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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


sábado 31 de mayo de 2008

¿Para qué piensas que sirve la literatura?


Esta es una de esas preguntas que todos nos hemos hecho alguna vez. Al menos todos los que, de una manera o de otra, andamos detrás de los libros, cortejando su belleza e intentando encontrar esas páginas que nos sorprendan todavía un poco más. Confieso que a lo largo de mi vida -hoy un taxista ha logrado que me sintiera muy bien cuando me ha dicho: “¿a dónde le llevo joven?”-, digo que a lo largo de mi vida me he respondido a mi mismo de mil modos y maneras.

En mi blog quise hacer esta misma pregunta a mis lectores. ¿Para qué piensas que sirve la literatura? Y di algunas posibilidades para optar, siendo consciente de que por supuesto hay muchas más, y que no son pocas las que se solapan entre si. Veamos. Si ahora mismo, en esta soleada mañana de mayo, me hicieran la pregunta a mí, confieso que lo primero que diría -después de cierto balbuceo- es que la literatura sirve para mi deleite. Un deleite intelectual y espiritual, y también sentimental. Y ese otro que se desliza por las caricias o que deambula de nube en nube, sin rumbo fijo.

La literatura transforma mi vida en un constante descubrimiento, y en un inesperado entusiasmo. La literatura puede ser la clave que descifre el dolor, la soledad, el abatimiento… Y el por qué de tanta patraña y envilecimiento. Y nos pone en el brete de pensar sobre la entraña y el sentido de todo. (En este aspecto hay que reconocer que la literatura resulta incómoda). Y acuden a la cita la melancolía, la muerte y todo aquello que todavía no está dicho. Y apreciamos más de cerca esos detalles que se nos escapan por la calle o en la conversación con los amigos.

Lo que es indudable es que la mayoría de la gente lee para pasar el rato, o para olvidarse un poco de la realidad que es siempre la hipoteca o las malas caras. Adentrándose en una historia sin grandes complicaciones, distraída. Pero puede que den con un libro en donde encuentren un recuerdo que creían perdido, o que siguiendo el rastro de la intriga unas pocas palabras de un personaje secundario basten para ver de otra manera el día.

La verdad es que nunca se sabe con esto de la literatura. ¿Todo tiene que servir para algo, con un determinado fin? En ocasiones la literatura es nada menos que poesía. ¿Y entonces? Pues eso, que basta el milagro. Supongo. Y seguimos leyendo Humus, de Alfredo Saldaña (editorial Eclipsados). "Calla, palabra, deja que el silencio / proteja con su aliento lo que tú te empeñas en decir". Y ya estamos menos solos, y lo accesorio se torna absoluto.

¿Para que pienso que sirve la literatura? Para tener alguna que otra posibilidad de ser feliz. Y poder contarlo.

viernes 30 de mayo de 2008

Les voy a contar una historia


Les voy a contar una historia. Mi vida se levanta de muy mal humor. Digamos que es complicado relacionarse conmigo a esas horas de la mañana, cuando el cuerpo pesa más de lo habitual y no encuentras las cosas en el mismo lugar donde creíste haberlas dejado ayer. Gestos hoscos y garabatos de palabras. Las sábanas son un paraíso perdido a las que en ocasiones uno vuelve, para sentir de nuevo su roce y el recuerdo del tacto de la madrugada. Y piensas que da igual, que el mundo puede buscarse a otro, porque de allí no te mueves.

No sé si es pereza o esa huída que todos soñamos alguna vez. Cerrar los ojos y estar ya muy lejos de allí, de aquí, de todo. Estar sentado en una playa de Puerto Rico, junto a Pedro Salinas, que me habla de la contemplación como quicio del acto poético y por lo tanto de la esperanza. O en el jardín de Pepe Busto, en Méjico D.F., donde en un rincón -rodeado de flores- leo Varón de deseos, de Juan de Palafox. De fondo alguna persona buena ha puesto un poco de música. Es de Leonard Cohen.

Escucho unas voces que se confunden con los sueños. La verdad es que no sé diferenciarlas muy bien. “Te quiero”, “así”, “ven”, “levántate”. Ya está (aunque no estoy seguro de nada). Y antes de comenzar la jornada abro la ventana para respirar la mañana y acabar de creerme que he vuelto, que soy verdad. La luz se abre paso en el alma y miro al cielo con desesperante parsimonia. ¡Voy! Me llaman con urgencia para el desayuno.

Más arriba he dicho que iba a contar una historia. Bueno, si por historia se entiende ese cotidiano y difícil amanecer que uno tiene... ¿A quién le puede interesar? Antes utilizaba la radio para despabilar el pasmo matutino, mientras en el espejo no acababa de ver las cosas del todo claras. Esa cara perdida en el vaho del tiempo o de las fantasías o de yo que sé qué embrujo y ventisca.

Los contornos de los días no aparecían -ni aparecen- muy definidos, y pensaba en su posible argumento, quizá parecido a algún cuento inédito de Julio Cortázar o tal vez de Blanca García Valdecasas. Pero, ¿saben?, lo que suele ocurrir es que las cosas suceden siempre al revés de como las ves o piensas que las ves.

Ahora, mientras me afeito, prefiero leer. Me espabilo antes y aprovecho mejor la luz. Y sobre el lavabo atisbo algo más de bonanza. Y entre líneas me voy a Córdoba, Madrid, Cancún o Buenos Aires. La realidad y el deseo es mucho más que la poesía de Luis Cernuda. Es mi vida, que trastea entre la arena o la hierba, y busca el equipaje de la noche. Y miro al espejo y sólo veo presagios y paisajes.

jueves 29 de mayo de 2008

La ternura


Cada día cavilo más sobre la ternura. Será porque según pasa el tiempo estoy más necesitado de ella. Vamos, como todos, supongo. Y eso que no me puedo quejar, porque tengo a Dios, y a Ana. Pero tendemos a confundirla con otras casuísticas. Y llamamos ternura a una especie de estriptís de los sentimientos, a un romanticismo inexplorado o a un pellizco en el trasero. Así somos. ¿Ternura? Ay, y miramos al cielo como pidiendo un poco de árnica, o pensamos que se encuentra en la fosforescencia de los sueños, o en la distorsión golfa del sexo.

La ternura es la caricia del amor verdadero y es el alma de los sentidos. La ternura es escuchar con paciencia y leer con precisión los libros. La ternura es entrar en casa y liarte a besos con tus hijos. La ternura es mirar con énfasis esa caída de ojos, o ese pañuelo de seda que flamea desde su cuello. La ternura es el silencio de las palabras y el color del limonero. La ternura es la voz de un amigo -ayer mismo, Pedro Antonio, poeta- cuando pronuncia tu nombre y te pide por favor que reces por su vida…

Pensar en la ternura es pensar de inmediato en una persona. Cristo, Ana, Jaime, Cristina o Juan. O tantos más. E imaginar con ellos las infinitas posibilidades del cariño. Es esa delicadeza que descubre de pronto, o poco a poco, que la felicidad está siempre en los otros.

miércoles 28 de mayo de 2008

Camille Monet en mi salón



Me siento en el salón, como tantas veces. Ojeo el Gran atlas del Impresionismo, de Gabriele Crepaldi (Electa). Lo suelo hacer para hablar con Dios. Abro el libro al azar y fijo el alma en la primera pintura que miro. Es un gran libro de piedad, sin duda. Esta mañana de intensa lluvia se abre con una visión de Claude Monet. Se trata de “Camille con su hijo en el jardín de Argenteuil”.

Miro primero la belleza de la madre, las pinceladas que la visten y que perfilan su pensamiento (¿en qué estás pensando Camille?). El rubor de su rostro se confunde con la pujanza de las rosas que hay detrás de ella. Este cuadro es toda una declaración de amor. Monet pinta una aureola de color alrededor de su mujer. Monet ama lo que ve. Le subyuga la femenina entrega de Camille, y la armonía de su gesto sereno.

Ella cose. Pero está atenta a los juegos de su pequeño hijo que está sentado a sus pies. Y, sobre todo, está atenta a la mirada y a los piropos de su marido: Claude Monet. Me gusta pensarlo así. Me gusta pensar que mientras pinta no deja de piropear a Camille. Y toda la belleza le parece poca. Hasta los colores parecen demasiado escasos y pálidos. - “Te amo Camille, eres tú la que ilumina mi vida, y no el arte. Eres tú la rosa de las rosas y el único sentido y perspectiva de mi pintura”.

He aquí, en un solo cuadro, los grandes amores de Claude Monet: su familia y la naturaleza. Y el pincel que las interpreta. Esa inspiración que le condujo a lo sublime. Y el alma asiste ensimismada a los vivos colores del amor, a su delicadeza y rubor. Y contempla en todo ello la presencia de Dios.

martes 27 de mayo de 2008

Carta a unos estudiantes (y II)


Queridos colegiales:


Ya termina el curso. No falta casi nada. Sólo un pequeño esfuerzo más y ya está, asunto liquidado. ¡Qué gusto arrinconar esos libros de texto (definitivamente o para los hermanos pequeños)! Darles carpetazo con unas buenas calificaciones. Y poder ver con nuevos ojos las cosas. Hasta el colegio será más alegre y los profesores mucho mejores. Sin dudarlo. Parece que no iba a llegar nunca este momento. Pero está a la vuelta de unos exámenes. Por fin.

Los recuerdos me llevan a mal traer, pero es lo que tiene el tener hijos de vuestra edad. Que uno no cesa de recordarse a si mismo con esos benditos 15 años. Y me veo después de los finales buceando en la piscina de mi amigo Nacho, jugando con sus hermanas pequeñas y hablando de literatura con su padre. Fijaros bien, han pasado ya veintiocho años, más o menos, y algunas de las mejores lecturas de mi vida salieron de allí, de aquella piscina y de aquel jardín.

Con el padre de mi amigo comencé a valorar de verdad a Benito Pérez Galdós (en la universidad solventé algún parcial con lo que él me contó). Por ejemplo. Y en su nutrida biblioteca -donde había, y supongo que seguirá allí, un pequeño sofá de piel escarlata- leí las primeras páginas de José Ortega y Gasset y de Gabriel Miró. Y tras el baño hablábamos de la importancia de Manhattan Transfer, la novela del norteamericano John Dos Passos, y de autores tan desconocidos para vosotros como François Maurois. Y después del siguiente chapuzón leía un buen rato. (Ay, esa magnífica costumbre de llevar siempre un libro encima).

Aquello era el comienzo de las vacaciones y de mucho más. Era todo un verano de asueto y lecturas, de excursiones y lecturas, de bicicleta y lecturas, de luz y lecturas... Chicos, era mi particular paraíso. ¡Y acababa de empezar! ¿Os imagináis semejante maravilla? Bueno, pues a vosotros os puede suceder lo mismo. Lo tenéis al alcance de la mano. Unas buenas notas, unas poderosas brazadas y unos cuantos libros. Y si necesitáis un padre conversador me ofrezco voluntario. Por hablar de literatura lo que sea, con quién sea y a la hora que sea (dentro de un orden).

Porque esa es otra. Al estudiar literatura en esos increíbles libros de texto del colegio puede que se os quede un sabor agridulce, o hayáis acabado un poco hartos (o un mucho, no sé), deseando libraros cuanto antes de semejante asignatura, pues parece que sólo os trae disgustos y se os hace más árida que atravesar el Gobi. Y eso no puede ser. Estoy empeñado en haceros sentir todo lo contrario. Si os obcecáis en ver a los escritores como unos seres que no tienen otra cosa que hacer que ser materia de examen estáis muy equivocados. Y yo no puedo permitir que perdáis la gran oportunidad de vuestras vidas. No es cuestión de ser culto. Es cuestión de tener sensibilidad. Y alma.

Los buenos libros os están esperando para contaros sus historias, es cierto, pero también para escuchar vuestras confidencias. Los libros que yo leo acaban llenos de dibujos, anotaciones, citas, pasajes subrayados, fotografías y recortes de prensa. Cada libro llega a formar parte de nuestras vidas; es un deleite sin parangón posible. Porque nos hace ver lo invisible, y nos conforta y nos ayuda a pensar. Mirad lo que dice Ray Bradbury, el autor de Fahrenheit 451: “Cuando salí de la escuela secundaria, no tenía dinero para ir a la universidad. Vendí periódicos en una esquina durante tres años y me encerraba en la biblioteca del centro tres o cuatro días a la semana”. Muchachos, escuchadme, los libros significan nuestra supervivencia. Llegaréis a entenderlo algún día no muy lejano. Incluso habrá alguno que se acordará de mí. Para bien, espero.

Un gran abrazo a todos.

lunes 26 de mayo de 2008

La realidad del mal


Emilio se sentía cada día más débil. Y no era una debilidad física. Se trataba más bien del conocimiento de sus propios límites. Nunca había experimentado una sensación así, tan acuciante. Por vez primera en su vida supo que era realmente frágil. Ya no sólo por la muerte en sí, o por la enfermedad o el dolor. Era la real y dramática conciencia de su vulnerabilidad espiritual (¿de qué otra manera se le podría llamar?). Desde hacía unos meses se sentía como indefenso y desmadejado. Comía menos, dormía menos y le costaba permanecer quieto en un lugar. Había una presencia extraña, un vértigo que le precipitaba constantemente en el vacío de pensamientos convulsos. Si es que se podían llamar pensamientos a ese barullo de nada o desbarajuste extremo.

Lo que realmente le hubiera gustado a Emilio era dejar de pensar, y fijar la mirada en cualquier objeto, sin pretensión alguna. Mirar, sin más. Mirar el volumen de la materia y deambular a su antojo por el plumaje de esa abubilla o por el vuelo de aquella falda malva que en ese momento cruzaba la calle. Pero no podía, no había forma de que su cabeza le dejara en paz. Y su propia imaginación terciaba en mil calambres y exóticas visiones. Sí, había una presencia extraña en todo aquello, algo que no acertaba a comprender muy bien, pero que estaba dentro de él y que cercenaba su voluntad. ¿No había escapatoria posible?

Era feliz. A pesar de tan extenuante intranquilidad, Emilio era feliz. O eso decía, o creía él. Pese a vivir solo en la casa de sus difuntos padres y en una ciudad tan anodina. Que sí, que era feliz. Se conformaba con poco. La herencia familiar le permitía jugar al billar largas horas. Solo. Era un juego con su metafísica. Él era una bola más que era empujada cada mañana, y le molestaba no acabar de dominar del todo su destino. Se imaginaba las carambolas más peregrinas mientras apuraba la cerveza y se relamía la espuma con la lengua. Esa espuma que se confunde tan a menudo con la nostalgia. Pero había algo que no cuadraba en su vida. Algo parecido al miedo. Y la curiosidad no le permitía dejar de pensar…

Al principio creyó que se trataba de fantasías, a las que era tan aficionado. Cuando una noche descubrió la verdad. Había apagado la luz y cerrado los ojos. No le apetecía leer, ni internarse en las últimas peripecias deportivas de Internet. Sólo quería descubrir algún sueño que mereciera la pena, de esos en los que quisieras quedarte para siempre. Y entonces sucedió. De forma inconsciente comenzó a rezar sus oraciones de niño en su mente, como un acto reflejo de supervivencia. No podía moverse y un estremecimiento agónico se apoderó de su alma. ¡¡Dios, Dios!!

Apenas podía respirar. Una sombra le oprimía con fuerza el pecho. Quería gritar, pero era imposible. Su boca abierta jadeaba… Una y otra vez lo intentó, y sintió la impotencia de su miseria, de su vida dilapidada en frívolo desamparo. ¡¡Dios!!

La señora que venía a limpiar la casa y ocuparse de su ropa, al abrir la puerta por la mañana intuyó que algo no iba bien.

- “¡Señor Emilio, señor Emilio! ¡Se…”.

Allí estaba, de rodillas en el suelo y sollozando sin parar. Debía llevar horas así. Tiritaba.

- Señor Emilio, por el amor de Dios, ¿qué sucedió?
- Rosa, Rosa…
- Sí, estoy aquí, pero ¿qué le ha pasado?
- Rosa, no te acerques a mí.
- Tonterías. Tome, abríguese con esta manta. Está helado.
- Rosa, ¿tú crees?, -exhaló en un suspiro.
- ¿En Dios? Sí, claro, desde luego.
- Ya, ya, pero ¿crees en el infierno?
- Señor Emilio está delirando, échese en la cama por favor.
- Rosa, es importante esto. Respóndeme.
- No sé…
- Rosa, ¿crees en el infierno?
- Me está asustando señor.

Emilio había agarrado a la mujer por los hombros. Y ella veía en sus ojos el miedo y una gran soledad. Se soltó de sus manos, dispuesta a irse de la casa y abandonar a su suerte a aquel hombre que parecía haber perdido la razón. Pero se quedó quieta, mirándole con detenimiento durante unos minutos. Era mujer de fe y se encomendó a su Virgen de Guadalupe y a su Ángel. Se arrodilló frente a Emilio y le tomó las manos con ternura.

- Señor Emilio, no tema, Dios está aquí.
- Rosa, esta noche he visto…
- Lo sé, no diga nada. Lo sé. No volverá.
- Pero…
- Todo ha pasado. Dios está aquí.
- Pero…
- Dios está aquí, señor Emilio, y le quiere. Mírele...
- ¿Dónde?
- Aquí, -y le acercó su mano derecha al corazón.

domingo 25 de mayo de 2008

Carta para unas bodas de oro matrimoniales




Queridos amigos:


No os preocupéis, que el refranero tiene dicho que “no hay mal que cien años dure”. En fin, perdonad la broma, pero es bueno comenzar con unas risas. Así desterramos la tensión y el nerviosismo. Porque hoy no es para vosotros un día de tensión. Es un día festivo y de emociones muy diversas. Y de tantos y tantos recuerdos. Unos serán en colores muy vivos, otros quizá en blanco y negro. Pero el caso es que hoy miráis al cielo y os sentís profundamente agradecidos por tanta dicha. No importan las nubes o las preocupaciones, porque vuestra luz, vuestra felicidad, os nace de dentro. ¿No es cierto? Y no podéis ni debéis evitar sentir un especial orgullo.

Mirad ahora a vuestro alrededor, a toda esta familia que os quiere. Da gusto. Y todo fruto del amor. De la entrega y de la llama. De la ternura y del trabajo. Del cariño y de la paciencia. Y de la sobrenatural misericordia de Dios. Todo comenzó con aquella primera mirada, de la que ya jamás habéis podido prescindir. Con aquella atracción que poco a poco fue cimentándose en vuestro corazón. Y digo corazón, en singular, porque vosotros sois un único corazón, una única comunión de vida, de amor. Sois un verdadero milagro de felicidad. Es decir, de fidelidad. Una lealtad puesta a prueba durante el horario de vuestros días. Porque -aunque ahora no se quiera creer- el amor es sobre todo una constante lucha, y un desafío. Porque cuesta ceder de nuestro egoísmo y entregarnos en cada momento, sin rodeos. El amor exige esfuerzo. Lo otro es un paripé.

Cincuenta años. Cincuenta años donde os habéis ido enamorando con la madurez que da el alma, la rutina y las trastadas de los hijos. Cincuenta años que es como si acabaran de comenzar, tan jóvenes os sentís, tan llenos de determinación y gozo. Y os parece el tiempo casi una ficción. No es posible, no es posible que tato milagro haya sucedido. Pero ahí los tenéis, a vuestro lado, mirándoos sin pestañear, o apartando de los ojos alguna que otra lágrima. Es vuestra familia. Es vuestra única, cierta y verdadera alegría. Es lo que sembrasteis. Bueno, pues ya veis la pujanza y la felicidad de los frutos.

No todo ha sido color de rosa. Ha habido circunstancias duras, avatares en los que parecía que ya no podíais más. ¿Lo más fácil? Rebelarse contra Dios y abandonar el camino. Dejarse llevar por la pereza, o por el brillo fugaz de una quimera. De cualquiera, da igual. Y rendirse a la tentación de turno. Pero el amor es tenaz si se sustenta en la esperanza y en la sinceridad mutua. Os habéis apoyado el uno en el otro, a veces sin ganas, sin palabras casi. Quizá sin entender del todo el sentido de la contrariedad o de la renuncia. Sin embargo es sobre esas renuncias y esas contrariedades sobre las que se sustenta la realidad de este día. Y su maravilla.

El amor, el amor… El amor es decir sí de nuevo (para toda la vida), el amor es la apasionada santidad de los sentidos, el amor es pasar el aspirador por la alfombra, el amor es un beso furtivo, el amor es la plena confianza en tu mujer o en tu marido, el amor es pedir perdón cuando más nos cuesta, el amor es rezar juntos las caricias. El amor es… vuestra presencia aquí y vuestro ejemplo.

Cincuenta años de rutina, puede pensar alguno. ¡Bendita rutina! Así, tan infinita. Para mí la quisiera. Que Dios os bendiga. Y que aprendamos a querernos como os queréis vosotros.

sábado 24 de mayo de 2008

Miryam


Para Tati y Josemaría



Era mayo y la brisa paseaba
por las aceras y los tejados.
Era mayo y mediodía,
cuando las flores rezaban el ángelus
vestidas de alegría.

Todo estaba sin estrenar y en su sitio.
El cariño de tus padres, querida niña,
había preparado con mimo el tono de la luz
y cada detalle.

- “Todo saldrá bien, Tati, todo saldrá bien”.
Era mayo, sí; y 22, y jueves...

Naciste sana y sobrenatural. Con esa mirada
donde Dios puso el alma
y la felicidad del mundo.

viernes 23 de mayo de 2008

Carta a Robert Louis Stevenson

Querido amigo:

Eres Tusitala. Así te llaman los indígenas de Samoa, en el Pacífico Sur. Eres el hombre que cuenta historias. Ahí, en el porche de tu casa, o alrededor de un fuego, mientras en el espacio la luz adquiere esos tonos que inventó Gauguin. Cuentas historias de piratas o de hombres que lucharon por alcanzar la felicidad. Ese tesoro que se nos escapa una y otra vez, y que tantas veces confundimos con nuestra propia concupiscencia o avaricia o desdén.

Eres el único escritor al que leo todos los días. Nunca lo había dicho, pero ya es hora de que lo sepas. No tiene ningún mérito, ni lo hago con afán erudito o por algún tipo de fascinación supersticiosa. Es mi pequeño secreto: leer cada día unas líneas, unos párrafos o unas páginas de La isla del tesoro. Bien sabes que el hombre está lleno de manías, de esos pequeños galimatías del alma por los que discurre la vida. Aunque lo llamemos de otra manera, y creamos que la manía no es manía o que el alma no es alma.

Ahora la vida es muy distinta a como tú nos la dejaste. Apenas reparamos en las estrellas y escasean las buenas historias. Jugarse el tipo por algo que merezca la pena no se lleva. Demasiado incómodo. Lo que no ha cambiado es que todos vamos buscando un buen mapa que nos ayude a encontrar el tesoro. La mayoría creen haberlo hallado en un desmesurado trabajo o en la propia inercia del horario. Otros siguen ideologías o lo fían todo a la fantasía de algún cantamañanas. Y hay quien piensa -en el colmo de la desdicha- que el mapa es su propio ego. (Hay que estar muy borracho de ron o de miedo para pensar eso).

Y allá van, haciendo lo que sea por conquistar el tesoro. Y lo confunden todo con el dinero, aunque renieguen de ello y pongan cara circunspecta. Por llegar a él uno puede llegar a ser peor que Perro Negro o el Capitán Flint. No se concibe que el tesoro sea otra cosa. ¡Oro, oro, oro! Parecemos repetir todos como el loro de Silver. Pero el mapa verdadero quizá esté dibujado con otros signos y se encuentre en otro lugar o en otra piel. Y puede que tampoco esté en el cofre del Billy Bones de turno, en la posada del Almirante Benbow o en cualquier otra quimera. ¿Dónde buscar un mapa que ofrezca ciertas garantías de éxito? ¿En un papel, en la literatura? Quizá, quizá. ¿O más bien en los ojos enamorados de Fanny, tu mujer?

A mí me gusta ponerme en la piel de Jim Hawkins y subirme a la Hispaniola de polizonte como él. Y contemplar en el cielo la posibilidad de un tesoro mucho más consistente e infinito. Y dejarme llevar por la estela del propio barco. Y cuando llegue la hora de luchar por lo que creo hacerlo con brío y acero. Y ser feliz.

Bueno, ya ves lo que aprendo de tu novela, querido Robert Louis Stevenson. Tengo cinco o seis ediciones distintas de La isla del tesoro, pero casi siempre leo una de lujo de la editorial Edhasa. Ese libro, amigo mío, preside mi biblioteca y -lo que es más importante- una buena parte de mi vida. Aquí te dejo mi agradecimiento y mi recuerdo. Dios te guarde.

jueves 22 de mayo de 2008

Hay que fijarse en las cosas


Una nueva lámpara ilumina la entrada de la casa. Y la mujer del cuadro, que zurce en silencio la camisa, tuerce el gesto. Le ha molestado el repentino destello. Demasiada luz para su labor doméstica. A su izquierda una sencilla ventana le abastece de esa claridad que es la belleza. No necesita más. Pero sigue cosiendo en silencio, sin decir nada. Sentada en su silla de enea (supongo que es de enea), y calzada con unos zuecos. Apago la luz, y unas leves sombras encienden su rostro de rubor y encanto. No dejo de mirarla. La verdadera luz está dentro del cuadro, está en esa camisa blanca que descansa en su regazo. Hasta hoy no me había fijado tanto en esa cuadro que está a la entrada de mi casa. Pero es que cada vez me detengo más en las cosas. Por ejemplo en esas perchas. Vacías, sin la ropa de mis hijos. Una simple percha me avisa de la ausencia y de una soledad que comienza a no gustarme tanto como antes (no, no bastan los libros). Ahora, en esas perchas, voy colgando algunas anécdotas y estas pocas palabras. En su desnudo equilibrio imagino lo que puede ser el futuro, y qué prendas colgarán de ellas dentro de unos años. O qué recuerdos. Son como el esqueleto del alborozo que vive en mi casa. En nuestra casa. Juguetes, muebles, libros, cuadros… Y mil objetos más que parecen sin importancia, pero que la tienen. Sólo hay que detenerse un poco, y buscar en su materia el centro de gravedad del alma. Porque la felicidad también tiene su ornato. Algo que vemos todos los días. Por eso hay que fijarse más en las cosas. Con ganas y delectación morosa.

miércoles 21 de mayo de 2008

Capricho visual


Me gustaría ver el tono naranja
del atardecer,
con esos trazos oscuros.
O el amarillo de la mañana
ceñido
a la curva del paisaje.

Y volar dentro de esos colores.

Hay muy pocas cosas comparables a entrar en una librería


Hay muy pocas cosas comparables a entrar en una librería. Antes de llegar venías pensando en libros o autores concretos, y en secciones que te gustaría visitar despacio. Quieres tomar nota de algunos libros sobre cine y arte, y de las novedades literarias que te hayan podido pasar desapercibidas en el tumulto de la publicidad (donde salen beneficiados los escritores que publican en grandes editoriales, que casi nunca coinciden con las mejores). Quisieras comprarte alguno de ellos, aunque eres consciente de los apuros económicos y que estamos en el tramo final del mes, con todo lo que eso supone. No se puede tener todo. Y piensas en la ingente cantidad de libros que tienes en casa sin leer, esperándote. Sólo en tu despacho tendrás más de cincuenta. Ante esto, uno quisiera releer a Marcel Proust en la edición de Valdemar, o hincar los ojos en las páginas pendientes de Elías Canetti en la edición de Galaxia-Gutenberg. Es decir, leer sin la obligación de la novedosa inmediatez, de la reseña crítica. De la prisa.

Antes de llegar a la librería uno piensa en su historia como lector. Y recuerda los largos paseos por la ciudad buscando esa oportunidad que esperaba en el rastro o en la librería de don Inocencio. Aquellas largas conversaciones de tus 16 años con el librero, un bibliófilo y un canónigo. Y bucear por los rincones, y hurgar por enésima vez el mismo estante. Y de repente… De repente un libro que te llama la atención: Dios ha nacido en el exilio, de Vintila Horia (que ahora ha reeditado Ciudadela) me descubrió no sólo uno de los libros más importantes de la segunda mitad del siglo XX, sino a uno de esos escritores que se vuelven indispensables, y de los que vas buscando cualquier suerte de vestigio, hasta el más nimio. Le dije a don Inocencio que me lo guardara -no llevaba ni un duro-, y él me miró. ¡Cómo recuerdo su mirada gastada de tantos años de lectura y privaciones! ¡Cómo recuerdo aquella mirada tierna y un tanto escéptica hacia los hombres! Digo que me miró. Y me dijo: - “Guillermo, ya me lo pagarás cuando puedas”.

Ustedes comprenderán que lo recuerde con tanto cariño. Murió, y en aquel local ya no hay libros. Pero cuando paso por allí me paro y les cuento estas cosas a mis hijos. - “Escuchad, aquí había un gran amigo mío que vendía libros”. Imposible no recordar el trazo fuerte -a lápiz- del precio que ponía en la primera página, y los volúmenes que se apilaban en el suelo. Y los libros mejores que guardaba junto a él, debajo del mostrador, y que te dejaba mirar condescendiente. Pero ahora sigo caminando por el tiempo hacia otra librería. Con la misma ilusión de encontrar ese libro que tal vez me esté esperando. Aunque no lo pueda adquirir todavía.

Ya he llegado. Entro. Es como si estuviera en casa. Y acaricio sus lomos con nostalgia. Porque no podré leerlo todo.

martes 20 de mayo de 2008

Collage


Una paloma se refugia en mi balcón de la lluvia. La cuartilla sigue en blanco. Me hubiera gustado escribir algunos versos de los Salmos (¡por pedir!). Hablé un rato con Dios mirando la hiedra. Hay en mi casa un espejo que no refleja del todo la verdad, y lo evito. A veces me dan ganas de esconder las palabras en algún rincón de mi vida. La cima de toda excelencia es la bondad no la inteligencia. De todo lo que hago hay algo que no sirve para nada. Y bajo todavía las escaleras de mi adolescencia por si me llega alguna carta. O las subo, buscando algún secreto en medio de la soledad. ¿Dónde me gustaría estar ahora? Aquí. Creo que es el lugar más seguro. Esos geranios blancos combinan muy bien con su alma. El verano se quedó para siempre allí, en aquel campo amarillo recién segado. Ayer salí de casa sin ningún libro, y descansé. Cuando llueve me gusta cerrar los ojos y pensar que me salpican las olas. ¡Qué desastre!, no he llamado a mi padre en todo el día. Durante la romería del domingo recé el rosario deshojando margaritas. Me preguntan si aborrezco algo… Hoy por hoy el provincianismo y los malos modales. Y la mentira como género literario. La mirada de la cantaora Estrella Morente es el centro de su música. Lo siento, pero me habéis hecho aborrecer la política, zascandiles de tres al cuarto. Si me muero de repente, por favor, enterradme entero al lado de mi madre (y que el funeral sea piadoso). Esa prenda naranja me enseña el más bello amanecer posible. El temblor del silencio. Las primeras lecturas de Salgari. Aquella luz de México, como recién creada, junto a la poesía de Xavier Villaurrutia y Chapala. Y cuando salgo de mi casa me santiguo para no caer en la tentación de la tristeza.

lunes 19 de mayo de 2008

Óleo


Pintas al óleo un recuerdo
de agua,
niños y montañas.
El pincel acaricia el tiempo,
y el viento
se llena de colores.
Resplandece una líquida luz esmeralda,
y los rizos de esas nubes tan blancas
se enroscan en las rocas.
¡Qué fría estaba el agua! ¡Y qué limpia
su alegría!
De nuevo se mojan los pies en la orilla.
Gritan y juegan entre risas.
Tus pinceladas salpican de brillos las ondas.
Y las frondas de los árboles reverdecen tu vida
con otras hojas.
¿Cuántos años hace? Vuelves
a estar allí, sentada sobre la hierba.

Con unos precisos toques de alma
logras que la pintura viva.

La amapola


- ¿Has visto esa amapola?
- Cada día en tu boca
la beso, y me besa.

- ¿Has visto esa amapola?
- Ahora está en mis labios
y la dice tu lengua.

- ¿Has visto esa amapola?
- Claro, es la belleza
con la que siempre me amas.

domingo 18 de mayo de 2008

En la edad crítica


De acuerdo, estupendo, muy bien. Sí, ya lo sé. Lo llevo escuchando hace años. Pues claro que estoy dispuesto (siempre y cuando no me hartéis). ¿A quién no le cuesta? ¿Cómo dices? Vaya, ese argumento no lo había oído. O sea, estoy en una edad crítica (¿hay alguna que no lo sea?). ¿El corazón? Debería asustarme un poco ¿no? Espera… Pues no me sale. Nada, que no me asusto. Jo, eso de la edad crítica es fuerte. ¿O es una treta? Ya está, te he pillado. Lo que quieres decir es que puedo morir por exceso de lectura, o sobredosis de escritura. (No me negarás que tiene su aquello, puro romanticismo). Pero no, la cosa está en vivir de manera sana y equilibrada, lo sé, pero también sé que en eso hay mucho de mito y manías a espuertas. Vivir. Y vivir requiere de algunos sacrificios. ¡Menuda vida! Que sí, que no he dicho nada, que estoy dispuesto. Vale. Aunque oye, una pregunta... Se me ha ido el santo al cielo con tanto rifirrafe. Anda, déjame leer un rato. ¿No he dicho ya que sí? ¿Que cuándo? Mujer, pongamos dentro de un mes, para que me haga a la idea. ¿Esta tarde? Ni hablar, tengo que terminar este libro de Lewis Buzbee y escribir sobre unas bodas de oro matrimoniales. ¿Que no tengo palabra? Pero si no hago otra cosa en mi vida que ir de palabra en palabra. Será un momento, dices. ¿Cómo? ¿Unos movimientos de yoga? ¡Por favor! Es que para eso no tengo calma, prefiero vivir menos. Si acaso lo clásico, unas abdominales y unas flexiones. Y un poco de paseo. ¿Hacer qué? ¿La langosta? Mira, te digo la verdad, no sé si esa langosta mejora la digestión o es buena para la vejiga, pero te aseguro… ¿El twist? Sabes que no bailo. ¿Que sosiega el sistema nervioso y fortalece la musculatura? Que no, que no me siento en el suelo con las piernas extendidas. ¿Tú sabes lo que es la dignidad? Por favor, déjame leer. Mira, ¿ves? Se titula Una vida entre libros, y el tipo que lo ha escrito estoy seguro que es feliz. Como yo. ¿Qué mejor ejercicio? ¿Un gimnasio? Un gimnasio no da la felicidad. Si acaso alguna amistad, eso sí. Y mirarse el cuerpo con complacencia. (Pandilla de epicúreos). Venga, te prometo unas flexiones, y unas flores. Que no, que no es para que me dejes en paz. Sí, ya sé que es por mi bien. ¿Y si damos un paseo y hablamos de ello tomando un enorme helado de vainilla? Hay que saber vivir. (Y por si acaso hubiera alguna tienda de por medio, ya saben, me llevo el libro en el bolsillo).

sábado 17 de mayo de 2008

Tomo un día al azar


Tomo un día al azar. Por ejemplo
hoy. Los ruidos de los vecinos
y el repaso de varias lecciones de geografía.
Capital de Lituania… ¡Vilna!
Y desde Vilna viajo a la cocina.
Cada vaso en su sitio, y esos dibujos
de los niños cuando eran verdaderamente niños
y se abrazaban a mis piernas. En un suspiro
te sientas a la mesa,
donde el periódico de ayer dice que Vicente Aleixandre
es un poeta olvidado y que somos polvo de estrellas.

¡Los Lakers en semifinales! Y los geranios
que florecen en la memoria. Rojos,
como los labios de mi madre en aquella fotografía
(sonreía vestida de verdemar).
Capital de Noruega… ¡Oslo!
Muy bien Cristina, pero por favor te pido
que nunca me dejes solo.
No me creas si te digo que estoy bien entre libros.
Estoy mejor contigo,
viendo Grease o troceando fresas.
O en el recuerdo de tus piruetas sobre las olas…

Venga, vamos, corre, ven, mira
los colores de mayo.
Y respira esta brisa
y el aroma de los arces.
¿No te das cuenta hija mía del milagro
que eres?

Mira, mira, ya vuelven las nubes.
Y quizá la lluvia.
Y con la lluvia los estragos del tiempo.

Carta a Milena Agus, novelista italiana


Querida Milena:


Si dijera que no te conozco no estaría diciendo la verdad. Al menos no del todo. Porque me ha bastado leer Mal de piedras (Siruela) para adivinar un poco de ti, de esa alma tuya que trenza con palabras una nueva perspectiva de la vida (o de un trozo de ella). De tu vida, de mi vida: de nuestras vidas. Vidas que van pasando las páginas y los días. Vidas que leen la belleza del brezo y del acebo, y esas gotas que veía resbalar esta mañana por el espejo, como contabilizando el tiempo. Siempre he creído que la literatura nos salva precisamente de eso: del tiempo. O quizá nos ayude a entenderlo. A entendernos. Porque somos tiempo, claro, pero también mucho más. Fíjate bien Milena, mientras te escribo estoy viendo las diferentes maniobras del sol entre las cortinas de mi ventana. Y me da por pensar si será Dios, que quiere entrar. Tal vez quiera hacerme partícipe de maravillas sin cuento, o quiera sugerirme que esta luz es la respuesta a todo aquello que todavía no entiendo. Tal vez. Pudiera ser.

Después de leer tu novela me quedé conmovido. Pensé que era muy difícil hacer crítica literaria de algo tan hermoso. Puede que por eso te esté escribiendo esta carta. Me pareció todo el texto como una parábola preciosa. O una alegoría. Una manera delicada de explicarnos el amor (y el desamor), ese intrincado camino lleno sorpresas y nostalgias, lleno de detalles e inspiraciones. El amor. Y la manera de lograr que no muera, o que vuelva y nos haga sonreír. Cada instante de nuestras vidas es una posibilidad de amar y de ser amado. Y entonces, cuando esto sucede, el alma se abre en abanico, y la literatura se expande y seduce, y adquiere sentido incluso el dolor. ¿Te das cuenta Milena? Siempre estamos a tiempo de ser felices. Y eso es lo que fundamentalmente me ha venido a recordar tu novela. Nuestra novela. El amor. Su lenguaje.

La historia de la Abuela. Una historia de amor inesperado. La elegía del tiempo y de los cuerpos. La sensualidad del cariño, de cada gesto. La entrega y el deseo. Y la poesía del alma, que cala en tu imaginación y en tu escritura. Todos sabemos que la vida está llena de cólicos y de vacíos, de intermitentes sinsabores que tiñen la luz de espesas sombras. Pero de pronto uno se enamora, o es más consciente de esos ojos que le miran, o del paisaje, o de la ternura de los sueños. Y el vacío se llena de música, y los cólicos acaban expulsando esas piedras… Y la vida resucita, y la literatura es una realidad que nos transforma. ¿En qué? En algo mejor, sin duda.

Milena, perdona estas breves y deslavazadas líneas. Son como un agradecimiento. Tu libro está lleno de afectos y de ternura. Y de una prosa que cautiva sin remedio. Da gusto leerte, de verdad. Recibe mi más cordial saludo y mi amistad.

viernes 16 de mayo de 2008

Madurez


¿Se puede saber en qué consiste? Madurez, madurez ¿dónde estás, dónde te escondes? Me dicen que tengo que ser maduro, y que definitivamente me caiga del guindo. Vamos, comportarme como todo un señor adulto, y hacer las cosas en su momento, y tener muy claro el orden de prioridades y, por favor, dejar de una puñetera vez tanto blog y tanto libro. Total para nada, para lo que sirve. Pero resulta que eso que llaman madurez es algo que no acabo de entender muy bien. ¿Ser maduro qué significa? ¿Significa ponerse la corbata y ganar más dinero? ¿Significa hacer lo que me digan y ordenar escrupulosamente los recibos del gas? ¿Significa hablar siempre de cosas muy serias y dejar los versos para mejor oportunidad?

¿Qué es la madurez exactamente? Porque no lo entiendo, de verdad. Aunque… puede que lo que intenten decirme es que no piense tanto en evanescencias espirituales (tanta hiperestesia no es conveniente) y me dedique un poco más a la contingencia material. Puede que sea eso. Y por lo visto no atino con ella. Con la madurez, digo. O con ese tipo de madurez que me piden. Y, sin remedio, me dejo llevar por la brisa, o creo que lo importante está en la flor de los almendros, o en la fogosa espuma del mar. O en los tonos naranja de ese cuadro de Rothko. Claro, si mis hijos vieran a un señor trajeado al volante de un buen coche… Pero no sería yo, estoy seguro. No me reconocerían. Además uno tiene poco reprise, y no conduce. Y suele ir con vaqueros.

Creo que la madurez a la que me exhortan no me interesa ni a mí ni a los míos. No por pereza, o tozudez. La madurez consiste en ser cada uno como es -no como los demás les gustaría que fuera-, en reconocerse cada mañana y bregar por ser feliz en cada circunstancia. En la que toque. Para mí ser maduro no es necesariamente ser un tipo duro, o ser manitas, o planificarlo todo hasta el más mínimo detalle. Para mí ser maduro es querer a la gente. Es tener corazón vaya.

jueves 15 de mayo de 2008

Mañana con lluvia




Porque el ser que es más ser
es tan sólo el que ama.
ANTONIO COLINAS


Estoy sentado literalmente sobre libros, con otro libro en las manos. La pasión de la mente occidental, de Richard Tarnas (Atalanta) va desgranando algunas de las intuiciones, interrogantes, dudas y certezas del hombre que está sentado aquí, conmigo, y que resulta que soy yo. Leo una o dos páginas, y me levanto para poner el lavavajillas, con su jabón y su abrillantador, que al fin y al cabo es la manera de pensar mi vida, y de leer el fundamento de la verdad. Entre platos y vasos abro la ventana de la cocina para ver si la lluvia sigue lavando fuera plantas y fachadas. Y me quedo mirando un buen rato su caída, para que también lave un poco mi mirada, sucia de sombra y ceniza. ¡Qué bien huele! Otras personas se asoman a otras ventanas. Todos contemplamos lo mismo: nuestra memoria. Aquellas botas de agua y el impermeable a rayas. (¿Eran azules o verde hoja?). Los charcos inmensos donde desafiábamos cualquier tipo de peligro. Éramos indestructibles con aquellas botas... Pongo el lavavajillas en funcionamiento. Y me vuelvo a sentar sobre los libros. Ahora cojo Desiertos de la luz, de Antonio Colinas (Tusquets). Ya lo he releído tres veces, pero todavía voy a esperar un poco antes de escribir sobre él. Quiero llegar más adentro, sabérmelo mejor, encontrar el canto “donde los ruiseñores serenan la alameda”. La poesía, como la lluvia, no admite prisa. Escucho desde aquí su caída, mientras hago como que leo, remontándome a aquellos días sin recreo. Algunas veces nos llevaban a la capilla, y cantábamos a Dios unos bien ensayados “glorias” y “aleluyas”. Llaman. Un mensajero. No, no es del Cielo. ¿O sí? Puede que de ese otro cielo que son los libros. Pero no abro el paquete. Guardo la sorpresa para luego. Y me pongo la gabardina y salgo a la calle. Acaricio los mojados troncos de los árboles e inspiro la penumbra… Amo todo esto. Aunque diga que lo aborrezca. Amo mi calle y los paseos. Amo los bares y los grandes almacenes. Y amo la paz de las iglesias y de las librerías. Me gusta esperar en los semáforos, e indagar en el alma de la gente. Me gusta sentarme en los bancos y enseñarme con calma las cosas. Me gusta encontrarme con amigos o saludar desde lejos a las palomas… Y ver el brillo de los magnolios y entrar en las floristerías para recordar de nuevo los colores.

miércoles 14 de mayo de 2008

Piropos





Deberíamos transformar cada instante en un piropo. Por aquello de ser agradecidos y dejar constancia de nuestro gozo. Dar gracias a Dios por esta luz y estas palabras que tengo ahora entre las manos. Bendito seas. Darle gracias por la vida y su belleza, por todo lo que somos y tenemos. Bendito seas, bendito seas, bendito seas. Levantar el alma al cielo y mirar de frente esa claridad que se remansa en los trigales y en los crepúsculos de mayo. O en los ojos de los hijos. O en esa piel que sólo tú acaricias. Dios, ¡qué cosas pintas! Darle gracias por el aroma de nardo y flores silvestres de Su Madre. Por ese rostro de María y la armonía de sus gestos. Bendita sea la madre que te trajo al mundo. Y ofrecer un buen surtido de piropos a todas las demás madres. Gracias mamá por quererme y estar a mi lado y regalarme siempre libros. (Que conste: los padres no hacemos ascos a los piropos). Y despertarnos por la mañana y resucitar ese beso que quedó pendiente anoche, y en el mismo momento abrazar a nuestra mujer y decirle un sencillo “te quiero”.

Deberíamos transformar la vida en un piropo. Uno detrás de otro. Sería más fácil luego seguir la pista del cariño, y no perdernos en trivialidades, o en un desamor terrible. Es el amor que se anuda en unas pocas palabras. Es de lo que habla el corazón. ¡Mira que eres guapa! Eres el centro de mi vida. Sin ti me moriría. Y así. Parece que no tengan importancia, pero el alma vive de estas cosas. Es su música, y la felicidad que invocamos. E insisto: hasta Dios “necesita” de estos piropos. Conociéndole un poco, estoy seguro que sonríe y hace posible nuestra perseverancia en la alegría. Y enfoca nuestro ser de tal manera que de repente vemos la poesía sublime de los sauces (lo que se oculta entre la danza de sus ramas), y el agua hialina de los ríos bañada en su trasluz divino. Su gracia ejerce la omnipotencia; y perdona, y sana, y salva. Y recuerdo el comienzo del Salmo noveno: Te doy gracias, Señor, de todo corazón, / proclamando todas tus maravillas. Pues eso.

Esa debería ser nuestra vida, la síntesis de todo: agradecimiento y asombro. Que no otra cosa son los piropos. No debemos acostumbrarnos al prodigio que sentimos. Y callarnos como muertos. Debemos decirlo, hacer saber que somos más y que nos damos cuenta. Amar es también un acto de lenguaje.

martes 13 de mayo de 2008

¿Quién ha dicho que es fácil amar?


Pues claro que no es fácil amar. En primer lugar porque tienes que olvidarte de ti y estar pendiente del otro. Y eso es un asunto peliagudo y de lo más incómodo y exigente. Un asunto en el que no valen disimulos o divagaciones. Es algo concreto y personal. Tan concreto y personal como hacer el desayuno todas las mañanas o sacar ternura de debajo de las piedras. El amor no es una fábula milesia o una abstracción solitaria. Ni es sólo una prerrogativa sexual o un derecho que me corresponde porque sí. El amor -no nos vamos a andar con rodeos- es una difícil convivencia que sortea terquedades, desavenencias y demasiados silencios. Pero con todo eso nos basta una mirada, una caricia o una palabra -o quizá nada- para saber que nuestra felicidad pasa por ella. O por él. Y que aunque seamos toscos y zafios, y ellas el mayor misterio de la naturaleza, hay algo que nos lleva a entregar nuestras vidas. Con cariño y sin complejos.

El amor no es un éxtasis que se prolongue demasiado (aunque tiene sus momentos), más bien es algo árido, donde el cansancio se lleva la palma y la contradicción parece la norma. El amor es un estado de alma, no de ánimo. El amor es esa alegría que nos sale de dentro, y que se ha ido sedimentando con la sinceridad y los paseos. Por eso puede resistir con aplomo la tentación de la desesperanza o de la ira. Y volver a seducirnos con su innata vocación de infinito. El amor es nuestra propia identidad, y la paciencia.

No, no es fácil amar, pero lo necesitamos. Y en concreto necesitamos de esa persona que está a nuestro lado. Tal y como es. Sin excusas y con determinación. Ayudándole a solventar sus preocupaciones e insolvencias. Con delicadeza y corazón. Y ella nos necesita a nosotros. Y juntos vamos aprendiendo a educar los sentimientos y a pulir el carácter. Amar, entregarse. Es el don mayor de Dios. Y en ello debemos poner toda nuestra ilusión y pericia.

lunes 12 de mayo de 2008

Un desconocido y enamorado poeta español, soldado de los tercios, muere en Flandes (1586)


La lluvia deja un aroma de selvas vírgenes
y un embriagado escalofrío de jazmines.
Gemas que resbalan por el acero de la espada,
gotas que afilan el brillo de puñales y miradas.
Avanza despacio el poeta por el barro,
entre enhiestos estandartes, balas y corceles,
presto siempre a la batalla
(es atroz el griterío y la agonía
del olvido,
y el altivo cortejo de la guerra).
Se enzarza en un viril cuerpo a cuerpo con el miedo,
empapado de sangre y de nostalgia.
Lejos queda España, y su mujer, y aquellos viejos libros
donde leía el amor de madrugada.
Imagina su muerte,
tendida allí, yerta, en ese cielo de lodo
y nubes escarlata.
Avanza arrastrando sus propias huellas,
y la soledad y las viejas heridas
(las del corazón son las peores).
De pronto una estocada enemiga le atraviesa el pecho.
Cae de rodillas,
pero su alma vuelve a ponerse en pie
-eterna-,
dispuesta a seguir luchando
mientras se desangra el día.

domingo 11 de mayo de 2008

¿Qué género literario prefieres leer?

Si me lo preguntan así, a bocajarro, diría que prefiero un buen libro de poesía, la espalda apoyada en un esbelto chopo, y cerrando de cuando en cuando los ojos, para escuchar mejor el significado de las hojas y de los versos. Dejadme elegir el libro. Dignum est y otros poemas, de Odysseas Elytis (Círculo de lectores). Lo elijo por su optimismo y por su luminosa vitalidad. “Una amplia mirada en la que el mundo vuelve a ser / Bello desde el principio a la medida del corazón”. Sí, creo que prefiero la poesía. Me deja más tiempo para pensar, para recobrar el aliento. Y la mirada. Esa mirada que puede posarse en otros poetas y en otras tierras. Antología de poesía mexicana de hoy (Bruguera) nos ofrece -de la mano de Mario Campaña- una sorpresa tras otra. Con poetas tan interesantes como Fabio Morábito, Gabriel Zaid o Alberto Blanco. Una panorámica intensa y variada en sus distintos tonos y ritmos y matices. Extraordinario libro.

Pero claro, de vez en cuando toca prosa. Algo más llevadero quizá, pero literariamente digno, intentando dejar a un lado lo procaz y el refrito. Una agradable historia, o la más viva acción e intriga. Hay para todos los gustos. Miles de novelas, ficciones que logran evadirnos de la realidad. O complementarla. O transformarla. Hacernos entrar en los sentimientos de esos personajes que intentan hacer frente al dolor, al sentido de la vida (y a sus diversos prodigios), al tiempo abolido y a la genealogía del amor. Entre otras cosas. Novelas como Mal de piedras, de Milena Agus (Siruela); El sindicato de policía yiddish, de Michael Chabon (Mondadori); El gran viaje de Ambrose Zephyr, de C.S. Richardson (Lumen); la genialidad narrativa que reside en La casa de la alegría, de Edith Wharton (Alba) y La isla, de Giani Stuparich (Minúscula).

Esas cinco novelas que he señalado son verdaderas joyas. Bueno, bueno. Lo de Milena Agus es especialmente memorable. Tengo que subrayarlo. ¡Qué escritora! En poco más de 100 páginas nos ofrece la intimidad del amor de una manera tan elegante y emotiva, que no tenemos más remedio que rendirnos a su encanto. Las cosas pudieron suceder así. La realidad se reinventa, se mejora, y la literatura pasa a ser nuestra realidad y nuestra historia. Una preciosidad de libro. Hacía días que no leía una novela de esta categoría. Con un encanto tan de verdad. Y de la misma envergadura me parece La isla, de Stuparich. Dos novelistas italianos, dos obras maestras.

Y en el ensayo nos recreamos de una y mil formas. Por ejemplo con una ansiada biografía. Por fin Antonio Rivero Taravillo lo ha conseguido, y se ha merecido el XX Premio Comillas. Ya era hora de que alguien diera el gran paso -aunque otros hicieran más o menos acertadas aproximaciones-, ya era hora de que tuviera el lector a su disposición una biografía extensa, completa, documentada y bien escrita del poeta Luis Cernuda, cuya influencia en la poesía posterior ha sido decisiva. Luis Cernuda. Años españoles (1902-1938), publicado por Tusquets, es el primer movimiento de una vida llena de sufrimiento y de soledad, llena de incomprensiones y prejuicios, pero sobre todo llena de Poesía, de “realidad y deseo”. Y ya puestos, y para los más entregados amantes de la literatura les aconsejo un ensayo -o conjunto de ensayos- nada común. Es como si la misma literatura hubiera escrito sus memorias, su “experiencia interior”. Sentimiento y creación. Indagación sobre el origen de la literatura, de Ángel Rupérez (Trotta) me atrevo a señalar que es un auténtico hito de nuestras letras. Estudio y meditación constante sobre el estímulo de los sentimientos en el alma, y del alma en el lenguaje. Y la insatisfacción que buscamos saciar en la belleza, y en el pensamiento. En la interiorización y emoción que suscita una obra de arte.

¿Qué género literario prefiero? Todos. Siempre y cuando su escritura me resulte necesaria a las pocas páginas. Que me conmueva y percuta en mi alma. Porque el leer, como el escribir, es siempre una necesidad. O no es nada.

sábado 10 de mayo de 2008

De botones adentro


Dice Carlos Ruíz Zafón en su última novela que la rutina es el ama de llaves de la inspiración. Y es verdad. Y probablemente también lo sea de la felicidad. El problema es que nuestra naturaleza es un culo inquieto. Antojadiza e inestable. Las amarras no son muy de nuestro gusto. Llevamos mal lo de la rutina. Queremos la inspiración de forma inmediata. O lo que sea. Y nos precipitamos en mil pensamientos baldíos. Wilde lo expresó a la perfección: “Para la mayoría de nosotros, la vida verdadera es la vida que no llevamos”. ¿A que es verdad? Y nos da por concebir mil historias, buscando la evasión en increíbles fantasías, popularmente conocidas como musarañas. Y es que nos aburrimos, y además queremos que todo nos resulte fácil y genial. Sin apenas esfuerzo oiga. Ese dinero para ya. Y bueno, no digamos nada de esa mujer -u hombre- escultural. ¡Qué tipo! Quita el hipo. Para mí, para ya. Inmediato, inmediato. Dejémonos de pormenores y enternecimientos. Al catre con ella (o con él). Aunque sea virtual, o casual. Y cada uno por su lado. Pero el caso es que la diversión dura muy poco. Y queremos más de todo. ¿Rutina? Eso suena a trabajo y horario, suena a sudor de tu frente y penitencia. Quita, quita. Aquí lo que cuenta es el placer y el regodeo. Que las penas ya vienen solas. Y soñamos diferentes casuísticas del pecado (esta palabra sigue vigente y puede consultarse en el diccionario, e incluso en la conciencia). Eso: queremos vivir otra vida muy distinta. Y la gandulería hace mella. Y deseamos lo que no tenemos. ¡Qué excitación! Pensamos que lo de los otros es siempre mejor. Y al final de todo… ahí seguimos, más aburridos si cabe. Y más suspicaces. Quizá presos de otra rutina todavía peor: la de la tristeza. Que no es precisamente un ente de ficción.

viernes 9 de mayo de 2008

Pablo García Baena, premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana


Pablo García Baena y Ricardo Molina son dos de los mejores poetas del siglo XX español. Y, sin embargo, ¿quién les conoce? ¿Quién frecuenta su poesía? No nos engañemos: un grupo muy reducido de fieles lectores y filólogos varios. Recuerdo que hace años propuse -en una determinada revista oral de poesía en la que por entonces colaboraba- traer a la ciudad donde resido a dos poetas que me parecían y me siguen pareciendo imprescindibles: Luis Rosales y Pablo García Baena. Con Rosales no hubo manera. Un prójimo que ejercía de cabecilla dijo que nones. Que un fascista de mierda que había colaborado en la muerte de Lorca no podía venir. En esta vida se escuchan cosas así, ya saben lo incombustible que es la insipiencia, y el hablar por no callar, y la miseria humana.

¿Y García Baena? De los que estaban allí conmigo, en ese momento, nadie sabía quién era. (Y esto me recuerda una anécdota universitaria, cuando le dije a determinado profesor que yo haría un trabajo sobre la poesía de María Victoria Atencia; y con ojos de besugo me preguntó: - “¿Y tú de qué la conoces?”, y le contesté: - “Es que con cierta frecuencia compro libros, y además los leo”). En fin, que nadie conocía a Pablo. Y comencé a hablarles de la importancia del grupo Cántico, de Ricardo Molina, de Juan Bernier, de Julio Aumente, de Mario López. Del empeño de todos ellos por recuperar la figura y la obra de Luis Cernuda, exiliado en México. Recuerdo que hasta les hablé de un libro estupendo que Guillermo Carnero había escrito sobre todos ellos. Les sonaba todo a música celestial. Pero se votó que adelante. Y vino.

Desde entonces nos conocemos. García Baena es Pablo. Un amigo. Hace poco he recibido algunos de sus libros dedicados. Y me gustan sus felicitaciones de Navidad, donde pinta estrellas de colores. Es de las personas más exquisitas que he conocido. Y muy generoso, y culto. Su cultura no es pedante o redicha, surge con naturalidad, durante la conversación o el poema. Ya sé que es premio Príncipe de Asturias y que ahora llega este merecidísimo y prestigioso premio Reina Sofía de Poesía, con su oropel y ese pellizco de euros. Vale, de acuerdo. Hago mía su alegría. Pero ¿será sólo flor de unos días? Lo que importa aquí es que al poeta se le lea, conocer a conciencia los argumentos poéticos y de belleza literaria por los que se le ha concedido este premio. Esto es lo que importa. Lo demás es bulla y pasatiempo.

Y eso requiere comprar alguno de sus libros. Yo les aconsejo para abrir boca Los Campos Elíseos (Pre-textos). O quizá la perspectiva de la excelente antología En la quietud del tiempo (Renacimiento) Ahí encontrarán al Pablo García Baena más último y maduro, con ese vocabulario tan rico y esplendente, con esa cadencia de alma que rezuma vida por los cuatro costados. ¿Barroco? Un poco. Pero el fundamento de su poética está en la sencillez de lo que su mirada percibe y su corazón anhela (o teme). Se deleita en las palabras (en su sensualidad fonética) y se deleita en su armonía espiritual. Y esto es algo que me gustaría destacar: la poesía de Pablo García Baena es de un profundo trasfondo espiritual. Se entusiasma con la vida, con la hermosura de un cuerpo, de un paisaje o de una amistad. Pero no se queda ahí, va más allá. Porque todo será memoria y quizá olvido. ¿Todo? ¿De verdad? La vida -y su pujanza- no puede dejar de vivir, de seguir con vida. Y la poesía es el signo de algo que no puede morir así como así. Y surge la eternidad de unas amapolas o de un atardecer. O la gramática de un beso.

Pablo. Pablo García Baena. Por encima de premios y laudes están tus versos, “desnudo hacia la voz”. No nos podemos quedar con un reportaje del periódico, con esa entrevista o con aquella enumeración de obras. Es tu voz lo que interesa. Antes que el tiempo acabe (para mí tu mejor libro). Esa voz que desgrana en poemas la belleza y la nostalgia del que ama. Y abro la última edición de tu Poesía Completa (Visor, 2008), y celebro la pasión y la plenitud de un gran poeta. Como debe ser: leyendo y releyendo su obra. Enhorabuena.

jueves 8 de mayo de 2008

La lucha es ardua


Para Mª Vallejo-Nágera



La lucha es ardua. La ternura se extingue
en un vacío blasfemo. Sientes el ahogo
de las tinieblas,
el ataque furibundo del mal
en el costado, durante la mañana.
Por eso caminas siempre por la acera
donde está la luz,
y apoyas tu cuerpo en el cuerpo que amas,
y en las acacias de hojas eternas.

Ay, la luz, esa gracia
que se adentra en el asombro del alma
y hace que percibas en ti la misericordia de Dios,
la llama que enciende tu vida.
Solo no puedes nada. Solo
te despeñarías hacia la tristeza más negra
(de vez en cuando experimentas
esa caída).
Y retomas la lucha en la belleza,
y sigues amando cada vez más
lo de siempre. Esa maravilla
de familia que tienes.
O el aroma de las sábanas limpias.

Sí, la lucha es ardua, pero amas,
y la certeza del amor
te salva de la angustia
y del acíbar de toda impureza.

miércoles 7 de mayo de 2008

Carta a Juan Urbizu (en su décimo cumple)


Querido Juan:

Aprovecho tu cumpleaños para ponerte unas líneas. Quiero pensar un ratito en ti sin nada que me estorbe. Ni siquiera el tiempo que te crece por dentro (¡estás tan cambiado a tus 10 años!). Verte como yo te veo siempre, mi pequeño. Verte jugar con los indios… Hoy te dejo los libros para que sean el fuerte. No me importa que se doblen algunas páginas o que las flechas hagan diana en las portadas, o en algunos poemas de Aleixandre. Mira, coge mejor esa edición de gran tamaño de La isla del tesoro, y esos otros libros de arte, y aquellos diccionarios enormes. Así no habrá forma de que conquisten los indios semejante fortín. Ni aunque esos malditos renegados les vendan, junto con el agua de fuego, un cargamento de rifles.

Mientras vas disponiendo la estrategia yo te observo sin prisas. Es el mejor regalo que puedo hacerte: jugar aquí contigo. Claro, por supuesto que tienes más regalos. ¿Te faltan indios y soldados? Me río porque sacas toda la artillería. Colocas caballeros medievales con sus pendones y armaduras, animales (fantásticos o no), esas fichas que coleccionas, y hasta los naipes de una baraja. Comienza la batalla. Te concentras como nadie en cada disparo. Hubieras sido de los mejores en el Séptimo de Caballería. Eres inteligente y no te acobardas. Y eres feroz en el cuerpo a cuerpo (siempre hay algún piel roja que logra trepar a lo más alto de ese diccionario, y cuando está a punto de descargar sobre ti un certero golpe de hacha, te abalanzas sobre él como un rayo y le dejas fuera de combate).

Escucho radiante el discurrir de la lucha en tus onomatopeyas. ¡Piug, piug, piug! ¡Crash! ¡Agg! ¡Ta-ta-ta-ta-ta! ¡Sssssssss! ¡Eeeyaaah! ¡Bam-bam! ¡Aaayyyy! Eres un niño feliz. Y nos haces felices a los demás. Aunque ya sé que tus hermanos mayores son de vez en cuando un poco cafres, y te chinchan y mangonean cuando les apetece. Veo que ahora te pones de parte de los indios. A tu madre y a mí nos gusta achucharte, darte mil besos. Eres el pequeño, y lo serás siempre. Fruto de un amor apasionado y apasionante. ¿No escuchas? Es el piafar de los caballos. Vigila tu retaguardia y ándate con mil ojos. Y estudia nada más llegar a casa. En esa mesa donde mamá pintó junto a tu nombre una casita blanca con tejado rojo, y un árbol de hojas verdeamarillas, y una pequeña flor, y esa hierba tan fresca.

¡Felicidades Juan! Y yo también me felicito. Por tenerte, por enseñarme a descubrir tantas veces el don de Dios que eres. Sólo tienes 10 años y soy yo el que aprendo de ti. Y siento que cuando vienes corriendo por el pasillo gritando “¡papá, papá, papá!” -no toques las paredes-, todo tiene un sentido mucho más especial. Único. Y acaricio el revoltijo de tu pelo castaño y, muy orgulloso, pongo mi mano en tu hombro. Quiero que lo sepan todos. Mirad: éste es Juan Urbizu, mi hijo. El pequeño. Y el más valiente soldado.

El poder de los inútiles

El gobierno de los inútiles sólo puede llevar al desastre. Tarde o temprano la situación se vuelve insostenible. Todo se les va por la boca. Incontinentes bocazas que hablan y hablan sin apenas leer un libro. Se disfrazan de estadistas muy demócratas ellos, y les preparan guiones y discursos, o improvisan a la sopa boba durante horas… Escuchen con atención: no dicen nada. Malgastan el poco seso en la discordia y la gresca. (O en un síncope de bonitas palabras y fastos). Son chulos insoportables y se ciscan en la ética política según convenga a su bolsillo o a sus adeptos.

Los prejuicios personales perjudican a su patria, pero les da igual. Tienen una gran fe en la revolución según el antañón catecismo marxista, pasado por la turmix frenopática bolivariana o lo que se tercie. El denominador común de todos ellos es el gusto por la necedad y el espectáculo. Algo que cumplen escrupulosamente. Están en dictaduras, pero también en algunas presuntas democracias. Los cortos cuando ejercen el poder son los más peligrosos. Se pongan el traje que se pongan nunca lograrán realzar su roma inteligencia, ese aspecto pantomimo pomposo. Y sin dejar de cacarear.

Y si la oposición achucha o exige un poco de sentido común, corren a parapetarse entre el paripé de palabras como solidaridad, progresismo, igualdad…, y demás trampantojos retóricos. Palabras de propaganda y simulacro. El gobierno de los inútiles finge muy bien lo que no hace, y lo que hace es un fiasco. Y se da lustre a base de entelequias, artistas amigos o ciertos medios de comunicación europeos (prestos para una oportuna tergiversación), diciendo lo que la gente quiere oír. Ese es el busilis de la cosa, el perpetuo paraíso de los bobos. Y ya saben, opinar de otra manera es catastrofista, propio de gentes abyectas y desleales.

¿Cómo puede consentirse que en pleno siglo XXI ocupen el poder personas sin un mínimo de preparación y talento, de pesquis y diplomacia, de idiomas y cordura? Pues ahí están. Como Evo Morales, en Bolivia. A punto de dar al traste con la unidad de su propia nación. Y los pobres cada vez más pobres. Y los de siempre en la inopia.

martes 6 de mayo de 2008

El poema de las olas


Nada más llegar corro hacia el horizonte.
Y me transformo en gaviota, o en niño
que contempla la mar por vez primera.
Desde su altura toco más de cerca la luz
que se zambulle en líquido delirio,
y que se incendia entre las olas
en un fuego cuya ceniza es de espuma.
Titilan los ojos en las olas,
y las alas planean dentro de una incipiente bruma.
Misterio de misterios es el mar y su materia.
Misterio de misterios es el amor que baña mi vida.
¡Cuántos recuerdos de arena!
¡Cuántos castillos de sueños!

Acudo a la playa con la mirada desnuda
de dudas y extravíos.
Extiendo la toalla con humildad,
y sobre ella el cuerpo ya maduro
de caricias.
Un cuerpo que vive del alma y que desea
entregarse a la absoluta ternura,
al deseo más puro.
Un cuerpo que deja de ser tiempo
cuando se funde a la divina presencia,
a la mística dulzura
del poema que leo en el libro
de las olas.

lunes 5 de mayo de 2008

De regreso


Veamos. A mí lo que me pide ahora el alma
es liarme con unos cuantos versos de piedras
submarinas y reflejos en las olas.
Esos verdes escarlata o ese musgo
adherido al paisaje.
Describir con cierta solemnidad la perseverancia
del tiempo en el movimiento de las mareas.
(Malos o regulares versos, no sé,
pero es que no siempre cabe la belleza en la prosa).

O comienzas a escribir y de pronto estalla la luz
en la umbría del bosque de los años,
y la memoria siente aquella misma brisa
que acariciaba la hiedra. Y las palabras
se quedan sin saber qué decir,
observando
lo inaccesible de las rocas (y de la vida),
sintiendo en su interior el abismo
de Dios en el sonido del agua.

Es todo un vértigo sobrenatural,
un cúmulo de instantes
sagrados.

La mala educación


Entre noticia y noticia, en el ir y venir de nuestra apresurada vida, una de las cosas que más llama la atención del buen observador es la mala educación de ciertas personas. Y llega uno a creer que es un fenómeno lo suficientemente generalizado e importante como para que merezca la pena reflexionar sobre ello. No podemos ni debemos acostumbrarnos a los malos hábitos, anulando nuestra capacidad de rectificación.

Lo que está mal estará siempre mal y nunca podrá ser algo bueno, por frecuente o reiterado que esto sea. Todos -estoy seguro- podríamos contar de casos concretos, pero pienso que lo positivo, lo que realmente nos interesa es averiguar las causas, ver el porqué de un fenómeno tan agresivo como poco justificable.

Tal vez una de sus posibles causas la encontremos precisamente en las prisas, en el “no tengo tiempo para nada ni para nadie”, que irremediablemente nos conduce a la infelicidad, a la deshumanización, al descuido de los detalles, de todas esas pequeñas cosas que la mayoría de las veces son las que nos procuran -a nosotros y a los demás- una existencia más llevadera, una mejor calidad de vida. El apresuramiento es mal consejero porque en él se difumina la reflexión, precipitándonos en un acelerado sinsentido que nos distrae de lo fundamental y degrada nuestra humana condición.

La mala educación prescinde del matiz, atropellando en su descortesía la buena voluntad de aquellos que nos rodean. La mala educación es, reconozcámoslo, fruto del egoísmo. Es dejar de pensar en los demás como personas, para pasar a ver en ellas meros obstáculos que debemos sortear. Cuando sólo importa el “yo” y “lo mío” es el centro de toda nuestra actividad, podemos empezar a sospechar que en cierto modo estamos fracasando en la vida.

En nuestra cotidianeidad no llegar a todo puede producirnos incluso amargura (es verdad que nuestra sociedad no nos lo pone fácil), y la amargura un constante malhumor. También la frustración incide en nuestros gestos y palabras, volviéndonos ariscos, irascibles y suspicaces.Pero debemos sobreponernos a todo ello y saber estar. No son excusas el carácter o un determinado estado de ánimo. Porque la educación no es algo ornamental, de lo que uno pueda prescindir impunemente según la conveniencia. Descuidarla afecta a la normal convivencia y por lo tanto a la necesaria cohesión social.

Y es que damos vueltas y más vueltas al trasiego de nosotros mismos, tratándonos entre demasiados algodones, ignorando las necesidades de los demás. Quizá esa persona que tenemos al lado espera algo más que nuestro grito o nuestro silencio. Tal vez espere una sola palabra, algo que le lleve a ser mejor.

domingo 4 de mayo de 2008

Hijos


Contemplo a mis hijos y veo crecer a Dios
en su mirada.
Miro lo que ellos miran,
miro para no olvidar nada.
Todo lo amado es infinito,
vida interior de la esperanza.
Sus almas de niños acarician mis palabras,
ebrias de sol y de ternura,
insondable torbellino del espíritu
que ora en el lenguaje de la infancia.
La entraña de la santidad está en sus risas,
en su alegría recién nacida.
Y me abrazo con urgencia a sus besos,
y escucho-sublime melodía de amor-
como suena Dios en la brisa.

sábado 3 de mayo de 2008

El Alma de la Familia


Contra todo pronóstico el alma de la familia no es el dinero. Ni siquiera esa casa tan pulcra que hemos logrado levantar a base de hipotecas y variada ornamentación. Ni el fútbol rampante o los incombustibles seriales de televisión. Tampoco lo es ese sofá de piel que tanto nos hace sufrir cuando los niños se encaraman -¡con los zapatos puestos y gritos comanches!- sobre su preciado tacto. Ni los libros de papá, que se multiplican exponencialmente por cada metro cúbico de espacio disponible, precipitándose por las estanterías.

¿Será el alma de la familia las relaciones sociales y de buena vecindad? ¿Los amigos más leales y abnegados? ¿El trabajo esforzado o el deslumbrante coche de última generación que circula por nuestros sueños? ¿O será quizá los alborotos de los hijos, con el zigzag de sus notas, sus juguetes virtuales, sus cumpleaños y sus colegios? No, no me cuadra. ¿No tendrá dicha alma familiar algo más que ver con la paciencia del padre, que aguanta con aplomo la embestida de todos los demás miembros del clan? No, tampoco me lo parece.

El alma de la familia está en otra cosa muy distinta. Algo sin lo cual todo lo anterior queda en nada. Alguien que ejerce como elemento aglutinador del hogar por excelencia. Sin dicho elemento el padre, los hijos, la casa, el coche y hasta los mismísimos sueños quedarían huérfanos sin remedio, vacíos. Es alguien que da consistencia a la luz que entra por las ventanas de su esperanza, que hace del amor una arquitectura única donde se cobijan las preocupaciones de los demás. Alguien que es capaz de pensar en casi todo al mismo tiempo, sin perder ni una pizca de intensidad y cariño. Alguien cuya fidelidad es directamente proporcional al olvido de sí mismo. Alguien que administra sin ostentación su fortaleza y sacrificio.

Por supuesto que me estoy refiriendo a la figura de la madre. ¿A quién si no? Es ella el alma de cada familia, la que nos provee del entusiasmo y brío necesarios como para encarar la vida con alguna garantía de felicidad. Los niños -que ven donde los adultos no vemos- saben que su madre es mucho más que una mujer que va de lado a lado, trajinando sin parar entre ropa y comida. Quiero decir que se dan perfecta cuenta de que es una mujer transfigurada por la bienaventuranza de la entrega. Todos sabemos que el beso de una madre es el consuelo perfecto para cualquier tipo de tristeza, y que una sola caricia suya engendra una seguridad que nos hace inexpugnables al desaliento.

El alma de la familia no es un concepto abstracto. Tiene un cuerpo muy concreto. Un cuerpo precioso de mujer, femenino, que anda necesitado de piropos y cortejo, de ayuda que alivie la tensión de su labor abnegada. Porque una familia que no cuida como debe de su alma -esposa y madre- está condenada a las malas caras y a la neurosis, a una tibieza generalizada que desemboca en el hastío, en el desamor o en la ruptura. Decididamente, una familia sin alma deja de ser familia. Y una sociedad sin familias -sin madres y esposas con un mínimo juicio- está abocada al delirio de una constante zozobra.

viernes 2 de mayo de 2008

¿Existen pruebas concluyentes de la existencia de Dios?



Del libro Entre dos infinitos

Que tú mismo existes, y que ahora me lo preguntas.
Que ninguna respuesta cauteriza del todo tus dudas.
Que buscas la alegría en la entraña de la lluvia.
Que la melodía de todos los poemas es la vida.
Que allá donde miras percibes el dolor de las espinas.
Que una obra de arte nunca se hace a sí misma.
Que a tu inteligencia le sublevan las excusas.
Que amas Su Amor en algunas de Sus criaturas.
Que sabes que la poesía es la oración de la belleza.
Que tienes familia, junto a la que cada noche te arrodillas.
Que cierras los ojos y ves con más certeza Sus obras.
Que existen los libros, las acacias, el buen humor y los amigos.
Que el dinero ni por asomo nos hace ser mejores.
Que la experiencia demuestra que nada es casual en tu vida.
Que eres feliz y no encuentras forma cabal de explicarlo.
Que el hombre es capaz de pedir perdón, y de ser perdonado.
Que cada verso es venero de espiritual energía.
Que cada beso certifica el amor de Dios al mundo.
Que eres fiel a tu mujer, que te enamora y cree en la esperanza.
Que lees a San Juan de la Cruz y a Santa Faustina Kowalska.
Que el amor siempre tiene nombres y apellidos.
Que la aguda razón hace agua en lo divino.
Que la alegría pasea a orillas del lago Tiberiades.
Que los santos viven a nuestro alrededor, pese al despiste.
Que la felicidad consiste en darse sin recibir nada.
Que el afán más puro del poeta es cantar desnudo de palabras.

jueves 1 de mayo de 2008

Ana


Me gusta ver lo invisible de los sueños
y acariciar lo imposible con los dedos.

Me gusta sentir sus besos y su cuello,
y mi vida mientras respira en su pecho.