a base de destellos mediáticos y rituales de medio pelo, comúnmente conocidos como prejuicios. Lo suyo ya no es que sea una hirsuta ideología, o el canguelo a perder ciertos favores, o una morcilla enajenada. Que también. Lo suyo es sobre todo la televisión como mitología. O las quinielas. O el talle ceñido por la gula. O meterse en vidas (ajenas por supuesto). Ser una persona virtuosa nunca ha estado muy de moda que digamos. Cunde la opinión de que genera extrañas patologías. Como la caridad, o la templanza, o la sinceridad, o la modestia. Incluso el perdón y la honradez. O la sobriedad de costumbres. Y esto duele. Y molesta. Cuando debiera ser al contrario. Porque son precisamente esas personas virtuosas y anónimas las que, en su cotidiana lucha, sostienen todavía el tinglado. Se mire como se mire.

viernes 10 de octubre de 2008

A solas en una habitación


En uno de esos periódicos gratuitos que se abalanzan sobre tu modorra matinal en figura de una grácil señorita -no puedes decir que no a una sonrisa así-, leo en negrita un comentario de Paul Auster. Lo leo sin entrar en el resto de la noticia. Y lo pienso en el semáforo de la esquina de Gran Vía, al mismo tiempo que doblo el periódico, hasta que su tamaño cabe en un bolsillo interior de mi chaqueta. Podría haberlo guardado en la cartera, es cierto, pero a esas horas ¿quién soy yo? ¿Y usted? Nadie, apenas un atisbo. En pleno semáforo me apercibo de un detalle. O de varios. En primer lugar me he puesto los calcetines del revés. Dejémoslo estar. Porque estoy más pendiente de la conversación telefónica de una chica bien proporcionada que espera junto a mí el poder cruzar hacia el otro lado. “Quedamos a las siete”. “¿Qué te apetece hacer?”. “Y a mí”. Intuyo que se le pasará la mañana enseguida. Verde... ¡Cómo corremos todos! Tenemos demasiado miedo a llegar tarde. ¿A dónde? Rápido, rápido. Apresurémonos para nada. Otro semáforo en rojo. O una humillación. O una enfermedad. Los semáforos en rojo nos vienen bien para pensar. Ahí, en medio del torbellino, o en la soledad de una bocacalle del corazón. Quizá el pensamiento se extasíe en una oración. Quizá. Y aprendamos a ser más conscientes del amor, y de la realidad que vemos todos los días y que tan fácilmente damos por supuesto. Pero yo quería hablar de otra cosa. ¿Qué era? Ah, eso, lo de Auster. Dice el novelista en el periódico: “He pasado la mayoría de mi vida a solas en una habitación”. Pues como yo. Él dando vueltas y revueltas a sus personajes, con resultados óptimos, salta a la vista. Yo intentando sacar algo en limpio de mi vida, con resultados romos. Puede que tampoco estemos tan lejos el uno del otro, cotejando palabras y papeles, silencios y letargos. Lo que puedo asegurar es que la habitación donde trabajo es más humilde, un amago de habitación vamos, donde el espacio no cabe dentro. Por eso tengo que inventármelo, y llenarlo de espejos y perspectivas desvaídas. ¿Lo mejor? Lo que no se ve, cuando imagino, y la luz que dibuja conjeturas por las paredes.

jueves 9 de octubre de 2008

Porque nos queremos



Cualquier oportunidad es buena para celebrar el amor de tu mujer (o de tu marido, según sea el caso). Decirle que le quieres hasta que te diga una caricia al oído. Recordar juntos los desafíos más inverosímiles que tiene el estar enamorado de una persona tan poco corriente. “¿Sabes que eres muy guapa?” (o guapo, si habla la señora). Mientras palpas su rostro con los dedos y aprendes de memoria su alma. Cualquier oportunidad es buena. Hoy, por ejemplo. ¿Para qué esperar? Hoy, hoy. Escucha: te quiero. Parece que siempre es lo mismo. Pero no, te veo distinta (o distinto). Y el amor es una música que cada vez se interpreta con matices muy diversos. Por Dios -y perdona si te molesto-, no te mueras. Quédate así, como estás ahora, porque no quiero dejar de mirarte. Eres mi cuerpo, y debo cerciorarme de que respiras. De que me respiras a cada instante. Estás en el interior y alrededor de mí, y eres de fuego. Porque me enciendes de gozo, en el sobrenatural relámpago de tus ojos. Somos uno. No te vayas a ningún sitio. Tu lugar soy yo. Soy tu viaje y tu negocio y tu intimidad. Juntos exploraremos el viento y la arena submarina de todos los mares. Háblame, escríbeme… o cállame en la apoteosis de un beso. Cuando me llamas -no creo que te des cuenta- me estremezco, las manos se me mueven a cámara lenta, y miro con más detenimiento las cosas, aunque sea de noche. Haces que me fije en detalles inauditos, como por ejemplo en las vocales de tu nombre, que abren mi boca al fragor de tu hondura. O me fijo en las olas de las sábanas, que nos arrastran hacia dentro, hacia el confín de la ternura. Tú, nada más. ¿Qué quedaría de mí si no estoy contigo? En mi mente sólo te quiero a ti, y día a día vaciarme de todo lo demás. No, no habrá muerte para ninguno. Porque nos queremos.

miércoles 8 de octubre de 2008

El Apocalipsis

Estamos de lo más apocalípticos. No hay forma de tener un día tranquilo. Quiero decir, uno de esos días en los que uno se levanta, se ducha, desayuna y estampa a su mujer un beso en toda el alma. Un día de esos sin nada especial que destacar, salvo ese beso matutino y algún que otro vespertino. ¿Lo demás? Un trabajo mortecino y el ruido de la calle. Bueno, y los niños, entre valencias y morfologías del lenguaje. Uno de esos días, en definitiva, en que te acuestas sin darle muchas vueltas a la cabeza, esperando que la realidad se torne dulce sueño. Pero nos han tocado tiempos plagados de pesadillas. No hay manera de vivir con sosiego. Que si el presunto cambio climático, las guerras o la próxima extinción de un buen montón de mamíferos. Que si la mala leche china con melanina, o la hecatombe de la economía. Que si el terrorismo y el integrismo nacionalista. Sin olvidarnos del aborto, o de los traficantes de droga y del cuerpo humano. Y entre todo ello la oratoria antañona de los políticos progresistas. Tan cansina y comediante. Y la de los otros, atrapados en chorreras y melindres. Explota la burbuja de ozono y la de internet y la inmobiliaria. Se devalúa estrepitosamente la educación y el matrimonio. Explota la burbuja de la usura y la de la injusticia con los que menos tienen. Explota la burbuja de un mundo sin Dios, en un desplome evidente de la alegría. No hay más que asomarse a la ventanilla de la vida o a los periódicos, y escuchar un poco a la concurrencia. Todo son sustos e hipocresías, poses y fetiches. Nuestro mundo -tan occidental y redicho- parece una secta. Capta al personal con el dinero y el consumo, y lo abduce en una suerte de vacío y de vértigo y de inmoral remolino. El pensamiento anda alunado, y el corazón a la intemperie de cualquier superstición o desatino. ¿De qué nos extrañamos? Terremotos, tornados y tsunamis. Asesinatos, dictaduras, violaciones, torturas atroces. Ya les digo, ni un solo día tranquilo. Y el Apocalipsis, queridos lectores, es esta lenta agonía del alma.

martes 7 de octubre de 2008

En medio de la luz



Y en contemplar tu luz me embebecia!
JOSÉ DE ESPRONCEDA



En medio de la luz contemplo
el verdor de la hierba
y los brillos del agua recién regada.
Suenan los pinos en canto de vida.
¡Qué resplandor el de las rosas
en su estallido rojo o amarillo!
(Enigma y sentido).
Trepan por el laurel las caracolas
y guardo algunas hojas
en el interior de un libro (La casa
de los siete tejados
, de Hawthorne).

La mirada es creencia
en la santidad de la mañana.
Inspiro esta luz y expiro mis sueños,
y paseo por la altura de las aves…
La piscina tiembla de frío,
pero la abriga despacio el otoño.
De par en par abro mis brazos
y los ojos, expectantes de infinito.

Esas rosas…
El alma no las pierde de vista
y las acaricia con las manos.

lunes 6 de octubre de 2008

Sueños y ensoñaciones de la literatura japonesa


La vida de los hombres sobre la tierra está llena de sueños. Es una de las principales causas que nos impide dejar de respirar. Soñamos que soñamos sueños donde alcanzamos pues eso: un poco de felicidad. Y por ahí anda la literatura. Paseando entre sueños, soñándonos una realidad mejor de la que es o podría ser. En los textos nos introducimos en un universo que a la vez soñamos y donde somos soñados por algunos personajes (de ficción o no). No es un pasatiempo o una ridícula fantasía para desocupados. Porque el caso es que todos soñamos. Todos tenemos nuestros anhelos más o menos secretos; todos, en fin, tenemos nuestra propia literatura, y la sensibilidad para leerla en medio del ruido de la vida.

La vida… Ese cúmulo de años y de ese algo más que se desborda por los márgenes de las páginas del tiempo, y del que intenta dar fe la literatura. Porque por eso escribimos, para abrirnos paso por los días y las horas hacia un espacio donde el alma alcance el centro de un conocimiento más perfecto. O eso, o nos encorsetamos en habladurías que a nada llevan. Pero bueno, el caso es que acabo de leer Sueños y ensoñaciones de una dama de Heian, de Dama Sarashina (Atalanta). Y la verdad es que no quisiera estropear el libro con excesivos comentarios banales. Esta mujer -su verdadero nombre se desconoce- nació hace mil años en Japón. Vivió en Kioto casi toda su vida (tenía 49 años cuando murió). Fue dama de compañía de la princesa imperial, se casó y tuvo tres hijos. Pero esto lo pueden leer en la solapa del libro.

Un libro que está escrito como un diario. Es decir, asistimos a una serie de confidencias. Y poco a poco el lector nota que no se da cuenta de la literatura (tan exquisita), y que sueña los mismos sueños que Sarashina. Ese gusto por leer historias -no se pierdan La historia de Genji (Atalanta) -, por celebrar los paisajes o las pequeñas cosas o detalles, por escribir poemas donde se resuma un instante de belleza (o el rescoldo que va dejando la vida). ¡Qué dicha haber contemplado / justo antes de que cayeran desvanecidas con la primavera / esas flores de vuestros cerezos que nunca me cansaba de mirar! Y es que en la humildad de su mirada está el genio de este libro. Y uno imagina sus manos o el color alma de los kimonos de la dama. De verdad, es subyugante asistir a una narración tan femenina, tan perspicaz ante los diversos acontecimientos.

Y poco a poco se da cuenta de que ha leído demasiadas historias, y siente la necesidad de profundizar en la piedad de las devociones religiosas. Su profunda vida interior no vale para la corte y esa mundana superficialidad que es su liturgia. Destinan a su marido a otra provincia. Pero justo aquí comienza el drama del dolor de la muerte y la posdata que es la soledad. Tarde o temprano todos nos quedaremos solos “en la vieja casa de siempre”. O tal vez no, acompañados por la amistad y el consejo de algunas personas, y por la esperanza que siempre es la poesía. ¿Un diario? Sí, pero un diario con entraña lírica. Por su verso y por su prosa. Es decir, por su vida. Una maravilla de libro. Con una más que meritoria traducción de Akiko Imoto y Carlos Rubio.

Pd. Y no quiero dejar de mencionar que es también de Carlos Rubio -junto con Rumi Tani- el autor de la excelente traducción de la epopeya Heike monogatari ("El cantar de Heike"), una obra clásica de las letras japonesas del siglo XIII que tampoco nos podemos perder. En este libro se narra la lucha entre dos clanes, con la aparición de los guerreros samuráis -entre otros muchos alicientes que tiene el texto. Y está publicado por la editorial Gredos.

domingo 5 de octubre de 2008

Relatos de Kolimá


La editorial Minúscula es de las más interesantes que conozco. Desde su mismo nombre y el tamaño de sus libros parte de una humildad que resulta sumamente atractiva. Valeria Bergalli se ocupa con gran tino de que los títulos que publica sean literariamente impecables. Los textos en sí, en su diseño o en sus traducciones, están cuidados hasta el extremo. Es decir, en los detalles minúsculos, que es donde se nota el mimo y la ternura de un buen trabajo. Porque el lector no es tonto y percibe muy pronto dicha consistencia editorial, que no es otra cosa que sabiduría lectora. Ya se sabe: “por sus obras los conoceréis”.

Y una de esas obras es sin duda Relatos de Kolimá, de Varlam Shalámov (1907-1982). En el primer volumen de los seis de los que consta. Desde las primeras páginas te das cuenta que estás ante algo de otra dimensión narrativa. El tipo que ha escrito estas líneas -y las que están por traducirse (el segundo volumen se publicará antes de Navidad)- ha puesto algo más que su vida en el papel. La conmoción que produce es tremenda. La descripción del sufrimiento, la visión de las almas y de los paisajes infinitos de la taiga, la pureza de la nieve y de la dignidad humana mancillada por la sinrazón y la mordedura del silencio, la salvación de los versos en medio de la nada…

Kolimá: un rincón inhóspito de Siberia donde la misma muerte no acaba de morirse nunca, un lugar donde el hombre sobrevive apresado en “la espesa gasa blanca de la niebla helada”. Y el lector convive con esa tragedia, con esos hombres, con esa libertad congelada. El lector siente las lágrimas de la impotencia en su propio rostro, y la salmodia del viento… ¿Y la esperanza? Hasta la misma palabra parece difuminarse en el desvarío. El dolor tiene su liturgia en el misterio. Y los diálogos de los personajes -de esas personas- que buscan a tientas su propia existencia.

¡Qué libro señores, qué libro! Quisiera decir tantas cosas, pero se me embarullan las palabras, y sientes la indignidad de tu propio corazón, de tu propia vida… Sólo cabe leer estas páginas, y esperar con paciencia los próximos volúmenes. Recuerdo la universidad: “lecturas obligatorias”. Pues eso. Relatos de Kolimá es una de esas lecturas obligatorias. Por nuestro propio bien. Porque comprenderemos mejor muchas cosas.

sábado 4 de octubre de 2008

"Odio a España desde siempre"



Un escritor español lo ha dicho uno de estos días: “odio a España desde siempre”. Hace falta ser pomposo. Porque el ramalazo se las trae. Y el amargor. Y la hipérbole. Después creo que se ha explayado sobre el concepto patria como el peor de los venenos. ¿Odia la idea de España que se asienta en su caletre? ¿O se referirá a alguna superstición maldita que le acecha? Rotundo es desde luego. Ilustre literato que me ha dejado de una pieza. Hasta sus palabras jadean. Le deben doler todos los huesos del alma. Porque si odiar a algo o a alguien es de por sí extenuante (y estéril), no quiero imaginar que sea “desde siempre”. Casi lo de menos es España. Debe estar quebradizo el hombre. El odio no es una actitud intelectual, se trata de algo más hondo, más existencial. El odio es un desaliento vital que nos carcome la esperanza. Quiero pensar que lo dicho es más un desahogo retórico, una soflama turbativa, a cuento de tanto fraude como uno se desayuna. Será eso. Aunque si soy del todo sincero, al leer su frase por vez primera me pareció una soberana tontería. Una impertinencia de viejo. Por más que Rafael Sánchez Ferlosio sea una de las mejores plumas de España.

viernes 3 de octubre de 2008

La Virgen de Lourdes y Ana Rosa Quintana


Creo que fue la semana pasada cuando ocurrieron los hechos. O la anterior, no recuerdo. De primero había unas suculentas lentejas, y de segundo filetes de lomo a la plancha. Dispongo la mesa. Comía solo en casa. Tenedor a la izquierda, y cuchillo y cuchara a la derecha, servilleta y vaso de Ikea. Para beber, agua. Estuve tentado de ponerme un pequeño atril y leer durante la comida. Andaba esos días entretenido con un libro exquisito, muy propio de Jacobo Siruela. (Esperen un momento y les doy los datos exactos, por si les interesa; aquí está el volumen: Filosofía antigua, misterios y magia, de Peter Kingsley, en la editorial Atalanta). Un libro que gira alrededor de la figura de Empédocles, y que es de lenta y provechosa lectura. El caso es que cedí, pedí excusas al Apolo de Veyes que figura en su cubierta, y puse la televisión. Lo siento, uno no es perfecto. Recorrí un buen número de canales mientras saboreaba las lentejas. Sin remedio. La zafiedad corre pareja con la pájara mental. Y ya me disponía a ver unos minutos de la película El dilema, de Michael Mann, cuando de pronto se me apareció Ana Rosa Quintana (creo que se llama así, una señora de buen ver que tiene un batiburrillo matinal -no lo escribo con desprecio- en una determinada cadena). Pero lo que hizo que no pulsara el play del DVD fue que vi a la susodicha con la Virgen de Lourdes al fondo. Lo cual no debe ser algo muy habitual. Y allí me quedé. Sublimes las lentejas. Y no menos las patatas fritas. Se trataba de una tertulia sobre la Virgen de Lourdes, supongo que por el 150 aniversario y la visita del Papa. Y me temí lo peor. Porque ya saben que estas cosas que incumben a la religión católica acaban en el despropósito y la chanza. Ana Rosa dio inicio a la polémica. ¿Los invitados? Casi se me olvida. Los invitados, sí. Una carcajada. Con todos mis respetos. Bueno, hay que decir que estaba Rafael Navarro-Valls, de coartada. Los demás se lo resumo enseguida: la más perfecta ignorancia. En algunos casos con dosis de mala baba. Lo de siempre: dos señores de la otra acera (eso me parecieron, por lo afectado de sus gestos y sus lánguidas palabras), Bibi Andersen y una presunta psicóloga empeñada en el desmadre de no se qué diosas y en el fondo de armario de la Virgen. ¿Los milagros? Bah, bah, bah, montajes o trifulcas del subconsciente. Choca que cuando de religión se trata no hay expertos que valgan. Todo vale. Cualquiera puede perorar y soltar el desaire más necio. ¡Qué gracia! Hemos pasado un buen rato. Como si nada hubiera ocurrido. Pero ocurrió. Ana Rosa, un asunto que afecta a la creencia de tanta gente no se puede tratar como un espectáculo de vodevil. Y da lo mismo que seas creyente o que no lo seas. O se hace bien o no se hace.

jueves 2 de octubre de 2008

Algunos libros para el otoño (con la que está cayendo)


En un par de semanas he tenido la oportunidad de leer una buena cantidad de libros. La visita de algún que otro virus ha sido la principal causante. Pero la pasión lectora te lleva a buscar inhóspitos rincones de tiempo. Por supuesto nada de televisión. Y se agudiza la imaginación para pasar desapercibido, y las madrugadas se desperezan en una sucesión de trepidantes aventuras, de versos, de reflexiones... Cuando los demás duermen, el lector es como un vigía en medio de los sueños.

La relectura de La montaña de los siete círculos de Thomas Merton (Edhasa) me ha conmovido como hacía tiempo no lo había conseguido ningún otro libro. Me tendría que remontar a Vida y destino, de Grossman (Galaxia Gutenberg), a Memorias de ultratumba, de Chateaubriand (Acantilado), al Diario de Faustina Kowalska (ediciones Levántate) o a los Poemas de Jane Kenyon (Pre-textos). Aún sigo abriendo el volumen de Merton de cuando en cuando y leo lo subrayado y lo memorizo y lo pienso. La historia de este tipo es de lo más subyugante. Dios y él. Como muy bien escribe: “lo que estás esperando viene cuando realmente no lo esperas”.

Y pasa lo que pasa. Venga a rebuscar en mi biblioteca otros de sus libros. No encuentro -lo tenía, lo tenía- aquellos XX Poemas de la colección Adonais que tradujo magistralmente José María Valverde. Pero sí está Diario de Asia (Trotta) y un breve estudio sobre San Bernardo (Rialp). Y me regalan Nuevas semillas de contemplación (Sal Terrae), un libro que imanta sin remedio al alma, al igual que Meditación y contemplación y La oración contemplativa (ambos en PPC). Y la lectura de Merton me lleva a volver a visitar la poesía de Gerald Manley Hopkins y la de William Blake, lecturas esenciales en la formación de Merton.

He devorado en un santiamén El sueño milenario, la tercera novela de Antonio Cabanas (Temas de hoy). Después de El ladrón de tumbas y La conjura del faraón, y del ensayo Los secretos de Osiris, el autor se reafirma como uno de los más apasionados conocedores de la cultura egipcia. La trama de El sueño milenario transita sobre el tedio que nos acompaña, sobre la tentación de escapar de él. Aventuras por El Cairo más profundo, el bien y el mal, el destello romántico de una fantasía hecha realidad (con un par de recovecos eróticos un poco cursis), el glamour que sólo soñamos en el ¡Hola! o en las películas, el suspense y la intriga a orillas del Nilo, la magia de la historia más remota… Todo está aquí. Pero la novela en sí nos depara una sorpresa mayúscula. Nada es lo que parecía. Entre la historia de amor de Julia y lord Henry, Cabanas ha logrado el sortilegio una vez más. Y ha logrado que pase unos buenos ratos.

No había leído nada de Melania Mazzucco. Pero no cabe duda: es una consumada escritora. Un día perfecto lo demuestra. Casi 450 páginas para dar vida, en una especie de acuarela narrativa, al color y al dolor, a las pequeñas emociones y a sus fracasos, al amor y al desamor, a la sorpresa y a la textura de la rutina de un solo día. Mazzuco a través de un abanico de personajes riquísimo, va trabando las almas y los sentimientos. El ritmo es vertiginoso. Es la vida y su tragedia, la vida y su comedia, la vida y su épica cotidiana. La humanidad de sus páginas logra que el lector se identifique con esta prosa que nos cuenta un poco -o un mucho- de nosotros mismos. Son párrafos donde la literatura se nos hace vida. ¿O es al revés? Del todo magistral. Dios quiera que pronto encuentre un director de cine con el suficiente talento para hacer de esta novela una película deliciosa. ¡Es todo tan visual!

El motín de la fragata Bounty ha dado para mucho. La historia lo merece. Desde luego las versiones cinematográficas son a cada cual mejor. La interpretada por Charles Laughton y Clark Gable. De 1935. Rebelión a bordo. O mejor: La tragedia de La Bounty. La versión de 1962 protagonizada por Marlon Brando. O la que yo prefiero, que se estrenó en 1984: The Bounty. Con un reparto espectacular: Anthony Hopkins, Mel Gibson, Laurence Olivier, Daniel Day-Lewis y Liam Nelson. Y aunque a uno le guste el buen cine parece que siempre le tira más un buen libro (sé que son perfectamente compatibles, pero…).
La cosa es que al exitoso autor de El niño con el pijama de rayas, John Boyne, acaba de publicar una novela titulada Motín en la Bounty (Salamandra). Como comprenderán el buen negocio está asegurado. Tengo que reconocer que comencé a leerla con cierta prevención. Me parecía todo demasiado oportunista. Pensé: “aquí tenemos alguna novelita que el autor tenía a medio hacer y que, aprovechando que el caudal de la peli basada en el niño del pijama a rayas pasaba por ahí, era del todo conveniente andar un poco listos”. Y el caso es que lo sigo pensando. La novela es irregular, aunque la acción cope al lector de aventuras. Boyne tensa muy bien los diálogos y pierde cuando se pone estupendo, o cuando -sobre todo en la primera parte del libro- le da por un exceso de referencias homosexuales en el triste pasado del joven Turnstile, el por entonces joven criado del capitán Bligh. Párrafos del todo prescindibles para la historia. Una alusión a su trágica adolescencia basta para que el lector se haga a la idea, no hace falta que nos introduzca en el burdel masculino (insisto en ello porque me da rabia no poder aconsejar este libro a mis hijos por esas alusiones; ¿moralina?, más bien sensatez, y un poquito de hartura de dicha incontinencia).

La novela va ganando en fuerza según pasan las páginas. A partir del cuarto capítulo vamos. Su estilo es muy cinematográfico. Boyne se crece con la historia, cuando se deja de ditirambos. El lector disfruta. Y al terminar la lectura uno siente que le ha sabido a poco. Y en plena madrugada un servidor se puso a buscar por las estanterías El motín de la Bounty, la trilogía completa, de Charles Nordhoff y James Hall (Edhasa), que les recomiendo fervientemente. Lo encontré al día siguiente, lleno de recortes de periódico, líneas subrayadas y alguna factura. Y leí los últimos capítulos… Sentía el salitre en los labios.

Conversaciones con Woody Allen, de Eric Lax (Lumen) enseguida llamó mi atención. Para empezar por la elegante portada, lo confieso. Además es de las pocas cosas que con el tiempo he logrado que mi mujer aprecie: la filmografía de éste neoyorquino. Puede pensarse que igual no he sido una sana influencia para ella, pero el caso es que disfrutamos con la chispa de Woody, con su melancolía disfrazada de tantos avatares. No sé los demás, pero yo entré en su cine gracias a su literatura, a su forma de contar las cosas. Y si encima tenemos en común que nos gusta el “espeso” Bergman y que no hemos logrado nunca terminar de ver Casablanca, pues el libro de Lax es de lectura obligada. Para mí al menos. Son páginas que están plagadas de chascarrillos y genialidades, en unas conversaciones que abarcan la intimidad de su casa o de rodajes. Páginas que sirven a los devotos de Allen -sean cinéfilos o no tanto- y a aquellos que quieran saber un poco más de él y de su obra.

La editorial SM se merece en esta ocasión mi aplauso -lo suyo es la gran literatura juvenil- por su nueva colección “Clásicos”. El hacer adaptaciones de grandes obras para críos de entre 12 y 18 años sí que es colaborar de hoz y coz en la formación ciudadana. He leído la de Crimen y castigo. Estupenda. Pienso que esta colección es imprescindible para nuestros chavales, tan escasos de ganas y pasión para enfrentarse con libros tan “clásicos”. (De postre leí El balonazo, de Belén Gopegui, en la colección Barco de vapor, una novela que me hizo recordar cosas de hace unos cuantos años, aunque por otra parte tampoco creo que hayamos cambiado tanto. Me veo un poco como Daniel).

Y en cuanto termine de adecentar estas líneas me pongo con la novela El primer ciudadano, de Andy Oakes (Alianza), una novela que quería leer durante las olimpiadas, para compensar tanta parafernalia y tanta mentira, pero que no pudo ser. Una novela que transcurre en la compleja, dinámica y dictatorial China de nuestros días. El imperio ha dejado de ser inmóvil desde luego, pero es cada vez más corrupto.

miércoles 1 de octubre de 2008

¡Feliz cumpleaños Jaime!



Querido Jaime:

Bueno tío, 16 años a tus espaldas. Ya es hora de que espabiles ¿no te parece? 16. ¿Percibes la importancia del asunto? Pero ante todo dame un abrazo. ¡Felicidades! Aprieta más coño, que no se diga. Y aunque quede un poco mal decirlo, así en público, y puede que hasta te “avergüences” ligeramente de tu padre, voy y lo escribo: te quiero, macho. Te quiero hasta el extremo de ejercitar contigo una paciencia que ni por asomo creía que tuviera. Te quiero hasta el extremo de que seas mi jugador de fútbol preferido. Te quiero hasta el extremo de… que siempre ando echándote de menos. Esa es la verdad Jaime. Y no me gusta disimular mis sentimientos. ¿Para qué voy a andarme con subterfugios (anda, mira en el diccionario)? No es más hombre el que esconde su corazón entre chácharas vacías, discotecas y pelo. El hombre de verdad, el macho-macho, es el que sabe querer sin disimulos; el que se la juega por sus amigos, el que madura en la lealtad y le importa un comino lo que digan. Y además estudia de firme.

Mira, me voy a poner fenomenal. ¿Sabes lo que es la vida? Un continuo ejercicio de cariño. Y de ahí al fin del mundo. Hay muchos que en esto ven una debilidad o una pantomima. Ni caso. Son los más débiles y tristes. Los que piensan que la vida es sólo lo que tienen, y no paran de retozar en su abulia (insisto, el diccionario). Tú no dejes de correr la banda del cariño. Regatea las tentaciones del egoísmo, corre, vuela por encima de las zancadillas que acechan a cada paso, y centra raudo ese pase preciso, esos detalles que son y serán la entraña de tu felicidad. Y la de los demás que están contigo. ¿Te das cuenta? Pero levanta el alma, no te conformes con cualquier cosa. En esa banda por la que corres también está Dios. Y a Dios le van los grandes desafíos. Como tu santidad, por ejemplo.

16 años Jaime. Y ahora lo más fácil para mí sería dejarme llevar por la melancolía. Pero no lo haré. Ni te voy a “empaquetar” un poema, puedes estar tranquilo. 16 años de tantos juegos y batallas dejan huella ¿verdad? Tus hermanos -entre greña y greña- admiran tu sonrisa y siguen tu ejemplo. No les defraudes con gritos y amenazas. Y olvidémonos de una vez de tanta queja. Impropias de un tío casi tan alto como yo. Casi ¿eh?, no vayas a creerte nada especial. A mamá y a mí nos vas a tener siempre… dándote la apropiada dosis de advertencias y consejas. Aguanta. Pon buena cara. Y no lo deseches por entero. Sobre todo lo que viene de tu madre, que tiene bastante más juicio. Los padres duramos lo que duramos, pero una madre es para toda la vida. Hazme caso y escúchala con detenimiento. En sus palabras no hay desperdicio. Y te lo repito, para que lo memorices bien: el amor de tu madre no se puede comparar con nada de este mundo

En fin, sólo desearte que disfrutes a fondo de este día de otoño. A pesar de que tengas clase, y andes zascandileando con la química o la filosofía, o con la opresión del inglés o la intempestiva lengua (tan disparatada y lenguaraz a veces). No te pierdas en la negrura de la pizarra, donde vive un universo de musarañas. ¡Despierta, atiende! Luego ya descansarás y te fumarás el pitillo.

Un gran abrazo de tu padre que te quiere.