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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


domingo 30 de septiembre de 2007

Domingo


Entramos toda la familia en la iglesia. Los cinco. Un poco antes de que comience la misa. Sí, ya sé que no está muy de moda hablar de estas cosas. Pero la verdad es que no me importa lo que se pueda pensar. Uno es hijo de Dios y punto. Además la moda gira en torno al tiempo, y nosotros nos ponemos de rodillas ante la Eternidad. La diferencia es más que considerable: es infinita. Nos jugamos la felicidad, esa paz interior que impide cualquier estado de tristeza.

Adoramos a Dios en una genuflexión pausada. Es el saludo al Padre de mi familia. “Alaba alma mía al Señor”. Miro el sagrario con agradecimiento y confianza. En el altar ya están las velas encendidas, junto a unas flores amarillas que rezan con su hermosura. Imágenes de María y de santos sirven de pauta al alma. Reclinatorios, el órgano, confesionarios… En un cuadro el arcángel san Miguel pisa la cabeza de Lucifer. Con imperioso gesto. Como debe ser.

Parpadean las llamas y comienza la liturgia. “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Mi Amor: tres personas distintas y un solo Dios verdadero. La liturgia se expande por todo el mundo. En ella está la piedad de la belleza. El sacerdote es Cristo. Lecturas, salmos, evangelio, ofertorio, consagración… Todo está aquí, toda la Historia Universal al pie de la Cruz. Se produce la transubstanciación de mi trabajo en santidad, y comulgo mi libertad en el Cuerpo entero de Dios.

La terraza


Es el palco desde donde contemplo el cielo.
En primera fila de admiración. El movimiento
de las nubes viaja conmigo y me transforma
en algo distinto, quizá mejor.
Escruta mis ojos la intensidad del color,
hasta dar con el principio de aquella luz
donde comenzó todo. Campanas...
En su eco pone Dios los puntos suspensivos
de una llamada interior. Las escucho en el vuelo
de unos pájaros que surcan en mi mirada
la altura del alma o la inquietud del silencio
que se conmueve en el asombro de la lluvia.

Sólo eso

Un fin de semana estupendo. Sin telediarios, sin periódicos, sin deportes. Sin nada que estorbe lo más íntimo. Sólo mis hijos, la compra, amigos y esta niebla con la que se despierta el domingo. Me queda esperar el lunes con paciencia y planchar los uniformes del colegio. Y si puedo terminaré de leer el tremendo testimonio que es el Diario ruso, de Anna Politkóvskaya (Debate), aquella periodista que fué asesinada ahora hace un año por denunciar las arbitrariedades de Putin. Un hombre que ha hecho desaparecer de Rusia cualquier posibilidad democrática, de verdadera libertad. Todo ello sobre un montón de desaparecidos, de muertes ignominiosas, de exiliados... ¡Qué poco cambian algunas cosas!

sábado 29 de septiembre de 2007

Cosas sencillas


La calle está vacía. Nadie. Ni siquiera
un coche que se aleje en la nostalgia.
Las farolas apenas alumbran, tímidas
de esa otra luz que ahora amanece.
Nadie. Ni siquiera yo, que siempre estoy
un poco más allá de lo que miro.
Sólo se mueven las sombras, y las ramas
de cárdenas hojas. Escucho su roce
en el lamento de la brisa. Y mis pasos
que caminan despacio por el camino
de la vida. Nada del otro mundo. El alma
de lo que amas. Cosas sencillas. Cosas
en las que de ordinario no reparas,
pero que están ahí, aquí, en esta calle
que ya no me parece tan vacía.

viernes 28 de septiembre de 2007

"La sangre del pelícano", una espléndida novela


Como es costumbre en mí, también durante la lectura de esta novela de Miguel Aranguren (1970) he ido tomando multitud de notas. Pero no voy a hacer ningún uso de ellas. Como lo leen. ¿La razón? Muy sencilla. Me ha gustado tanto La sangre del pelícano, que es como ha titulado el autor su última novela, que quiero escribir libre de trabas. Quiero escribir para el lector una reseña donde prime la sincera emoción que he experimentado con este gran libro. Y quiero hacerlo de un tirón. De la misma manera que lo he leído.
Lo primero. No dejen que las palabras bestseller o thriller puedan hacerles pensar que nos encontramos ante un libro más de los muchísimos que se publican con el Vaticano de por medio. La mercadotecnia parece que hace necesarias estas cosas, pero La sangre del pelícano (figura de Cristo) es una novela literariamente a tener en cuenta. Y eso lo percibe el lector muy pronto. Como percibe la inteligencia de Aranguren a la hora de afrontar la trama. Inteligencia e intrepidez, desde luego.
Según iba avanzando en mi lectura me venían a la cabeza las novelas de Morris West. Sobre todo Los bufones de Dios (Plaza y Janés). También pensaba en el Padre Brown, el fascinante personaje de Chesterton. O en Bernanos. Pero lo que se iba haciendo evidente era que Aranguren estaba contándome una historia de carácter sobrenatural -¡pásmense!- donde Dios es Dios y no esa especie de ridículo entramado esotérico que nos quieren hacer ver algunos. El bien y el mal trenzan una intriga que, salvando los necesarios elementos de ficción, es la que se mueve a nuestro alrededor. Estamos, señores míos, asistiendo al suspense de nuestra propia alma.
Tras los sagaces pasos del policía Luigi Monticone y el sacerdote Albertino Guiotta, el lector se implica directamente. Satanás actúa. Y es un hecho que desea la perdición de las almas y la destrucción de la Iglesia. Pero en esta trama la perspicacia policial debe necesariamente contar con la fe para desbaratar los pérfidos propósitos del maligno, que se sirve de falsos profetas, brujas y demás sicarios de la magia negra. Aranguren, con un respetuoso tratamiento de lo sagrado y de la ortodoxia católica, ha conseguido volver del revés tanta estupidez como se escribe sobre la Iglesia. Con una gran coherencia narrativa, con un estilo vivaz y muy cuidado. Es posible escribir una buena novela desde el respeto. Sólo hace falta talento literario e imaginación. E información. La sangre del pelícano es la prueba palpable. No se la pueden perder. En mi vida habia leído una novela tan sugerente, tan trepidante e inteligente. No se puede comparar con ninguna otra.

Pienso que Monticone y Guiotta son dos personajes que pueden dar más juego al escritor. Otros casos, otras aventuras. Sus lectores ya lo estamos deseando.

miércoles 26 de septiembre de 2007

La ficción de algunos intelectuales


Hace poco escribí en esta bitácora un artículo sobre las imposturas que tanto se prodigan en nuestro cotidiano vivir, en la farándula de nuestra sociedad burguesa. Unas de las más despampanantes son las de algunos intelectuales, que tras una modélica compostura ocultan con hipocresía su más que sombría (e incluso académica) realidad. Desde luego no todos los casos son iguales, y debo de reconocer que hablar sobre esto es algo que no me gusta nada. Que cada uno haga lo que quiera de su vida. Revolver la porquería y las mentiras no es plato de buen gusto. Pero te asquea que precisamente aquellos que más han debido -o deben- callar, sean -o hayan sido- los que más alardeen de pedigrí progresista, o de izquierdas, o revolucionario, o Ché.

La cultura es suya. O lo parece. Con esa pose de brillantina y candilejas, con esa voz impostada y locuaz. ¡Quién no se rinde a sus encantos? Ahí están o estuvieron, detrás de la umbría y solaz que les procura en un momento dado el poder, el talante o el compadreo. Lean, lean el contundente y documentado ensayo Intelectuales, de Paul Johnson (Vergara). No saldrán de su asombro. O el muy reciente -y que nos atañe más de cerca- Yo tenía un camarada. El pasado franquista de los maestros de la izquierda, de César Alonso de los Ríos (Áltera). No es una lectura agradable, pese a la buena literatura de su autor. Es un libro muy interesante, pero duro. Y lo digo porque la fragilidad humana nos afecta a todos. La persistencia en el engaño y las verdades a medias hacen que el lector se pregunte si mereció la pena tanto dislate.

Por el libro de César Alonso aparecen Pedro Laín Entralgo, Dionisio Ridruejo, Joaquín Ruiz-Giménez, Jaime Vicens i Vives, Gonzalo Torrente Ballester, José María Llanos, José María de Areilza, José María Castellet, Alfonso Sastre o Eduardo Haro Tecglen. Y yo releo la poesía de Ridruejo o la ejemplar prosa de Torrente o Areilza. Por eso mi desazón es mayor. Aquella guerra civil trastocó a muchos. Aunque lo peor de todo, lo más increible, es que no son pocos los que adrede y con saña siguen todavía hoy trastocados. Casi 80 años después. Ahí es nada.

Palabras de Miguel Aranguren en esta blog


Recibo un suculento comentario del novelista Miguel Aranguren, a raíz de lo que escribí el otro día sobre su última novela. Quiero transcribirlo aquí:


"La sangre del pelícano" es una novela muy especial, porque el editor se ha arriesgado a enfrentarse a la , se ha atrl "todo vale con tal de vender". Es decir, se ha atrevido a publicar mi libro sin preocuparle mi rechazo a esa tendencia a la calumnia cuando se trata de la Iglesia. Es más, LibrosLibres me ha dado la oportunidad de mostrar que es posible escribir una trama de intensidad creciente, en la que hay suspense sin descanso y encima los buenos son buenos y los malos son malos o, por decirlo con más concreción: el bien es el Bien y el mal es el Mal, y sobre ambos existe la Misericordia de Dios. No sé si la editorial y este pequeño escritor nos hundiremos en el fracaso o podremos respirar cuando vendamos unos cuantos ejemplares (¡Gracias, Guillermo, por tu blog!). Es lo de menos. Lo importante es que todos los que leáis "La sangre del pelícano" paséis un buen rato y penséis un poco sobre el destino de sus personajes. Y si os gusta, por favor, no dejéis de recomendarla, regalarla o dejarla olvidada en el autobús. Muchas gracias a todos, Miguel Aranguren.

(septiembre 26, 2007 10:32 AM)



Respuesta:


Gracias a ti Miguel. Por tu testimonio, por tu amistad y por esta novela tan recomendable como oportuna. En mi nombre y en el nombre de muchos que se acercan por esta blog. Un abrazo.

Desde mi sillón


I

A tu lado una mesilla
pintada en flores silvestres.
El escritorio, la cama,
y el aroma de Estivalia.
En el cristal del armario
se refleja la desnuda
figura de tu victoria.
A mi izquierda la ventana
por donde entra la presencia
de Dios en la luz que miras.


II

Sentado en mi sillón rezo
los libros que leo: vida
de una vida más perfecta.
No me vale cualquier cosa.
Quiero el alma de la historia,
tu entrega, la razón última
del dolor cuando te enfadas.
Y reclino la cabeza
en el otoño, en un sueño
que ya contigo me abraza.

martes 25 de septiembre de 2007

Imposturas


La impostura comienza a ser un fenómeno demasiado habitual y consentido. En todos los órdenes de la vida. Libros pestilentes que se ensalzan hasta la naúsea, políticos que nada son y que hacen de la mentira su única consistencia, programas de televisión sin un ápice de inteligencia e imaginación, supersticiones y sectas que manipulan la inquietud religiosa del hombre, organizaciones supuestamente humanitarias dedicadas al trapicheo, el desahucio de la conciencia por una democrática palabrería, los constantes eufemismos con los que se difumina la verdad de las cosas... Y así hasta lo que quieran.

Y con la impostura de diseño prospera la mediocridad intelectual y la degradación moral. El hastío cunde por doquier. Una usura que esclaviza el alma a lo material. Nada sacia, nadie se fía de nadie. Vivimos una involución de la felicidad en pos de un hedonismo corrosivo. ¿Qué hacer? No consentir la impostura a nuestro alrededor, clamar por el buen gusto y la austeridad. Hablar con verdad y educación. Leer libros dignos, estudiar y no tener miedo a la bondad.


Por algo hay que empezar.

lunes 24 de septiembre de 2007

No es malo ser bueno

Hace unos días escribía sobre la magnífica película El abuelo, de José Luis Garci (que acaba de estrenar Luz de domingo). En un momento determinado dialogan el quebradizo maestro de escuela y el viejo león de los Albriz, interpretado magistralmente por Fernando Fernán-Gómez. El maestro es ya un hombre mayor, viudo, dominado por el egoísmo de sus seis hijas. Es un hombre sin carácter, de una melancolía enfermiza, pero tremendamente bueno. No ha podido en ningún momento con la vida, que le acecha cruel y sin misericordia a la vuelta de cada esquina. Sólo parece encontrar esperanza en la lectura, en las risas de las nietas de Albriz o en la contemplación del paisaje. Pero ni eso es, ni siquiera es esperanza lo que ahí encuentra. Acaso un poco de consuelo. Sólo un poco.

Los paseos y las conversaciones con Albriz le dan alguna fuerza, en ellas encuentra esa determinación que él jamás ha tenido. Bueno, pues en uno de esos diálogos el maestro de escuela, tan amante de Calderón, dice con profunda amargura: “¡Qué malo es ser bueno!”. Lo dice convencido. Los hombres no aprecian la bondad, no quieren saber nada de una virtud que deja inerme ante el mundo a quien la practica. La bondad parece ser sinónimo de debilidad, y provoca una continua chanza en muchos de los que nos rodean. Este personaje está hundido, desengañado, con la idea del suicidio en la cabeza. Ser bueno no le ha servido para nada.

Por eso dice lo que dice. “¡Qué malo es ser bueno!”. Y pudiera ser que a nosotros también nos ocurriera algo de esto. Que poco a poco nos fuéramos volviendo como objetores de la bondad. Que nos contagiáramos del cinismo, de la ironía más caústica. Que ante tanto mal como embalsama a las conciencias fuéramos siendo cada vez un poco más incrédulos de la bondad. Y diéramos por perdida la partida. Pero ser bueno no significa ser un panoli. La continua lucha por ser mejor, además de ser posible, es un negocio redondo. Porque nos hace más fuertes ante la ingratitud y el desamor. Y más felices.

Sin embargo, no estamos hablando de una bondad bobalicona y dejada de la mano de Dios. La verdadera bondad se asienta en el alma y en su vida interior. En un corazón que se sabe débil y capaz de cualquier desatino, pero que brega por alcanzar la victoria del perdón. ¿Qué significa ser bueno? Ser bueno significa entender de verdad la vida. Saberse nada, pero ser capaz de todo... por los demás.


PD. Respecto a la novela que les decía venía leyendo, sólo quiero comentarles que me queda muy poquito para concluirla y los pronósticos se han hecho una realidad espléndida. Señores míos, ¡un novelón! Me da igual que se le considere bestseller vinculado al aluvión de literatura apocalíptica que nos circunda. La sangre del pelícano es cosa fina. Muy bien escrita, tremendamente arriesgada, capaz de lograr que el lector vuelva a rezar un poco más en serio. Todo lo que sucede en la ficción parace que tiene su continuidad en nuestro entorno. El Mal no es ninguna ficción. En mi vida habia leído una novela tan sugerente, tan trepidante e inteligente. No se puede comparar con ninguna otra. A Libros Libres, la editorial, le ha tocado el gordo. Enhorabuena Miguel Aranguren, amigo, has escrito una novela excepcional. Seguiré hablando de ella.

Tríptico


Para Antonio Colinas


Estampas romanas. Dos ángeles,
la Madonna della seggiola
de Rafael. Y aquellos versos
que viste en la luz del ocaso.
Filigranas de fuego, luceros
de amor que besas en pan de oro.

domingo 23 de septiembre de 2007

La biblioteca es parte de la felicidad


Cualquier acumulación de libros no sirve. La pasión bibliófila puede confundirnos, engatusándonos con raras ediciones o similares caprichos. Debe existir una selección. Por mínima que esta sea. Algo que permita pensar, a quien escudriñe nuestra biblioteca, que detrás de todos esos volúmenes hay una voluntad de excelencia, un criterio intelectual. En definitiva, un alma que anhela la verdad y la belleza: la felicidad. ¿Para qué conservar libros superfluos?


No caigamos en la bibliolatría y su enajenamiento, que a la postre es una variante más de la constante tentación que padece el hombre por ir acumulando cosas. Traperos de la insignificancia, apegados a una ilusión predifunta. Uno también ha pasado por ese amancebamiento de primeras ediciones, sofisticadas ilustraciones o dedicatorias miríficas, en un coleccionismo que se atasca en la manía. Una manera muy certera de leer menos, títeres de nuestra propia extravagancia.


Nuestra biblioteca nos define. Y nos trasciende. Es una constante búsqueda, un querer leer el amor que necesitamos. Me siento ante ella. Cada libro me indica un remedio, el mensaje de una prosodia intemporal. Soy el protagonista de sus aventuras, grafía de su análisis, intérprete que descifra el más nimio matiz de su inteligencia. Y de su poesía. Ya lo dijo Ortega: "La felicidad es una dimensión de la cultura". Tal vez sea la más importante.

sábado 22 de septiembre de 2007

Las macetas


En un poco de tierra florece la mañana. No aparto el alma de la luz que se ciñe a las plantas. Una luz que se viste de verde, de amarillo, de blanco, de rojo. Los tallos emergen de la altura y se cimbrean en un divino aliento. Es perfecta la vida en sus formas, en la invisible raíz que germina en los días. Esta luz es la alegría que riega la rutina, que transforma el trabajo en belleza. Luz, luz, luz. El cielo derrama su don en estas pequeñas macetas donde cada mañana contemplo mi alma.

viernes 21 de septiembre de 2007

21 de septiembre


Todavía me dura esa extraña mordedura
del estío. Dura el fulgor de la luz
en el silencio de las paredes blancas. Dura
el tacto de la tierra en donde nace el aroma
de la dicha. Dura el repecho de la ermita,
el esfuerzo hasta la belleza una vez en la cima.
Dura el paisaje en la fotografía de tus ojos. Los gritos
de los niños que pedalean muy deprisa
en nuestras vidas. Dura el tiempo
cuando regresamos de nuevo al otoño.

Sed como niños

En ocasiones uno es testigo de un hecho que le conmociona. De algo que no podrá olvidar mientras viva. A mí no me ocurría nada parecido desde hace meses. Te sientes removido, el corazón se apresura a poner las cosas de nuevo en su sitio. Es un suceso pequeño, de acuerdo, pero en ese momento lo trastoca todo. Miras a tu alrededor. Nadie parece haberse dado cuenta de nada, cuando en medio de la calle, entre polución e insensatos ruidos, el resplandor de la caridad se ha hecho niño. Ha ocurrido muy deprisa. Un pobre pide limosna en la acera, sentado en el suelo. Sonríe. Es una persona mayor, aunque dentro de un minuto a mí me parezca un ángel. Dialoga con mis hijos. De pronto uno de ellos, en un gesto imprevisible, le da todo su chocolate. No un poco no, todo… Crucé el semáforo emocionado, pensativo. Los coches rugían, el barullo de voces era insoportable. Pero todo aquello no impedía que mi alma acariciara a Dios de la mano de Juan, ese hijo que me había recordado el camino de la felicidad. Así de sencillo.

Postdata: Llevo leídas 60 páginas de una increible novela que va a dar mucho que hablar, que sorprenderá.

Palabra de experimentado lector. Seguiré informando.

jueves 20 de septiembre de 2007

Aquí tienes mi respuesta


Lo vi muy claro, tan claro
como puedo ver la luna
o tu espalda, ya desnuda.
Yo sólo necesitaba
de las palabras precisas
para entender mi vida.

Un descanso

Ayer, después de leer conciunzadamente durante horas y desgranar la emoción de algún poema, reconozco que estaba agotado. Como terapia vi de nuevo una película de José Luis Garci: El abuelo. Porque el cine de Garci es un tónico espiritual y estético de primer orden. Este hombre hace de cada plano un entusiasmo. La luz se inmiscuye entre el silencio y las palabras tamizan cada color. Todo fluye en su drama, en el misterio de unas vidas que recuerdan que una vez fue posible la felicidad. Buscan el perdón -quizá sin saberlo-, la comprensión y el cariño. En la conversación con los muertos o en la voz de las olas. Mientras la lluvia redime un poco el dolor y el paso del tiempo. El amor es el eje de cada fotograma, en algunos casos alrededor de una desazón que deja en los rostros una mirada perdida. Amor a la memoria, amor a la patria chica, amor a la familia, amor a la belleza… Los recuerdos enhebran una esperanza. Porque es así como a veces vivimos todos. Añorando el paisaje de un futuro que ya fue.

miércoles 19 de septiembre de 2007

Tus poemas


Tus poemas tienen un incierto sabor a nostalgia.
Vuelves donde sabes que está tu vida. Todavía
sigues allí, en aquellos campos recién regados
por una luz que parpadea en el agua.
Vives de memoria, asomado al asombro
de un tiempo sin cronología. Un tiempo sin días
ni semanas, horas, citas o agendas. Un tiempo
sin tiempo que te aleje de lo que amas.
Un tiempo donde los ojos fijan su mirada
en otra mirada de la que no puedes apartar el alma.

martes 18 de septiembre de 2007

Lecturas de Seix-Barral


Esto de ser crítico literario te lleva a sopesar una cantidad ingente de libros. Libros que se multiplican cada mes y que te desbordan por todos los lados. Libros que -no nos engañemos- provocan un estado de contínua sorpresa, un gozo que no es fácil de describir. ¿Para qué mentir? No me agobian nada los libros, aunque a veces lo simule. Los compro, los recibo y los leo sin descanso porque necesito de ellos, necesito de esa felicidad que me procura su tacto y su lectura del mundo que todavía mal conocemos, así como la de los otros “mundos” de los que desconocemos casi todo.

Otra de las grandes ventajas que tiene la crítica literaria es que tratas con personas verdaderamente interesantes. Autores, traductores, editores… Pero las más entrañables son las que trabajan en los gabinetes de prensa de las distintas editoriales. Casi todas mujeres. Aunque hay hombres muy eficaces. ¿Verdad Sergi (Acantilado), verdad Raúl (Alianza), verdad Alfonso (Mondadori)?

Estas personas le hacen a uno cómplice de novedades literarias que aparecen ahora o de las que están por venir. Conversaciones y correos no siempre sobre libros. Porque los libros llevan a la vida, a lo de cada día. Preocupaciones, familias, el verano… El trabajo se humaniza con estas pequeñas cosas. Pues aunque alguno pueda pensarlo -mea culpa-, la literatura no es el centro del mundo. Pero ¿ verdad que está muy cerca de serlo?

Hace poco hablaba con Elena Blanco, de Seix-Barral. (Laia, no te olvido). Atenta como siempre, y una gran profesional. Este septiembre la verdad es que lo tengo difícil con esta editorial, que tan sabiamente dirige Pere Gimferrer. (Lo digo: su último libro, Amor en vilo, es una gozada poética, donde el amor se expande en versos de extremada calidad). Pero iba comentando que este septiembre los títulos que publica Seix-Barral no tienen desperdicio. Nueve libros nueve. De ellos quiero destacar… ¡todos!

Literatura de primera son El hombre del salto, de Don DeLillo (el 11-S y su tragedia encarnada en el sufrimiento de unos personajes que fueron personas que todos vimos; el dolor como terrorismo y redención; el terrorismo como desquiciamiento del alma; la literatura como redención de la Historia), y literatura de primera es El aliento del cielo, de Carson McCullers (si a usted le gusta la obra de Flannery O’Connor -la otra gran dama de la literatura del Sur de los Estados Unidos- debe paladear estos cuentos y relatos breves de McCullers; sus descripciones de la soledad y de las pasiones humanas son estremecedoras, así como el muestrario de injusticias sociales y su drama).

Pero a estos dos títulos no le van a la zaga la biografía sobre Melville, de Andrew Delbanco; M/T y la historia de las maravillas del bosque, del Premio Nobel japonés Kenzaburo Oé; El olvido que seremos, del colombiano Héctor Abad Faciolince; Angelica, de Andrew Phillips (según mi mujer esta novela es excepcional, dice que le cautivó en la librería); el best-seller francés La elegancia del erizo, de Muriel Barbery; El ladrón de arte, de Noah Charney; y en esta auténtica catarata de obras sobre la figura de María Antonieta, nos llega ahora El diario secreto de María Antonieta, de Carolly Erickson, una novela histórica en la línea intimista y familiar de La nodriza, de María Vallejo-Nágera (Ediciones B).


Ya ven, hay para elegir. Yo comenzaría por DeLillo. Y gracias Elena, en lo que te toca.

Mis manos


El día comienza con esta luz de septiembre.
Todo parece nuevo, limpio, recién estrenado.
Mis manos. Miradlas. ¡Qué portento en su forma!
Contemplo curioso su fuerza. Y las extiendo
en toda su ternura. Ágiles dedos que acarician
la almohada o que cierran en un puño mi alma.
¡Cómo brilla la mañana en la circunferencia del anillo!
Manos que aman la vida, que proyectan la escritura
de palabras nuevas. Palabras trasparentes,
como esta luz que se recoge entre las sábanas.

lunes 17 de septiembre de 2007

Incertidumbre


Cuando llueve observo
cómo el agua empapa
de nuevo el pasado.

Las gotas dibujan la misma
melancolía en los azulejos.

La misma de entonces,
cuando no sabía nada
del mundo, ni de mí.

¿Y ahora? ¿Sé ahora algo
de mí, de lo que puedo ser?

La lluvia es un rumor de dudas
y nadie está a salvo del miedo.

Es como si todo estuviera dicho,
sin resquicio para lo que hoy escribo
aquí, mientras llueve…

domingo 16 de septiembre de 2007

Relecturas

Hay unos cuantos libros que siempre releo.
En su día encontré en ellos un determinado modo
de pensar, la manera más precisa
de encandilarme en la maravilla de ser, del enigma
que es vivir la belleza dentro del verso.
En esos libros leo el transcurrir de mi existencia
mientras el alma bebe de su propia sed.
Admiro en su escritura los confines del tiempo,
la proyección de mi cuerpo hacia la resurrección
de una música que se escucha en el interior de Dios.

Manantial

En las claras fuentes dibuja el sol
un baile de sombras. Te encuentras
con ese brillo que sugiere mil formas.
No puedes apartar la vista. Ni la memoria.
Todo está aquí, en este punto que tiembla,
donde la luz es el manantial del alma.

sábado 15 de septiembre de 2007

Así es la vida


Vuelvo atrás la mirada y no veo nada
de apreciable interés. Apenas unos chopos
o aquellas monedas sobre las vías del tren.
Y la boina de mi abuelo, que era el mapa
donde sigo buscando el lugar exacto donde estaba yo.
El mismo lugar donde ahora juego al escondite.
Aunque si me pongo a recordar con ahínco distingo
a sor Clementina o la misa de los domingos,
cuando no me llegaban los pies a la realidad
y era todo un murmullo de felicidad y cromos.

viernes 14 de septiembre de 2007

¿Para qué leo?


Ayer una persona me escribió haciéndome una sencilla pregunta: “Usted, ¿para qué lee?”. Cuando la leí confieso que me palpe el alma por todos los sitios, que me levanté de la silla y comencé a pasear intranquilo por la casa. Pensaba:

- Es cierto Guillermo, ¿para qué lees tanto? Podrías aprovechar todo ese tiempo para dedicarte más a tu familia, o para hacer deporte -que falta te hace-, o para contemplar las musarañas de tu destino. ¿Para qué lees? ¿Quieres viajar gratis sin moverte del sitio o es por ese pedigrí que te procura? ¿Buscas conocimientos o corroborar la emoción de unos sentimientos? Dilo, dilo, ¿Para qué lees?

- Leo… porque necesito saber de mi alma. Y corregir defectos.

- El alma, el alma. Siempre estás con el alma. Eres un poco cansino.

- Es lo único que tengo.

- ¿Lo único?

- Lo único.

- Paparruchas. No te creo. Quieres aparentar una trascendencia que supla tus mil carencias. Tu pereza, tu desidia…

- No sigas por ese camino. No es justo. El alma es la vida interior del hombre, es su verdadero rostro. Y en la lectura se vislumbra algo de esa continua lucha por la felicidad. En los libros está nuestro drama, nuestra esperanza… Cada uno de ellos es un matiz de nuestra existencia, de su aventura.

- Demasiado profundo todo eso que dices. Si lees es porque te lo pasas bien. Y punto. Además te evitas complicaciones. Todo muy idílico.

- Sí, cierto, disfruto leyendo. Y pienso… en lo que sería de mí sin los versos de Eliot, Cernuda, San Juan de la Cruz o Rilke. O sin los títulos de Baroja, Stevenson, Mann, Vila-Matas, Cortázar o Chesterton.

- Pues de ti sería un hombre seguramente más con los pies en el suelo. Porque no sé si te das cuenta, pero vives de nostalgias, vives de las vidas de otros.

- La vida es contínua nostalgia. De Dios para empezar. De una excelencia que se manifiesta sobre todo en pequeñas cosas. En la piel de tu esposa, en el movimiento de las olas, o en ese libro que acabas de comprar.



- Pierdes el tiempo.

- Yo no estaría tan seguro. Con un libro en las manos tanteo el infinito.

- Ya estamos con ese gusto por las palabras absolutas.

- Es que yo leo para vivir absolutamente, radicalmente. Leo para sentirme hombre en plenitud. Para no quedarme atrás, en una insensata modorra espiritual. Y leo también para amar con más finura a los demás. Para aprender a escuchar y comprender que mi vida es un prolongado descubrimiento de la verdad.

jueves 13 de septiembre de 2007

Un rincón cualquiera

Nos preocupamos por tantas cosas, que no sabemos apreciar la vida en toda su intensión. Su maginitud se nos va quedando en nada, en cuatro impertinencias que nos impiden disfrutar de lo que tenemos a nuestro lado. El corazón nos da vueltas y más vueltas, disperso en conjeturas, convulso, ido, evasivo. Su pulso es el desconcierto. Nunca es suficiente. Nuevas experiencias en el palenque diario, buscando un buen pasar, todo aquello que nos evite pensar. Por eso vivimos con enconamiento, en una rudeza intelectual que nos hace tantas veces insoportables.

Cuando basta con mirar. Eso sí, con cierto arrobamiento. No hace falta que estemos inmersos en rutilantes paisajes o cerca de algún atractivo parpadeo femenino (o briosa anatomía masculina). Es todo más sencillo. Una simple habitación. Ésta desde la que escribo ahora. Es bastante pequeña, y el detalle que más me llama la atención es una acuarela. Una casa que se difumina en la vegetación. Tres árboles sirven de soporte a la perspectiva, y a mi memoria, que camina entre esos juncos. De vez en cuando un chapuzón en el río que acaricia el pincel. No necesito más.

miércoles 12 de septiembre de 2007

Cumpleaños de mi mujer


Ana, mañana es tu cumpleaños. Y se me hace difícil decirte nada nuevo. Lucho por no acostumbrarme a tu presencia, a tu carácter, a tu cariño. Porque tú siempre estás conmigo. Pero, ¿y yo?, ¿estoy yo siempre contigo? Sé que no, sé que me escabullo en el silencio, en mis cosas, en la contemplación de lo inaudito, en palabras y más palabras que van borrando mis huellas. Por eso cada uno de tus cumpleaños es para mí examen de conciencia. Y de ternura, y de ayuda… Y de mucho más. Porque tu amor me quiere completo, con una entrega atenta, sin resquicio.

Sé que no eres perfecta. Pero tu imperfección me enamora más todavía. Me mantiene al quite. ¡Ay, el amor! El verdadero amor no es un ideal romántico (aunque una dosis de romanticismo siempre es necesaria). El verdadero amor cuaja en las dificultades, en ese abrazo por la mañana, en el perdón mutuo, en la comprensión, en tomar juntos un helado -tú de vainilla por supuesto- o en apagar la luz por la noche al mismo tiempo.

Eres tú, Ana, entera. En tu alma delicada y en tu cuerpo… ¿Qué decir de tu cuerpo? He escrito poemas para ser un poco más preciso en su belleza. Cuerpo acurrucado, fragante, cálido, femenino, amante. Refugio de la presencia de Dios. Eres tú, Ana, esposa y madre de familia. E hija, y hermana. Pendiente de todo, nerviosa, intranquila, vehemente en tu voz, transparente en tu vida e ingeniosa.

Mis ausencias, mis libros, mis poemas… En realidad nada de ello me aparta de ti. Muy al contrario. Su centro eres tú, que eres maestra de amor, que me seduces cada día. Con una falda distinta o con una mirada. ¿Sabes? Te quiero. Escribirlo es una necesidad para mí. Como diría Jane Kenyon la poesía importa porque “tiene una sobrenatural habilidad para cambiar sufrimiento en belleza”. Vamos, como tú. Y eso es algo que me cautiva.

martes 11 de septiembre de 2007

La Factoría de las Ideas


Supongo que es lo habitual que el crítico literario escriba de aquellos libros que ha leído. Debe ser lo habitual y lo decente. Pero ahora voy a mencionar dos novelas que no he leído todavía, lo confieso. ¿Nunca han tenido esa sensación de estar ante un libro que sin haberlo leído les "engancha" y no tienen otro remedio que comprar? Yo cientos de veces. Normalmente por culpa del autor, al que ya conoces de otras obras. Pero también a causa de un buen consejo. Y puede influir una afinidad misteriosa que no sabes muy bien cómo explicar. El caso es que miras la cartera, haces tus cuentas, meditas la explicación que darás a tu mujer o a tu marido y te haces con él. Con el libro quiero decir.

Bueno, pues sobre mi mesa tengo dos de esas novelas que sé no me van a defraudar. Acaricio sus portadas, paso el pulgar entre sus páginas, las huelo... No tengo remedio. Y además es que no quiero tener remedio. ¿Para qué? ¿Para vivir embrutecido? Que no, que yo amo los libros, y eso es algo que salva a mi alma de la rutina. Pero a lo que íbamos. Son dos libros de la misma editorial (La Factoría de Ideas) y del mismo género (ciencia ficción). Ya sé que hay puristas de lo literario que piensan que la ciencia ficción es para gente inmadura, personas fantasiosas e irreflexivas, unos verdaderos escapistas de la realidad. ¿Qué vas a decir? No es mala compañía la de H. G. Well, C. S. Lewis, Philip K. Dick, Ray Bradbury o Lovecraft. Sin ir más lejos.

El granjero de las estrellas, de Robert A. Heinlein (clásico entre los clásicos) y A vuestros cuerpos dispersos, de Philip José Farmer me quitan de las manos la sagaz Historia de Inglaterra, de André Maurois (Ariel), que seguiré leyendo al mismo tiempo. En fin, aquí está El granjero de las estrellas. ¿No creen que de vez en cuando es aconsejable viajar a Ganímedes? Lo que leo en los periódicos se hace insufrible.

lunes 10 de septiembre de 2007

Lo veo

Veo lo que tú ves
durante las noches.

Son mis propios sueños.

Pensamientos domésticos


Cuando mejor pienso es cuando tiendo
o destiendo la ropa de la colada,
o plancho, o pongo el lavavajillas,
o cuando barro muy despacio la cocina.
En esos momentos domésticos mi vida
se concentra en los matices de un verso,
en las facturas del tiempo o en el rostro
de Dios cuando casualmente me mira.

Las sábanas se encienden en la brisa
de un tímido rubor contemplativo;
los uniformes del colegio están secos,
listos para afrontar los goles y el estudio.
Parece mentira cómo quiero a mis hijos,
tan insoportables a veces, tan dispersos
en la maravilla de su propio universo;
estos niños que ya ensucian lo que limpio.

Cada plato es entrañable, y cada vaso.
Y los cubiertos que esgrimen los despojos
de la comida y el amor de quien la guisa.
Son testigos de confidencias, de gritos,
de risas, de todo lo que es mi familia.
Pienso en sus ojos, en el silencio pienso,
y en el rumor nocturno de sus juegos.
Estoy enamorado, feliz. Aunque sea lunes.

Solo


De pronto te quedas solo en casa. Solo entre cortinas
recién lavadas que te envuelven en su aroma de lavanda.
A solas con tus pensamientos y con todas las ventanas abiertas,
a la espera de la presencia que más deseas.

La fuerte corriente de aire te lleva a una languidez gozosa
desde la que imploras un poco de esa belleza,
de esa certeza que quieres para tu alma.

domingo 9 de septiembre de 2007

Ex Libris

Cada vez hay más libros en casa. Entre las camisas encuentro a Gabriel Miró y dos tomos de las Crónicas de Elric, el emperador albino, junto con muchos otros que no merecen la pena. Y debajo de la mesa están Onetti y Canetti, que riman sus apellidos en el poco espacio disponible. Veo, con cierto temor, que algunos estantes de la nueva librería han adquirido una peligrosa curvatura bajo el peso de tanta literatura, alineada en dobles filas y otras más horizontales. (Desde aquí veo novelas de Julien Green o Los años perdidos de Sherlock Holmes, de Jamyang Norbu guardados a presión en un rincón apenas visible). A pesar de ello los conozco a todos por sus títulos y por el lugar exacto de su ubicación. Configuran una geografía lectora, un mapa que me indica las diferentes rutas que puedo tomar en caso de melancólico desvarío, tedio o tibieza espiritual. Confieso que abundan las sorpresas. De pronto un libro del que apenas te acordabas. Mientras aspirabas la alfombra lo viste allí, al fondo del estante más bajo. Y recordaste, con gratitud (oh, La gratitud, de Dietrich von Hildebrand, que gran ensayo), la ciudad donde lo compraste -Logroño- y el placer que te procuró durante aquel viaje en tren. Se trata de Ex Libris, confesiones de una lectora, de Anne Fadiman. En fin, son miles de libros, sí, pero ellos me mantienen en mis cabales. Y si cada vez hay más es porque estoy vivo, porque tengo alma y amo lo invisible: ese cúmulo de sentimientos, pensamientos y emociones que son Guillermo Urbizu.

600 euros

Quizá suene un poco extraño lo que voy a escribir ahora. Mucho más en una bitácota tan literaria y lírica como esta. Tan estupenda. Pero a veces es necesario sincerarse, decir la verdad más íntima que bulle en el interior de uno. Y esa verdad no siempre coincide con exquisitos argumentos metafísicos o con místicas experiencias. Sí, ya sé que Platón dijo que el poeta es un ser alado, ligero y sagrado. Aunque les confieso una cosa: ese comentario me deja frío. Porque es el caso que necesito 600 euros más al mes para sacar a mi familia adelante. Y esa es mi más real preocupación al día de hoy. Y no me averguenza escribirlo aquí, dejar constancia de ello. El agobio me duele y me desahogo así y nunca se sabe. Algunos pensarán que en la vida hay que tener clase, que hablar de dinero es algo ordinario (ya lo creo que es ordinario). Pero les prometo que, aunque un servidor escriba versos, no vivo de la brisa.

viernes 7 de septiembre de 2007

Estantería infantil


Libros del colegio, deuvedés, videos.
Julio Verne, Salgari, Stevenson.
Enciclopedias, mapas del tesoro,
diccionarios. Compases, Algo pasa
con Mary, juegos varios, tebeos, cromos,
carpetas, calendarios. Mil cuadernos,
El motín de la Bounty, archivadores,
Alexandros (de Valerio Massimo
Manfredi). Mortadelos y de Andersen
sus cuentos, trofeos, medallas, Gloria
Fuertes, rotuladores y El Señor
de los Anillos. Gramática griega
que está de paso, La pantera rosa
y un comando de soldados de plomo.
Aprueba tus exámenes, de Oxford,
El Gliptodonte de Siles, Gasol
en un rabioso mate. Una acuarela
de un árbol que pintaron con su madre.
Sherlock Holmes, atlas y vampiratas.
La casa de las dagas voladoras,
álbunes de fotos, postales, todo
un mundo feliz en la estantería.
Aquí está su verdadero futuro.

jueves 6 de septiembre de 2007

El niño con el pijama de rayas

Es el título de un libro. Autor joven e irlandés: John Boyne. Está editado por Salamandra. Sí, la misma editorial de Harry Potter. En fin, El niño con el pijama de rayas se llama Shmuel. Bruno lo conoce a raíz de sus indagaciones sobre el terreno de Auchviz. Porque Bruno de mayor quiere ser explorador, nada menos. Encontrarse con esas cosas que están ahí pero que nadie parece querer ver.

Vivían en Berlín, en una casa enorme, con una barandilla espléndida y habitaciones que parecían no tener fin. Vivía allí Bruno con sus padres y su hermana mayor Gretel, "tonta de remate". Y con María y alguna otra persona del servicio. Pero una inesperada visita lo cambió todo. Nada menos que del mismísimo Furias, el dirigente de su país, con su amiga Eva. Y Bruno tuvo que dejar a sus amigos de toda la vida.

En su casa de Auchviz ya nada era lo mismo. La casa era escualida y sus vecinos vivían detrás de una alambrada, con una estrella en el brazo. Vestían todos igual y parecían estar muy tristes y muy pálidos. Bruno no entiende nada. No entiende como su Padre -comandante de espléndido uniforme- puede consentir esto. Hasta que conoce a Shmuel. Su amistad cuaja en la generosidad y en la esperanza y en la lealtad. Y en la tragedia. Pero tienen los dos nueve años y su ingenuidad les redime del Holocausto. Y un buen día Bruno desaparece.

La novela es un acierto de principio a fin. Nos introduce en el alma infantil con una asombrosa delicadeza. Y pericia. Porque esos niños no comprenden la ruindad moral de ciertas personas mayores. Su visión es pura. Y el lector se conmueve hasta las lágrimas, hasta el niño que todos llevamos dentro. Tantas veces emboscado en supercherías que nos hacen profundamente infelices. Transigiendo con el Mal a cambio de poder o dinero. O de lo que sea. La manipulación ética precede siempre a la decadencia social de un pueblo.

El niño con el pijama a rayas es un relato sencillo. Pero en la sencillez está su grandeza.

miércoles 5 de septiembre de 2007

En la terraza

Me levanto hoy muy temprano. Quiero aprovechar la mañana, su frescor. Quiero ver como se despiertan los niños, como se estrenan las nubes del día. Riego las plantas. Me encanta el aroma de la tierra húmeda. Inspiro... Se airea el alma mientras rezo con unos poemas de Manuel Padorno. Rezo para dar gracias por estos hijos, por estas plantas, por esta luz, por estas palabras. Rezo con poesía desde hace años, y lo hago porque necesito de su intuición, de su visión. Leo un verso cualquiera y su silencio me transporta a la presencia de Dios. Como lo oyen. Y es mi capilla esta terraza, y las columnas los hombres que pasan, y el sagrario este cielo azul, y la gracia esta luz que se posa en las cosas. Me emociono, la verdad. No puedo pedir más. Mi vida es este milagro cotidiano, esta oración donde se transforma la mañana. Siento con especial intensidad cuanto me ocurre. Cualquier detalle me parece infinito. Cualquiera. El viento, sin ir más lejos. Este viento que respiras, que limpia por dentro tus sueños, que empuja con fuerza al tiempo. Y te sientes indigno de tanta belleza. Y lees, y cierras los ojos, y rezas.

En la playa

La luz estalla
en un temblor
azul, de espuma.

Eres la luz
alrededor
de mi, en las olas.

lunes 3 de septiembre de 2007

Radio María

Hace ya años la Virgen de Medjugorje quiso que Radio María naciera en el corazón de unas personas. Desde entonces, y a pesar de las dificultades presupuestarias, burocráticas o políticas, la emisora ha salido adelante y ya está asentada en medio mundo. Con la generosidad de tantas y tantas almas que desinteresadamente dan su tiempo por esta causa. Desde sus ondas es constante la catequesis, el énfasis en la piedad, la formación teológica, el debate, la información, el criterio católico sobre mil y un temas. Los oyentes crecen por doquier, se dan cuenta que Dios quiere una nueva reconversión, un énfasis en el amor a los demás. Las personas desean escuchar de nuevo a Jesús, ahora que tantos callan.

Desde hace unos años yo dirigía un programa sobre libros. Y he tenido de esa manera la oportunidad de entrevistar a muchos escritores, a periodistas, a editores... Nadie se ha negado nunca. La verdad: he disfrutado muchísimo. Y he aprendido más. De personas como Miguel, como Francisco, como Mónica Cabieces, como Mariapi, como David, como Martín. Personas que aman a Dios y a su Madre bendita por encima de todas las cosas. Personas que son santas. Personas que son y serán para siempre mis amigos.

Pero las circunstancias me exigen dedicar ese tiempo de mi progama, de Más que libros, a otra causa que me urge más: mi familia. Lo escribo con tristeza, pero nadie es imprencindible en nada. Ruego a todas las personas que me leen que no dejen de escuchar y apoyar a Radio María, y que si no lo han hecho nunca que comiencen ahora. Merece la pena.

En familia

Que mayor privilegio que ver a mis hijos alrededor de un partido de fútbol. Ahí están, juntos, entre palomitas y goles estratosféricos de Ronaldinho. Chocan sus manos en los goles y admiran el efecto concreto de ese balón que salió del campo acariciando el poste. De fondo escucho a su madre, que se queja del volumen. Con razón. La verdad es que nunca me ha gustado el fútbol, pero ahora disfruto estando con ellos. Gozo con cada pase que remata Juan en un abrazo, con cada regate con el que Jaime se levanta del sofá. Les miro más a ellos que a la televisión. Pienso -con mi natural melancólico- que dentro de un tiempo estarán fuera, estudiando. Debo aprovechar cada momento, cada uno de sus gestos, cada conversación… Cuando no estén tendré que regatear yo al tiempo, subir el balón con fortaleza en un cotraataque fulgurante y saber que siempre contarán con mi más absoluto amor de padre en el gol más bonito que puede darse: el cariño. Quererse es el arte más perfecto, el deporte olímpico del alma.

sábado 1 de septiembre de 2007

Breve apunte de viaje

Los dos solos. Intercambiábamos fantasías, besos y fugaces caricias. Conducías segura, como siempre, a pesar de mi obsesión por las curvas o de aquella larga recta que se adentraba en un túnel. Yo estaba atento a la línea de tu perfil. Miraba tu cabeza, tu espalda, tu pecho. Y posaba mi mano en tu pierna derecha cuando más abstraida estabas en la velocidad de la luz. El tacto aceleraba el deseo. Eras tu mi horizonte. En el coche nuestras almas compartían una felicidad unánime. Nos abríamos paso por un paisaje montañoso mientras te leía un poema recién escrito -"está muy bien", dijiste compasiva- y algunos otros de Miguel D'Ors. Y de cuando en cuando ponía un dulce en tu boca.

Las cosas claras

Escribir no me sirve de nada
si dejo de mirar tu mirada.