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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


martes 30 de septiembre de 2008

Sin libros (con estrambote feliz)


Menudo chasco. Siempre llevo libros encima. Y justo en éste momento en que dispongo de una hora y media para leer (todo un lujo), no tengo ninguno. ¡Ninguno! No me lo puedo creer. Para cualquier otro quizá sería ocasión de gozo. Una hora y media a la bartola. O para calzarse las zapatillas nike y emprender las de Villadiego. Yo que sé. O tomar una cerveza con limón y unos mejillones a la vinagreta. Aquí estoy, sin un libro que echarme al coleto. Por una vez la cartera vacía. Apenas unos cedés y unas agendas. En una de ellas hasta tengo unas viejas fotografías de Unamuno, Valle-Inclán y Ortega, que debí comprar en el rastro de hace unos cuantos años. Lo demás es un desorden de citas y buenas intenciones. Pues sí, menudo chasco encontrarme sin letra impresa. Tendré que hacerme a la idea. ¿Opciones? La más sensata desde luego es sentarme y atar los nervios a la pata de la mesa. La otra opción sería salir de aquí como quien no quiere la cosa, y llegarme a la tierra prometida: una librería. Y durante hora y media saciarme sin descanso. Lo malo es… Un momento, que miro el numerario. ¡Qué día! Dos euros son todo lo que tengo. Ni para un mejillón y medio. Ni para un folleto. Pocos maravedís son éstos. Para salir del paso me recito de memoria algunos poemas de Lope, Bécquer o Manrique. Y los rumio hasta quedarme traspuesto. Aunque bien mirado… Ya sólo me queda una hora. Una solo. Me llaman al móvil. Ni caso. ¿Qué hago? En un armario descubro un diccionario -que es como el devocionario de un idioma-, y durante un rato saboreo palabras como filomela, hálito, neuma, quid divínum o besamela (que resulta ser una salsa). Pero la que más me gusta es celerípedo, o de pies ligeros. Esto me hace recordar a Zenón de Elea y su historia de Aquiles y la tortuga. Zenón estaba empeñado en la imposibilidad del movimiento. Y en ocasiones siento que no le faltaba razón. Lo que da de sí un repertorio de vocablos. Media hora. Cuando llega de improviso un mensajero, que no es precisamente Hermes. Un paquete. ¡Dios providente, libros de Anagrama! Media hora, media hora. Y comienzo a leer con impaciencia Un día perfecto, de Melania G. Mazzucco.

lunes 29 de septiembre de 2008

A estas alturas de mi vida…


A estas alturas de mi vida quisiera vivir de una vez por todas. Tomar la belleza por el cuello y mirar de frente a sus ojos. Dejarme ya de tanta pamplina y dar la vida por aquellos que más quiero. En plenitud de tiempo. Y luego besar muy despacio las caricias que toco. Que no, que ya no me conformo con cualquier cosa, que nada me parece bastante para lo que supone respirar todo esto. Me falta aplomo, lo reconozco. Para desprenderme de la abulia y de lo superfluo. Uno es tan bobo que se acostumbra al amor o a vivir entre respetables poemas. Es urgente, debo resucitarme pronto. O me perderé lo mejor de mi vida. Vivir muerto es un incordio. Porque sólo piensas en ti mismo y te pones muy serio en las fotografías. Y no quiero eso. Quiero abalanzarme contra su pecho y escuchar con gran atención la percusión eterna de su latido. Vivir por siempre eterno, es decir, feliz. Y nunca solo. Entonces sí que merece la pena el otoño. Y los viernes y la literatura y los escaparates y la porcelana china. Se lee todo con otros ojos. Y la caligrafía de las nubes colma tu mirada de recuerdos que se encarnarán en cualquier instante futuro. Ya basta de veleidades y excusas. Ya está bien de laberintos y circunloquios. Quiero mi vida hoy, aquí, entera, tal y como nació. Desnuda de afeites y martingalas, y de tanta prosa insufrible. ¡Vivir al fin! Sin miedo.

domingo 28 de septiembre de 2008

Me gustaría saber...



...hay un universo alternativo separado del nuestro
por un solo suceso capital.
MICHIO KAKU


Me gustaría saber de donde saca la literatura toda su fuerza.
Llegar al punto exacto. Y quedarme allí
para siempre, sin escribir ya ni leer nada.
No me conformo con este exilio de palabras
que son y no son la literatura, que son
y no son mi certeza.
Las veo como el esbozo
de algo mucho más perfecto
que está por llegar todavía.
Las escojo minuciosamente, las ordeno,
las pienso, las mido, las rezo y las leo
en voz alta. Y en su sonido escucho
el rumor lejano de los bosques, y las tormentas...
Me gustaría saber de donde saca la literatura toda su fuerza.

sábado 27 de septiembre de 2008

Mirando a las mujeres



Una de las cosas que más me sorprenden al ir camino de algún sitio es la forma de vestir de las mujeres. Discretas muy pocas, y lo que se dice elegantes todavía menos. Que a mí, como hombre, es lo que más me encandila. No esas tetas incisivas y medio en pelota, o ésas nalgas de las que algo se avista en el tanga de rigor. O el fragor de las tripas embutidas en el estúpido encanto de una de esas marcas de tallas ideales que titilan en las fantasías de los escaparates. La seducción verdadera nunca resulta vulgar. Y la elegancia tiene bastante que ver -aunque me tilden de reaccionario- con el sentido del pudor. Y con la sencillez. Es una actitud. Que algún gilipollas piense -me lo han dicho- que entonces las más elegantes serían las monjas, es claro indicio de por donde van los tiros y el descaro y la obsesión. La educación del buen gusto comienza -o debiera comenzar- en casa. Y las madres tienen una gran responsabilidad en ello. Primero con su ejemplo (¿es mucho pedir?). La forma de vestir de las niñas y no tan niñas es un aspecto más de la educación, y no precisamente baladí. Pero no se le da importancia. “Pobrecita, se acomplejara ante sus amigas”. Y se va consintiendo en una frivolidad que raya el estupor. Ojo, no sólo son las adolescentes y las veintiañeras. Son también las mujeres supuestamente maduras, las de 30, 40 y 50. En mi vida había visto por la calle tanta lencería exhibiéndose con tan denodado frenesí. “Así van todas”. “Es la moda”. ¿Y la personalidad propia dónde se ha escabullido? ¿Nadie tiene criterio a la hora de vestirse o de desvestirse? La falta de estética es a la postre una carencia ética, y un bullir de complejos. En fin, vuelvo a casa. Y doy fe una vez más de lo que digo. No se busca lo que favorece. Prima, sobre todo, llamar la atención, el exabrupto más desnudo y carnal del asunto. Lo estoy viendo queridas.

viernes 26 de septiembre de 2008

Descripción pormenorizada de la realidad


Voy a describir pormenorizadamente la realidad. Veamos. Me pongo a la escucha… Ningún sonido, nada. Estoy rodeado de libros de todos los colores. Destaca Muerte de tinta, de Cornelia Funke, con su intenso lomo amarillo, y destaca la portada de Amor y amistad, de Jane Austen. Desde aquí veo fotografías y óleos, flores y las zapatillas de casa de los chicos. La realidad es éste sol radiante que pinta de luz las cortinas e ilumina los colores. Una percha cuelga del silencio, y el teléfono no me dice todavía nada. Unos calcetines sobre la mesa, al lado de un mapa de Australia. Miro el reloj Viceroy y falta media hora para el Ángelus. Sigo en mi realidad, que en realidad no es mía, inmóvil. Levanto la cabeza para encontrar algo que decirme. ¿Qué? Los libros pendientes de leer y el paisaje del mar de Bermuda, en una estampa. Abro la cortina, y el balcón, y el silencio. Paso las manos por esas plantas de menta… y profundizo en la tierra de las macetas. Todas las ventanas están abiertas, menos aquella de enfrente, que refleja mi apariencia. ¿La realidad? Quisiera verla, pero entera. Ver a los ángeles que están aquí y el envés de las almas que caminan por la acera. Ver completos mis recuerdos y ver a Jesús de Nazareth jugando con esos niños que vienen corriendo, con la lengua fuera. Me embeleso con el movimiento de las manos arrugadas de mi abuelo… Están, y las veo. ¿Cómo es posible? Y con esas ramas que murmuran la densidad del aire. La realidad es ésta habitación con todas sus formas, y la luz, y el don sobrenatural de poder percibir a lo largo y ancho de los días el quicio de la vida. Y la voz de Ana que me llama por teléfono ahora. La realidad es también que tengo que comprar pan y tender la ropa.

jueves 25 de septiembre de 2008

Los sueños, sueños son


Sueña uno siempre con la bicoca. Una quiniela, la bonoloto, la lotería (o hasta un poema), cualquier asunto que nos permita decir: “Adiós, me voy a las Islas Seychelles, volveré en unos meses”. E imaginas las caras boquiabiertas de esos náufragos que caminan por las calles de lo que era hasta entonces tu rutina. “¿Volverás?”, te preguntan. “Tal vez “. Y embarcas con los tuyos en un sueño de aguas color turquesa. Volverías, seguro. Nunca te ha gustado durante demasiado tiempo la arena. Volverías a casa. Perdón, a otra casa. Sin filtraciones ni humedades, sin tanto ruido y con un poco más de espacio. Y un jardín amplio. Con violetas, siemprevivas, geranios, rosas, caléndulas, orquídeas… Y una tupida hiedra contemplativa que trepa y se bifurca por el murete y la fachada del tiempo. Escuchad: es la brisa limpiando las hojas de los magnolios y los sauces. El sueño es generoso y se esparce por el césped. Es allí donde tienes tu despacho, en medio de las flores. Y escribes en tu portátil (es lo bueno de los sueños: tienes de todo) sobre tus deseos y esos colores tan perspicaces. “Chicos, por el Pilar nos vamos a Medjugorje”. “Papá, prometiste que pasaríamos por Roma”. “Así sea”. Y sigue soñando uno. Esta vez en la proa de una fragata, allá por el XVIII. El viento arrecia en las velas y el alma se ciñe más y más a Dios y a los delfines. O eras el bibliotecario de un aristócrata olvidado, en plena campiña de Yorkshire. O un jardinero especializado en parterres del Palacio de verano de San Petersburgo. O un niño romano que estuvo al lado de Jesús en el “discurso de la montaña”, mirando asombrado al mismo Centro de las bienaventuranzas. Y no hace mucho velé el cadáver de Solzhenitsyn mientras releía Un día en la vida de Iván Denísovich. Y tenía nietos que para mi regocijo se llevaban mis libros a hurtadillas… Son lo que son: sueños.

miércoles 24 de septiembre de 2008

El amor de Dios


Una de las cosas que más pasma de la “personalidad” de Dios es Su paciencia. Que tiene mucho que ver con Su misericordia y la cantidad de veces que andamos enfangados en la inmundicia. El perdón del Padre, la muerte del Hijo y la gracia del Espíritu Santo se funden en una sola caricia: el amor de Dios. Y sientes el alma rediviva, limpia. Hasta que muy pronto volvemos a escupir sobre Su rostro o sobre la infección de Sus heridas. Mil veces mil. El tentador se disfraza de excusa, de soberbia, de codicia o de lascivia. En el embozo de las sombras se cobija. Y en el embrollo de fantasías sin fin. Susurra con mentiras su antiquísima estrategia. Y allá vamos, pensando que tampoco pasa tanto o que nos merecemos un descanso, o que "eso" hace años dejó de ser pecado. La Iglesia, la Iglesia… ¡Bah! Menos a Dios nos lo creemos todo. Y nos fiamos de cualquiera. Una de las espinas se hunde un poco más en la cabeza de Cristo, o esa llaga del costado se rasga en un estallido de sangre y de agonía. Ignoramos la esencia del Amor. Es por eso que insistimos en crucificarlo. Los clavos son nuestros, y nuestro es el descaro y la ceguera. Y el desamparo. Hasta que otro golpe de gracia nos devuelve a la intimidad de Dios, a Su amorosa presencia. Somos unos hijos afortunados.

martes 23 de septiembre de 2008

Septiembre, todavía



Miras el calendario. Septiembre, día 23, martes. ¿Y? Pues nada, que se me van las ganas al 30. Fin de mes, por fin. Cobraré la nómina con renovados bríos. Pero me ilusiona más el cumpleaños del mayor de mis hijos. Miércoles 1. Santa Teresa del Niño Jesús. 16 años. Todavía lo veo con dos octubres tirándome al suelo los libros que estaban a su altura (¡cómo se esforzaba el condenado!). Pero queda mucho para el 30. Una semana eterna. Lo veo venir, lo veo. No voy a estar para muchas novelas o poemas. Y encima los cabrones de ETA… ¡Que les corten los huevos de una puñetera vez! ¿Hay otras palabras? ¿Existe otra respuesta? Señoras y señores monclovitas, yo no soy “rojo” como ustedes -de todo tiene que haber en la viña del Señor y en la variedad está el gusto-, pero soy español, espero que como alguna de sus señorías. Escuchen: ¡a por ellos! Y directamente a los huevos. Tómenlo como una metáfora si quieren. Donde duela. A propósito. Lo del aborto. Una cosa me lleva a otra. Mi mujer y yo estamos dispuestos a adoptar a algún crío de esos que van directos a la trituradora. Los ositos panda, los derechos de los percebes o el proyecto gran simio (¡qué monos son los monos!) no nos hacen mucha ilusión, qué le vamos a hacer, pero un crío de esos sí. Los sentimos más cercanos, genoma aquí genoma allá. En casa nos gustan los niños, y los libros, y las películas de Clint Eastwood. Bueno, y la pintura de Isabel Guerra o Cristina Díaz, y jugar a los indios. Ya ven, somos la leche. Pienso que no hace falta matar a nadie para solventar un problema. Ni siquiera a los de ETA. Ustedes, monclovitas, señorías tan rutilantes y solidarias y tan armani, protectores de cualquier especie del planeta Tierra (o de Marte, si procediera), deberían dar ejemplo. ¡Protejan al hombre! Desde la fecundación hasta su deceso. Igual hasta ganan votos. Y sienten un remoto gustirrinín en el alma. Que existir existe, y si escarban a conciencia hasta puede que den con ella. Todo es ponerse. Sí, septiembre todavía. Y 23. Está de lluvia... ¡Coño, el otoño! Se me había pasado completamente. No puede uno estar en todo. Para celebrarlo, ¿qué hago? Se admiten ideas. Pero advierto: hoy no estoy para poemas.

lunes 22 de septiembre de 2008

Incandescencias



Y llego a un punto y aparte. Y levanto los ojos
de las Cinco grandes odas, de Paul Claudel,
para posarlos en las arborescencias del mediodía
que tienen forma de rosa, o de fogoso clavel.
Los poemas no surgen de las palabras. Están
en ésta luz que me encandila.
Pero no doy con la clave que abra el significado
de las lilas, o el fulgor de tus labios embravecidos de carmín.
Creí que la literatura era el quicio de mi vida.
¡Cuántas tonterías se le enredan a uno entre los días!
Y he llegado a este punto y aparte, incandescente,
porque después de él estás sólo tú. Conmigo.
Y el texto es ya todo de sol, con esos diamantes
que se desprenden de su luz...
Palpita tu pulso en la respiración de la brisa
y me ofreces a Dios en tu propia piel.
Cierro los libros y abro con mi lengua
el alfabeto de tu boca
en un silencio que se prolonga por los siglos.
Amor mío, abrázame a la resurrección de tu cuerpo
y no me dejes solo nunca.

domingo 21 de septiembre de 2008

La felicidad va en serio


Hay personas que no saben aprovechar la vida. Están tan embebidas en si mismas que se pierden lo mejor. ¡Qué obsesión la del yo! Venga a dar vueltas alrededor de su reflejo. Nada es más importante que lo que hacen o disponen o imaginan ellas. Se creen perfectas. O casi. ¿Cómo no nos podemos dar cuenta los demás? Pasean su soberbia con el vaivén obsceno de la megalomanía. Son el centro de una circunferencia que es la que abarca sus sentidos y mentiras. Viven de máscaras. Viven de lo que piense o deje de pensar sobre ellos el resto de la gente. Se miran al espejo con parsimonia y deleite. Ciegos de egoísmo ven sólo lo que les conviene, y ya se han acostumbrado a creer que la vida es de única perspectiva. Y poco más. Es una enfermedad. La más peligrosa de las pandemias. Cada uno a su bola. ¿Los demás? Depende para qué sirvan al interfecto. Siempre habrá ciertas personas aprovechables desde luego, “que bailen con mi yo, o me acompañen en algún viaje, o me alaben y mimen, o me hagan el amor a destajo”. Pero éste pancismo oculta un tremendo desencanto. Que lo reconozcan o no es otra historia. Lo cierto es que el ir de interesado y mezquino por la vida se acaba pagando. Lo que el egoísta piensa que es alegría no deja de ser un sucedáneo. Que dura lo que dura. Un instante, nada. Y desemboca en la más estricta soledad. La vida no se puede desperdiciar así, en ese esplín grotesco que se aferra a “ese burdo universo”, que diría el poeta Wallace Stevens. La vida es un murmullo sobrenatural, una apoteosis de claridad que cada día nos estremece con su don. Y ese don es para los demás. Sólo así se cumple nuestra absoluta vocación a la felicidad, a la dicha de una existencia invulnerable.

sábado 20 de septiembre de 2008

Deprimidos


Cuando no es por una cosa es por otra. Que si el crack anímico postvacacional, que si los números rojos y las letras pendientes (o esa hipoteca que nos consume), que si el fracaso escolar de los hijos, que si el paro que se cierne o el que ya se sufre, que si nadie me entiende, que si los sombríos nacionalismos, que si mi marido no se entera de nada, que si el Real Zaragoza, que si la falta de cariño, que si el impuesto de bienes inmuebles, que si la prisa, que si la comunidad de vecinos, que si los achaques, que si la programación de los canales de televisión, que si quiero lo que no tengo y tengo lo que no quiero, que si la mala conciencia, que si la insatisfacción laboral, que si los michelines y ese culo tan tremendo, que si este vacío interior… En resumidas cuentas, sólo en España hay seis millones de deprimidos, dice un estudio. Y creciendo. Las almas están anémicas. Se extiende el miedo a morir en vida, a vivir sufriendo. Hay una quejumbre ambiente: nadie está contento con nada y lo hosco se envalentona. Y la sensación de culpa... Se critica a los demás por cualquier nimiedad, por capricho, por costumbre. Y la podredumbre se extiende sin darnos cuenta por el lenguaje, hasta las obras. La voluntad deambula por las calles lánguida, en un difumino cada vez más gris y cariacontecido. Y en los semáforos se aglutina la soledad de muchos. La rutina ahoga a multitudes, y la realidad se distorsiona en sueños imposibles. ¡Ay, ese vacío interior! Ese hueco donde Dios ha dejado de estar, y donde sólo hay cabida para todas esas fantasmagorías donde medra la angustia. Es hora de abrir el corazón a la misericordia de Cristo, el Crucificado. Él es la cura. Basta con desearlo. Aunque creamos estar en el pozo más negro, y se nos haya olvidado rezar entre tanta farándula. La medicina está bien, pero la química farmacológica no trasiega por el alma.

viernes 19 de septiembre de 2008

Lugares sagrados



Abro un libro y me encuentro de pronto en Sri Pada, en Ratnapura (Sri Lanka). Unas nubes lloran una lágrima esmeralda. El pico de Adán, la llaman. Sri Pada o huella sagrada. Me abstraigo del ruido y desciendo sobre esos bosques inmemoriales… Imagino el exótico sonido de los pájaros y la belleza infinita de Dios, tan verde. Imagino los troncos de los árboles y el tacto aterciopelado del musgo. Intuyo los peligros y el veneno, pero paseo tranquilo, sumido en el confín del milagro. Y los sueños pasan página una vez más. Y veo el Monte Athos, la altura de la soledad y el silencio de los monjes en su vigilia. A simple vista parece piedra y roca… Aunque es mucho más. Es la oración como arquitectura. Cada ventana es una celda, donde la perspectiva es hacia dentro: hacia el alma. No dejo de mirar la fotografía. Esos pequeños huertos y la embriaguez de las adelfas. Jardín de María, lo llamaban. Hojeo el libro despacio. Desde la Pirámide del Mago en Yucatán (la vida en sus jeroglíficos y demás metáforas de piedra) hasta la sencillez de Belén (lugar que el mismo Dios eligió de cuna). “Espacios de espiritualidad y fe”, se subtitula el libro editado por Electa y escrito por Rebecca Hind. Y pienso en la necesidad crónica que tenemos de esa espiritualidad y de esa fe. Pero no de cualquier manera, no a base de sentimentalismos manieristas o remolinos de incienso, no a base de sectas infernales o moralina de best-seller. Dios es otra cosa. Dios es la austeridad y la pureza, la mansedumbre y la misericordia, el perdón y la caridad, la sonrisa y la ternura, el sentido del dolor y el trabajo bien hecho… Dios es el Amor con mayúscula y la resurrección de la carne, y de la alegría. Es el Camino, la Verdad y la Vida. Y la Poesía. Dios es el Cielo en la tierra. Esta tierra llena de lugares sagrados, maravillas del alma, aunque parezcan materia. Y este libro nos muestra como los hombres le han dado la gloria que se le debe -a lo largo de los siglos, o han intuido de forma vaga o con más tino algunos de sus dones y de sus signos.

jueves 18 de septiembre de 2008

El artista más rico


En el arte como en el amor la ternura es lo que da la fuerza
ÓSCAR WILDE


Un servidor estaba haciendo su cama. Con calma (en casa me dicen que todo lo hago con excesiva calma). Son momentos que aprovecho para pensar, o rezar. Aliso la luz entre los pliegues de las sábanas y miro de reojo la mañana. No quiero radios, ni música. Me basta el silencio. O las últimas admoniciones a mis hijos antes de que se vayan al colegio. Un poco lo de siempre: “ponte bien el pantalón”, “límpiate los zapatos”, “lavaros los dientes”, “atended en clase”, “portaros bien”… Y ya te quedas solo. Pero no, un ruido venía de la cocina, una locución extraña. ¿Quién se habrá dejado la televisión encendida? Mientras llego una locutora comenta que no se qué Mengano es “el artista vivo más rico del mundo”. No le doy opción a seguir. Apago el aparato. Vuelvo a mi habitación y me tumbo sobre las sábanas recién iluminadas. Hace fresco, pero me puede la cama, su calma. Me quito las gafas. Resuena el eco de esas palabras: “El artista más rico del mundo”. Como una noticia realmente importante. ¿Rico en qué? ¿En genio? La pregunta es estúpida. En dinero, en qué si no. Rico en millones de euros y dólares. Rico en veleidades y regalías. Rico en cosas. Rico hasta el hastío. ¿Y el artista? ¿Dónde queda el artista y su alma? Un artista mediocre puede hacerse de oro impactando en aspectos escabrosos o extravagantes. Lo comercial prima sobre la trascendencia, y la inspiración se embrutece. Creo que ya sé de quién se trata. Es un británico que, entre otras argucias, sumerge en formol diversos animales, previamente acicalados. “El artista más rico del mundo”. ¿Y? Suena a récord Guiness o a número de circo. O a farsa. El tipo se llama Hirst. Lo bello no es su propósito. Lo suyo es la malicia y el descaro. Y su valor es sólo eso: el dinero. Nunca el arte. El arte es, por ejemplo, la poesía de Dionisia García (Cordialmente suya, antología, editorial Renacimiento), que leo y vivo en mi propia vida. El artista vivo más rico no es el más famoso, ni el más acaudalado; es el que -como Dionisia- inaugura el mundo / con el día / camino del quiosco. Con humildad y en confidencia con el arrobamiento. O aproxima sus labios a un árbol (yo a veces también lo hago y perdonen el paréntesis), y escribe: Con asombro percibo / que el pino se estremece. Eso es para mí el arte.

miércoles 17 de septiembre de 2008

Los niños molestan

Pueden estar peor o mejor educados, pero desde hace tiempo vengo observando que los niños molestan. Cada vez con más frecuencia escucho el bufido de los adultos. En clubes deportivos, hasta en conferencias donde se habla de vida familiar; en iglesias, en cines, en bares y chocolaterías, en plazas y parques… Incluso en inciertas parejas que no saben muy bien qué hacer con los hijos, pues estorban su particular idiosincrasia del jolgorio. Prohibido correr, prohibido ir en bici, prohibido jugar a la pelota, prohibido patinar, prohibido pisar la hierba (o pasto, que dicen en Hispanoamérica), prohibido gritar, prohibido comer pipas… Prohibido, prohibido, prohibido. Siempre recuerdo aquella joven amiga que me hablaba de su embarazo como de “un hijo no deseado, no buscado”. “Y ¿querido?”, le pregunté. “Sí, sí, claro, le queremos mucho”. Al poco, me enteré que se habían divorciado. Los niños resultan incómodos. (Está claro que no siempre, gracias a Dios). El homicidio intrauterino comúnmente conocido como aborto, excepto para los tontos compulsivos que dicen algo así como “interrupción voluntaria del embarazo”, es el comienzo de ese estorbo. O quizá la prehistoria de dicho estorbo ya esté en tanta píldora y tanto preservativo (el amor plastificado). El caso es que después de múltiples y mortíferas gimcanas, de egoísmos, deslices y cortapisas -y también después de un amor verdadero, abierto de par en par a la vida, que existe-, por fin logran los niños asomar sus cabecitas a este mundo tan enjundioso. O el culo, que nunca se sabe. Pero claro el amor no se acaba con la coyunda. Prosigue en el embarazo y sus antojos, y en los biberones, pañales, potitos y urgencias. Con el carrito plegable último modelo de Jané, y parques y poltronas para el coche, y los mil y un accesorios. La mamá se desgañita, la criatura llora como si la abrieran en canal y el papá a punto está de mandar todo a paseo e irse con la música a otra parte. Los niños no son fáciles, pero bien mirados aprendemos de ellos una felicidad inigualable. Ya gatean y se incorporan y dicen su primera palabra. Ya corretean por el pasillo a nuestro encuentro. Todo parece idílico. Pero surgen las disputas y la acritud y los gritos. Y el niño de por medio. El estrés laboral, o el paro, el “tú no haces nada” o “sigues haciendo vida de soltero”. Total, que las guarderías y las cuidadoras y los abuelos se convierten en la verdadera familia de los niños. Muchos de ellos se sienten como extraños en su propia casa, donde papá y mamá sólo piensan en si mismos. Se va formando el carácter y los hijos son reflejo de un cariño desnutrido. Quieren jugar con sus padres, pero los padres prefieren tantas veces no estar -¡qué incordio de niño!-, o esconderse en sus veleidades o detrás del periódico. Los adultos estamos siempre ocupados, o hacemos como que lo estamos. O ponemos esas señales llenas de aspas rojas sobre el regocijo de los niños. Todo prohibido. Molestan. Y con los años hemos de pagar tanto despropósito.

martes 16 de septiembre de 2008

La santidad

A la memoria de Pedro González, que acaba de nacer al Cielo


La santidad es más fuerte que todo el infierno
THOMAS MERTON



Desde el amanecer hasta el atardecer contemplo la hechura de Dios en las costuras del tiempo, en mi agenda henchida de naderías y exabruptos. Sé lo que debería hacer, pero me conformo con postrarme en la tibieza. Es más cómodo dejarse llevar por la molicie. Bastante más llevadero. Es lo que tiene Dios, que te complica en exceso la vida. Te engatusa con el ciento por uno y la vida eterna, pero ya no te deja parar quieto. Todo son líos píos y compromisos y amor a los demás, en un brete continuo. Ya no puedes ir a lo tuyo: esas sencillas costumbres egoístas donde te regodeas a tu antojo. Además, yo quiero a Dios y le estoy agradecido, pero que no me pida en exceso. Que sí, que ya daré un poco más de limosna y no faltaré a misa los domingos. Prometido. Y si fallo algún día no será por mala intención, que conste. Dios me conoce de sobra y sabe que soy el más flojo entre los flojos, un pecador reincidente y desvergonzado. Vale, vale, de acuerdo, soy un cobarde. Lo admito. Bastante tengo con lo que tengo… Es cierto que a veces me pregunto si lo que tengo es algo sustantivo. Y me deprimo. No me satisface nada de eso que digo que tengo, y estoy tristón, y alicaído. Pero no me gusta nada reconocerlo. ¡Qué vergüenza! ¿Santo yo? Es un disparate, algo inconcebible… Y Dios insiste, es tozudo, siento que me apremia con fuerza. ¿Cómo dejar de lado todo éste confort en el que retozo? No puedo. ¿O no quiero? No, no, no… Quisiera, pero me falta voluntad. Y fe. Y ganas. Si te ocuparas Tú de todo Dios mío. Ya estoy cansado de pensar y deambular por esta farsa que es sin Ti mi vida. Deseo Tu alegría en mi horario. Con todas mis fuerzas. ¿Es eso la santidad? Creo que sí. Creo.

lunes 15 de septiembre de 2008

"Yanquis de mierda"


Lo de Chavez es el matiz, ya lo saben. Lo suyo es la salvaguardia del pensamiento occidental. No puede evitar la impotencia visceral. Lo de Chavez es la felicidad de "su" pueblo, pasando por el túrmix de su única voluntad, y sin pedir nada a cambio. Si acaso el poder de por vida -que no es mucho pedir-, o un par de estratégicos bombarderos rusos, o el contínuo chalaneo con las FARC. "Yanquis de mierda", dice. Se cree redentor de los oprimidos, justo entre los injustos, una especie de enviado, ombligo del realismo mágico bolivariano. Es el verdadero profeta hispanoamericano, el voceras más desatado. Clama disparates porque sólo en el esperpento su desproporcionado ego encuentra el orgasmo supremo. "Yanquis de mierda", dice. Es el demagogo energúmeno por excelencia, el ejemplo más florido de su casta. Amadle todos -o temedle-, reverenciad su incontinente verbo revolucionario. Atención, que grita: -"¡Viva el Ché y viva Fidel y viva la madre que me parió!". Y los camisas rojas de su gremio le aplauden con las orejas (y muchos otros políticos de izquierda -o faranduleros o etcétera- que a lo largo y ancho del mundo siguen alimentando de fetiches sus bolsillos). Es un hombre huevudo, el más macho entre los machotes. Es Chávez, preso sin embargo de sus propios miedos a las conspiraciones. Y esos "yanquis de mierda" que desprecian la democracia absoluta de la patria venezolana. Se van a enterar, ahora que se ha ligado a Putin. Putin, ése sí que es un hombre de fiar, un contundente estadista, un cachas de la solidaridad socialista. Un tipo que sabe tratar a la gente de provincias cuando se desmanda. Es listo como un áspid y fiel camarada. No como el paleto de Tejas. ¡A la mierda el embajador yanqui! -"Fidel, levanta el ánimo, volvemos a las trincheras". "Yanquis de mierda". Y mientras tanto Venezuela tiembla, aherrojada por un tirano que no deja de usurpar la paz y la inteligencia.

domingo 14 de septiembre de 2008

Amor de madre


Mi madre me llevaba a las iglesias. Durante los paseos festivos, o gestiones y recados entre semana, o sencillamente cuando hacia la compra, que llevaba anotada en un papel muy pequeño. Caminaba muy deprisa y recuerdo que me llevaba de la mano en volandas. Pero yo no protestaba, era feliz con ella, yendo de aquí para allá, entrando en mercadillos, tiendas multicolores o entidades financieras. Precisamente de una de ellas salimos una vez con una bicicleta. Era roja, y plegable. Fue cosa de un sorteo. Nos tocó. Aunque lo mejor era cuando compraba el pan recién hecho y una bolsa de olivas negras. Recuerdo el sabor y el amor de sus manos partiendo un trozo de pan en plena calle. Otras veces -como algo extraordinario- me regalaba una vinagreta, con aquellos vestigios de pepinillos, cebolletas, col en flor y zanahorias… El caso es que durante esas caminatas me decía con frecuencia: -“Vamos a ver a Jesús”. Y yo no renegaba. Porque quería al fin poder descansar un poco de tanto trajín. Estaba reventado. Me sentaba y miraba con la boca abierta los santos de los retablos (esos pliegues de sobrepellices, sotanas y casullas, o los elementos de tortura utilizados en su martirio), y miraba extasiado la oscuridad de los confesionarios, y las velas… Enseguida mi madre me hacía poner de rodillas, o si me veía muy agobiado me dejaba estar de pie a su lado, mientras ella se llevaba la cabeza a las manos durante un buen rato. Siempre -para mi vergüenza (“mamá no, mamá no”)- se ponía en el primer banco, lo más cerca posible de la imagen de la Virgen que hubiera. Así fue como mi fui enamorando de la Madre de Dios, sin querer casi. Yo lo único que hacía era mirarlas. Era evidente que eran muy buenas amigas. Mis ojos iban de mi madre a la Virgen y de la Virgen a mi madre (no he perdido la costumbre). Algo pasaba allí, por supuesto. Algo tramaban las dos. De reojo miraba también una diminuta llama roja que oscilaba nerviosa allá arriba. Y esa llama me llevaba a… -“Guillermo, ve a saludar a Jesús”. Y yo iba o no iba dependiendo de la gente que hubiera. Si estábamos solos en la iglesia era fenomenal. Me levantaba y me acercaba a las gradas del altar y tocaba el sagrario. -“En el sagrario está Dios hijo mío, dile algo”. ¿Qué iba a decirle? -“Hola Dios”. Y volvía corriendo con mi madre. Se estaba bien allí… Esta mañana he vuelto a una de esas iglesias. Y me he arrodillado en el mismo banco, el primero, delante de la imagen de la Virgen. Y, como entonces, me he vuelto a distraer con los cristales de colores de las vidrieras, y con las velas…

sábado 13 de septiembre de 2008

Después de leer un periódico

Que si la recesión económica en España (cuestión de acepciones y eufemismos), que si el chanchullo precocinado del Consejo del Poder Judicial, que si el 4 – 0 a Armenia, que si Obama brama porque sabe que puede perder las elecciones, que si el nacionalismo catalán radical no deja de aburrirnos con sus gilipolleces crónicas, que si el juez Garzón o su engollamiento resabiado, que el sufrimiento no siempre causa pánico (tengo amigos que lo atestiguan), que si alguien sabe a qué se dedica un ministro de vivienda -o ministra- que lo diga, que si Putin se pasa los derechos humanos por la entrepierna, que si Javier Bardem dice y no dice o deja de decir lo que dijo que no dijo sobre la estupidez de ciertos españoles, que si algunas cadenas de televisión no tienen algo mejor para la madrugada que la pornografía, que si la angustia por llegar a fin de mes formará parte alguna vez del devaneo político (bla, bla, bla), que si el aborto y la eutanasia como pilares de la democracia progresista, que si “es imposible que España tenga éste gobierno, ¿quién coño les vota?” (acabo de escucharlo en la peluquería), que si hasta me lo dijo mi hijo de 15 años: “¡qué fácil es ser ministro en España!”, que si es tan importante que Raúl haya comenzado a corretear por el césped, que si alguien sabe donde está Felipe González (por aquello de que ya pasó por esto y pudiera ilustrarnos sobre el paro y otros aconteceres de su tiempo), que si es verdad que existe algo más allá del sexo, que si la paz del corazón es todavía posible, que si los chismes la difamación y el morbo como forma de pasar la vida, que si la nostalgia de la inteligencia, que si el alma…

viernes 12 de septiembre de 2008

Praga



Una buena amiga me ha enviado unos souvenires desde Praga. Y yo feliz. (Buena está la vida, como para despreciar la amistad y sus regalos). La verdad es que cuando me dijo que partía con su familia hacia aquella tierra no dudé en mencionarle a Franz Kafka. Como si se tratara de un viejo compañero que todavía viviera allí, alguien que la orientaría por las intrincadas callejuelas del centro. Y dicha amiga, con más sentido común, me mentó al Niño Jesús de Praga, sito en Karmelitská 9. Con razón. Que lo primero es lo primero y ya vendrá luego la literatura. ¿Cuándo aprenderé a deshacerme de las palabras, a vivir sin libros como referencia omnipresente? Tal y como yo lo veo… no sé si llegaré a conocer ese día. Pero en fin, cada uno tiene sus imperfecciones e intenta vivir con más o menos alegría sus cosas. Lo que pasa es eso, que mi alegría parece una biblioteca. Y no. Esa alegría no es del todo verdad ni duradera. La fetén radica en ese Niño Jesús de Praga. Delante de mí tengo una fotografía Suya. Y la beso, y la miro, y la remiro con los ojos cerrados… Quisiera estar allí, en Praga. Me resisto. Con poca voluntad. Al final me levanto y busco ayuda entre los libros.

Sobre esta ciudad y su universo me deslumbró por su amenidad y conocimiento Praga mágica, de Angelo Maria Ripellino (Seix-Barral). Y De calles y noches de Praga, de Egon Edwin Kish (Minúscula). Por esas calles encuentras las huellas de Kafka, es cierto (cojo el tomo de sus Completas, editadas por Galaxia Gutenberg, donde están los Diarios), pero también las huellas de Rilke o Werfel o Brod o el poeta Seifert... Franz Werfel. Hay que quedarse con este autor. Pocas veces he leído un libro tan conmovedor y trágico como Los cuarenta días de Musa Dagh (Losada), o pocas veces he leído una novela tan prodigiosa -en su brevedad- como Una letra femenina azul pálido (Anagrama), o pocas veces he leído un libro llamémoslo religioso tan preciso y ecuánime con la verdad como La canción de Bernardette (Palabra). ¡Y cómo olvidarme de la historia del profeta Jeremías que narra en Escuchad la voz (Encuentro)! Werfel, Werfel, un escritor nacido en Praga en 1890 (Kafka nació tres años después), un escritor que no defrauda ni en sus peores obras... Pero ya está, ya he vuelto a ponerme insoportable de letra impresa. Vuelvo a dirigir la mirada al Niño. ¿Qué digo la mirada? La vida. Mi vida. Entera, afirmativa. Sólo así creo que haré algo de provecho; aunque a veces crea que no, que el Paraíso está en los libros o en cualquier otra escurridiza quimera. ¡Seré zoquete!

jueves 11 de septiembre de 2008

¿Qué pasa con los libros escolares?


Eso digo, ¿qué pasa? Estoy comenzando a pensar muy mal. Es indignante. ¿Qué ocurre? Nada nuevo bajo el sol que ciertas personas piensen con los pies. Llevo años con éste trágala biblioilógico. ¿Seré yo un ser extraño entre tanto listo? Cada comienzo de curso se repite la escena y se acrecienta mi cabreo. Ya ni pregunto, ¿para qué? Es pasmosa esa gente que es capaz de endilgarte cientos de palabras… sin decir nada. Como estabas. Así te quedas. Bueno, no exactamente. Te quedas peor de lo que estabas. Sin un euro en la cuenta corriente y sin entender el argumentario. Pero lo de menos es si se puede o no se puede. Lo que me parece del todo inmoral es que de un año a otro se cambien los libros de texto al albur de misteriosos caprichos. ¿Qué sucede? ¿En qué se está no pensando? ¿Tan malos eran los textos de hace un año o dos (o tres o cuatro)? Ya sé, ya sé que las ciencias avanzan que es una barbaridad, pero no creo que sea razón suficiente para imponer la última edición del libro de Conocimiento del medio o de Lengua. O para cambiar de editorial. Lo que una familia se gasta en los libros del cole -no cuento el material escolar (a propósito, las pijaditas sobran)- es como para discurrir un poco más despacio. La sensibilidad se les supone. En teoría. El acabose es que luego algunos de esos libros o cuadernos ni se utilicen. Se acabó lo que se daba. Se acabó el pasarse los libros de hermano a hermano y de hermana a hermana, y amortizar de esta forma el sentido común y las circunstancias. ¿Quién gana con todo esto? Las editoriales, desde luego, con unas plusvalías del carajo; y por supuesto algunas aprovechadas librerías o negociantes al por mayor. Por el camino no sé si quedarán ciertas migajas… Lo que está claro es que las familias son las paganas del asunto. Otra vez. Por Dios, un poco de decoro y de sensatez. Reivindico la austeridad. Es mi obligación.

miércoles 10 de septiembre de 2008

El niño escondido de Medjugorje




El Amor no es amado
SAN FRANCISCO DE ASÍS


Así se titula uno de los dos nuevos libros de Sor Emmanuel Maillard (1947) que voy a presentar en Zaragoza el próximo viernes día 12 en la Fundación ONCE a las 18’00 horas. El otro libro está dirigido a niños entre 6 y 14 años -aproximadamente-, y su título es: ¡Niños, ayudad a Mi Corazón a vencer! (Los dos publicados por la editorial Asociación Hijos de Medjugorje). Pero vayamos desgranando poco a poco estos textos y todo lo que representan.

Hace unos años tuve el placer de conocer en Madrid a Sor Emmanuel Maillard, gracias a los buenos oficios de María Vallejo-Nágera, más pendiente de sus amigos que de ella misma. Y así le va: cada día más feliz. Se le nota en la cara. ¿O no? El caso es que Ana y yo fuimos a Madrid. Me encontré a una mujer de una gran fuerza espiritual, muy metida en Dios y extremadamente atenta a las almas que se le acercan… Una mujer muy vital -se sabe instrumento y quiere ser eficaz-, pero a la vez pausada, que sabe demorarse en una sonrisa. Me transmitió una gran paz. No tanto por sus palabras como por su fe, que se podía palpar.

Por allá andaba su anterior libro: Medjugorje, el triunfo del corazón (Editorial Paulinas, Argentina), que viene a ser como la primera parte o movimiento de esta inaudita sinfonía que es el amor de Dios, a través de las apariciones de la Virgen en ese ya no tan pequeño pueblo de Bosnia-Herzegovina llamado Medjugorje (significa “entre colinas”). Ese libro fue desde el principio un verdadero best-seller, que ha llevado a muchas personas a conocer más de cerca a Dios por medio de Su Madre. Un libro que para nada busca el éxito literario. Su propósito es ayudar a la gente a llenar de gracia ese vacío tan espantoso que se adueña del alma en nuestro tiempo.

Y el propósito de El niño escondido de Medjugorje sigue siendo el mismo: dar a conocer los mensajes de la Virgen a esos seis jóvenes a los que lleva apareciéndose puntualmente desde 1981. Y todos esos mensajes tienen un denominador común: la necesidad de la conversión y la búsqueda de la santidad. Es una llamada urgente. Yo comprendo que puede haber quienes ante esto encojan los hombros escépticamente, y vuelvan la espalda. Lo entiendo. Pero a los católicos -o no católicos, o agnósticos- que lean estas líneas les aconsejaría que antes de precipitarse en prejuicios e ignorancias se hicieran con este último libro de Sor Emmanuel. Porque no podemos conformarnos con la angustia y la superficialidad, con ser cristianos de medio pelo, con “demonizar” los asuntos de Dios y “divinizar” las mentiras de Satanás.

La lectura de El niño escondido de Medjugorje tiene varios registros. Desde luego se puede leer como un libro de aventuras a lo divino, como un soberano tratado ascético (con sus pespuntes místicos), como un libro de exempla (ejemplos) y sucesos que ayudan a una mejor perspectiva y comprensión de la geografía del Cielo, de lo sobrenatural, de la gracia…

Ante el descrédito y cerco pagano que sufre desde hace muchos años la literatura religiosa, ante su sustitución por lo new age o cualquier otra fábula ocultista, es hora de reivindicar este tipo de libros. Con valentía. Su lectura significa mucho más que pasar un buen rato.

Medjugorje se ha convertido en un centro espiritual de primer orden. Cualquiera que tenga ojos lo puede ver. Allí se constata esta sed de Dios que todo hombre tiene. Y María es el cauce de ese manantial infinito y misericordioso. Se puede decir que Dios vive “enmariado”. Y es la Madre la que intercede, y la que ha hecho posible que Emmanuel Maillard haya escrito estos magníficos libros. De otra manera no se entiende. No se los pierdan.

martes 9 de septiembre de 2008

Carta a Hilario Barrero (en la muerte de su madre)



Queridísimo Hilario:

Perdona por haberte leído tan tarde. Tu relato me ha emocionado. Si dijera que sólo literariamente no diría la verdad, y sería un bellaco. Esas líneas trenzan un significado eterno, de un cariño que no se trunca jamás. La muerte de una madre es esa fisura por donde el dolor se transfigura en otra cosa, más allá del recuerdo y del tiempo. Se transfigura en esa luz tenue que el alma percibe al abrir los ojos todas las mañanas, o en esa brisa que alardea en las hojas de los magnolios. Y te quedas callado el resto de tu vida, porque no sabes qué decir sin que te escuche ella.

Pero yo descubrí un día que mi madre no había muerto. Al menos no había muerto como yo pensaba que había muerto. Porque me hablaba… La ausencia no era total. Escuché su voz dentro de mí. Nada de esotéricas imaginaciones o de pensamientos neurasténicos producto de una excesiva piedad. Hilario, era -es- ella, mi madre. Sigue pendiente de mí y de mis cosas, como hacía entonces. Me atrevería a decir que está más viva, y que por supuesto se entera antes de mis travesuras (no cambiamos tanto como parece). Y es que el amor de una madre no se corrompe y acaba con el entierro. No tendría sentido. Del común o de cualquier otro.

Ya sabes que soy creyente. Católico vamos (aunque no dé muy buen ejemplo). Y en efecto, Dios es Dios: el que Es. Infinito. Y digo esto porque siempre he pensado que en la tierra lo que más se le acerca -salvando lo insalvable- es el corazón de una buena madre. Esa que tú evocas en tu escrito con palabras elocuentes. No lo dudes, está contigo. Permanece a la escucha amigo mío, y cuéntale de tus alegrías y pesares. De repente abrirás los ojos en medio de la noche…, o te sorprenderá en medio de algún verso. Es ella, mamá, que no puede dejar de quererte. Y esto no es un consuelo barato. Son otros los que hacen una caricatura del amor materno, y lo mancillan de mil maneras.

¿Qué más puedo decirte? Tu madre sólo quería verte feliz. Y removerá el Cielo por ti (y por tus hermanos, claro), y pondrá a Dios entre la espada y la pared si llega el caso. Tenlo por seguro. Su cariño es más fuerte ahora. Rezo por su alma. Un gran abrazo Hilario.

lunes 8 de septiembre de 2008

Chicos ¡llegó el día!


Primer día de colegio. Ayer celebramos en familia el acontecimiento yendo primero a urgencias -¡dichosas anginas!- y luego a McDonald’s. Una primorosa combinación de fiebre y happy meal, de ganglios y McFlurry. “Las de mi clase iremos a las ocho al cole para coger sitio”. “Genial, se te han caído al suelo las patatas Deluxe”. “Bendice Señor a nosotros y a estos alimentos…, o mejor: que Dios bendiga lo que caiga a la barriga”. “Mamá, esas personas de la revista, ¿por qué son famosos?”. “Hay que preparar los uniformes y las mochilas”. “¡Y veremos una peli!”. “Anda, estaros un rato quietecitos, y callaros otro poco”. “¿Quién me da ketchup?”. “Hay que comprar el antibiótico y unas vitaminas explosivas”. “…Te levantas y lo pides”. “Papá, papá, ¿sabes que Chuck Norris no corre a la velocidad de la luz? La luz corre a la velocidad de Chuck Norris”. “Para nosotros durante este curso menos de ocho es un suspenso, a todos los efectos, o sea que…”. “Yo me voy a Lourdes con el Papa dentro de unos días”. “No me explico como te puede gustar la mostaza, con ese color tan caca”. “¡¡¡Yiihaaaa!!!” (es un grito adolescente que siempre te pilla por sorpresa). “¡Qué guapo es Joe!, de los The Jones Brothers”. “Papá, papá, van tres y con Harry ‘son’ Ford”. “¿Es verdad que un cantante rock se ha hecho monje?”. “Pues yo sigo teniendo hambre”. “Sacerdote aún, pero monje ni de broma”. (Ana, no dejes de mirarme). Ya en el coche cantaba Nino Bravo . A la farmacia. Todo recto y después la primera calle a la derecha. ¿Gasolina? No nos llega, esperemos que pase esta semana. “Libre, como el sol cuando amanece yo soy libre, como el mar…”. Al colegio, al colegio, y se acabó la fiebre.

domingo 7 de septiembre de 2008

Demagogia asesina


Ya estamos. El vigente gobierno español a lo suyo. La economía les supera en todos los frentes, la gente está con el agua al cuello, pero ellos erre que erre, a tergiversar y a distraer la atención con lo de siempre. La sangría clama al cielo, pero los inocentes vuelven a pagar el pato de la retahíla amoral y progre. Nuevo retoque de la ley abortista. Eso sí que es gobernar con tino demoníaco. Menudos fantoches. Morirán matando. Ayudas reales a las familias y a las mujeres nones, pero ayudas a esos centros “clínicos” de holocausto lo que haga falta. Hay que distraer, hay que destruir, hay que dinamitar, y sembrar el caos en las entrañas mismas de la vida. Creyéndose sus propias idioteces. La mujer, la mujer, la mujer; la defensa de su cuerpo y dignidad. ¿Dignidad? Y para ello matan su alma a la vez que el cuerpo de los hijos, como hienas. “Ampliemos, ampliemos todavía más la ley del aborto”... ¿Ley? ¿Qué ley es esa, legisladores de la muerte? ¿Desde cuándo se puede considerar ley la promoción del asesinato? Y estipulan y gesticulan y manipulan. Venden la tortura y la agonía de los más pequeños e indefensos en su propio provecho mediático o electoral, y son incapaces de ver el estertor moral en el que se encuentra España. Señores, no es que vayamos derechitos al infierno, es que ya vivimos en él. Me da igual lo que piensen. La repercusión de este pecado ya nos está pasando factura. Vivimos en un cementerio. Vacíos de Dios, vacíos de certezas, sólo nos queda seguir dilapidando la existencia entre frivolidades y mentiras. Hipócritas y embaucadores, réprobos de la inteligencia, mezquinos y aduladores, ¿a quién queréis engañar? El mal os deja ciegos y queréis cegar a todos. ¡Basta! El amor es más grande…

sábado 6 de septiembre de 2008

El verano es cada vez más breve


El verano es cada vez más breve. No te has dado cuenta y ya estás de nuevo aquí, en esta vetusta mesa, rodeado de sueños y paredes. Confieso que llevo muy mal la vuelta al cole. Lo disimulo con palabras sobre el clima y bobadas así. Pero la verdad es que tomaría las de Villadiego y me iría a Roma por ejemplo, o a un pueblo remoto de la Provenza. O quizá mejor a un rinconcito de Yorkshire, para hacerme con el inglés que nunca me supieron enseñar en el colegio (asunto que casi treinta años después lleva las mismas trazas con mis hijos).

El verano es cada vez más breve. Y no se trata sólo de un comentario ligeramente poético. Empiezas, lees unos pocos libros, nadas unos cuantos largos, y a los pocos kilómetros que recorres en bicicleta ya está, se acabó. Tienes que volver... Y cuando vas poniendo las sábanas blancas sobre los muebles y las camas del verano, y cortas la luz y cierras el agua, te da por pensar que te quedas, que un día más, y miras con detenimiento la escalera y los techos y el Sagrado Corazón, mientras introduces la llave en la cerradura y agachas la cabeza.

El verano es cada vez más y más breve. Tan breve que tienes que volver reiteradamente a la niñez para prolongarlo y sacar de todo aquello algo de provecho. Pero el caso es que regresas, y para no creértelo tomas en tus manos los mismos libros que leíste en caminos, piscinas y arboledas. Los libros de Fiódor Dostoievski (Cátedra), o Thomas Merton (Edhasa); o los Cuentos de Ruyard Kipling (Acantilado) y el apasionante La hija del desierto de Georgina Howell (Lumen). Y escrutas entre sus páginas las briznas de hierba, los dibujos, las hojas de los sauces y el relieve que dejaron en ellas algunas gotas de agua…

El verano es cada vez más breve. Y cada año me cuesta un poco más pedalear por los repechos del tiempo. Lo prometo, yo como si nada, ya puede mostrarme el otoño su mejor cara. Ni caso.

viernes 5 de septiembre de 2008

Sarah Palin


Creo que esta mujer va a ser vicepresidenta de los Estados Unidos. Al menos yo la veo como tal. Y no quiero entrar en que si republicanos o demócratas, liberales o conservadores... Entre otras cosas porque tampoco sigo exhaustivamente el tinglado electoral norteamericano, con su colorista facundia y su patriota efervescencia. Pero con Sarah me ocurre como con los quesitos de El Caserío: me fío. En cuanto leí algo sobre ella me llamó la atención su carácter y su coherencia. Esta mujer no venderá su alma al diablo de la perversión gubernamental o de la demagogia. Se lo aseguro. Ya no es que tenga experiencia de gobierno -que la tiene-, es que tiene experiencia de familia numerosa. Y eso ya son palabras mayores. Una madre así en lo primero que piensa es en sus hijos, es decir, en los demás. Una madre así mira cada dólar que gasta, y procura ahorrar por lo que pueda venir. En una familia numerosa los caprichos están contados señores míos, y el cariño no quita la disciplina. Y estos hábitos -unidos a su preparación profesional- son los que la convierten en una auténtica bicoca para los electores y la prosperidad de su país. Es pura dinamita. ¿Qué mejor aptitudes para un buen gobernante? Quien es capaz de lidiar con un marido (esquimal o no) y cinco hijos, quien es capaz de aceptar con valentía y ternura un hijo con síndrome de Down, quien sabe afrontar con agallas y sin hipocresías el embarazo de su hija soltera… A una persona así le tiene sin cuidado el qué dirán o las palabritas redichas de Obama. Y además es guapa, con esa elegancia natural que está reñida con la pose. John Rambo McCain ha acertado de pleno. Desde luego por mi parte ahora sigo con verdadero interés aquellas elecciones. Y no creo que sea el único. ¡Bien por Sarah!

jueves 4 de septiembre de 2008

El paro


Los que han estado o están sin trabajo saben la angustia que representa los cuestionarios de la oficina de empleo y esa cifra devastadora de los telediarios. El crecimiento del paro es una persona que de pronto se debate en su peor pesadilla, con los nervios crispados de impotencia y la vida desencajada. Es una familia que tiene que sobrevivir de puro milagro, afrontando Dios sabe cómo esas lágrimas que arrasan el alma. Pero lo peor es la frustración… No, no, lo peor es afrontar la mirada de tu mujer y de tus hijos (si es el caso), y no encontrar en tu currículo algún resquicio de esperanza. Y comienzas a llegar demasiado tarde a todos los sitios y a no conocer a las personas adecuadas. O eso es lo que piensas mientras recorres las calles y las posibilidades, y te reconcomes día y noche, y acabas sentado en un banco inhóspito de alguna plaza, rodeado de palomas miserables. Porque todo te parece miserable. Todo. Aunque seas -o hayas sido- el primero en fortaleza, o reces, o tengas el record de amigos. La única verdad del parado es una enorme soledad y los antidepresivos de turno. ¿Que suena cenizo, que esa no es la realidad? Seguramente. Pero el que ha pasado por ello lo sabe. Por eso, cuando en el telediario escuchas el vértigo de las cifras del paro, rememoras el mal trago y te pones en el lugar de la gente. Uno a uno. Y… apagas la televisión cuando abre la boca Zapatero.

miércoles 3 de septiembre de 2008

La ermita



El cielo en perpetua perspectiva,
y arriba -nívea y leve- la ermita,
como un retazo de nube embelesada
en el asombro de la tierra.
Amas el camino de su altura, amas
la luz y las piedras,
amas la ternura de la plegaria que rezas
de rodillas.

No hace falta jubilarse para ser feliz


Para muchas personas el colmo de la felicidad es esa fecha en la que uno se jubila. A mí no deja de sorprenderme, pero son tantas y tantas las ocasiones en que lo escucho que me ha dado por pensar (pásmense: ¡pensar!). ¿Les parece normal que una persona de 40 años, o menos, ya sueñe con ese hipotético día? Pues existen, y puede que algunos de ustedes sean miembros de tan hiperbólica cofradía. Yo lo siento, pero no creo que sea muy normal andar devanándose los sesos sobre ello, cuando deberíamos beber los vientos por la vida, exprimiendo el presente hasta la última gota de su prodigio.

Ayer mismo el agente de Círculo de lectores que visita mi casa me comentó que ya anda contando los días que le quedan para asomarse a dicho paraíso. 362 exactamente, menos no se cuántos por no se qué, total: 264 días. Era como el preso que con el punzón va tomando nota en la piedra o ladrillo de su celda… y sueña con el momento de su libertad. ¿Se dan cuenta? Para mucha gente su vida laboral es como una cárcel de oxidados barrotes y malhadada rutina, sin luz, sin alegría, sin perspectiva que merezca la pena. ¿Es tan radical la opresión? De otra forma no se comprende. Jubilarse, jubilarse… ¿Para? “Para hacer lo que me de la gana”, dicen unos; “para no tener que dar cuenta a nadie y disfrutar de la vida”, peroran otros. Ilusos.

Todo eso es dar por supuesto demasiadas cosas. Para empezar la vida (olvidamos muy a menudo que pendemos de un hilo). Y, además, ¿llegará el presupuesto del Estado para entonces? Porque a la marcha que vamos… ni para pipas. De todas formas este afán por jubilarse lo que refleja es un cansancio vital, una amargura latente y un hastío social. Además de cierta mentalidad parasitaria que se acumula en nuestra sociedad aburguesada, llamada del bienestar. Del bienestar de algunos claro.

Pero sigue en pie la pregunta: ¿por qué se quiere jubilar el personal con tanta prisa, si cuando uno se jubila comienzan los achaques y la guardería de los nietos? ¿No será síntoma de una visión negativa del trabajo y de esa necesidad que tenemos todos de una utopía? Ay, cuando me jubile entonces sí, entonces… ¿Entonces qué? ¿Qué haremos entonces? Y soñamos unas vacaciones interminables, y la siesta perfecta, y todos esos libros, y el guiñote con los amigos, y… Es verdad que se pueden hacer muchas cosas distintas (si llegas), pero no entiendo ese empeño por dilapidar los años que nos quedan hasta esa supuesta fecha a base de reinventarnos el cuento de la lechera.

Habrá que empezar a pensar de cuando en cuando que hoy podría ser nuestro último día, y obrar en consecuencia. En fin, ya saben, ponernos a bien con todos -sobre todo con esos que no tragamos- y con Dios. Esto no es necesariamente morboso. Es una manera muy precisa de aclarar las cosas. De vivir cada día pensando que no hace falta jubilarse para ser feliz. Y que, como dice mi bienamado Borges en su poema “La dicha”: Todo sucede por primera vez, pero de un modo eterno.

martes 2 de septiembre de 2008

De fútbol


Después de los primeros partidos de fútbol de la liga española hay algo que queda muy claro: para meter esa pelotita llamada balón dentro de la portería contraria hay que empujarla; y para empujarla hay que correr con cierta ilusión y un porcentaje considerable de ingenio y ganas. No sé, pero mi sensación es que no son pocos los jugadores enfermos de desidia. El aspecto lúdico del fútbol está constreñido por demasiados intermediarios y sacaperras obsesivos. Pienso que ya no es el balón el centro de este juego. Es el dinero. Es la liga del BBVA (¿sintomático verdad?). Y eso se nota en la manera de deambular por el campo… y por la vida. Son chavales desnortados la mayoría, llenos de caprichos y juguetes. Como niños consentidos. No estudian, y el alma se les olvida entre las páginas del Marca, los derechos de imagen y las chicas. Cuando todo se reduce a millones la vida -y no sólo el fútbol- va perdiendo su gracia. He mentado antes el alma, pero es que si el alma se desfonda en trapicheos y vício las piernas ya no responden… El corazón se encoge y ya no corre la banda con la solvencia de entonces, cuando esos mismos jugadores soñaban con pureza su deporte. Y la cabeza se deja llevar por lo más fácil, sin exigencia. Pierde el Madrid y pierde el Barcelona. Y pierde en segunda división el Zaragoza, con todo su efectivo. Y es que se les olvida el balón entre tanto desaprensivo. Ninguno de mis hijos admira a un jugador de fútbol patrio, como yo admiré a Quini o Santillana (excepto mi hija al niño Torres, por razones de pecas supongo). Admiran con razón a gente como Rafa Nadal, como Pau Gasol o Calderón o Ricky Rubio, como Contador o Sastre o Valverde, como Fernando Alonso o Pedrosa… Pese a la Eurocopa y aunque me tachen de ignorante, el balompié -como siga así- me parece un deporte en decadencia, viciado de usura y plusvalías. Y cada vez más aburrido.

lunes 1 de septiembre de 2008

Preferencias


Un buen trago de agua fría al llegar a casa. La música de los tilos. Los libros más viejos, y entre sus páginas la caligrafía del tiempo. El aroma indiscutible del sándalo y de las almohadas de mis hijos. Los colores siempre vivos de los recuerdos. El silencio de las iglesias. Esas fotografías enmarcadas en mi vida. Los escurridizos renacuajos de la infancia. Una sola palabra suya… El vuelo de las capas mosqueteras. Abrir por la mañana una ventana cualquiera. La mano de Juan Pablo II en mi mano. Tender la ropa a última hora de la tarde (para hurgar a conciencia en esos tonos violetas del cielo). El silbido de las balas que disparan los indios. El sencillo acto de abrir un libro. Las conversaciones nocturnas con mi padre… y esa calma. Recibir una carta manuscrita de un ser querido (un bien muy escaso, por las misivas en si y por el cariño). Los poemas de Ibáñez-Langlois desde hace muchos años. El río Jiloca a su paso por el verano, y sus remansos cristalinos. La pompa y el fasto de los juncos y de las moreras, y de ese cuello suyo, y de sus cejas… Un buen helado de leche merengada con un poco de canela (sí, este mismo que ahora me ofrece Ana mientras escribo). Las campanas del primer día de trabajo… y la oración de la mañana. El alborozo de la familia cuando piensas que no puedes más. Presentar un libro de sor Emmanuel Maillard por iniciativa de la madre de Dios. El diálogo discreto con alguien que sabe de lo que habla… Sófocles, Tácito y Prudencio. Santa Catalina de Siena y María Zambrano. El canto gregoriano y Gwendal. La mística de la cocina y de todos estos papeles.