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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


jueves 31 de julio de 2008

Batman y la soledad


Ayer, en el rincón de una habitación cualquiera de mi casa, encontré el coche de Batman. Para cualquiera de ustedes tal vez esto no tenga ninguna importancia. Pero para mí la tiene, y mucha. Allí estaba, detrás de la puerta. Cuando leo tengo la costumbre de levantar la vista del libro cada cierto tiempo. Por descansar y cavilar un poco. De esa forma descubrí el batmóvil (¿se escribe así?). Apenas un juguete de plástico que Juan habrá olvidado en tierra de nadie. Quizá a propósito. Quizá Batman esté ahí dentro esperando a saber qué. Alguna misión sin duda. Contra los villanos. Labores de vigilancia. Para mí verlo supone una emoción distinta. Nada que ver con los superhéroes. Lo tomo en mis manos y descubro dos resortes ocultos, que no debo mencionar, no vaya a hacer pública información clasificada.

Dejo el coche donde estaba. Pero no me voy. Sigo allí, sin poder apartar la vista de ese pequeño juguete. Y de repente tengo miedo. Lo diré a las claras: tengo miedo a quedarme solo. Y yo no soy ningún superhéroe, insisto. Tengo miedo a que mis hijos se hagan demasiado mayores, se vayan de casa, y se olviden de Batman y de mí. Sé que no ocurrirá, pero el olvido es siempre una posibilidad. Y siento que pasan los años y que tendré que recurrir al tacto de este sencillo coche de plástico para recordar estos días, cuando los niños corrían por la casa, y discutían o hablaban entre ellos largas horas por la noche. Tengo miedo de ver en soledad el baloncesto o cualquiera de las películas que he visto con ellos. Dios mío, yo no les he dado permiso para que se hagan mayores tan pronto. ¿No podría ser de otra forma?

Aquí me tienen, apoyado en el libro que leía hace un momento y que ya no tengo ganas de leer. Mirando el diminuto coche de Batman y escuchando las voces de mis hijos. Será lo que Dios quiera desde luego, pero esas voces inagotables llegará un día en que sólo serán ecos. Y puede que esté solo, y me estremezco sólo de pensarlo. Como padre no tengo remedio.

martes 29 de julio de 2008

Ya llega agosto, en su remolino de luz y azules


¡Este placer de alejarse!
ANTONIO MACHADO


Ahora sí. Ahora ya sí que sí. Ahora ya tres escasos días para que coja el tren o el autobús y el alma, y nos vayamos hacia el norte. Miro el calendario como quien espera el santo advenimiento. Unas fechas nada más. Tres días… 29, 30 y 31. Por delante la corriente del agua de montaña brincando por mis pies, y el color esmeralda del boj o de los helechos, y el de los sueños, poniendo cerco a estos agónicos papeles que sobrevuelan por mi mesa. Agosto viene cargado de curvas inverosímiles, de sombras que cobijan las caricias, de perfumes de hadas, de poemas que jamás nadie podrá poner por escrito, de agua donde flotan mis ojos y algunas hojas desprendidas de los chopos. Agosto es mi madre organizando excursiones guiadas a sus abrazos (tengo fotografías que lo atestiguan), es el cabello coruscante de los sauces, es ir a Lourdes para certificar el milagro de aquellos místicos labios que todos los días me besan, o es la expectación de las palabras... Ahora sí. Nos vamos, casi. Descansaremos junto a las vías por donde pasaba el tren cuando era muchacho, y abriré la puerta de mi casa con su aldaba. Y de madrugada me levantaré para a través de esa vieja y carcomida ventana volver a contemplar el bagaje de luz de las rutilantes estrellas. Pero ya no sé en que tiempo me suceden las cosas. Esquivo las horas para acercarme un poco más a su boca. Y leer apoyado en sus piernas. Desde ellas afronto el barullo de los niños y la bonanza de las nubes. Y colecciono colores en el vaivén de sus volúmenes. Elásticos bañadores de la belleza. Ya estoy, ya llego. ¡Vamos corred! Al agua, de cabeza. Nos zambullimos…Y todos los cuerpos son azules entre burbujas turquesas.

lunes 28 de julio de 2008

Papá, ¿vamos a la guerra?


Papá, ¿vamos a la guerra? Y vuelca al suelo toda su enorme cesta de juguetes. Y me pilla de improviso, considerando la enorme pérdida de tiempo -¡si sólo fuera tiempo!- que es la televisión. Papá, mira, tú llevas los guerreros azules y esta catapulta. La mente se confunde con tanto ruido, y el alma se aturde con tanto suceso, concurso, deporte y culito respingón. Papá, no me haces ni caso, dispara tú primero. La tele, la tele, la tele, ese asunto que no nos deja respirar en silencio la vida. Y disparo una descarga cerrada de fusilería. Claro, por supuesto, hay que estar informado, pero antes que la información está el estudio pormenorizado de las cosas, y los libros, y la conversación en familia, y correr en bicicleta hasta el atardecer, y ese paseo que tenemos pendiente con Dios siguiendo la línea del horizonte. Una lluvia de flechas cae sobre mis hombres desde las almenas del castillo, y apenas nos da tiempo a cubrirnos con los escudos. Ya sé, ya sé que para muchas personas la televisión es remedio de soledad, tal vez el único consuelo, o lo más parecido al cariño que tienen a mano. Contraataco con la caballería por los flancos. Los cascos de los caballos percuten un sonido que hace temblar al enemigo. Al galope, al galope, en un griterío que nos llena de valor y emociona. No todo es malo en la televisión, ya lo sé. Sin ir más lejos hace poco fui testigo de un reportaje muy especial: unos hombres camino de la cima del Everest. Unos hombres que sufrían las más extremas dificultades, que ascendían por glaciares inmaculados, que cruzaban el miedo de unos abismos irreales, y que perseveraban -¡arriba, arriba!- contemplando como el silencio se materializaba en el resplandor de la nieve. Los cuerpos entumecidos de frío y de cansancio, y el alma arrastrando -cordada tras cordada, paso a paso- de ellos, hasta llegar arriba, a lo más alto. Y entonces… Entonces sabes que en ocasiones hasta un programa de televisión puede ser verdaderamente bueno. Los caballos frenan en seco, nerviosos piafan y se revuelven, olfatean el peligro. ¡Dios, elefantes! Retrocedamos, es lo único sensato. ¡Nos van a aplastar sin remedio! La televisión nos distrae. El problema es que en la mayoría de las ocasiones nos distrae de asuntos más importantes. Nos deja exhaustos, sin fuerzas, embutidos en una pereza desconcertante, en un exceso irracional de naderías. Esta vez has ganado la batalla hijo mío. Pero no me rindo. Eso jamás.

domingo 27 de julio de 2008

Verano

Verano, de Manuel Rico. Editorial Alianza. 404 pp. 20 euros


Sobre todo en la novela. Desde hace unas cuantas décadas se produce una excesiva literaturización de la literatura. Metaliteratura o como se quiera llamar. El proceso de escritura entra dentro de la propia historia que se nos cuenta, o sencillamente es la única historia que se nos cuenta. Se nos muestra el artefacto o mecanismo, los autores favoritos, transtextos o citas embalsamadas, dudas retóricas, vida cifrada en las palabras como casi el único reducto de una cierta felicidad, etcétera. Y aunque este tipo de obras tiene ejemplos magníficos (por ejemplo Enrique Vila-Matas), uno siempre tiene la sensación de cierta impotencia por parte del autor a la hora de imaginar. Es como un nihilismo narrativo, algo que se agota en sí mismo y que nos deja una emoción de tinta, no de alma.

Pero cada obra es cada obra. No se puede generalizar. Y yo acabo de leer Verano, de Manuel Rico (Alianza). Cuatrocientas páginas donde el escritor-narrador nos ejemplifica una teoría: la novela en la realidad. El autor puede ser capaz de cambiar la realidad, mutándola a base por ejemplo de unas cartas que pueden cambiar la existencia de unas personas (dos de ellas mueren por ello). Y el escritor estará ahí para tomar nota de sus experimentos de laboratorio. “Perversión”, dirá Adolfo, el mejor amigo de Enrique, que es el escritor-narrador. Y es verdad: es una perversión. Porque el asunto se le va de las manos, “al margen de su voluntad”. Ya no es que el autor juegue con la casi infinita combinación de las palabras; juega con la realidad para construir su pequeño Frankestein literario. Y a eso yo lo llamo carencia de imaginación. Y esa carencia te deja frío. “Fue sólo un juego literario, un intento de fundir realidad y ficción, de poner ésta en marcha en la propia vida, en la propia realidad”.

Borges cita a Kipling en bastantes ocasiones. En una de ellas dice el autor de El libro de las tierras vírgenes: “Un escritor (…) debe ser leal a su imaginación, y no a las meras circunstancias efímeras de una supuesta realidad”. Pues eso. En fin. El caso es que Manuel Rico, en su novela Verano, tras esos elementos nos va trabando una remembranza. Unos cuantos amigos -casados unos, divorciada otra, soltero otro- pasan los veranos en “La Tejera, aquella modesta urbanización convertida en refugio del verano, de tantos veranos de su pequeña historia”. Una historia que, durante sus conversaciones, lecturas, música y monólogos, deja la nostalgia de un tiempo pletórico de proyectos, amores, ilusiones y afanes. Algo que ya pasó, pero que sigue ahí, en ese grupo un tanto mortecino -el entusiasmo también pasó- de ya no tan jóvenes burgueses.

Luis, Adela, Enrique, Nuria, Carmen… Estos personajes resultan apáticos y sin relieve. Su vida es un tanto superficial, en algún caso incluso frívola e intrascendente. No se plantean grandes disquisiciones. A vueltas con el régimen franquista y la transición (resultan un tanto forzados ciertos comentarios al respecto), con sus hijos, con… El lector aprecia un considerable tedium vitae en su discurrir. Su vida -no recuerdo si es Nuria quien lo piensa- es quizá “una huida de la soledad y del aburrimiento, tal vez pretendemos prolongar la juventud”. Pero no acaba de resultar convincente la narración. La lees con gusto, pero notas que a la novela le falta poso, ganas, rodaje. Bueno, esa es mi opinión. Porque la prosa de Manuel Rico es buena. Y te lleva a los veranos de tu adolescencia, y te encandila con la evocación de los paisajes y algunos sentimientos. Que nadie piense -pese a todo lo dicho- que he perdido el tiempo leyendo Verano. Pero me ha sabido a poco.

sábado 26 de julio de 2008

Un amigo (y no es ficción)


Hacía muchos años que no veía a cierto amigo. Nos hemos encontrado por la calle, a la altura de cuando muchachos. Podríamos habernos evitado discretamente, mirando en otra dirección o desenfundando el móvil. Pero no ha sido el caso. Nos hemos reconocido de inmediato jugando al fútbol o haciendo comentarios sobre una novela de Francis Jammes que nos entusiasmó en su momento, Rosario al sol. ¡Cuánto tiempo desde todo aquello! ¿Y ahora? Cada uno ha sacado a relucir sus familias y trabajos. Y a la vez un ligero desencanto. “Yo hace mucho que no leo nada”, me ha dicho con mirada taciturna. “¿Por?”. “La verdad es que ya no me interesa la literatura”. Su pie derecho dibuja círculos imaginarios en la acera, y sus manos se refugian en los bolsillos. “¿Y qué te interesa?”. La contundencia de su respuesta me impresiona: “La vida, sólo la vida; porque la literatura es todo mentira”. Decidimos tomarnos unas cervezas para brindar por la vida. Pero sigue diciéndome: “Y ni la vida llena”. Observo su traje impecable de ejecutivo y el brillo del éxito en sus zapatos. “Tú, Guillermo, sigues como siempre”. “¿A qué te refieres?”. “Joder, me refiero a que eres feliz”. “No todo es color de rosa”. “Déjate de colores, es algo que se nota; desde que éramos chavales es así y no lo puedes negar”. “Algo de verdad hay en ello, pero no es mérito mío”. “¿Sabes? Dejé de creer en Dios y ya no creo ni en mí mismo”. “Oye…”. “Déjame hablar”. Y después de una calada al cigarrillo prosigue: “Antes te he dicho que sólo me importa la vida. Pero, ¿qué vida? La mía no desde luego. Apenas me río, y vivo por inercia. Mi mujer y mi hija no se merecen a un capullo como yo… Y cuando te he visto me he acordado de Dios”. En ese momento los ojos le han brillado más que sus zapatos. Y he creído percibir un atisbo de sonrisa en su rostro.

viernes 25 de julio de 2008

Un par de notas



La tarde tórrida ahí fuera, las persianas bajas de las casas duermen la siesta. Las chicas con los escotes más abiertos y los chicos con los ojos desmesurados e incontinentes en su verbo. Se aburren entre colillas, latas de bebidas y cáscaras de pipas. Desde aquí dentro observas las filigranas barrocas de sus tatuajes, y el destello del acero de los pirsin que perforan labios y cejas, en su gótica máscara inane. Se abrazan y besan sin mucha convicción, sólo con el cuerpo. Pelan la pava en un ritual de tedio. Ya se incorporan..., y llegan hasta la siguiente esquina.

* * * * * * * * * * * *

(Para un hipotético relato)

Los personajes con el alma que salte a la vista. Él de profesión carpintero, porque me interesa que piense mientras tiene las manos ocupadas en algo que requiera habilidad y precisión. Mujer y dos hijos. Gente sencilla. Lo llamaré Tomás. Tomás Castán. Tiene inquietudes intelectuales. Convive con Elisa desde hace pongamos que diez años. Se casaron por la Iglesia porque Elisa insistió. O eso o nada. Es mujer piadosa. Demasiado, piensa él. Tomás tiene celos de Dios. Mientras lija una puerta o un mueble cualquiera no es raro que expectore alguna blasfemia. “Todo el día en misa”, se queja. Elisa llora con frecuencia, rendida de cansancio. Lleva toda la casa ella sola y trabaja fuera, en una panadería. Pero lo que más le pesa es la incomprensión machacona de Tomás. Su mundo interior apenas lo comparte con ella. Para expresar todo esto utilizar frases cortas, incisivas, y un vocabulario poco rebuscado. La tentación que con más frecuencia tiene él es vivir en un mundo de fantasías. La de ella mandarlo a la mierda. Desarrollar la acción. Insistir en el perdón. Escribir con esperanza.

jueves 24 de julio de 2008

Iba a escribir, pero…


Hoy iba a escribir sobre un libro, pero la verdad, se me han ido las ganas. No por el libro en si -que tampoco es nada del otro mundo es cierto-, sino porque no tengo el día más propicio para literaturas. De esos días en que uno se levanta cariacontecido, se muerde la lengua junto con la magdalena y se olvida las llaves en la cerradura, pero por dentro. Un día de esos en que era sal el azúcar y te manchas de yogurt -¡su padre!- la camisa recién planchada. Decididamente, no estoy para muchas letras. Y mucho menos si quiero que casen y tengan su encanto. Hablar de libros está bien en una tertulia amical o en el parque, con alguien que aguante el tirón de tu entusiasmo. O con tu librero de cabecera, que sabe de lo que habla y te orienta en novedades (terreno pantanoso donde los haya). Yo que sé. Pero ¿hoy? Hoy si salgo indemne del día ya puedo dar gracias. Y para eso lo mejor es que me dejen a solas con mi lectura. Leer a todas horas, leer mientras te afeitas, leer al mediodía con un pincho de tortilla o leer con Ana en el telepizza. Leer sin pedir excusas, y en cuanto se duerman todos… seguir pasando páginas hasta terminar la novela o quedar exhausto. Es lo natural, lo que procede en días así, donde no te encuentras, o si te encuentras no tienes el placer de conocerte. Y si te reconoces miras hacia otra parte displicente. Desvarío. Pero es que el ventilador parece la hélice de una avioneta que sobrevuela pensativa el estío. O verano. Estás que no te aguantas. Medio dormido sales a la calle. Miras a los árboles y miras el sonido de unos pasos vestidos de rojo que caminan a tu lado. ¡Por Dios un taxi! No puedo dar ni un paso más. Como para escribir sobre libros impostados de teorías narrativas. Yo lo que quiero es abrir la ventanilla de este día cualquiera del mes de julio y explorar las galerías del silencio. Digo que encontraré algo que merezca la pena. Algo. Azucenas, pupilas o plegarias. Algo así de infinito. O casi.

miércoles 23 de julio de 2008

17 años


Estos besos han sido en un tiempo palabras
RAINER MARÍA RILKE


Dentro de un par de días diecisiete años de matrimonio. Casi nada. ¿Qué habré hecho yo para merecerla? Para ser fiel a pesar de todo, para después de una desmesurada discusión amarnos con mayor ternura, para ser feliz tendiendo la colada juntos, para mirar escaparates con una rendida sonrisa, para darnos un beso en la oscuridad del cine, para que me quiera a pesar de tanto libro y tanto cuento, para buscarnos por las esquinas del pasillo, para que nuestra calidad de vida no esté en la cuenta corriente, para llamarnos por teléfono al mismo tiempo y creer que comunicamos siempre, para soñar poemas y colores completamente nuevos, para no rendirnos a la tristeza ni a la evidencia del cansancio, para renovar la luz cada día, para estudiar a conciencia la geografía de su alma, para no apartar la vista de su vida, para vivir con excelencia la rutina, para edificar nuestra felicidad sobre la pureza, para que a pesar de tener gustos diferentes nos pongamos de acuerdo en los piropos, para perdonarnos las más virulentas porfías y el agrio abismo de los silencios, para rezar unánimes la misericordia de Dios mientras limpiamos el polvo de la costumbre, para ver con nuestros hijos la mejor película de la historia (somos los principales protagonistas), para buscar la alegría debajo de las penas o donde la hubiere, para deslizarnos sobre las mismas olas, para… ¿Qué habré hecho yo para merecerla? Ella y yo. Nosotros. Diecisiete años aprendiéndome de memoria los detalles de su corazón y el deseo que nace de la viveza de su porte. Diecisiete años de jubileo. Ella, sí, ella. Y yo, tan pusilánime.

martes 22 de julio de 2008

Mi mano en su mano


Comienzas a escribir y de pronto surge la idea. O mejor, la belleza encarnada en cualquier cosa. Una fuente, una puesta de sol, un cuerpo. O mejor aún, mi mano. Mi mano en su mano. Mi mano acortando distancias. Mi mano en su nuca o en un brazo, con un ligero y lento movimiento de dedos. Comienzo a escribir y me cruzo con el destello de sus ojos. E intento que las palabras vayan en la misma dirección de esa mirada. Mis manos tantean las letras antes de decir nada. Tantean lo que me rodea. Y me pongo las gafas de sol para verla. Para ver su alma de sauce, de luz, de rima... Escribo para sentir más de cerca el fluir de sus venas. ¿Lo diré? Escribo para ser ella y acariciar con sus dedos mi piel, o la hierba. Escribo para enamorarme todavía más de ella. Más si cabe. Y la invito a un batido de vainilla para fijarme un poco más en su entrega y en el rimel que parpadea la mañana. Y en sus labios, al sorber la espuma. Y en esos pendientes de lumbre y oro. Mi mano en su mano, y ya pierdo la cuenta de los días y de los besos. Abre la ventana de la cocina. Y por un resquicio veo atardecer su pelo desde la mesa. Se confunden los instantes, pero hay algo que no cambia: esa nuca y esas manos. Esas manos que me acarician de noche las palabras. Hasta que me duermo, o me hago el dormido. Otras veces se duermen antes sus manos. Sobre el rescoldo de mi pecho, o sobre la proporción augural de mis sueños. Y me levanto, y comienzo a escribir de la santidad doméstica del amor, que vela en mí estremecida.

lunes 21 de julio de 2008

Vacaciones


Ya queda menos. Poco a poco se acerca la fecha. Y sabes que lo mejor no está por venir. Lo mejor es esto: la antesala de esos días con los que sueñas. Esto: ser feliz con la ilusión y su sorpresa. Lo mejor de todas las vacaciones se disfruta antes, justo ahora, cuando piensas y planificas el gozo, tan a punto todo. Tienes ante ti el alborozo del viaje o el regocijo de la familia. Queda muy poco para dejar de mirar el reloj y la agenda, y llenar las maletas de paisajes. Ay, esta expectativa es lo más grande. Ante ti esas semanas todavía no estrenadas, sin abrir, como el regalo más deseado. Sí, lo mejor es esto: los contados días que nos quedan de trabajo. Mirad, ahí están las vacaciones: enteras de frescura, frondosas, nacientes. Los libros que leeré sin interrupciones, las excursiones y las pipas (con sal) cabalgando junto a John Wayne por el sur de Tejas. ¡Qué distintas serán las mañanas! Sin prisa vestirás de luz las horas y quizá pintarás de blanco algún mueble. O simplemente, por darte el gusto, te sentarás a verlas venir cuando anochezca, sintiendo el rumor de los chopos. Lo vives con más intensidad hoy que entonces, cuando quieras tumbarte de espaldas al tiempo y sientas que no puedes, y que ya apenas queda nada para la vuelta.

domingo 20 de julio de 2008

Carta a Miguel d'Ors


Querido Miguel:


Antes de nada. Recuerdo la avalancha de cartas que en una época determinada te hice llegar. Sonrío al pensarlo. La verdad es que no sabía por donde tirar, como ocurre tantas veces en la vida. El desahogo lo fuiste recogiendo tú, y ya lo siento. Pero bueno, todo pasa. Y pasa más lo que menos pesa. Y aquellas palabras mías eran tan de poca enjundia, tan leves y voladizas, que espero estén ya muy lejos. ¡Qué paciencia la tuya! No sólo las leías, también las contestabas, una a una, o dos a dos. Con esa inconfundible tinta azul de trazo grueso. Con ese sentido del humor y de la melancolía tan tuyos. Pudiera ser que nos sintiéramos un poco solos. Tú con tu poesía y esas musas olvidadizas, y yo con el desbarajuste de mi vida. Sí, recuerdo que te escribía porque sentía una tremenda impotencia. Y el malestar se confundía con las interminables lecturas. Siempre a vueltas con la literatura, siempre intercambiando títulos… De todo aquello nos quedan algunos de tus versos y una cálida amistad. Bueno, y tus cartas, que guardo como oro en paño y que releo cuando el aguacero arrecia.

A día de hoy somos más viejos (menuda bobada). En tu vida y en la mía han sucedido muchas cosas, pero seguimos investigando el intríngulis de la amistad y de la literatura. Y del misterio de la divina providencia. ¿Verdad que es así? Aunque nos escribimos menos. Por mi culpa desde luego. Las excusas te las sabes, por lo que no voy a reiterarlas aquí. Mi vida te la puedes imaginar. Mirando de frente las estanterías, escribiendo todos los días y sacando adelante a la familia (¿o son ellos los que me sacan adelante a mí?). Y de cuando en cuando alguna trifulca o riña, un buen surtido de alegrías, besos, abrazos, juguetes rotos, batallas inverosímiles, la ropa interior por el suelo, el dentista, las notas, una partida de guiñote… Eso que tú conoces de sobra. Y ahora vamos un poco a la pata coja. Pues sí, Ana con muletas. Lleva un mes, y lo que le queda. Osteocondritis es el palabro que define la cuestión. Algo de un cartílago. Va a mejor. Es la vida como a cámara lenta, en un vaivén curioso. O bamboleo. Que la impulsa...

Ahora estás en Galicia. Y subido a tu bicicleta vas recorriendo la morriña. Y supongo que tomando algún apunte que tenga cierta posibilidad de acabar en poema. Y leyendo en casa, o debajo de algún castiñeiro, avelaneira o freixo. Largas horas de lectura. Que es lo que yo quisiera ahora. No tanto por la lectura como por la sombra, y por ese estatus contemplativo que deseo. O me desea. El libro en las manos y mirar detenidamente lo pequeño. Y resistir la tentación de escribir nada (en mi caso digo, tú escribe, escribe…). ¿No te gusta acariciar los troncos de los árboles? Yo procuro que no me vea nadie, pero los abrazo con fuerza. Y envidio su altura y el verdor de su música. ¿No te gusta mirar las nubes o la lluvia hasta que alguien grita que la comida ya está sobre la mesa? ¿No te gusta pisar descalzo la hierba o coger en brazos la poética de una ola? Yo no quisiera hacer otra cosa. Eso y bucear entre las piernas de Ana.

Ya sabes, cierra los ojos y “verás de nuevo el valle melodioso / rezumando verdores, / y el antiguo espesor de los carballos (…)”. Y verás que a pesar de todo la felicidad existe, y que no hace falta ir a Wyoming, y que va más allá de los suspiros, del dolor y del tono arisco con el que en ocasiones habla su boca. Cuídate mucho amigo mío. Un gran abrazo.

sábado 19 de julio de 2008

Son tantos los milagros


Es hora de subir el toldo. Suena Will you love me tomorrow, de Carole King. La tarde pesa. Abro algunos libros al azar, para cerrarlos con parsimonia. Inclino el cuello hacia atrás en el tiempo. Recuerdos que no tengo, pero que imagino. Mi abuelo Guillermo Urbizu Urreta llevando en bicicleta a mi padre, mostrándole el aire que golpea los chaparros y se arremolina en el rostro de la gente a su paso. El niño que agarra con fuerza la camisa y cuida de no meter los pies en los radios, y escucha atento el corazón de su padre. Todavía. Siempre. “Hijo, ten cuidado, agárrate bien al cariño y mira”. Cada vez que estoy con él encuentro en sus ojos aquel mismo paisaje, y el brillo unánime de la luz, y aquella nieve matutina… Y comprendo su mirada, y esa cierta ausencia de sus manos, y el modo de apurar el cigarrillo. Lleva muchos años sin verle. Muchos años. Un buen día el niño se despertó y el aire no se movía. Salió corriendo al patio de La Gerencia, cogió unas piedras del suelo y apuntó al silencio. No había manera de hacer diana en nada. “¡Papá, papá!”. Y la bicicleta allí, cada vez más quieta… Yo conozco a mi abuelo Guillermo Urbizu Urreta en los silencios de mi padre. Escucho en ellos el alma del tiempo y el ritmo de sus pedaladas. Escucho las caricias en el pelo y los besos inesperados. Por eso cuando estamos mi padre y yo juntos no hablamos mucho. Escuchamos. Pendientes del milagro.

viernes 18 de julio de 2008

El casco budista


Esta es nuestra España. No daba crédito. Y cada vez que lo pienso la carcajada se confunde con una desazón absoluta. Cada vez más absoluta. No puede ser. No puede ser que ocurran cosas así. Habrá sido una broma. Serpiente de verano quizá. Algo de lo que hablar. Algo con lo que entretener al personal. Pero no, ahí estaba la noticia. Cinco minutos de telediario. Con declaraciones muy circunspectas de unos y de otros. En casa dejamos el bocado de filete sobre el plato. Y se hizo la pregunta: - “Papá ¿qué es un mantra y un budista?”.

El asunto -con todos mis ecuménicos respetos- tiene su coña y su esperpento. Dice el director general de tráfico que cualquier idea que ayude a reducir los accidentes de tráfico de personas que circulan en moto “será bien recibida”. Ya saben. Y por lo visto el casco budista les ha parecido una idea genial. Un casco tipo Meteoro, pintado en granate y azafrán, que son los colores de los hábitos que revisten a los susodichos monjes. Y en el interior del casco, en la zona del cogote, un artístico mantra, liberador de tensiones. El motorista en cuestión deberá ir repitiendo dicho estribillo mientras conduce. Om. Supongo. Om.

Desde luego estoy de acuerdo en que hay que librarse del mal karma o de la mala leche, y el mantra más adecuado sería el que eliminara los obstáculos del camino o el que nos ilumine con una velocidad adecuada. Bueno, pues esta era la noticia: un vistoso casco budista y su individualizado mantra. El susodicho director general tiene ya uno. Y supongo le habrá hecho llegar otro al Presidente del Gobierno, tan predispuesto al ingenio y a los ritos.

¡Quién nos lo iba a decir! Tráfico acudiendo al poder espiritual. Muy mal tienen que estar las cosas. O es algún tipo de sarcasmo o chanza. O es que en el equipo del señor director general hay algún devoto de Buda Gautama. Chocante no deja de ser. Pero ya puestos habría que fabricar cascos de todos los colores y religiones. Lo que ya no podría ponerse a la venta es la fe. Y me parece que en estas lides es lo que cuenta. Yo no llevo moto, pero si llevara hay unos cascos aerodinámicos muy monos, con dibujos vegetales o así. Por lo demás me quedo con mi Ángel de la Guarda, que me ha demostrado en sobradas ocasiones su competencia.

jueves 17 de julio de 2008

Dios es mi vida


¿No he visto yo a Jesús Señor nuestro?
SAN PABLO (1ª Carta a los Coríntios 9, 1)




Amo a Dios por encima de todo,
y ni en la soledad estoy solo.
La verdad, me conformo con poco:
no apartar mi vida de sus ojos.

Son casi las doce y es de noche



Que yo ahora, casi a las doce y cansado, me ponga a escribir se me antoja absurdo. Entre otras cosas porque me pierdo unas cuantas páginas de lectura de Thomas Merton y, sobre todo, porque no me acompaña la respiración de Ana mientras se va durmiendo. Además me gusta asomarme de cuando en cuando a la noche, en su costumbrismo de ventanas iluminadas en lo de siempre. La noche como excusa para tener entre mis manos la luna y hacerme un hueco en el artesonado de ese cielo donde tercian algunas nubes. Escribir…, cuando podría estar soñando a pierna suelta. Pero a estas horas por un lado van las palabras y por otro la mirada. O la memoria, o la rosa de los vientos, o las luciérnagas que ahora mismo titilan en el monte Krizevac. Bueno, pues aquí estoy, para escribir a oscuras algún apunte sobre esa luz que rebosa vida. Esa luz adolescente, casi niña, que me llama. Esa luz tan sobrenatural y virgen en medio de las tinieblas. Es de noche, pero no me hace falta ver su dorada aurora para sentir en el alma su presencia. Dan las doce en algún reloj vecino… Queda muy poco tiempo. ¡Para tantas cosas! Y son muchas las horas en las que no haces nada, en las que no rezas el fragor de los árboles o los colores del verano. Asomado a la noche te reconoces desolado por tanta gracia que desperdicias entre pereza y nostalgias. Es momento de acostarte. Las palabras tienen sueño. Puede que por la mañana se entiendan mejor. O quizá no. ¡Qué más da! Silencio. Vale. Y perdonen las molestias.

miércoles 16 de julio de 2008

What crisis?


Pues es fácil de diagnosticar. Usted va a la compra e intenta comprar fruta, por ejemplo. O mejor. Firma su nómina a final de mes y se da cuenta que ganando más que hace medio año le llega hasta el día 20, poco más o menos. Y venga a recurrir a padres y demás familiares. Venga a escribir como un galeote. Los pocos ahorros que había en el banco cubrirán agujeros hasta septiembre u octubre, como mucho. ¿Y después? En una familia no cabe la suspensión de pagos. Cabe la supresión de caprichos (ni chuches, ni prensa, ni cine, ni más rebajas). Te das cuenta de la cantidad de supuestas necesidades que te has ido creando. ¿Bebidas isotónicas? Agua del grifo. ¿Teléfonos móviles? Ni una llamada, y si esto sigue así volveremos al fijo de toda la vida. ¿Un aperitivo? No, gracias, me quita el apetito. Y ni un libro más, lo siento, habrá que releer, o leer los no leídos (dentro de nada hay que pagar una fortuna por los de los colegios). Y donde esté un buen abanico que se quite el aire acondicionado. Y desde luego el coche pasará mucho más tiempo en el garaje. Si es que sigo pagando el garaje. ¿Vacaciones? Vamos a dar la vuelta al mundo en el exótico pueblo de mis abuelos.

Y con todo, cada vez que se habla de crisis, lo primero que me viene a la cabeza no es la carencia de dinero, los precios desorbitados, el rifirrafe de la bolsa o el desastre de la gerencia del Estado. O que los escotes se acentúan y las faldas menguan. La palabra crisis la asocio inmediatamente al alma. Y después a la hambruna intelectual que padecemos. Sí, alma. ¿Que choca decir algo así, que desentonas, que te etiquetan? Pensemos un momento. ¿Qué esperabas? No hay que ser iluso. ¿Y qué es lo que queremos? Ser felices. Pues entonces hay que poner patas arriba las mentiras que nos ofrecen y llevar a sus ultimas consecuencias nuestra creencia. Con exigencia y claridad. Con buena prosa y sin ceder a la adulteración de la verdad. Que digan. Pero yo también digo lo que me da la gana. Y las almas están enfermas de retruécanos y especulaciones, de desengaños y cizaña. What crisis? Lo voy a escribir muy claro, para que nadie se tropiece con las palabras: las almas no podemos vivir sin el amor de Dios. Esa es la verdad desnuda que nos demuda el rostro y que intentamos camuflar de mil formas (desde el acaparamiento de cosas hasta la blasfemia). Pero ni la demagogia ni el iPhone 3G podrán llenar ese vacío. Y lo sabemos.

martes 15 de julio de 2008

Literaturas



Terminas de leer una novela. Punto final. Ahora que ya estabas familiarizado con las idas y venidas de sus personajes, el autor decide que se acabó. Pero tú sigues, e imaginas su prolongación. No puede quedarse así la historia, como dando a entender que hasta ahí, que L. no puede más, medio perdido en mitad de una tierra inhóspita. Debe seguir su camino hacia el norte. Dejar atrás su memoria y cabalgar hacia su esperanza. Un guerrero no se da por vencido así como así. Acompañado siempre por la que ha sido su esposa a lo largo de este viaje. La novela no ha terminado, por más que el autor haya dejado de escribir, escudándose en el manido recurso de un finiquitado manuscrito. El amor de L. por N. sigue latente en mí, lector inconformista. Necesito seguir leyendo sobre esa ternura un tanto primitiva, y sobre su habilidad con la espada. Y me pregunto si en realidad hay algún libro que termine con la última palabra.

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Me pongo a escrutar libros editados este año de los que me haya olvidado. Y detrás de un montón encuentro Conan Doyle, detective. Con el siguiente subtítulo: Los crímenes reales que investigó el creador de Sherlock Holmes. El libro es de Peter Costello, y está editado por Alba, en su colección Oscura. Existen escritores que nunca defraudan, escritores como Arthur Conan Doyle, o Conrad, o Stevenson, o Thomas Mann, o Chejov, o Pío Baroja. Escritores a los que acudes en momentos de apatía o inania estival. En el volumen Conan Doyle, detective encuentro varios papeles y una postal original de principios del XX, que señalaba la página 99. Ahí me quedé. Imagino que otros libros se metieron por medio. La portada refleja a Conan Doyle con la pluma en vilo y con la mirada perdida, a la espera de la expresión adecuada que suscriba la tinta. (De repente se desprende del libro una fotografía de la biblioteca de Javier Marías). Tentaciones me entran de -cuando concluya el libro de Costello- ir al estante donde guardo Todo Sherlock Holmes, editado por Cátedra. Precisamente anoche estuve leyendo con mi hijo pequeño un libro infantil que aconsejo vivamente: Sherlock Holmes y el caso de la joya azul (Lumen), adaptado por Rosa Moya e ilustrado virtuosamente por Roger Olmos.

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De repente me imagino en uno de los últimos pisos de un rascacielos del sky-line de Nueva York. Estoy solo. He debido de ir a parar allí por obra y gracia de algún amigo (no sé si humano o divino). Es un piso no muy grande, habitado por la luz y los libros. La decoración es sobria. Las estanterías no dejan lugar para muchas otras alegrías. Paseo por la casa. En los armarios está mi ropa. En el baño huelo un perfume que reconozco: Estivalia. Sobre una mesilla de noche cinco o seis libros. El primero de todos uno del que por lo visto yo mismo soy autor. Hay un ordenador en cada habitación. Muevo el ratón de uno de ellos y aparece mi blog. La fecha del último post me confunde: 11 de septiembre de 2028. Tengo 65 años. Miro mi reloj. Justo, día 11. ¿Será mi cielo? Más bien creo que es una escapatoria. Contemplo una mesa de trabajo. Folios impresos con correcciones. ¡Es mi letra! Varios libros sobre ella. Me llama la atención una edición de 2008 de Viena, de Eva Menasse. Editorial Lumen. El libro está repleto de anotaciones y post-it, y como muy usado. Hay también fotografías de gente que no conozco. Recuerdo haberlo leído hace tiempo (los libros al cabo de los años adquieren un gran señorío) . Alguien abre la puerta. Es mi mujer. Pregunto: “¿Qué hacemos aquí?”. “¿No lo sabes?”. “Pues no”. “Vinimos a trabajar a Nueva York hace casi veinte años”. “¿Y a qué me dedico?”. “¿Me tomas el pelo?”. “No”. “Te ganas la vida escribiendo y dando conferencias”. Entonces sólo se me ocurre una pregunta: “¿Estás bien de salud?”. “Mejor que nunca”. Me voy retirando hacia una esquina del salón y contemplo la ciudad y el cielo. Ahora mismo no recuerdo nada de mi futuro.

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Me han regalado un libro de Manuel Fernández y González, un escritor del que ya no se acuerda nadie. Lo suyo era la novela por entregas o folletines. Uno de sus secretarios se llamaba Vicente Blasco Ibáñez. El volumen que me han regalado no es ni siquiera un libro completo. Es el tomo primero de El Pastelero de Madrigal (1862), publicado como Folletín de ABC. Lo hojeo y leo algunas páginas. Acojo con ternura tanto el libro como su historia. Alguna editorial tan proclive a publicar esotéricas majaderías contemporáneas podría editar algunas novelas de este escritor sevillano de rancio abolengo literario y prosapia bohemia. No desentonarían para nada.

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¡Qué sol! En las ventanas deslumbra su fulgor, mientras parpadean las persianas.

lunes 14 de julio de 2008

Que si el verano, que si el sopor, que si los hijos



Ya no sabes ni qué hacer. ¿Qué podríamos discurrir hoy? Porque hay una pregunta de los hijos que desespera sobremanera a los padres: “¿Dónde vamos?”. En casa ya no pueden más. Después de unas cuantas tareas veraniegas, el decimocuarto visionado de Yo robot o High school musical, y una partida de ajedrez (o de cartas), hay un motín latente. “¿Dónde vamos, dónde vamos?”. Eso digo yo: ¿Dónde vamos? Y ya vemos que hay unas cuantas expresiones que rehuyen como la peste. Sobre todo: “Vamos de paseo” y “vamos a hacer algunos recados”. Intuyen lo peor. Ir de aquí para allá, sin norte, arrastrando los pies, parándose en mil lugares sin ningún atractivo. Y lo peor de lo peor: las interminables conversaciones con las amigas y amigos que los papis se encuentran por la calle. De nada sirve llamar la atención con gestos horribles y peleas. Ellos -nosotros, los padres- erre que erre, sin ningún síntoma de cansancio. Es demasiado. De pronto un alarido. ¡¿Qué te pasa niño?! La gente se vuelve aterrada. Otro alarido. ¡Dios mío! “Bueno, ya seguiremos hablando, ya ves, los chicos se ponen nerviosos. Dale recuerdos a todos, ya nos llamamos”. Y viene la siguiente escena, que trata de cómo los padres intentan imponer su autoridad a cara de perro: “Pero ¿se puede saber que os pasa?”. Y llegan los matices: “No hay quien haga nada con vosotros, sois una panda de egoístas y maleducados, impresentables…”. Y el remate del drama: “¡Estáis castigados! ¡De por vida!”. Silencio absoluto y la marcha se acelera. Pero siempre hay alguno más temerario, con vocación de héroe de comando, que a los pocos minutos se atreve a exclamar: “Mamá (o papá) ¿dónde vamos?”. ¡Rayos y centellas! Los papis se miran y saben que tienen sólo dos opciones: o seguir con la bronca y el consiguiente orfidal, o inspirar hondo y dar con alguna solución decorosa. No, no, jamás puede ser interpretada como rendición. Más bien como artimaña educativa, un armisticio que obligue a la conversación serena, a planes de agosto, a la confidencia. Habla el padre: “¿Dónde vamos?”. “A merendar en el Burger King, y luego a casa de los yayos”. Se oyen vítores y palmas… “Esperad, esperad, que no he terminado. Porque cuando regresemos a casa veremos en el salón, mientras cenamos un bocata, unos capítulos de Embrujada”. Aquí uno ya se puede encontrar diferentes caras, pero ceden todos. “Y…”. “¿Algo más?”. “Pues claro, falta lo más importante”. ¿Qué será, será…? “Después de recoger podemos rezar un par de misterios del Rosario”. “¡¡¡Uffff!!!”. “Si os parece bien, claro está”. “Siempre preguntáis ¿dónde vamos? Cuando la pregunta más acertada sería: ¿dónde queremos ir? Y bueno, estoy esperando, ¿dónde queremos ir?”. “¿Al Cielo?” Exacto, acierto pleno. Con lo cual debemos ser un poquito coherentes. Portarnos bien, hacer nuestro trabajo bien, aprovechar bien las vacaciones, ayudar a los demás y… ¿Y?”. “Y rezar un poco”. "Premio para la señorita. Vamos al Burger". Y el papá susurra a la mamá en un aparte: "Ana, nos quedan pocos años para disfrutar de estos disgustos".

domingo 13 de julio de 2008

Julio de 1990



hacia la luz y hacia la vida
ANTONIO MACHADO



El sol pinta su piel
de luz morena. Se ciñe
a sus formas y brilla
en la crema que acaricia
su espalda y sus piernas.

El bañador es de colores vivos
que se deslizan por el agua
para siempre. Su cuerpo
emerge enjoyado de brillos.

Y feliz vuelve a sumergirse
hacia el fondo azul de julio.

La miro entre líquidas ascuas
de pureza,
ralentizada en la memoria
donde fulge su belleza.

…Emerge de nuevo. ¡Cómo brilla!
La quiero así, mojada de luz y brisa.

Destino: mi vida.

sábado 12 de julio de 2008

C.S. Lewis y otras consideraciones


Intentaré ser breve. Más que nada porque hoy no estoy para muchas historias. Cuitas del verano, supongo, y de la melancolía ambiente. Y no es cosa de quejarme. Que esa es otra. Todo quisque quejándose. A todas horas. ¡Qué amargura Dios mío! Que se callen de una puñetera vez. Toda la vida ha hecho calor en verano, digo yo. ¿Es hoy distinto? Nadie está conforme con lo que tiene y lo que toca. Si hace calor, que hace mucho calor; si frío, no hay quien viva; si no llueve, a aguantar las más lúgubres jeremiadas; y si llueve, casi siempre es demasiado. ¿En qué quedamos? Tendría que haber una meteorología a la carta. Para cada nación, para cada ciudad, para cada pueblo de más de cincuenta almas. No sé como a Dios se le pudo pasar esto. Y aun así no se pondrían de acuerdo. Estoy seguro.

Pero bueno yo quería hablar de otra cuestión. Ayer fuimos a ver Las crónicas de Narnia, en su episodio de El Príncipe Caspian. Lewis, que fue quien se imaginó todo ese mundo, fue un escritor excepcional. ¡Es un escritor excepcional! La buena adaptación de la película permite ver sólo un atisbo de su grandeza. Hay que leer el libro, y toda la saga, para hacerse una idea más ajustada. El colorín de los fotogramas puede que nos deslumbre demasiado y perdamos la perspectiva adecuada. Su profundidad. ¿Es sólo una serie de historias para niños? La figura de Cristo está presente en cada pasaje. Aslan le representa. Es el león de Judá. Dice la pequeña Lucy en un determinado pasaje: -“Yo te vi, pero no quisieron creerme”.

La película es buena. Y sobre todo resultará provechosa si sirve de acicate y hacen la prueba de leer la literatura de C.S. Lewis. Y de reflexionar con ella. Por ejemplo, su conversión del ateismo al cristianismo narrado en Cautivado por la alegría (Encuentro). O el nunca suficientemente alabado Cartas del diablo a su sobrino y su continuación El diablo propone un brindis (Rialp). O Una pena en observación (Anagrama), en la que se basó el film Tierras de penumbra. O el breve y jugoso ensayo La abolición del hombre -editado por Encuentro-, donde sintetiza magistralmente nuestro mundo de ahora mismo, ese que sale en los periódicos de hoy, y de mañana. O una de las mejores y menos leídas de sus obras: la novela alegórica Mientras no tengamos rostro (Rialp). Si leemos algunos de estos títulos -u otros que no cito- veremos con mayor nitidez su envergadura intelectual y literaria, su talla espiritual. Y Narnia y sus personajes adquirirán ante nuestros ojos nuevos y soberbios matices. Compruébenlo. Clive Staples Lewis es uno de los más grandes escritores británicos.

viernes 11 de julio de 2008

Los libros que estoy leyendo


Un amigo me ha escrito un correo con una única cuestión. Quiere saber el libro o los libros que estoy leyendo estos días. “Tengo esa gran curiosidad”, dice. Resulta sosprendente. Quiero decir que me parece que todos los que somos lectores en ebullición, tenemos ese tipo de curiosidades. Pues eso, saber los libros que está leyendo alguien, saber sus preferencias, poder ver su biblioteca… Ese tipo de cosas que a cualquier otra persona le puede resultar absurda, pero para los que leemos es algo innato, natural. Entrar en casa de Mengano y hacer oídos sordos al protocolo social, para de inmediato ir hacia la biblioteca y, con un ligero ángulo de cabeza, ir recorriendo con mirada sagaz los diferentes estantes. Y de cuando en cuando sacar un libro con exquisito tacto y pensar que ese libro… Mejor no lo digo. Pero sí, es palpable esa curiosidad que nos atrae como un imán. Por eso no me extraña que Fulano haga lo propio en mi casa, o que Zutano quiera saber los libros que llevo en la cartera -¡ay, esta columna!- o los que se encuentran sobre mi escritorio.

Como señaladores de páginas utilizo postales, entradas de cine, fotografías, piadosas estampas, cartas de amigos, invitaciones varias, sobres de facturas, poemas o hasta alguna hoja de magnolio. Pero tengo una peculiaridad: pese a que mi memoria anda tullida y mi despiste vital es considerable, recuerdo la página exacta donde queda suspendida mi lectura. Y considerando que leo seis o siete libros a la vez, la hazaña no está mal (cada uno presume de lo que puede). Y me gusta guardar entre las páginas de los libros que leo aquello que de pronto siento que querría recordar dentro de unos años, o lo que me gustaría que cualquiera de mis hijos encontrara allí durante su futura lectura. “Mira esta nota, es de papá”. “¿Qué pone?”. “Dice: ‘Esta novela es entretenida, doy fe, pero pienso para qué narices la estoy leyendo, cuando debería hacer las paces con Ana y salir de tiendas. Ella hará acopio de zapatos y camisas (buenas ofertas), y yo me dedicaré a observar sus gestos, por mínimos que sean. Puede que me cueste, pero la felicidad requiere esfuerzo. Y para que conste lo escribo aquí, y lo firmo’”.

Los libros deben tener señales de vida. De nuestra vida. Deberían ser como un archivo en donde estuvieran cifrados los avatares de esos días (y noches) en los que nos han acompañado. Hace unos meses encontré por casa un libro que no recuerdo. Ah, sí, era una edición de Los Baroja, de Julio Caro Baroja (Taurus), posiblemente el libro que más veces he leído. Tanto, que hace años tuve que encuadernarlo. Está decorado con dibujos de mis hijos, y también con otros míos. Puristas habrá que piensen que esto es una falta de decoro o respeto. Yo no lo creo. Al contrario. Me quedé embobado en los trazos ingenuos de sus pinturas niñas, y en las fechas. Pensaba en Jaime cuando tenía seis años… No leí nada, y olvidé el asunto que me llevaba hacia esa determinada estantería. E imaginaba no la nostalgia, no, imaginaba aquello que fundamenta la alegría y el sentido de mi vida. Seamos sinceros: por más libros primorosos que tengamos y leamos, por más distinciones y títulos, por más coches, por más casas y jardines o millones en el banco, si carecemos del amor de los nuestros de nada nos valdría. Absolutamente de nada. ¡Qué fracaso tan enorme sería!

Pero bueno, amigo, vamos a satisfacer esa curiosidad tuya. El libro con el que más tiempo llevo trajinando es con el último de poesía que ha publicado Antonio Colinas: Desiertos de la luz (Tusquets). Desiertos. No es un lugar, es un estado del alma. Aridez y espejismos. Instantes donde el consuelo humano quiebra. Y por esa grieta o fisura, por el misterio de ese dolor que no entendemos, aflora una claridad deslumbrante. “Finitud infinita”, trascendencia reflejada en el agua o en la música. Tierra santa. Versos que respiran nuestras vidas. Contemplación y adentramiento. El no amor es el no saber. Ante la desacralización y la impiedad, ante el odio y la injusticia, el poeta levanta sus palabras. Busca sembrar la armonía, busca a Dios en el silencio. Tradición órfica, mística y romántica. Vida y luz. Luz de vida. Sobriedad expresiva, existencialismo espiritual. Gran poesía. Constante reflexión e interiorización de la realidad. Antonio Colinas. Desiertos de la luz. Plenitud de la palabra. Y del silencio. ¡Qué gran poeta!

Este verano pienso releer tres obras cumbre de Dostoievski. Memorias del subsuelo, Crimen y castigo, y Los hermanos Karamazov. ¿La razón? Porque quiero curarme de literatura pedestre e ir al fondo del alma. Y para ello he escogido la edición que de las tres tiene publicadas Cátedra. Son más cómodas para ir de aquí para allá. Y he comenzado con Memorias del subsuelo, en la traducción de Bela Martinova. Y también estoy leyendo las Cinco grandes odas, de Paul Claudel (Siglo XXI), traducidas por Miguel Ángel Flores. Claudel, ese tipo que con 18 años y a falta de otra cosa en la que entretenerse puso rumbo a la catedral de Notre-Dame. Navidad de 1886. De pronto el coro entona el Magnificat. Desde ese momento todo fue distinto en su vida, y por lo tanto en su obra. “En ese instante mi corazón fue tocado y creí. Es verdad. Dios existe, está allí. Es un ser tan personal como yo. Él me ama y me convoca”. Las Cinco grandes odas son un texto mayor de la literatura universal. Equiparables a los Cuatro cuartetos de Eliot, a las Hojas de hierba de Whitman o a las Elegías del Duino de Rilke. Su obra poética, dramática y ensayística es un constante diálogo con Dios. Con vehemente pasión. Impresionante. Desde aquí sugiero a los más inteligentes editores que se atrevan a reeditar y a traducir la obra de Paul Claudel. Nos lo estamos perdiendo. Es urgente.

Tengo que terminar, esto se alarga demasiado. Pero antes decir que estoy rematando una novela curiosa. Soldado de Sidón, de Gene Wolfe (La Factoría de Ideas). ¿Fantasía? Desde luego. Pero algo más. Un soldado romano llamado Lucius perdido en el Egipto más profundo. Un soldado hábil con su espada Falcata, un soldado que cada mañana no recuerda nada del pasado. Para ello tiene que leer lo que ha escrito el día anterior. Nada que no esté escrito es recordado. La primera parte de la novela es más mortecina, cuesta entrar en el imaginario mágico de este autor y de esta aventura que nos lleva por el Nilo hacia el Sur de Egipto y más allá de la Tierra roja. Pero no he dejado de leerla (no es mala señal). Otro libro que estoy leyendo (y contemplando) trata sobre la pintura expresionista. Ese mundo de color y formas donde el artista intenta expresar no tanto la realidad de su entorno como el sentimiento que le conmociona. Ese impacto de colores y alma, esa angustia de una sociedad que le asfixia. Expresionistas (Electa) es un librito donde uno recrea algo más que la vista. Las cosas se distorsionan, moldeadas por el dolor y la soledad del hombre moderno. La clave ya estaba en Goya.

Y voy por la mitad de Amor en las ruinas, de Walter Percy (Ciudadela). Un autor del que desconocía todo y del que ahora me interesa todo. ¿Qué cómo hago para leer tanto a la vez? Costumbres. Siempre un libro va conmigo, y no pierdo ni un minuto en la televisión o en conversaciones ambiguas. Salvando eurocopas, nadales y alguna peli con mis hijos.

PD. Se me olvidaba. Acabo de comenzar a leer la última novela del narrador español que más me ha interesado después de Enrique Vila-Matas. Me refiero a Pablo d’Ors. Su Lecciones de ilusión (Anagrama) promete. La rasmia, inteligencia y sensibilidad de su prosa es omnívora. Lean, lean El estupor y la maravilla (Pre-textos), su anterior novela. Me tengo que poner al día con la obra de este tipo.

jueves 10 de julio de 2008

Libros por doquier


Para Mercedes Castro,
a la que se le acumulan los libros que quiere leer



Cuando rezamos hablamos con Dios, pero cuando leemos es Dios quien habla con nosotros
SAN AGUSTÍN




Los libros que he leído, los libros que estoy leyendo y los libros que quiero leer. Los libros que no voy a leer y los libros que he releído. Los libros que miro todos los días y los libros que he olvidado (la mayoría). Los libros que de pronto reencuentro en una librería y los libros que me regalan sus autores (con la debida cortesía). Los libros llenos de recortes de prensa y los libros subrayados minuciosamente. Los libros que pertenecieron a otras personas y los libros que me gustaría haber escrito (por ejemplo Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino). Los libros que considero cruciales durante unas semanas y los libros a los que más veces he pedido ayuda. Los libros editados antes de mil novecientos y los libros en los que lo mejor de todo es la portada. Los libros que he leído de madrugada y los libros que nunca he concluido. Los libros que han viajado conmigo y los libros que jamás han salido de mi casa. Los libros encuadernados en el Monasterio de Santa Lucía (Montaigne, Lope, Cernuda, Borges, Guillén o Salinas -entre otros-) y los libros que me acompañan desde la adolescencia. Los libros que leería de nuevo ahora mismo (El contenido del corazón, de Luis Rosales) y los libros que guardo con más mimo. Los libros que vienen de Córdoba o Méjico y los libros que proceden del rastro del tiempo. Los libros que no encuentro cuando quiero leerlos y los libros que desconocía obraban en mi poder. Los libros que están perfectamente ubicados y los libros que se amontonan sin remedio en cualquier lugar. Los libros que espero sean escritos algún día por mis amigos y los libros que en cuanto me despisto esconde mi mujer (por dejarlos fuera de su sitio). Los libros que he comprado en las estaciones del tren y los libros que perdí... Los libros que leí durante los veranos y los libros que he leído y leo en el cuarto de baño. Los libros hurtados sin querer y los libros que hace muchos años alguien me prestó. Los libros con los que sueño fantasías bibliófilas (el último: Firmin, de Sam Savage y antes de él Diario de lecturas, de Alberto Manguel) y los libros que me enseñan un poco más de la intimidad de Dios. En fin, libros por doquier; los libros de mi vida.

miércoles 9 de julio de 2008

Soliloquio de Miguel de Unamuno poco antes de dormir su última noche


(Salamanca, 30 de diciembre de 1936)



¿Dónde estoy cuando duermo?
¿Dónde está mi pensamiento?
¿Dónde mi corazón y el alma?
Quisiera ser más consciente de mi vida.
De toda. Completa. No sólo de una orilla.
Dicen que respiro y que incluso hablo en sueños.
Pero mi desazón es que no recuerdo nada
y que por la mañana las cosas son todas nuevas.
Hay algo en mí que durante unas horas es ausencia,
que mientras yo duermo se despierta.
Y eso me inquieta, aunque no lo temo,
porque es imagen de la muerte.

No me gusta desconocer lo que pienso
(o amo) cuando se aletarga mi consciencia.
¿Alguien sabe dónde estoy cuando duermo?
¿Con quién hablo, a dónde viajo?
Quisiera saber el destino de ese viaje. O el confín
de lo que pienso sin darme cuenta. (Si es que pienso).
¿Dónde está la certeza en ese momento? ¿Y la duda?
Eso es lo peor de todo:
que no eres consciente y duermes solo.

Yaces, simplemente.
Y resucitas cada día.

martes 8 de julio de 2008

Ensueño de Acapulco


De nuevo en la playa pasea
tu alma sosegada.
Pisas la arena, cansada
entornas los ojos
y las pestañas se traban al trasluz de la belleza.

¡Qué gozo volver a soñar
tus sueños! Contigo.
Sólo tu amor y el agua,
como en el poema de Pablo García Baena.

El océano salpica entre palmeras
la brisa de Acapulco.
Y te dedicas al extraño arte
de acariciar las olas.
En una de ellas te espera Dios,
eterno niño,
que busca la plegaria de tus manos.

¡Qué calma la del océano manso de julio,
tan pródigo en pífanos y prodigios!
Te recuerda a algunas pinturas de Félix Vallotton,
donde el ocaso
se funde en verdes, naranjas y amarillos.

Y las palabras sólo son la espuma...

Carta a una amiga necesitada




Querida C...:

Lo primero de todo: perdona el retraso. Pero es que -siempre los “peros”- quería contestarte como Dios manda, dedicándote el tiempo que mereces y con mis cinco sentidos puestos en esta carta. He releído muchas veces lo que me escribiste el pasado jueves. Muchas. Y cada vez que te leía sentía pues lo de siempre: la impotencia. Y la distancia. El cariño siempre necesita de la presencia de la persona querida. Pero ya ves, me tengo que arreglar con estas pocas palabras. Y lanzarlas con fuerza hacia ti, para que lleguen y las recojas con mucha comprensión. Las palabras por si solas son muy poca cosa, ya lo sabes. Cuenta el amor que las dibuja, y el alma que las impulsa.

El caso es que vas a ser mamá dentro de nada. Por segunda vez. ¡Y otra niña! Imagino la felicidad de B... con su hermanita. Y la tuya, y la de tu marido. Y la de toda esa gran familia que son tus padres y hermanos. Pero estás inquieta y tienes miedo. Lo veo claro: la niña que está en tu vientre ha salido a ti, pues también anda nerviosa por abrazarte y ver la luz de tu sonrisa. Y tanto ir de aquí para allá en tu seno ha logrado que el médico considere que su posición requiere cesárea. Y fíjate el detalle, te ha dado hora y todo: el 21 de julio. Ese será el día en el que veas por fin a tu segunda niña. Y la beses y la acaricies y le cantes y le digas. ¿Te imaginas? Será el Cielo.

Quisiera que dejaras de preocuparte. ¿Miedo tú, princesa mejicana? Imposible. Y enseguida se la ofreces a la Virgen de Guadalupe. Recuerda el Salmo XXV:

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?

C…, no temas nada. Porque nada puede temer un hijo de Dios. Y tú eres una de sus hijas más pequeñas y queridas. Digamos que lo sé de buena fuente. Ah, se me olvidaba. ¿Y el nombre de la criatura? Sí, ya, corre a cargo de su hermana mayor, me lo dijiste. Pero dile a B... que se tiene que decidir rápido, para poder piropearla a conciencia y que la niña sepa su nombre de una vez y reconozca vuestra voz, y con la voz y el nombre la identidad de su familia. Y la ternura.

Me escribes en tu carta sobre otra gran preocupación. Una persona muy cercana a ti lo está pasando realmente mal a causa de una compañera de trabajo que le ocasiona trastorno espiritual, físico y desesperación. Y para remediarlo ha acudido a una señora que me dices realiza “limpias espirituales”. Querida amiga, en estos asuntos anda siempre de por medio el demonio. Puede servirse de esa compañera de trabajo para encadenar su alma, para sembrar en ella un poso de creciente angustia y desesperanza. Vivimos tiempos de hechicerías, cartas astrológicas, posos de café, adivinos, sectas, espiritismos, horóscopos, augurios, cábalas y demás quiromancias. Como puedes ver un progreso de lo más sensato y razonable. Y es que perder de vista a Dios y comenzar a creer en vacíos histrionismos es todo uno. Pero hay que andar con ojo.

Amiga mía, como ya sabes que soy amigo de versos, sabrás perdonarme si te cito ahora un par de ellos de un poeta francés llamado Paul Claudel. Vienen a cuento. Dicen:

Así todos estos habladores de palabras con el exceso de sus adjetivos se han hecho monstruos sin sustancia,
Más huecos que Moloch, devoradores de niños, más crueles y odiosos que Moloch.

Y Satán los posee y arrastra a los que le siguen la conversación a un cúmulo de mentiras y aquelarres. Y se pierde la paz, y la alegría. Y el sentido común. Esa persona cercana a ti debe alejarse a toda prisa de esa señora y confiar su desasosiego y angustia a un sacerdote de Cristo. A él es a quien debe confiar su desesperación. Y al mismo tiempo tú reza con ella y por ella. Esto que me cuentas no es ninguna tontería y me lo tomo muy en serio. El demonio existe, y blasfema y gruñe a nuestro alrededor, y se sirve de nuestra falta de fe para lanzar sus zarpas, para atormentarnos y arrebatarnos el alma. Es urgente que esa persona cercana a ti -y a la que yo quiero tanto- se confiese y comulgue, que crezca en piedad cristiana, y no suelte el Rosario de su mano. Dile que estoy muy cerca de ella, y dile que me escriba.

Todo irá bien C..., para eso están los amigos, ¿no? Besos. Y recuerdos a todos.

lunes 7 de julio de 2008

De noche



Cuando uno ha conocido el sentido de la contemplación,
intuitiva y espontáneamente busca el sendero oscuro
y desconocido de la aridez con preferencia a ningún otro.
THOMAS MERTON, “La oración contemplativa” (cap.XV)




Abrir los ojos de madrugada
y no ver nada...

¡Qué sed da la noche!

Levantarse a oscuras,
como un idiota buscar las gafas
y caer en la cuenta de que no estás solo.

Tantear el armario, la felicidad y las paredes.
Y tropezar con un poso de melancolía
en medio del pasillo.

¿Y después? Lo mejor de todo.
Sentado en el sofá
contemplar de memoria a Dios
sin esperar nada.

¡Qué sed da la noche!

Y aprietas contra el pecho lo invisible.
Y lo amas.

domingo 6 de julio de 2008

De compras y demás quitapesares


Escucho el rumor de las prendas y miro cómo oscilan los colores en sus perchas. Chaquetas, blusas, pantalones, faldas y camisas se despliegan de pronto entre tus manos. Indagas precios y tallas, y la textura que acaricias curiosa. Me pides que te ayude, que busque la chaqueta exacta. Pero yo sólo puedo darte un beso, o una sonrisa. No me pidas más. Insistes: ¿te gusta? ¡Qué cosas tienes! ¿Cómo no me va a gustar? Lo dices por llevarme la corriente. Que no, que no, que es perfecta, y blanca… Cómprala. Es la chaqueta que buscabas. Pero es cara. Te la regalo por santa Ana. No, espera, veamos otros modelos. ¿Por? Hay que encontrar el chollo. ¡Dios! ¿Qué pasa? Nada, que son las ocho y cuarto. ¿Y? Mejor te espero allí sentado. Y después de obligado suspiro, miro a las jóvenes dependientas que no paran. Saco un papel del bolsillo y escribo un par de frases que no importan. Pero prefiero mirar el torbellino de prendas, manos y colores. Me incorporo y comienzo a pasear entre los pasillos. ¿Desea algo? Nada, gracias, miro. ¡Si supiera ella lo que de verdad deseo! Deseo meterme en la bañera con la poesía de Hilda Doolittle (que fue amante de Ezra Pound) y hacer una lectura ponderada de la vida. Sé de memoria el poema que comienza así: “Cada hora, cada momento / posee su propio ángel de la guarda (…)”. Desde luego mi ángel está aquí. Me precede. ¿Necesitará realmente ninguna de estas mujeres la ropa que compra? Más bien creo que son quitapesares, una forma de olvido. Hola de nuevo cariño. ¿Has encontrado algo adecuado? Si hubiera venido sola quizá me hubiera comprado una camisa que me ha gustado. Y sonríe maliciosa. Por fin la calle, y la brisa. De su mano.

sábado 5 de julio de 2008

Edward Hopper


Del primer cuadro de Edward Hopper que tengo conciencia es de Grupo de gente al sol, pintado en 1960 (esto lo supe más tarde). Era verano, como cuando escribo estas líneas, y era en una casa que pertenece a la familia de mi padre. Recuerdo las parras con la uva muy verde, recuerdo la fachada encalada de blanquísima luz, recuerdo a los adultos entre aburridas conversaciones, recuerdo el paso del tren mientras comía carne de membrillo en la merienda. Y recuerdo perfectamente los dibujos del hule que cubría la mesa de la cocina. Me gustaba escudriñar los rincones de la casa de tres plantas. Investigué hasta el último cajón del último armario. Nada me saciaba. La primera sorpresa la encontré en uno de esos armarios, lleno a rebosar de antiguos ejemplares de Blanco y Negro, ABC y Sábado gráfico (también cartas y postales). Mi curiosidad se envalentonaba buscando fotografías y dibujos. Reyes y reinas, la sangría de la Gran Guerra, señoritas insinuantes, chistes, viajes de grandes exploradores, animales salvajes… Y aquella imagen de León Tolstoi en medio de un bosque nevado. No tenía tiempo ni ganas de detenerme en los textos. Todavía.

¿Qué por qué cuento todo esto? Pues no lo sé muy bien. ¿Y qué tiene que ver con la pintura de Hopper? Pues… quizá los tonos de la luz y mi soledad de niño en medio de aquella expectativa. Y porque en una de aquellas publicaciones -¿o era en una postal?- aparecieron de pronto todos esos señores sentados al sol que parecían esperar algo -como yo- o estar escuchando a alguien. Pensé que deberían estar sudando bastante y que estaban muy serios. ¿Qué hacían allí? ¿Y el señor que estaba detrás leyendo? Era misteriosa esa pintura. ¿Qué habría más allá de aquellas montañas? Y no me he olvidado desde entonces de un escritor llamado Tolstoi y de un pintor llamado Hopper. (Ahora que contemplo el cuadro, el fondo me parece un trampantojo, la luz proyectada por un foco y los personajes gente sin vida, quizá muñecos de la rutina, excepto el que está leyendo, que refleja una dimensión distinta).

Sí, fue mi primer contacto con la obra de Hopper, no he podido olvidarlo. Desde entonces he pasado muchas horas contemplando sus cuadros, escudriñando en ellos la condición del ser humano, la mía propia. Reflejan situaciones de provisionalidad. La vida como viaje y como espera, como instante donde uno cavila sobre su esperanza, sobre su destino. Hopper es un pintor existencial e intimista. Quizá al hombre le salva la cultura y la posibilidad de transformar en arte lo más prosaico. O su angustia. Esa luz de sus cuadros que da forma a profundas emociones (esa luz que muchos de sus personajes miran). Su estética se fundamenta en su propia memoria de las cosas. Es la vida interior y su resistencia al olvido. Es ese desasosiego en el que tantas veces nos quedamos quietos. Y solos.

El libro Hopper, de Mark Strand (Lumen) es mucho más que una descripción de la obra del pintor de Nyack (1882-1967). Es la obra de un poeta que percibe con perspicaz agudeza la sensibilidad poética y cromática de Hopper. No se limita a describir los cuadros. Nos adentra en su interior, en esa realidad de luces y sombras, en esa cosmovisión del hombre y del mundo ante la que el espectador se conmueve sin remedio. Porque el pintor lo que en definitiva trata de encontrar es el sentido de lo que pasa. Y lo primero que pasa es el tiempo. Y con el tiempo esa sensación como de ensalmo y desamparo.

He leído con creciente asombro este libro. Un hallazgo para leer y contemplar, para sentir y pensar. Y me convenzo un poco más: ¡qué importante es que aprendamos a demorarnos en lo que nuestros ojos miran! Sin prisas, sin frivolidad. En esa demora es posible encontrar el origen de esa luz que ilumina el cuadro de nuestra existencia. Y ver.

viernes 4 de julio de 2008

Un fiasco de la Fnac


Siempre he sido un enamorado de los Fnac. Ciudad a la que iba, ciudad en la que inmediatamente preguntaba si en su seno se ubicaba alguna de sus tiendas. No se pueden imaginar -o quizá si- lo que supone para un pirado de los libros dichos lugares. (Dejo para otros la música, las películas y la tecnología, que también tienen cabida allí). Entras y ya estás en tu oasis, y comienzas a curiosear los anaqueles y las mesas. Tomas el volumen de la Poesía de Dámaso Alonso, que por fin ha reeditado Gredos. Y te sientas al pie de una palmera de dicho oasis, o estantería. Y puede que esa chica que busca en cuclillas vete tú a saber qué libro, se siente a tu lado al cabo de un rato. Y puede que hasta te pregunte si conoces alguna buena edición de La montaña mágica, de Thomas Mann. Sucedió, no me lo invento. (La de Edhasa por supuesto, en la traducción de Isabel García Adánez, eso respondiste).

Se estaba muy bien en los Fnac. Allí encontré refugio del frío y del calor, del tedio y de la lluvia. O ibas en familia a curiosear sin rumbo fijo, a la vuelta de algún paseo o de la misa del domingo. ¡Qué tropa! Cada uno en una esquina. Entre El Capitán América, Astérix en la India, el Barco de Vapor, Conan de Cimmeria (la edición de Timunmas es magnífica) y las últimas novelas publicadas, o los últimos versos que destilan los poetas. He comprado allí bastantes libros, he tomado notas, he ojeado sin prisa multitud de títulos, y he presentado en sociedad los de algunos amigos que me lo han pedido. Un sitio agradable, vaya, con unos empleados modelo, que saben de lo que hablan, lo que hoy en día casi es un milagro.

Pero se acabó el idilio. Se acabó lo que se daba. Fue bonito mientras duró. Tendré que optar, por ejemplo, por "La casa del libro". Sé que habrá personas que me tildarán de exagerado y trapisondista ultracatólico. Que por favor, que somos personas adultas, que... Pero bueno, la vida es una continua elección, y yo elijo ser coherente con mi creencia, que es la manera que yo tengo de ser feliz. Lo fácil sería volver la vista y seguir leyendo -es uno de los libros que llevo entre manos- el segundo volumen de La sabiduría griega (textos presocráticos editados por Trotta) como si nada, sin dejar de comprar allí. Ya saben: todo es relativo. Y no. Hay cosas en las que no se puede ceder. O eso o ser un pelele más, muy a la moda eso sí. Que no, que ya está bien. Si la Fnac apuesta por poner su logo y colaborar de la forma que sea en un festival de cine pornográfico, son libres de hacerlo. Ellos verán en el berenjenal en el que se meten. Desde luego de excelencia intelectual nada de nada, que es donde siempre han estado. Me da mucha pena. Porque pierdo un oasis, un lugar donde reponerme de la medianía. Y no saben cómo lo siento.

Que conste: el sexo no me asusta, es más, me gusta. Eso sí, con mi mujer. No me escandaliza ya nada y no soy ningún puritano ni me considero mejor que los demás. Pero precisamente porque me gusta sé que su clímax se alcanza en la intimidad de la ternura y no en el dispendio animal.

jueves 3 de julio de 2008

Palabras de verano


Para Rocío León



Con este calor lo que de verdad me llama
es zambullir mis palabras en el agua,
o dorarlas al sol contemplando el femenino
encanto del verano.

Ahí, recostadas en la hierba, en la hamaca
o en el arco iris de la toalla.
Y mirarlas.
No hace falta que digan nada.
Así, calladas.

Me gusta verlas al borde de la piscina,
con las sílabas de sus pies dibujando travesuras
en el reflejo azul y en las nubes.
Y de pronto un chapuzón, sumergidas
en el transparente significado del idioma.

Juegan con el embeleso de las gotas de luz,
a braza o de espaldas. El agua
se ciñe a la sintaxis de sus cuerpos.
Y pronuncias su fuego con tu lengua.

Las ves en el pausado devenir de las ondas,
las ves inflamadas de nostalgia,
las ves ebrias de gemas
en el líquido abanico de la ducha.

Son las palabras,
y esas gráciles piernas
que impulsan mi alma hacia entonces.

Miradlas bien, con ese pelo color tinta
o ese otro que resbala
por sus hombros como ascua.

La poesía es esto: un fogonazo de vida.

miércoles 2 de julio de 2008

¿Para qué sirven las listas de libros más vendidos?


Pues no sé muy bien. Tengo tantas cosas en la cabeza -o eso creo- que no es un tema que me apasione ahora en exceso. Los hijos se van de campamentos (algo se nos olvida, seguro), médicos, el trabajo se acelera, me duele en el costado, la pedeá me avisa de citas ineludibles… Al final lo que haré será mandar todo a paseo e irme a comer con mi mujer a un lugar donde el frío sea escandaloso. Porque llevo mal lo de no pegar ojo. Por el calor, digo.

Y para colmo el calor siempre lleva aparejados unos ingredientes fijos: un poco de apatía, pereza abundante, una pizca de indiferencia, algo de melancolía, una imaginación desbordante, y un constante sueño que desmenuza las horas en bostezos. Lo confieso: no estoy para muchos libros. Pero leo. Será cosa del hábito, o tal vez que la curiosidad me puede.

¿Los libros más vendidos? Me alegro por ellos. Por los autores. Y aunque de primeras uno sienta un aristocrático rechazo (perdóneme George Steiner), la verdad es que no me importaría estar entre ellos. No tanto por el famoseo como por el dinero. No engaño a nadie. Bueno, y por presumir un poco en mi familia y con los amigos. Por fin el peso y el volumen de todos esos miles de libros que se acumulan en mi casa tendrían un sentido más concreto. Y yo podría por fin decir: “¿Veis como sirvo para algo?”.

Supongo que la mercadotecnia o márquetin editorial son los amos del cotarro. Tampoco me parece mal. Es riqueza. Lo malo es que con cierta frecuencia aparecen como bandera libros inverosímiles. Libros que me tengo que leer por oficio y que sería una obra de caridad para el respetable sencillamente obviarlos. Pero estás listas pueden ser útiles en un momento dado, y no hace falta que sea en situaciones desesperadas.

Por ejemplo ahora llega el verano, y todos nos ponemos como locos a recomendar libros a la menor oportunidad (y para ser coherente con el aserto les recomiendo con fervor Un árbol crece en Brooklyn, de Betty Smith, en Debate, y El día de la lechuza, de Leonardo Sciascia, en Tusquets). Pero hay muchas personas -multitudes diría yo- que a los críticos literarios no nos hacen ni caso y se dirigen a las listas de libros más vendidos. Tal vez con sabiduría o con un sentido innato de ir sobre seguro. Viva la libertad. Y entre ellos puedes encontrar alguna joya, como la poesía de Ondulaciones, de José-Miguel Ullan, en Galaxia Gutenberg, o El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza, en Seix-Barral.

¡A propósito! Un lector(a) de mi blog ha creido encontrar por fin a Gurb. Parece que soy yo. Como lo leen. ¿Se acuerdan de Sin noticias de Gurb? Pues miren lo que dice el susodicho o susodicha, para que vean la perspicacia de la gente y su buen humor:

Adoptó, para no llamar a atención de la fauna autóctona (real y potencial) la apariencia de un espécimen humano referencia hxy020563, y se apareó con el resultado de, por ahora, tres pequeños humanoides (por lo menos exteriormente), y las fechas coinciden. Hasta aquí nada sospechoso. Cuando claramente se delata es cuando escribe. Tiene un blog, dice que reza diariamente, y habla de un alma (creo que se refiere a todo lo que somos cuando prescindimos de la realidad corpórea, no recuerdo cómo lo llamaba el jefe de Gurb). Habla también de otro mundo mejor al que quiere ir y donde están seres muy queridos por él. Además creo que está utilizando sus poderes mentales porque más de uno de sus lectores ha confesado sentir adicción a su blog.El nombre que adoptó, porque el suyo resultaría extraño, también le delata: G-uillermo URB-izu”. ¿No resulta conmovedor?

En fin, y siguiendo con las listas, no todo es blanco o negro. Son una forma como otra cualquiera para hacerse con un libro más o menos entretenido. (En todo caso y por si mismas sirven para pasar el rato). La pena es que en ellas creo que no figurará nunca un texto tan excepcional como El pequeño libro de la subversión fuera de sospecha, de Edmond Jabès (Trotta), o la suculenta novela Una mujer en Jerusalén, de Abraham B. Yahoshúa (Anagrama). Aunque, quién sabe, los lectores de a pie tenemos un poder extraordinario.

¡¡A por ellos!!

martes 1 de julio de 2008

Porvenir


Es del pasado el porvenir semblante
MIGUEL DE UNAMUNO


Mi memoria se abre paso hacia el futuro.
Hay algo que se resiste a ser pasado.
Volver a ver el mar por vez primera
y abrazarme de nuevo a las piernas de mi madre.
Excavar en el tiempo con la pala y el rastrillo,
hasta llegar al mismo centro del cariño
y del fuego que es el alma.

Quiero seguir allí por los siglos
de los siglos: niño
que contempla con sed de aventura el horizonte,
que corre y salta por encima de las olas,
y se deja caer exhausto entre los brillos de la espuma.

¡Cómo temblaba el silencio
envuelto en la toalla!
¡Cómo tiemblan mis labios
al pronunciar el rumor de aquellos días de infancia!
¡Cómo tiembla siempre la belleza y su ternura!

No es pasado lo que ahora miro
en este despacho ciego. Veo
mis manos arrastrando la arena,
veo el rostro del cielo en el parpadeo
de la luz… Recojo conchas y palabras
que lavo en la música del mar
o en el amor más pleno.

Y con ellas reconstruyo el infinito
porvenir de mi vida.