Bienvenidos

Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


lunes 30 de junio de 2008

Quiero amor y sufro menosprecio


Algo pasa. Los matrimonios se deshacen como azucarillos en el ácido de la sinrazón y del desasosiego. Ya casi nos hemos acostumbrado. Y actuamos como si todo fuera normal. Cada uno por su sitio y los niños a la consulta del psicólogo. Total, era ya lo mejor. No se hablaban, él la engañaba con otra... En fin, la casuística de rigor.

Uno ya se casa previendo prácticamente su divorcio o separación. Las cosas pueden salir mal, tanto en cuanto yo no voy a estar dispuesto a ceder ni un ápice de mi egotista ubicación. Y se oye hablar de “mi” libertad, de “mis” derechos, de “mi” proyección profesional, de “mi” vida. El mi de lo mío. El yo como ombligo de toda una mezquina cosmovisión.

El matrimonio visto como jerigonza social y cumbre de unas calculadas relaciones congestionadas de sexo e hipotecas (no siempre inmobiliarias). El capricho sustituye al sacrificio, el confort a los hijos y la retórica de mi agrado, placer o satisfacción a la guasa aquella -tan pazguata, piensan- de “hasta que la muerte os separe”.

Y es que los hombres estamos dejando de apreciar las delicias del AMOR con mayúsculas. Preferimos lo sucedáneo, la mentira con apariencia de verdad. Dar la vida por el que amas es una bonita frase, sí, pero poco más. Lo que denominamos amor dura lo que dura la pasión. Porque cuando llega la hora de la verdad esquivamos raudos el compromiso. No vaya a ser que nos complique en exceso.

Amar no es un estado de ánimo, ni una posesión, ni siquiera un sentimiento. Amar es abrazar la voluntad del otro con un piropo, amar significa entregarse hasta la extenuación, amar es olvidarse del propio cuerpo entregando por entero el alma, amar es aprender a ser feliz en una larga instrucción que dura toda la vida.

Pero no nos engañemos, en la raíz de los conflictos matrimoniales hay un profundo olvido de nuestra condición de hijos de Dios. De esa condición trascendente emana todo lo que verdaderamente importa. Tener conciencia de ello implica tratar al otro como lo que es: nuestro camino hacia Dios. Camino de perfección -que diría Santa Teresa-, nunca desgana, desventaja o fraude.

Ya no estamos hablando tan sólo de un estado social o legal, estamos hablando de una vocación, de una llamada específica a la santidad. Cuando se olvida el aspecto sagrado del matrimonio (como el de la vida), nos estamos olvidando de su entraña, de su poesía, de su sentido, de su misión.

Casarse significa creer en la felicidad del hombre. Es más, contraer matrimonio es un acto de creencia, en el que la pedagogía divina se muestra en todo su esplendor. Las contrariedades -con los ojos del alma puestos en Dios- no hacen sino fortalecer esa creencia, esa unidad de hombre y mujer, cuyo prodigio más evidente son los hijos. Con sus risas, chismes y trastadas.

domingo 29 de junio de 2008

¡¡Campeones!!


- Creía que no te gustaba el fútbol.
- Es por España. Y el himno.
- ¿El himno?
- Cuando lo escucho me pongo tierno.
- A mí también me ocurre.
- Y sueño...
- Desde luego, si ganan será un sueño.
- Me siento orgulloso de España.
- Es un gran equipo.
- Me enamora su Historia, y su gente.
- Fíjate en Fernando Torres.
- Fíjate en Pío Baroja.
- ¡Qué filigranas las de Cesc o Villa!
- ¡Qué versos los de Lope o Colinas!
- ¿Y Casillas?
- ¿Y Ortega?
- Hombre, no es lo mismo.
- Ya lo sé, pero me gusta decirlo.
- Es sólo un juego: goles.
- Y algo más.
- ¿El qué?
- La bandera española que ondea en este sueño.
- No todos la quieren.
- Pero es la única en la que caben todos los colores.
- ¿Campeones?
- Campeones.

¿Ser bueno?


Jajajaja. ¡Qué panoli! Lo que tiene que oír uno. Pardillo, pardillo. Jajajaja. Por favor no sigas, calla. ¿Así quieres que evolucionen tus versos? Jajajaja. Que me troncho y me parto. Jajajaja. ¿Sigues creyendo en esas majaderías a tus años? Jajajajaja. Me estás alegrando el día con tu ingenua perorata. Jajajaja. Eso te pasa por leer el Alba y escribir tanto en Catholic punto algo y demás copes. Jajajaja. ¿Cómo voy a hacer de ti un escritor de provecho? No puede ser posible que lo digas en serio. Jajajaja. Ay, ay, ay, tengo espasmos de la risa. Jajajajaja. ¿Ser bueno? ¿De esos alelados que piensan que salvan el mundo de rodillas? Jajajaja. Esas amistades tuyas te están machacando el seso, todos tan píos y escolastos. Jajajaja. Me dejas de piedra chico, con lo despierto que parecías y mira, va a resultar que desperdicias tu vida. Jajajaja. ¿Qué significa ser bueno en nuestros días? No digas nada, yo te lo digo. Ser bueno no significa más que eso: nada. Es pasatiempo necio y un mal asunto para prosperar en las letras. Jajajaja. ¿Cómo dices? ¿Ayudar a los demás? Estás peor de lo que parecía. Guillermo, tío, ¿se puede saber que te pasa? Uf, me has dejado baldado de la carcajada. Ay, déjame tomar un poco de aliento amigo. Oye, ahora de verdad, ¿tan desesperado estás? ¿Ser feliz siendo bueno? Pero si tú y yo somos muy buenas personas. De sobra. Un poco de guasa chico, no fastidies. ¿Dios? Cuando te pones cargante eres lo peor. No, ya no me río. Ser bueno, ser bueno… ¿No sabes contar otra historia? Vete al cuerno y déjame en paz.

sábado 28 de junio de 2008

El librero de Varsovia


El librero de Varsovia, de Michael D. O’Brien. Traducción de Carlos Lagarriga. Editorial LibrosLibres. Madrid, 2008. 527 pp.


Bestseller, bestseller. Batasar Gracián es un bestseller, y Cervantes, y Borges. La necesidad comercial, mediática y académica de etiquetar libros y autores es causa de un simplismo estúpido. A mí por lo menos me lo parece. El librero de Varsovia, de Michael D. O’Brien (LibrosLibres) es mucho más que un bestseller o un libro de acción. O la continuación de El Padre Elías (pienso que habría que leer primero El Librero de Varsovia y luego El Padre Elías, pero supongo que no todos opinarán igual).

El librero de Varsovia -hay que partir de esta premisa si queremos ser justos- es una gran novela. Un libro conmovedor, una continua búsqueda de la redención del ser humano, a través del sufrimiento existencial, del amor a Dios, del perdón y del arte. Asiste el lector a una épica de la desesperanza por parte de Pawel Tarnowski, que reflexiona, e intenta rezar y desasirse de lo vano. Ya casi al final de la novela dirá: “Renuncié a todos los consuelos que los hombres esperan de la vida, y le pedí (a Dios) ser un instrumento para poner buenos libros en manos de la gente, y enriquecer sus vidas por la verdad”. En realidad estamos ante la historia de una conversión.

Pawel Tarnowski. Un ser extremadamente sensible e inseguro. Tímido. Con tres hermanos y con su padre prisionero en Rusia (que regresa más tarde). Piensa que su vida carece de valor para los demás. Muy culto. Gran lector y gran estudiante. Y buen pintor. Ante la incomprensión de su padre decide marcharse a París siendo adolescente. Va perdiendo la fe. Como un trasunto del hijo pródigo se queda sin dinero. Llega a trabajar como modelo desnudo. Gondron -un personaje rico- le aloja en su casa por un año. Pero el respeto y cariño que le manifiesta sólo era una máscara de seducción sexual (pero también algo más, como se verá más tarde). Se hunde. Su arte no es valorado. Vuelve a Polonia. Autodestructivo. Hay un leitmotiv que se repite: se ve a si mismo como una piedra.

En ese momento ocurre un hecho importante en su vida: el encuentro con el Padre Andréi. Le dirá el sacerdote: “El no perdonar nos encierra en la falta de fe”. Otro episodio crucial de la novela sucede durante una visita al Museo Kunsthistorisches de Varsovia. En un "Juicio final" de autoría anónima de finales del XIX descubre un personaje que le parece ser él mismo, y se conmueve y llora, y se encuentra con un anciano que… Pero deben leerlo ustedes, queridos lectores. Todavía me dura la emoción.

Asistimos a una búsqueda desesperada de Dios. Del amor. Una absoluta necesidad de perdón. Pero su vida había sido un desengaño tras otro. Como con el rico Gondron, o con su tío abuelo -al que no puede ni ver-, que será quien le deje en herencia la librería Sofía. O como con el personaje alemán Haftmann, catedrático de literatura, con el que entra en relación en la librería y al que Pawel confiará el manuscrito de su obra teatral en tres actos, Andréi Rubliov, con el consiguiente drama que toca a ustedes descubrir.

Durante toda la novela aparece el personaje David Schäfer (conocido por todos los lectores de El Padre Elías). En El librero de Varsovia se rememora su trayectoria. Porque fue Pawel quien le acogió en su librería, escondiéndolo de los alemanes (1942). Entre los dos personajes se desarrollan unas conversaciones plagadas de confidencias y agudas reflexiones. O'Brien maneja los diálogos como pocos, dando al texto un calado y una credibilidad extraordinarias. Su prosa no desmaya ni agobia.

El amor deja de ser una abstracción y se concreta en la felicidad del perdón. En definitiva, una obra maestra de cadencia dostoievskiana, que merece la atención de todo tipo de lectores. Y una crítica literaria sin prejuicios. Y un lugar en nuestra biblioteca.

Pd. No quisiera dejar de citar un hecho. Un día Pawel entra en una iglesia y ve a una bella joven rezar piadosamente. Esa imagen le impactará de por vida. Es más, durante el desarrollo de la novela va escribiendo algunas cartas maravillosas a Kalia, que es como él la llama.

viernes 27 de junio de 2008

Herramientas de trabajo


Para don Javier Láinez, con agradecimiento


¿Lo primero de todo? El alma. Y una inteligencia presta. Y una voluntad decidida. Es importante la ilusión con la que se afronta la jornada. Pero la ilusión ya no es la misma por un simple dolor de cabeza, o por una discusión cualquiera. Hay que agarrarse a un horario fijo y, en él, evitar las fugas de sueños, y de silencio. Y resistir con entereza los embates del tedio o de la pereza. Ahí, quieto, sujeto a esa vocación por las palabras. Palabras que se inspiran en el amor a los tuyos, palabras que se demoran en la emoción de la vida. Y tu corazón aprende a desvelar la ternura de las cosas. Sin complejos.

Hay que tener paciencia. No sale todo a la primera. El genio suele aparecer después de abundantes horas de trabajo. Y de humildad. Y de espera. (Si aparece). También hay que jugar con los hijos y conversar largo rato con los amigos. Sin perder nada de vista. Todo tiene su importancia. Lo que sea. Unas piernas, un pañuelo, un reflejo, o una gota de lluvia engastada en su pelo. No es cuestión de obsesionarse, o de tomar exhaustivas notas. Tiene que ver más con la intensidad de la mirada. Y con la memoria.

Ese tirabuzón en el aire y esa zambullida, y luego ese cuerpo mojado que va dejando un elástico rastro de alegría. Tú lo miras todo con pasión, porque sabes que no se perderá nada. Ya no sé si es la memoria o es el amor que activa en ti un presente continuo. Porque el trabajo exige un constante enamoramiento. Y de esa forma he llegado a pensar que la eternidad ya la estamos viviendo con los sentidos. Que la belleza es una confidencia que Dios me hace ahora mismo, mientras escribo y veo en la coreografía de la luz su rostro.

Otra cosa es que yo sepa transcribir un ápice de esa claridad. O entienda que las lecturas que me subyugan entre tanta literatura, son almas desnudas, necesitadas -como yo- de piedad y escucha. Podremos disfrazar el trabajo literario de innumerables argumentos, elegías y aventuras, pero en realidad se trata de conocernos, y de vislumbrar en todo ello esa emoción pura que transfigura lo que vemos. Y lo que sentimos. En el pentagrama de los días.

jueves 26 de junio de 2008

El poema perdido



Señores, busqué durante largos veranos
un poema que perdí de niño.
O pudiera ser que lo extraviara en plena adolescencia,
entre la maleza, al arrancar unos juncos junto al río.
Por lo que recuerdo -¡hace tantos años!-
era un poema breve, y tímido.
He vuelto al mismo lugar muchas veces, contigo.
Cuando creían que estaba jugando, o paseando,
o buscando inverosímiles atardeceres,
en realidad estaba… en otro sitio.
Pensaba en el poema perdido. ¡Tenía que estar por allí!
Escarbaba el alma la tierra húmeda,
y en el horizonte seguía el vuelo de las aves.
Una flor cualquiera podría ser el principio. O quizá el viento
me indicara el lugar exacto del primer verso.
O los chopos, que desde su altura
son todo ojos. Y música.

Un día de otoño caí exhausto entre las hojas…
Y lo vi. Sí, estaba allí. Tal y como lo recordaba.
Pero ya no le quedaban palabras.

miércoles 25 de junio de 2008

Buenos días, pureza


Buenos días. Ha comenzado a llover con alborozo. Destiendo la ropa y los sueños. Subo las persianas de la casa y abro alguna ventana. La lluvia huele a gloria bendita. He leído un rato la novela A solas con Nacho, que me regaló su autor, Jaime Esteban Monasterio. Pero me cansa leer con lluvia, y además tengo la sensación de que me estoy perdiendo algo. Ando inquieto desde hace unos días. Sé que resulta una idiotez hablar de uno, pero no hacemos otra cosa. Al menos yo. Darme vueltas y más vueltas en un monótono y constante centrifugado de vanidad. La nostalgia nos destiñe los años. Melancolía delicuescente y casi una tristeza. Digo casi. Y la corriente de agua arrastra los restos de la noche. Un agua callejera y saltimbanqui, que salpica de infancia estas letras. Se asoman las almas en pijama. A los balcones, terrazas y ventanas. Ay, la lluvia nos hace niños, y es que somos extraños a nosotros mismos. Aquella inocencia. Y la pureza… Pureza, ¡qué palabra tan denostada! Dicen que estéticamente es cursi, socialmente extravagante (o friki), y moralmente hipócrita. Propia de gente enferma de variadas neurastenias. Por eso mismo ayer hablé de ella a mi hijo pequeño. Partiendo del sexto. Sí, del sexto mandamiento. Exacto, de la ley de Dios. ¡Válgame Dios que padre más insensato! No aprendo. Pero es que la pureza no es una palabra fascista, ni una filfa propia de seminaristas. Es la visión más perspicaz del alma. Y la más limpia. Es un don. Como esta lluvia, que lava la sordidez y los colores.

martes 24 de junio de 2008

Calor y amapolas blancas



Calor. Habladurías de la meteorología. Una mujer se despereza en la calle. Parece que lloverá en tres días. Dios mediante. Ahora cuidado con las candentes señales de tráfico. Descanso en la umbría de los plátanos. Y un poco más allá distingo la esperanza de una fuente (un periodista me decía no hace mucho que la esperanza es un espejismo, o como mucho una noticia de sucesos). Bostezos al mediodía. Pronunciados escotes en donde se espabila la mirada y se desliza pormenorizadamente el roce del deseo. El frescor de una librería alivia los sueños. Novelas vulgares y de caballerías sexuales (no todas, no todas), libros de alquimia y supersticiones medievales. En un rincón la poesía. Ahora muchos de los versos vienen con aire acondicionado. Y aquí al lado las biografías del tiempo, y la Historia, condimentada con diferentes salsas y aderezos. Y las novedades incipientes del negocio. ¡Qué bien se está aquí! Y compro La isla, de Giani Stuparich. Me cae muy bien Valeria y tengo que hacer un regalo. ¡Espere! Me llevo éste otro. ¿O éste? ¿O los dos? Contemos el dinero. Me llega. Sí, me llevo La isla, Campo de amapolas blancas, de Gonzalo Hidalgo Bayal (me ha gustado tanto que voy a hacer partícipe de mi gozo a una de mis cuñadas) y El caballero de la resignación, de Vintila Horia. El de Vintila para mí. ¿Cómo? No, que digo que… Hasta luego. Calor. El rostro de la belleza adquiere un tono moreno. Y el sol deja las aceras exhaustas. Las almas están en los cines, o buceando en las rebajas. Estoy dando vueltas a las amapolas blancas. Son difíciles de ver. Se esconden cautas a las miradas curiosas, entre quimeras que (casi) siempre resultan imposibles. Felicidad: amapolas blancas, como dice Hidalgo Bayal. La vida pasa y nos deja sólo algunos vestigios de memoria. Esos recuerdos que forman el difumino de un cuadro impresionista, o quizá un pasajero brillo. En la vida hay ocasiones en las que la felicidad parece algo más de lo que resulta ser. ¿Os lo digo? Ayer, mientras nadaba, vi algunos pétalos de amapolas blancas en el agua. ¿O era la espuma de la luz, como canta Jaime Siles? ¿O eran los ojos de aquella niña?

lunes 23 de junio de 2008

El jardín



Para Mayra y Miguel


Me fijo en un rosa de tonos naranjas. Por si sola es el Paraíso, en su densidad de belleza y de promesa que amanece sólo aquí, en la casa de mis amigos. Un coro de amarillos, rojos, blancos y morados. El estallido del piar de unos pájaros que desconozco y que sobrevuelan los tejados. Guismo (un gato persa de mirada metafísica) y la hierba salpicada de tréboles perlados con la luz de unas gotas de agua. La hiedra, que se aferra a mi corazón y recuerda… Y el perfume de aquellas palabras nocturnas, con su sintaxis de luna. Ay, esa rosa que en sus pétalos ígneos florece en una felicidad completa. El jardín, estos pocos metros infinitos. Y las confidencias del alma que cobran forma de flor, de hierba, de hoja o de poema. El gato (gris perla) ronronea taciturno, y se mueve con parsimonia entre mis palabras… ¡Esa rosa, amigos, esa rosa! Hay que creer para verla, hay que mirarla pétalo a pétalo para encontrar en ella el secreto de nuestras vidas: esta fe que alumbra la mañana, el jardín, la casa y la sonrisa de Mayra. ¿Cómo olvidarme? ¿Cómo no celebrar hoy el cumpleaños de Miguel en la ebullición de toda esta gracia? Perdonadme, pero tengo que escribirlo para volver aquí cuando se me antoje. Y sentarme en la misma silla y acariciar de nuevo la hierba con los ojos. Y el mohín radiante de esa rosa.

domingo 22 de junio de 2008

Chateo


- Hola.
- Hola.
- ¿Estás sola?
- Con unos amigos.
- ¿Y?
- ¿Y?
- No sé, tú dirás.
- ¿Yo?
- Claro, tú.
- Pues nada.
- ¿Qué hacéis?
- Juegos.
- ¿Juegos?
- Sí, por hacer algo.
- ¿De mesa?
- No, malabares.
- ¿A qué te refieres?
- Estás celoso.
- Si tú lo dices.
- Segura al ciento por ciento.
- Pero si ni te conozco.
- Eso es lo de menos.
- Eres una ilusión.
- Y tú un gilipollas.
- ¡Me insultas!
- Será una ilusión tuya.
- Empecemos de nuevo.
- Si quieres.
- Hola.
- Hola.
- ¿Estás sola?
- ¡Qué muermo de tío!
- ¿Sí o no?
- ¿Qué te gustaría?
- Que sí.
- Pues no.
- Vaya.
- Lo siento.
- Oye Lucía.
- ¿Quién es Lucía?
- Tú.
- Te recuerdo que soy una ilusión.
- ¿No te llamabas Lucía?
- Esa era una ilusión anterior.
- ¿Y ahora?
- Ahora no sé muy bien lo que soy.
- Desde luego…
- Es un juego chico.
- ¿Cómo lo sabes?
- ¿El qué?
- Que soy un chico.
- Aprendes rápido.
- Intento.
- ¿Un secreto?
- Dime Lucía.
- ¡Qué empeño!
- Lucía.
- Dime Alberto.
- ¿Alberto?
- Sé que eres Alberto.
- Una ilusión quizá.
- No, mi vecino.
- ¿Es otro juego?
- Disimula, disimula.
- Es que me llamo Carlos.
- ¿Estás seguro?
- Creo que sí.
- Pues yo no.
- ¿Cómo?
- Prefiero a Alberto.
- Me da vueltas la cabeza.
- No me extraña.
- Lucía.
- Esto…, se ha ido.
- ¿No eres Lucía?
- Pues no.
- ¿Y cómo puedo estar seguro?
- Porque soy su marido.
- No puede ser.
- Eso me digo yo a veces.
- Es otro juego.
- Si lo quieres ver así.
- ¡Qué tía!
- Cuidado, que es mi mujer.
- Lucía.
- Sí, ella.
- O tú.
- ¿Yo?
- Sí, tú, Lucía.
- Oye.
- Dime Lucía.
- Insisto, soy su marido.
- Eres una ilusión.
- ¡No fastidies!
- Adiós.
- ¿Le digo algo a mi mujer?
- Que no sé quién es.
- Vaya novedad.
- Déjalo. Ciao.
- Pues ciao amigo.

sábado 21 de junio de 2008

Mala leche


Se trata exclusivamente de eso, de mala leche. Única y exclusivamente. Porque a estas alturas eso del laicismo y las puñetas anticlericales suena tan manido que ya resulta cansino. Nos aburrimos todos. ¿No se les ocurren cosas nuevas? Algo más imaginativo, digo. Hombre, tampoco vamos a pedir peras al olmo, ni una excesiva elegancia al que es incapaz de respetar al prójimo, es cierto, pero es que semejante refrito ya hiede, y aquí nadie abre las ventanas.

Insisto. Es mala leche, y un vicio que denota una carencia intelectual preocupante. Si vienen mal dadas pues nada, vamos a proclamar las soflamas de siempre. Total, estos católicos encajan bien y además perdonan. De maravilla para ocultar los problemas, y de paso duro con ellos, pandilla de intransigentes y dogmáticos. No conviene hablar de economía, crisis o recesión. Crisis? What crisis? Pero estos meapilas no tienen ni idea de quién es Supertramp, y si lo saben es igual, a efectos de propaganda la derechona está ayuna de cultura moderna.

Crisis, crisis, crisis. Las familias no llegan a final de mes y aquí no ahorra ni su padre. ¿Cómo ahorrar si tienes que comprar la fruta del rey Midas, pagar la hipoteca o el imprevisto del dentista? Y la luz que no cesa, y los carburantes, y los potitos y pañales, y… Pero esto se arregla, ya les digo, removiendo los conceptos de libertad religiosa y ciscándose en lo más santo. Actualicemos la cosa. En lo público nada de manifestaciones pías. La mala leche es necesaria con estos católicos que no aceptan la pluralidad de opciones. Es que no saben lo que es la democracia y hay que enseñarles.

Y no quedará así. ¡Es tan necesario profundizar en la eutanasia y en el aborto! También en el fenómeno travesti. Y la educación cada vez más boba y analfabeta. Y es que no nos enteramos: el secreto de la crisis económica -o de lo que sea- es siempre de origen Vaticano. Incendiemos de nuevo Roma señores. Y todo solucionado. ¡Qué mala leche! Toda época tiene su Nerón, y su Tigelino. Aunque del trabajo sucio se encargan los cubiculari de turno. Esos "camareros del emperador" o mandamás vigente que van encizañando según convenga. Como ven hay cosas que no pasan de moda.

viernes 20 de junio de 2008

Es la espera


Cuando uno va al médico los nervios suelen templarse con el Hola, el National Geografic o el Telva (o cualquiera de esas publicaciones donde la belleza es notoriamente femenina y se despliega en unas larguísimas piernas). O recuerdas cuando eras niño y leías los tebeos de Rompetechos y Mortadelo. No suele haber periódicos del día, es verdad. Será porque estresan y no conviene endiñar al paciente la recesión económica o demás desinencias políticas. Escuchas cuchicheos y cómo pasan las páginas de las revistas esos dedos inquietos. Es la espera. Y su cómputo. “¿Es usted de las cuatro?”. “No, de las cuatro y media”. “Bueno, paciencia”. “Demasiada tengo, no se crea”. “¿Le ocurre algo?”. “Yo soy de las cuatro menos cuarto -tercia un joven-, ahora me toca a mí”. “¿Seguro?”. “Seguro señora, pero si le hace ilusión le dejo pasar primero”. “No, no, hijo pasa tú, faltaría más”. “Okay”. “¿Cómo dices?”. “Que de acuerdo, que paso yo”. “Pues lo que le decía, querida, paciencia mucha, porque estoy muy enferma y lo hago todo en casa y…”. Algunas miradas se pierden en algún lugar indefinido. ¿Qué pensarán? Quizá anden ensimismadas en esa angustia que le oprime el pecho, o en la impotencia de su vida (todos la sentimos). Hay rostros circunspectos y serios, y otros mirando muy de cerca el sueño. A mi lado una chica se abanica -me quedo mirando el vaivén de su pelo- y un poco más allá un piadoso caballero reza con discreción el rosario (va pasando las cuentas y yo me asomo a un par de avemarías). Sólo hay dos personas en toda la sala que estén leyendo un libro. Una madre y su hijo. Creo que son los únicos a los que nos les importaría esperar lo que hiciera falta. Me cambio de sitio sólo para averiguar los títulos. No lo puedo evitar, tengo que saberlo. Un momento... Ya está, objetivo conseguido. La madre lee Cometas en el cielo. Un libro delicioso de Khaled Hosseini, del que precisamente tengo pendiente encima de mi escritorio Mil soles espléndidos. Y el hijo se trajina Crepúsculo, que forma parte de una serie escrita por Stephenie Meyer, de gran éxito entre los jóvenes. Caigo en la cuenta de un detalle. Sí, miren, no me lo invento. La madre y el hijo de cuando en cuando sonríen. Y en esta sala de espera nadie más lo hace. Sólo ellos.

jueves 19 de junio de 2008

Carta a Carlos Ruíz Zafón


Querido amigo:


Se me ocurre llamarte amigo -inusual atrevimiento entre dos personas que no se conocen absolutamente de nada- porque me han gustado tus libros. Así de sencillo. Un compañero de fatigas librescas me dice que estoy perdiendo facultades, que antes era mucho más exigente en mis lecturas. Pero sólo sé que ahora el libro que me aburre lo aparco, y si está mal escrito o es una amalgama guarra o esotérica lo guardo en un gran caja de cartón, esperando destino (me cuesta tirar los libros, lo reconozco, y mi personal cementerio de libros impresentables está hasta los topes).

Como te digo en principio no desdeño ninguno. Y es cierto que antes sí. Pero era más joven y atolondrado. Y eso es algo que se pasa con los años. Tanto la juventud como el atolondramiento (aunque supongo que no a todos por igual). Uno se va dando cuenta de un mayor número de matices, y gana en curiosidad y en experiencia del dolor humano. Esos malos ratos en los que te apetece leer más a Enrique Jardiel Poncela o a Pelham Grenville Wodehouse. Por ejemplo. O una novela romántica, o sumergirte en la ciencia-ficción (lee Génesis, de Paul Anderson, te gustará, está publicada en La Factoría de Ideas).

Pero chico hay gente que su vida parece una cita en sesión continua de Flaubert o Faulkner. O cultivan la imagen de intelectuales de etiqueta que se acuestan exclusivamente con Yukio Mishima o Virginia Woolf (de los cuatro citados el que me aburre de verdad es Flaubert). ¡Qué regusto les da la pose! Se licuan en sus propias palabras; y de cara al público desdeñan lo que con gran pompa denominan “literatura menor”. Son la leche. La misma hipocresía que te pone a caldo a ti y a tus novelas. Pero tú dile a alguno de ellos que te haga una edición crítica de La sombra del viento. Ya verás. Seguro que ha sido un incondicional de la obra de Ruíz Zafón desde la primera línea.

La mentira nos consume. Y pudre el alma, y también la crítica literaria. Y ya no se sabe ni por donde andamos. Los que debieran dar un criterio solvente prefieren muchas veces quedar bien con sus cuates mediáticos o de pandilla -no vayan a pensar… Es posible que prefieran los fárragos ideológicos o los galimatías metaliterarios o la coquetería de esos monólogos barbilindos. Se puede decir: oye este libro está algo deshilvanado narrativamente, le falta cierta coherencia en el desarrollo y perfil de ciertos personajes, etc. Vale, bien. Pero considerar que es una mierda así, porque sí, sin más. ¿No te suena a envidia y reconcomio?

Ayer una filóloga amiga me confesó en un aparte que se estaba leyendo El juego del ángel, y que estaba completamente atrapada. Yo estoy convencido que muchos de los que dicen que poco menos que no saben ni quién eres, son los primeros que te han leído. Eso de entrada. Un experimentado librero español me envió un correo: “Guillermo, he leído lo último de Zafón. Este tipo tiene trazas para escribir una obra consistente. Si supera los millones y la vanidad, está salvado. No soy crítico, pero mi olfato me dice que ira a más. Sé lo que digo. Y es normal que tenga fervorosos enemigos. Los lectores le están demostrando su favor desde el principio y eso hay gente del gremio que no se lo perdonará nunca”.

Pues eso. Vete a Los Ángeles. Lárgate bien lejos de toda esta algarabía que es capaz de esterilizar la vocación de cualquiera. Y escribe desde la humildad y a conciencia. Como si fuera tu primera obra. Y gracias por tu paciencia.

Un fuerte abrazo.

miércoles 18 de junio de 2008

Familia, fútbol y literatura


Me dijeron que había una entrevista televisada con el líder de la oposición. Pero en casa las dos televisiones estaban ocupadas con otros programas, lo que me libró de una posible tentación, que a estas alturas ya casi resulta perniciosa. Para oposiciones las de mis hijos mayores, que andan en la edad del pavo. Eso sí que es oposición fetén, calculada, dura, tenaz e inteligente. Pero entre gresca y gresca todavía hay cierta autoridad y respeto. Y sentido común.

Total, que me encuentro con la enésima serie norteamericana y con un partido de fútbol de la Eurocopa. No lo dudé ni por un momento: el fútbol. Yo no soy futbolero, pero he de reconocer que me relaja, porque de cuando en cuando pego un par de gritos con los chavales, o lanzo una exclamación admirativa sobre ese disparo que ha rozado el poste, o doy alguna que otra cabezada. Y los árbitros siempre tan torpes. Y de cuando en cuando un primer plano de una bella valkiria.

Con la pedeá en la mano, aprovecho cuando el balón se aburre y no está por las áreas para tomar algunas notas o escribir unos versos (si es que llegan). Hay que aprovechar los mínimos resquicios de tiempo. (¡Uy!, ese portero es un poco zote). Eso, o leo algunos párrafos de la última entrega de los diarios de Andrés Trapiello: La manía, en Pre-textos. Su "Salón de los pasos perdidos" se está convirtiendo en una de las obras más ambiciosas y susgestivas de nuestra literatura. Las Viñas ya forma parte de mi propia vida.

Pues sí, leo a Trapiello desde hace años. Tengo esa debilidad. Su prosa me conforta. Además los dos somos agorafóbicos y tenemos un amigo común: Miguel d’Ors, uno de los poetas más grandes de nuestra querida e inquieta España. Se pongan como se pongan los que se reparten en exclusiva la sazón y el ingenio. Y las prebendas.

¡Qué bien se estaba allí! La familia en casa, el perfecto césped suizo donde regateaban con pericia los jugadores (de un verde que estremece), el recogimiento entre los cojines, y todos esos cientos de libros en sus estanterías. Y hubo un momento que me dio por pensar en el último poema que tendría en el alma Borges. Ese poema que nadie conoce, porque -era un hombre previsor- se lo guardó para recitárselo en su momento a Dios, una vez recuperada la vista y ver por fin la eternidad de su biblioteca.

martes 17 de junio de 2008

Una aproximación al verano


Apunta el verano. Intenta escabullirse, pero sé que está ahí por el tono de la luz y por los escaparates de prendas femeninas. Esos colores tan vivos ocupando la escasa superficie de los bikinis. Las nubes van diluyéndose en el brillo de esos cristales que reflejan mis pasos. Hasta las campanas suenan de manera distinta, con un repicar más vivo. Los adolescentes se miran incandescentes, y se atusan el pelo con el viento. Y los helados se inventan nuevos sabores. Aunque yo prefiero el de mandarina. Por el color, es cierto, pero también por la rima con las innumerables maravillas de la China. O porque tras aquella esquina me espera ella, con su falda marina y esa pose innata de zarina. Las calles parecen líquidas, y la mirada se zambulle entre los cuerpos y el resplandor ámbar de los semáforos. Nadan en el cielo una bandada de palomas (que bien podrían ser golondrinas). ¡Qué inmensidad la del cielo! En esa piscina querría yo nadar, y extender luego mi toalla muy cerca del sol. Y mirar sin descanso las cristalinas gotas de luz mientras resbalan muy despacio por su piel o por su cabello. Me gusta sentir que floto, así, sin prisas, y ser cada vez más consciente del alma que germina en cualquier momento de la vida. El verano está ahí, a mi lado, en esa esbelta chica que cruza la calzada conmigo, o en ese sueño que imagina submarina a la misma chica. ¿Os habéis dado cuenta? En verano la luz es más rubia.

lunes 16 de junio de 2008

Cuando miro mi reloj


El reloj sólo me dice las horas.
Y quizá la fecha en la que parece vivo.
Agujas, dígitos: un poco de tiempo
en el que respiro
apenas una bocanada de vida.
Nada más.

Pero yo quiero saber el principio
de todo lo que en mi reloj gira,
y la eternidad que hay dentro
de las horas.

domingo 15 de junio de 2008

La inquietud del siguiente libro


Todos los lectores se habrán visto en el mismo brete. Un tiempo que puede durar un instante o quizá horas. Me refiero a cuando van quedando muy pocas páginas del libro que estás leyendo y ya sientes la inquitud de cual va a ser el siguiente. Son muchos los candidatos que se acumulan por los rincones, por las mesas o en dobles y triples filas por las estanterías (mi hija me avisa que todas están adquiriendo una peligrosa curvatura). El sillón también anda congestionado de volúmenes. ¡Tantos para elegir!

Por fin concluyes la lectura de la novela en la que andabas enfrascado. Tomas unas rápidas notas. Porque es importante esa impresión inmediata para mañana escribir la reseña. Pero el resumen de estas páginas es claro: ¡qué paciencia! Y pasa lo de siempre. Sueñas con, no sé, con La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, de Ramón J. Sénder, que leiste por vez primera cuando tu corazón estaba limpio de trapisondas y best-sellers; y pensabas que Juan Ramón Jiménez era literariamente lo más perfecto (lo sigo creyendo, no crean), junto con el bueno de Borges. Aunque tampoco me olvido de T. S. Eliot o de Las almas muertas de Nicolai Gogol.

Pero los sueños tengo que dejarlos para más tarde. Ahora toca optar entre otros libros. De pie voy removiendo los montones, hojeando decenas de ellos. No me decido. ¿Hugo von Hofmannsthal o Heinrich von Kleist (tan magníficamente editados por Pre-textos y Atalanta respectivamente)? ¿Vintila Horia o una selección de poesía clásica japonesa? ¿Ludwig Hohl o los Hombres representativos de Ralph Waldo Emerson (Ariel acaba de publicar una excelente biografía del escritor de Boston)? ¿Andrés Trapiello o las Tres elegías jubilares del apenas leído Domenchina, poeta del 27?

Y aunque me decido por ponerlos todos en posición de salida preferente, de pronto se me cae un libro al suelo. ¿Será una señal? Me gusta el título (Campo de amapolas blancas) y me gusta su inicio ("Siempre me ha llamado la atención que las novelas escritas en primera persona desarrollen una lujosa y pormenorizada descripción de los gestos remotos"). ¿El autor? Gonzalo Hidalgo Bayal. Decidido: comenzaré por él.

Y con la novela en la mano me pongo a escrutar el cielo, y ganas me entran de mandarme a paseo. Sí, salir a la calle a proclamar la verdad del viento. Salir, salir de aquí, huir por unas horas de tanto libro y tanta monserga. Pero la pereza tiene una tremenda musculatura, y de un certero empellón me deja arrumbado en el sofá, mirando la vida por fuera.

sábado 14 de junio de 2008

No me acostumbro a ti


Se engalana la luz con tu sonrisa. Abres la ventana y la brisa acaricia las sábanas y tu pelo, corto como a mí me gusta. ¡Cuántas veces la misma rutina! Pero siempre me parece algo nuevo, mientras observo el vuelo de tus manos plegando en el aire las camisas, las blusas o toallas. Es una estampa sencilla. Tú y la ropa limpia. Tú y la brisa. Tú y esta ventana que enmarca la luz de tu alma. Y tu cuerpo, que se pone de puntillas como si quisiera alcanzar por fin el cielo. Yo recojo las pinzas y doblo como tú me digas los pantalones y los pañuelos. Pero de momento dame un beso y un respiro, para que no me equivoque. Y no vayas tan deprisa, deja que dure la belleza... Hablas de nuestros hijos, de tus padres, de la comida. Y yo te miro en las palabras que me dices. Miro esos labios, las manos, el cuello y el iris de esos ojos inquietos de niña. Si pudiera te diría: ¡quieta! Para demorarme en cada detalle de tu vida. De mi vida. Y por favor, no cierres la ventana, déjala así, abierta para siempre a la mañana.

viernes 13 de junio de 2008

Erotismo y cristianismo


Me preguntas sobre qué hace el cristianismo con el erotismo. Pues mira, te voy a decir lo que pienso. De entrada dotarlo de una ternura y profundidad como jamás ha conocido. El erotismo no es un "pecado mortal" dentro de la vida cristiana. Es más, es parte fundamentalísima del sacramento del matrimonio y del sostén de los sentimientos. El erotismo es parte del hombre, de su humanidad. Es un bien querido por Dios para afianzar la comunión conyugal. Insisto: el erotismo es la ternura del amor, la atracción de los sexos que germina en los hijos, sí, pero también en un amor de Dios más agradecido y de impronta mística.

El cristianismo ha dignificado el erotismo, lo ha elevado a lo que realmente es: una maravilla más de la creación. Porque el cristianismo es una religión que se funda en el amor y en la entrega, en la generosidad y en la sensibilidad. El erotismo es algo santo y santificable, algo que nos ha sido regalado para un bien mayor. El erotismo de verdad está lejos del egoísmo y de la lujuria. El erotismo es nuestra propia donación a la mujer o al marido. El erotismo está muy lejos del placer por el placer, de esa concupiscencia que nos deforma el amor y la felicidad.

Los que están lejos del cristianismo o se burlan de él, piensan que somos los cristianos una panda de mequetrefes reprimidos por los curas. Y que con respecto a la sexualidad -erotismo incluido- consideramos que todo es pecado. Craso error. Y no es que yo vaya de laxo por la vida. Sencillamente es que tengo sentido común y una conciencia lo suficientemente formada como para distinguir lo que está bien de lo que está mal, la maravilla de la tontería.

El erotismo es un don de Dios, pero no una obsesión patológica. Es un don de Dios, pero no nuestro único “dios”. Hacer del erotismo y del sexo el eje central de una vida es tener muy desenfocada el alma, y demasiado desnortado el corazón. ¿El erotismo? Es una de las muchas caricias divinas. Yo me hago santo haciendo el amor con mi mujer. Sin morbos ni mentalidad obscena. No sé los demás, pero leo con frecuencia a mis clásicos. Y entre ellos está El cantar de los cantares o la Poesía de San Juan de la Cruz.

Debemos los cristianos aprender a no escandalizarnos de las realidades humanas, que son un querer explícito de Dios. Y en el erotismo debemos encontrar esa ternura, esa felicidad. Aunque a algunos les pueda parecer extraño no hay nada más sobrenatural que esa intimidad de carne. Poniendo en ella toda el alma y todo el cariño. "Amada en el Amado transformada".

Estoy orgulloso de ser hijo de Dios


El 11 de marzo escribí aquí un artículo centrado en la catalepsia espiritual que está sufriendo el hombre contemporáneo, y que se manifiesta en mil aspectos. Educacionales, políticos, morales, laborales, ecológicos y, por supuesto, también literarios. (El artículo en cuestión se titulaba “Rasmia”, y sobre él recibo hoy un largo y estridente comentario de un lector, o lectora, que me motiva a escribir estas líneas). Es evidente que hay un desenfreno cutre, una falta de respeto a lo más sagrado -sea la vida o sea la verdad, o lo que se tercie. Se esgrime el estandarte de la libertad para las causas más denigrantes. Sí, ya sé que la mayoría de la gente es buena –ojo, ser bueno, no quiere decir ser de derechas o tonto del culo-, gente que en muchas ocasiones anda confundida por las consignas más endemoniadas.

Si la vida ya de por si es complicada, hay personas que se empeñan en hacerla más retorcida y demencial. Cunde una locura que nos puede costar muy cara. Es más: nos está costando ya muy cara. En el comportamiento, en la falta de respeto, en la perspectiva más nociva de la lujuria y su comadreo exhibicionista, en la falta de disciplina de los más jóvenes (apáticos a la vez que tiranos) o en la violencia doméstica -que proviene tanto del desquiciamiento moral como de un egoísmo enfermizo-, comenzando desde el vientre materno. Prima el instinto, lo cómodo, lo superficial. Nada de complicaciones o esfuerzos desmedidos. A la mínima ahí te quedas. Y todo ello jaleado por la televisión o por energúmenos (as) muy finolis del gobierno o del monopolio artístico.

¿La felicidad? En paradero desconocido. El alma despellejada y el cuerpo a la bartola de la inopia. Eso sí, todo muy bien enfundado en preservativos mentales, no vaya a ser que fecunde algún pensamiento interesante. ¿La felicidad? Un estado de ánimo fugaz y poco más. Depende sobre todo de la tersura del capricho. Y así. Se suplanta el lenguaje y se va capeando el temporal de la congoja. ¿La felicidad? Un buen pelotazo, por ejemplo. O escaquearse todo lo que se pueda del sacrificio. Hay gentes que miden la felicidad por metros cuadrados, caballos de fuerza, expediente fornicario o miles de euros. Y presumen de su propia tristeza.

Pero aparentar lo que no se es, es la peor de las condenas. Y en el fondo de una buena parte de esta panoplia de mentiras está el olvido de Dios. Por eso es por lo que algunos se empeñan en la blasfemia y en el desprecio. Y arremeten contra la Iglesia Católica con toda la fuerza de su angustia.

Coda: Una cosa: yo no me considero mejor que nadie. ¡En nada! Seguramente salta a la vista. Pero me jode el despropósito, el insulto y la diarrea intelectual. Mi fe es mi vida, y la Iglesia mi Madre. Lucho por parecerme un poco a Cristo. En algún matiz espero conseguirlo. Y no me tengo a menos de escribirlo aquí. Estoy orgulloso de ser hijo de Dios, ¡qué coño!

miércoles 11 de junio de 2008

Cuando uno no sabe qué escribir, y llueve…


Cuando uno no sabe qué escribir, y llueve, aconsejo un buen remedio. Acérquese con cautela al primer objeto que tenga a mano. Pongamos el teléfono. Tóquelo despacio, como si estuviera recién inventado. Así, perfecto. Luego, como en trance, pronuncie la palabra que identifica su significado: te-lé-fo-no. Y cierre los ojos. Si me ha seguido hasta aquí le sugiero que sueñe con una llamada. ¿Quién podría ser? No se conforme con una llamada cualquiera. Innove. Sueñe un poco más adentro. Con audacia. ¿No se le ocurre nada? Tranquilo, le ayudo. ¿Y si le llama Marylin? No le atrae. Bueno, pongámonos más literarios, Conan Doyle al aparato. ¿Tampoco? Quizá tiene usted razón. Nos conformamos con poco. Ya está. Querido amigo, tengo un notición. ¿Preparado? ¿Sí? Pues resulta que le llama Dios. Sueñe esa conversación. El mismo Dios está al teléfono. Y yo me cuelo de rondón. ¿Dígame? Hola hijo, ¿qué me cuentas? ¿Quién es? No te hagas el tonto, ya sabes que soy Dios. Eres un sueño. ¿Cómo puedes estar tan seguro? Porque es imposible que me llame Dios a mí. ¿Andas bajo de autoestima o con la edad te has vuelto escéptico? Creo que un poco de todo. Hijo, ¿me amas? Apenas le conozco. Pues yo de ti sé hasta el más recóndito pensamiento. ¡Qué vergüenza! Puedes estar tranquilo, no me escandalizo de nada. Sí, pero… Ya, lo dices por esos pecadillos. En parte. Te presto uno de mis sacerdotes y quedarás como nuevo. ¿Y sin intermediarios? Ya sabes que así lo dejé establecido. Me lo pensaré. Eres libre. Oiga, ¿de verdad es usted? No me hagas perder la divina paciencia. Vale, vale, perdone, es que cuesta creerlo. ¿Me oyes? Sí. Pues eso. ¿Qué? Que soy Yo, sin interferencias. Tengo miedo a la muerte. Acabáramos. ¿Le sorprende? No, es que me disgusta que tengas miedo. ¿Por? Porque te quiero y llevo mal el verte sufrir, aunque tantas veces sea necesario para ciertas sorpresas que te tengo preparadas. ¿No podría arreglar lo de mi miedo? Podría. Pues venga. ¿Te fías de Mí? ¿La verdad? Sí. Es que todavía no sé si esto me está ocurriendo. Eres un caso. Igual es todo literatura, alguien que se esté inventando este diálogo entre nosotros. ¿Te gusta mucho la literatura? Usted lo sabe todo. Descarado. Perdone. Mira, por ahí precisamente se empieza a perder el miedo. ¿Por dónde? Pidiendo perdón. Pues perdóneme más. Estás perdonado, eres mi hijo. ¿Puedo pedir algo? Por pedir…, pero me gusta más que me hables de tus cosas. ¿Qué puedo contarle que ya no sepa? Me has pillado, pero no me importa que lo cuentes. Estoy muy ilusionado con mis hijos, aunque alguno flojea un poco. Yo me ocupo de él. Y quisiera querer más a mi mujer si fuera posible. Bueno, tu corazón es grande y Yo soy infinito, no problem. ¿Sabe idiomas? Todos. ¡Qué envidia! Bueno, tú te expresas muy bien en el tuyo. ¿Usted cree? No me pierdo nada de lo que escribes. Eso quería comentarle antes, porque a veces no sé si merece la pena esto de escribir. Lo merece. No sé. Sí sabes. Bueno. Podemos llegar a un acuerdo si quieres. ¿Cuál? Tú pones las palabras y Yo su milagro. Hecho... A continuación abra los ojos. Es inaudito. Siempre hay algo sobre lo que escribir. Mientras, sigue lloviendo.

martes 10 de junio de 2008

El círculo de Annaberg


El círculo de Annaberg. Novela. Autor: Alfonso de Salas. Editorial Styria. ¿De qué trata? Denuncia la superchería de mofa y befa hacia el catolicismo de ciertos "bestselleros". Ironiza pero no mortifica. Es más, entretiene y cuenta una historia fantástica y positiva. Atrevida, sobrenatural (ya verán, ya verán), vibrante y llena de buen humor, llegando al esperpento más tradicional de la literatura hispana. Cambia la perspectiva esotérica por algo más sustancioso que les sorprenderá. Literatura, sí, y un poco de pedagogía y un mucho de reivindicación de valores (amistad, sinceridad, generosidad, integridad...). La verdad fascina, y resulta más entretenida e interactiva. Cautiva su intriga y la cercanía de lo espiritual. Tiene su estética de género y su pelín de apologética.

Y un ímpetu muy juvenil, sin miedo a los prejuicios y al desafío. Los jóvenes de la pandilla -Anna, Matthias, Edmund, Bárbara- parecen salidos de una novela de Enid Blyton, pero no tan niños. Igual que allí los de aquí se ven involucrados en una situación donde el misterio hace de sus cómodas vidas una imprevista aventura. Y un compromiso. El lector les acompaña encantado, sin poder despegar la mirada de las páginas. A partir del capítulo 9 la cosa no tiene remedio. Sabes que llegarás al final.

Al principio confieso que andaba un poco aturdido. Llegué a escribir al margen: “Este tío se está liando con la novelita”. Pero la trama se va asentando y los personajes adquieren cierta solvencia narrativa. El autor acaba manejando muy bien el ritmo y la acción. El bien y el mal, el cielo y el infierno. ¿Otra vez? Sí, otra vez. Esa es la lucha. El lector puede pensar que todo parece demasiado trillado y sino será tan sólo moralina con aires de novela. Pero no. Alfonso de Salas le ha echado imaginación al asunto. Y coherencia. Y una prosa más que aceptable. El resultado es como poco curioso. Y lo dicho: de cuando en cuando una sonora carcajada. Además de abundantes guiños a todo lo divino y humano, con no pocos apuntes autobiográficos.

Todo comienza con la extraña desaparición de Anna Sandberg, la hermana de Matthias. Y la aparición de un personaje inesperado: la abuela. (Desde luego no cometeré el error de decir aquí quién es esa abuela). El autor se sirve de ella como catalizador de la acción. Hay que hacer comprender al mundo la tropelía de ciertos autores. Y el texto se convierte en un libro de viajes de muy diversa consideración. Geográficos, culturales, amorosos, literarios, religiosos… Se nota que de Salas se iba entonando según progresaba en su escritura. Y que el fin primero -hacer ver la patraña de un género de novela que consiste en manipular a su antojo (y con una supuesta argumentación pseudocientífica) el cristianismo, ejemplificado todo ello por el magnificado Dan Brown- se le abría en un abanico de muchísimas más posibilidades, sin andar constreñido por una sola causa. Por noble que fuera.

Es un inicio. Pienso que Alfonso de Salas está llamado a escribir novelas todavía más audaces. Ganando en madurez expresiva, y sin perder un ápice de emoción y de aventura. Le sobra vocación y aliento para ello.

PD. No es una novela anti nada. Muy al contrario. Cuando la lean se darán cuenta. Como decía Larra "el ingenio no consiste en decir cosas nuevas", más bien en recrear lo ya sabido -¡ay, ese sentido común tan desprestigiado!- con la suficiente gracia y desparpajo. Y estilo.

lunes 9 de junio de 2008

Fútbol a mansalva


Eurocopa. España es una de las favoritas. Como siempre. La furia roja envalentonada contra sus históricas desdichas. La prensa fomenta la autoestima: somos los mejores. Aunque luego ganen los de siempre. Ya saben, la sosa Italia, el mecano alemán o el ballet francés. ¡Campeones, campeones! Este año sí, este año sí. Con nuestro toque de balón, y la distinción que nos caracteriza, es imposible perder. Y tenemos al crack del Liverpool, el delantero más guapo de toda la competición. El Niño Torres a velocidad de crucero. Eso sí, el mejor organizador de este entretenimiento que se juega con los pies, estará en el banquillo. Cesc. ¿Por? Decisión del entrenador. O indecisión. O que es así de chulo, vaya. Las mujeres suspiran por esas pecas del Niño (lo mismo pasaba con Butragueño), y ese pelo rubio flotando por el plasma de la televisión. Y su cara de bueno. Es el hijo ideal o el novio más deseado. Es el que puede marcar la diferencia. Por sus goles claro. ¿Se dan cuenta? ¡Campeones, campeones! Esta vez sí. Lo dice la prensa especializada, y mi cuñado. En cada línea tenemos al mejor del mundo. ¿Quién lo duda? No seré yo, desde luego. Casillas, Sergio Ramos, Cesc y Torres. ¡Ay, mi niño, como esperamos que vueles y chutes a la escuadra, o nazca en tus botas la belleza de una parábola inapelable! Pero es que los segundos son también los mejores del mundo: Pepe Reina, Puyol, Guti y Villa. Claro, que Guti no está seleccionado por empecinamiento crónico del coach. Es igual, tenemos a Xabi Alonso, de Tolosa, que no es moco de pavo. Somos los mejores, y los más mediáticos (según la universidad de Navarra). Bueno, y si nos vamos a casa sin nada no se preocupen. De entrada se ficha a Pepu Hernández (ese sí que sabe, y da igual que sea entrenador de basket). Y para furia roja siempre nos quedará el Liverpool. ¡Campeones, campeones! Eso siempre.

La eternidad está en lo que miro


La eternidad está aquí, en mi casa.
Creo en ella mientras juega Nadal y estudia
el examen final de Historia el mayor de mis hijos.
Juego y set para el español. Es una certeza
que está con nosotros. Y una presencia
en este sofá y en esta biblioteca. Iluminados
por una luz de la que siempre escribo,
o que escribe en mí el significado
más sobrenatural de lo que miro.

En París sale el sol. Soy testigo.
Y esta casa y la Historia y el partido
( dos sets a cero),
y los colores de los cuadros y mi familia,
son parte de esa eternidad que atisbo
en el trasluz de la vida. De nuestras vidas.

Las palabras crean el silencio.
Y en el silencio veo, y creo
que es eterno lo que ahora miro.

domingo 8 de junio de 2008

El Presidente enamorado (relato político-romántico)



No se hubiera levantado de la cama. La realidad ejerce una fuerza superior a la gravedad. Imposible mover un dedo. En él lo único que parecía tener vida eran sus cejas y el recuerdo de algunas fantasías noctívagas. Su mujer ya no estaba a su lado. Estaría nadando, rodeada de todos esos fornidos escoltas que tanto le gustan.

Pensaba en la agenda del día. No estaba mal aquella secretaria, o lo que fuese, de su colega italiano. Desde luego de mal gusto no peca. ¿Y si no me levanto? Todo seguirá igual, incluso mejor. No me necesitan. ¿Cómo se llamaba esa chica? Eso, Francesca. ¡Qué culito! Si me leyeran el pensamiento mis ministras... Y sé que me miró.

Dichoso teléfono. ¿Quién será? Dicho queda. Prepararán el Consejo de ministros sin mí. Menudo embolado es esto del poder. Sí, estoy seguro, me miró. Todos allí, departiendo sobre el euro y la inmigración y el petróleo y el fútbol. Y yo…

Yo no me podía mover. Como ahora. Después me enteré de las sandeces de la prensa, como si todos me hicieran el vacío. Cuando yo lo único que quería era mirarla. ¡Francesca! Me dijo su nombre mi ministro de Exteriores, otro que tal. Me enternece su modo de hacerme la pelota. Y es cotilla en varios idiomas.

La miraba. Su traje de chaqueta le quedaba perfecto. Y con eficaz sensualidad preparaba todos los papeles de su jefe. ¡Qué cadencia, qué garbeo! En mi equipo no hay nadie así. Todo el mundo es feo de narices (dejé que mi mujer metiera demasiado la mano en el nombramiento del gobierno). El caso es que me quedé solo adrede. ¡Francesca! La política para los políticos. Yo soy otra cosa. Un sentimental que no sé muy bien lo que hago aquí.

Me parece que hoy voy a tener un viaje urgente a Roma. Confidencial, alto secreto. Al cuerno el Consejo de ministros y la visita del canciller belga. ¿O era suizo? ¡Francesca! ¡Qué forma la suya de humedecerse los labios con la lengua! Tengo que volver a verla. Tengo que decirle que por ella dejo el gobierno.

Ahora que caigo. ¿Y si es católica? Entonces me arrodillo ante el Papa y vuelvo a la fe de mis ancestros. Si Francesca es católica esa religión es la verdadera, de eso estoy seguro. A la mierda todos estos impíos que me rodean. ¿Verdad Francesca? Esos ojos… verdes como la hierba. Dimito, yo dimito. Por amor lo que sea. Pero, ¿me querrá ella?

Rápido, un avión, salgo para Roma. No sé cuando volveré. Ni una palabra a los periodistas -¡chusma!-, ni a mi mujer, ni al partido. ¿Quién es? Ah, la oficina del primer Ministro italiano. Me pongo, me pongo. ¿Si? Sí, soy el Presidente. ¿Con quién hablo? ¿Francesca? ¡¡Francesca!! ¿Eres tú? Bien, gracias. Quiero verte. Digo, quiero verle. Sí, urgente. ¿Sabes? Voy a dejar el gobierno.

sábado 7 de junio de 2008

Carta a Pedro Antonio Urbina

Querido amigo y poeta:


Ya iba siendo hora. Siempre me hago de rogar demasiado, ya me conoces. Soy un informal. Y aunque hablamos hace poco por teléfono -me llamaste tú para mi vergüenza-, no puedo dejar de escribirte. Si el estilo es abrupto o intuyes cierta precipitación te diré dos cosas: que tienes razón y que me perdones.

Tu inesperada llamada me emocionó mucho. Estaba en la calle con Ana, y tuve que apoyarme en un coche mientras escuchaba tu voz, tan apagada. Pedro Antonio, hacía una semana que me habían dicho lo del tumor, y que te habían operado, y que ya habías salido de la UCI. Confieso que me derrumbé, que tuve miedo y que lloré.

Lloré como un niño. Y sí, tuve miedo. Miedo por ti, y miedo de que ya no estuvieras aquí, para comentar libros, alegrías y penas. Miedo de no poder ir a Madrid para pasear juntos, ir al cine y charlar en tu estudio, donde dormí una noche que aproveché para fisgonear a conciencia tu biblioteca. Pedro Antonio, todavía sigo apoyado en aquel coche, escuchándote: “No vengas, estoy muy débil, yo te avisaré muy pronto”.

Llegué a casa y saqué de los estantes todos tus libros. Para tenerte más cerca. A través de tus líricos poemas y de esa prosa tan deslumbrante. Pero lo siento, me doy cuenta que estoy de un cenizo insoportable y que te escribo con tristura. Ya sabes, será cosa de la primavera que, como a ti, me afecta hasta el lenguaje. No es el mejor tono el de la congoja para alegrarte un poco la vida. Veamos Pau, voy a intentar cambiar de registro.

Ya te puedes imaginar lo que estamos rezando. Ana te quiere mucho, y sabe que siempre has estado a mi lado. Como hermano mayor, como amigo y como maestro. Porque en estos tiempos de carestía espiritual ya no es que necesitara un maestro, yo al menos precisaba de tres o cuatro. Por dicha carestía y por mi propia torpeza. Y los he tenido. Para mi pasmo. José Luis Murga (que en paz descanse), Jaime Siles, Antonio Colinas y tú.

Sí, Ana siempre ha intuido lo que resulta obvio: tu grandeza. (Acepta con resignación estos piropos). Tu grandeza humana y esa otra, la literaria. Quizá no te hayas dado cuenta o no seas muy consciente de ello, pero has hecho mucho bien en mí (tus conversaciones, tus libros, tus cartas). Y ella lo sabe, porque me vive, y vive conmigo a mis amigos. Sabe que me has ido orientando con cariño y paciencia, y que me has reconducido no pocas veces en el arduo camino de la belleza.

Esa ha sido siempre tu vocación: la belleza. Ir deletreando, con inspiración y trabajo, la santidad de las cosas y de los días. Uno de tus más grandes ensayos versa sobre ella: Filocalía o amor a la belleza. Y esa poesía que ahí queda (sé que tienes libros inéditos) y que, en su elaborada sencillez, nos mima el alma con el estupor de sus palabras. Oye, hay un escritor muy desconocido, André Suarès -¿lo conoces?-, que creo te retrató muy bien: “No vivir más que por la belleza es haber emprendido uno de los caminos de la mística”.

Pedro Antonio, amigo mío, me dura el miedo. ¿Por qué? Porque te quiero. Y aunque Dios me ha regalado la fe, sigo con el miedo. No se me irá hasta que te vea y te dé un abrazo, o un beso en la frente, y te regale mi último libro. Espero tu llamada para salir raudo hacia Madrid. No tardes por favor. Mientras tanto ¿qué quieres que haga? Rezo, y releo Gorrión solitario en el tejado, que fue lo primero tuyo que leí. Con quince años. Ana te manda recuerdos y yo todo mi cariño.

viernes 6 de junio de 2008

La claridad de Pilar Soto, actriz


El día se cierne sobre las ventanas y atraviesa los cristales sin llamar. Identifico su claridad en la dorada madera del icono, o en el tapizado del sillón donde toman asiento un montón de libros. La verdad, no sé que hacer con los periódicos que están sobre el escritorio. Se me hacen anodinos en su política pedestre, en esa inmediatez de la nada o de la malicia, que no sé que es peor. Decido dejarlos para más tarde. Puede que luego encuentre en ellos algún artículo, chiste, entrevista o noticia que me interese, y quizá la recorte y la guarde entre las páginas de Un árbol crece en Brooklyn, de Betty Smith (Debate), que es una de las novelas que llevo entre manos. Pero de momento ahí se quedan, también sobre el sillón, junto a esos otros papeles y libros que casi no dejan ver el alegre color amarillo de su tapizado.

Cuando los dejo en el consabido barullo, una contraportada asalta mi atención. Es del Semanario Alba. Y en dicha contraportada un rubio rostro de una chica muy guapa. Es actriz y presentadora de televisión, pero yo no la conozco. Cosa nada de extrañar pues apenas veo algún telediario o C.S.I., que para el caso… Sí, la chica es guapa e impacta, pero el busilis está en el titular: “El Señor es mi representante”. ¡Coño! Y lo leo todo, enterito. Se llama Pilar Soto y estuvo a punto de morir. Y se dio cuenta que la vida que llevaba pues que no, que no había manera. Y miró a Cristo. Mejor dicho: Cristo la miró. Ahora es todo distinto. Y es feliz, y mucho más guapa. Sin comparación.

...Y valiente. “Estoy harta de que se metan con la Iglesia, de que esté bien visto hacer yoga y no ir a misa”. Insisto: ¡coño! Miro su fotografía con insistente aplomo, y me enamoro de ella. Por jabata. Arranco la página y la voy doblando hasta que queda resumida en su rostro. Pero no la guardo en la novela de Betty Smith. La dejo ahí, sobre la mesa. Pilar Soto. Y sigo con mis libros y apuntes; sigo con esta luz que me da pistas de algunas palabras que no sé si sabré pronunciar del todo bien. ¡Claridad que resplandece en el brillo de tu pelo, Pilar, o en el fondo de esos ojos que van a dar al alma, o en las Cinco Grandes Odas de Paul Claudel!

jueves 5 de junio de 2008

El templo: un “thriller” impactante



El templo, de Matthew Reilly. Traducción de María Otero González. La Factoría de las Ideas. Madrid, 2008.‏ 416 pp. 19,95 euros.

Esto es lo que viene escrito en la contraportada de la novela: “En la selva de Perú la contienda del siglo ha comenzado. Se está librando una carrera contra el tiempo para encontrar un legendario ídolo inca que fue tallado en una piedra que, en la actualidad, podría utilizarse para desarrollar un arma aterradora y letal. La única pista para dar con el ídolo se encuentra en un manuscrito escrito por un monje español en el siglo XVI. William Race un joven y brillante lingüista es reclutado para interpretar el documento que podría conducir a un equipo militar estadounidense hasta el ídolo”.

Pero el intríngulis de la cuestión viene cuando dicha carrera por obtener el dichoso ídolo, se ve truncada primero por unos animales que se llaman rapas -parecidos a panteras gigantes-, y que eran sagrados para los incas. De hecho el ídolo tiene esa forma. Y no os lo vais a creer, pero cuando el equipo de Race (que no, que no es Indiana Jones) se dispone a abrir el templo de marras, aparece nada menos que un grupo de combate alemán. Los cuales tampoco son tan mala gente. La pena es que al abrir el templo mueren todos menos cuatro, y dichos animales -los rapas- ponen pies en polvorosa. ¿Se llevarán por fin el ídolo? ¿Qué secreto esconde? ¿Será verdadero o falso?

Race pasa por toda una serie de pruebas de carácter iniciático, pues en su cara -debajo del ojo izquierdo- lleva la marca del sol con un triangulo invertido. ¿Es un elegido? ¿Y qué persiguen los pérfidos Estados Unidos de América y el coronel Nash? Pero para Race no hay descanso. Aparecerán más personajes armados hasta los dientes, incluso unos japoneses que buscan el Apocalipsis. De por medio hay una superbomba, y el material del que está hecho el ídolo es de tirio, con unas propiedades espectaculares. ¿Salvará el héroe al mundo? Ahí está la cuestión de la novela. Simple, pero efectiva. Tampoco creo que ambicione más. Y ni falta que hace.

Al final de la historia se nos dice:

"Habrá un tiempo en el que vendrá un hombre, un héroe, con la marca del Sol. Poseerá el coraje para luchar con grandes lagartos, tendrá el jinga, contará con la ayuda de hombres valerosos, hombres que darán sus vidas por tan noble causa, y él caerá del cielo para salvar a nuestro espíritu. Él es el elegido".

Pero las cosas no son tan sencillas, y el libro tampoco es tan superfluo como pudiera parecer. Aunque sólo sea porque uno se lo pasa muy bien leyéndolo, se relaja en uno de esos apáticos fines de semana en los que sólo llueve, y acaba embebido por la trepidante historia. Una historia que se desenvuelve en dos planos históricos: la actualidad y el tiempo del descubrimiento de América. Todo parte -no podía ser menos- de un misterioso manuscrito, y todo confluye en el ídolo. ¿La moraleja de la novela? Pues no es otra que la codicia del hombre, por encima de lo que sea, capaz incluso de crear un arma que destroce su propia existencia. Nada que no sepamos ya. Menos mal que siempre hay un elegido a mano. Este Race es estupendo, se lo digo yo.

En fin, sé que para muchos este tipo de novelas es pura basura. Yo también lo creía. Pero hay momentos para todo. Y El templo de Matthew Reilly (La Factoría de Ideas) viene pero que muy bien para salvar cierta angustia laboral, por ejemplo, o para solventar esos interminables días en los que acompañas a un enfermo en el hospital. Estamos ante una literatura de evasión. Sin aspavientos. El mayor piropo que se le puede hacer a El templo es que nos ha hecho pasar muy buenos ratos. Quizá a algunos les anime a seguir leyendo otros libros más estupendos. De mayor alcurnia literaria quiero decir. Pero una cosa no quita la otra.

miércoles 4 de junio de 2008

Las costuras de la luz


Te pones delante del ordenador y ni miras la pantalla en blanco. Poco a poco te sumerges en la noche, o en la memoria del día. Piensas en la silueta de tu mujer con ese largo vestido de tonos verdes que ella misma ha diseñado. La ves enhebrar la aguja y coser las costuras de la luz. Y piensas en el óleo que te ha regalado, donde las pinceladas son pétalos de flores rosas, azules o amarillas, y ese paisaje al fondo, donde descansan tus sueños ya para siempre. Piensas en que hoy has conocido al actor y productor Eduardo Verástegui, protagonista de la película Bella, un éxito de crítica y público. Pero a ti te ha llamado más la atención el alma que escuchabas en su acento, esa música que pronunciaba palabras y silencios. Os han hecho fotografías mientras te decía al oído que rezaras por él y que desde este día erais como hermanos. Y ahora estás aquí, escribiéndolo todo, o intentando explicarlo en el orden más adecuado del divino alfabeto. Pero ¿explicar qué? ¿Los colores, la bondad de tus amigos, el perfume Estivalia, el cautivador desorden de tus libros? Las cosas no se explican, se contemplan. Esa es la razón de ser de nuestra propia vida: ser contemplada y contemplativa. Percibir el significado infinito de los puntos suspensivos. O de esos dos puntos, que son la antesala de una mirada que no te pierde de vista. Mirar y ser mirado. Aquilatar cada detalle con una sonrisa.

martes 3 de junio de 2008

La maravilla del idioma español


Ayer hablaba con una persona de gran cultura, excelente porte y buena prosa, sobre el maravilloso universo del idioma español. E, inexplicablemente, dio comienzo un intercambio de palabras que duró un tiempo respetable. Imagínense ustedes la situación. Dos personas talluditas -y con cosas por hacer- diciéndose palabras que considerábamos a bote pronto de las más bellas de nuestra lengua. Parecía un juego, pero en realidad no lo era. Se trataba de un enamoramiento. Los dos escribimos y los dos leemos a espuertas. Y ya se sabe: ex abundantia cordis… De la abundancia del corazón habla la boca.

Las dos palabras que abrieron semejante enumeración fueron mariposa y alma. Y proseguimos: deseo, belleza, cielo, entrega, melodía, coruscante, cuerpo, amarillo, sagrario, familia, alborada, madre, misericordia, escarlata, caricia, miel, caridad, gentilhombre, elegía, ola, brisa, arena, ave, sagrado, santidad, nuca, literatura, agua, transparente, sensual, fulgor, silueta, crisol, filigrana, ternura, calma, cántico, empaque, estela, estrella, piropo, labio, iris, magnolio, rosa, desnuda, amado, lenguaje, mirada, musa, poema, metáfora, pulcro, romántico, rocío…

No había descanso. Como todo amor, era ya un desafío. Era como si estuviéramos construyendo nuestro particular diccionario de palabras más queridas. Disfrutábamos los dos, paladeando el alma de la fonética. Pronunciando apasionadamente nuestro idioma, sin pensar casi. Hito, ribete, compasión, meollo, onomatopeya, pupila, arrullo, gracia, ruiseñor, ahínco, oropéndola, solsticio, beso, niebla, ombligo, acacia, inocencia, pirueta, perogrullada, churumbel, amapola, espuma, jardín, preces, suave, corazonada, donaire, pimpollo, desperezarse, carisma, indeleble, asombro, lágrima, hierba, esmeralda, lluvia, perfume, vaivén, fantasía, tránsito, melancolía, golondrina, destello, melena, viento, sueño, silencio.

Y justo en esa palabra -silencio- los dos nos callamos. Ahítos de lenguaje, fascinados de vida.

La Feria del libro


En Madrid ha dado comienzo uno de los mayores tinglados librescos del mundo. Es decir, un asunto de lo más comercial y gacetillero. Un espectáculo en toda regla. Paseos interminables, bullicio, casetas a cientos, señoritas espectaculares, niños, risas, y esos ojos que curiosean sin descanso infinitas portadas de insospechados libros. Eso, y la geta de unas decenas de escritores agazapados en su pose.

Pero tampoco conviene exagerar, que no todos los que escriben son escritores, como no todos los que cocinan son cocineros. Ese es un título que hay que ganarse a base de mucho sudor y mucha tinta. Y con cierto genio, imaginación y honradez intelectual. Pues eso, que ha dado comienzo la Feria. ¿De vanidades? Por supuesto, faltaría más. Somos hombres. Y vender libros es un negocio que se redime en el acto inaudito de la lectura. Así que bienvenida sea esta feria.

Y claro, te preguntan. Dime una novela que me ayude a digerir la vida. Oye, aconséjame algo de poesía que pueda entender sin desesperarme. Quiero la verdad, ¿vale la pena leer a Zafón? Y así. Y uno recapacita sus lecturas, y se atreve a discernir un poco. Consciente de que no todo el mundo necesita -ni quiere- ser un exquisito. Venga, aquí van algunas de mis últimas lecturas. Lecturas con las que me he entretenido o me han hecho pensar, o que han puesto sobre el tapete el ingenio o una especial sensibilidad para dejarme ensimismado.

En novela uno ha leído desde lo más cutre a lo más excelso. El muestrario es tan espectacular que la natural curiosidad no se sacia jamás. Ante todo me da la gana insistir con Mal de piedras, de Milena Agus (Siruela). Leyéndola uno comprende que la literatura tiene alma y ternura, además de filología y un estilo maravilloso, porque se nos evoca con una perspectiva deliciosa el amor. Cuando menos se le espera aparece. Y para ternura y emoción la historia de Valentino Achak, un niño africano que se ve solo, envuelto en mil avatares bélicos, en atrocidades viles, yendo de un sitio a otro, sufriendo hambre y escarnio. Un niño que sueña, y espera; que se las ingenia en los campos de refugiados, que aprende a amar… Qué es el qué, de Dave Eggers (Mondadori) ¿es una novela en sentido estricto? Supongo que sí, pero cuando se está imbuido en su lectura sientes la congoja de la realidad y una inquietud de raíz moral, sientes que algo debe de cambiar en tu vida, sientes que las palabras no bastan. Impresionante, de verdad.

¿Otro par de novelas? Lean Fiebre en las gradas, de Nick Hornby (Anagrama). Sean aficionados o no del balompié o fútbol. Sean fieles sufridores o no de algún equipo. Pero si lo son desde luego disfrutarán mucho más, y sentirán que desde luego no están solos en el mundo. Se llora en esta novela, pero de risa. ¡Cuántas insensateces se pueden perpetrar en pro de algo tan volátil como es la felicidad de un gol! Por no hablar del sufrimiento y de las inclemencias del tiempo y de la familia. En fin, una autobiografía divertidísima de un forofo del Arsenal. Y ahora una obra maestra que he terminado de leer justamente hoy, esta mañana. Una obra comparable a cualquiera de las más grandes que ustedes imaginen. El lado oscuro del amor, del escritor sirio afincado en Alemania Rafik Schami (Salamandra) es sencillamente memorable, y cuando ustedes la lean no podrán ni sabrán resistirse a recomendarla. Damasco. Una historia de amor condenada al fiasco de dos familias enemigas. Que si católicos unos, que si greco-ortodoxos los otros. Una galería de personajes inolvidables, unas descripciones tan vívidas como sugerentes. Paisajes, ardides, sentimientos… El drama de la vida, como casi siempre, y una gran literatura para interpretarla y redimirnos de tanta falacia.

La verdad, no me ha dado tiempo a leer más. Hago lo que puedo. Tengo los ojos que me bizquean. Y para descansar no se me ocurre otra cosa mejor que refugiarme en la poesía. Es decir, más lecturas. Pero la poesía es distinto, ¿no es cierto? No se lee del mismo modo. Iba a decir que parece como si no se leyera con los ojos. Y algo de esto hay. La traducción que de Rilke ha hecho Antonio Pau es para enmarcar. Un antología titulada Cuarenta y nueve poemas (Trotta), que recorre toda su poética más esencial, su evolución. Rainer Mª Rilke nunca dejó de contemplar las cosas con ojos de niño. Buscó siempre la verdad que estaba más allá de la indiferencia y el aturdimiento espiritual del hombre. Buscó la resurrección de la vida que se nos pudre entre las manos del tiempo. Un poeta visionario. En su libro Los cuadernos de Malte Laurids Brigge dejó dicho: “Y vos, Señor, Dios mío, concededme la gracia de hacer algunos bellos versos que me prueben a mí mismo que no soy el último de los hombres”. Y se la concedió, desde luego que sí. A él y a todos los que somos sus lectores y nos beneficiamos de esa gracia. ¿Un consejo? Metan este libro en su bolso o en su cartera, y a la menor oportunidad lean. Una y otra vez.

lunes 2 de junio de 2008

Las palabras son el comienzo


En la terraza hay unas nuevas jardineras
que ella ha pintado de rojo.
Con un rastro de tierra y de agua y de fuego,
y el zureo de unas palomas
apostadas en el toldo del cielo.

Y me doy cuenta de que lo único
que intento todos los días
es describir lo que falta.
Porque una cosa es lo que veo
y otra muy distinta lo que hay dentro
de la mirada.

El silencio certifica este anhelo.
Y tomo nota del aroma de la tierra
o del vuelo de las palomas,
con la esperanza de encontrar por fin eso:
lo que falta, lo que no veo.

Sé que está ahí (en el centro
del aire y del fuego),
y que estas palabras sólo son el comienzo.

domingo 1 de junio de 2008

Himno


A ti, Señor, levanto mi alma
Salmo 24

Para Pablo García Baena
(admirando el Cristo amarillo de Paul Gauguin)


¡Oh Dios de la poesía y de las palabras corrientes!
¡Oh Dios de la cadencia de la lluvia en el temblor de las plantas!
¡Oh Dios que me regalas las rosas y los besos
cuando ves que no tengo nada!
¡Oh Dios de la belleza inesperada
o de esa otra que se escabulle pudorosa tras su blusa!
¡Oh Dios de los colores imposibles
con los que pintas los mapas!
¡Oh Dios de los libros donde lees las almas!
¡Oh Dios que invocas nuestras miradas con Tu sangre!
¡Oh Dios de los silencios y de los cuerpos
desnudos como llama!
¡Oh Dios de la misericordia
y de la música que suena en los acordes de las olas!
¡Oh Dios de la textura de esa piel tan blanca
por la que discurren las caricias más sagradas!
¡Oh Dios de los diccionarios y del amor a hurtadillas!
¡Oh Dios de la poesía completa de los amarillos!
¡Oh Dios de carne, ruiseñor crucificado
por mi injuria en Tu canto de bienaventuranza!
¡Oh Dios, Supremo Poeta de la historia!