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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


viernes 31 de agosto de 2007

Antonio Colinas, poeta

Antonio Colinas ha hecho muchas cosas buenas. Su obra hace mella porque para él la literatura es un medio, nunca un fin en si misma. Un medio que concibe al ser humano como el alma del mundo, aquella vía en donde germina una “vida nueva”, como en Dante. Sí, Antonio Colinas ha hecho muchas cosas buenas. Su obra irradia una reflexión estética y espiritual de primer orden. Las palabras se transforman en si mismas, nos llevan a una armonía que el poeta encuentra en la cultura, en el dolor, en la naturaleza, en el amor o en el silencio. Interioriza su vida constantemente, sin desmayos. La vanidad literaria no va con él, ni la grandilocuencia. Antonio escribe para vivir, en el sentido más total de esta expresión. Para sentir en su pecho el corazón de la belleza. Y eso se nota apenas leídos dos o tres de sus poemas. Y eso se sabe cuando hablas con él. Su voz es suave, abierta. Pronuncia las palabras con mansedumbre, con un sosiego que reclama la más completa atención de quien le escucha. Hay en su persona y en su obra -unidad indivisible- un constante afán de infinito que atrae sin remedio. Y una ternura que abraza al lector en silencio. ¿De qué otra manera decirlo? Es el poeta contemporáneo más contemplativo que conozco. Estaba a punto de escribir -y lo escribo- que el más religioso. Porque su poética es la expresión de una piedad que incide en un abismo que nos trasciende a todos. Porque sus versos son ofrenda y visión, el intenso aroma del misterio que somos.

(Acabo de releer su libro Los silencios de fuego).

jueves 30 de agosto de 2007

El mueble

En este lavabo me lavaba
con el agua muy fría, de niño.
Ahora mimo su vieja madera
con la nostalgia que dan los años.

Miro mi memoria en su espejo
mientras lo pinta Ana en color crema.

miércoles 29 de agosto de 2007

Francisco Umbral, descanse en paz

Soy consciente de que Umbral causa todavía sarpullidos en muchas personas. Por la forma que tenía de ser, de pensar y de decir ciertas cosas. Esa insolencia en la que se refugiaba su intimidad. ¿Qué quieren que les diga? Yo siempre me he limitado a leerle, que me parece que es de lo que se trata cuando anda de por medio un escritor. Creo. Leer su obra sin prejuicios ni bilis, sin intermediarios.

A Francisco Umbral (Madrid, 1936) se le suele confundir con infinidad de majaderías. Unas más o menos políticas o ideológicas y otras que tienen más que ver con los corrillos literarios, ya saben. Intuyo que a él todas estas patrañas le traían un poco al pairo. Escribía y punto. Unas veces mejor y otras veces peor. Como todos. Y ahí reside la biografía de su alma.

Porque Umbral -lo escribo rotundo para los más escépticos- era un escritor de alma. No de raza u otras rarezas. Escritor de alma. Algunos a esto lo dan en llamar lirismo. Él mismo lo dice en Mortal y rosa (aconsejo leer este libro en la edición de Cátedra): “Ahí está el hombre: en la emoción lírica, en el sentimiento lírico”. Y es verdad. Con ello el escritor madrileño deseaba apartarse de lo superficial prosaico, de la veleidad evanescente de la prisa. En su obra hay un ahondamiento de lo inmediato, una vocación evidente por querer trascender en arte algo de la cotidiana ramplonería.

En sus libros -y en sus artículos- hay gozo y elegía, memoria y glosa. Y rebeldía. Y una nostalgia que articula las palabras. Su alma de poeta es el engranaje espiritual que logra transmitir un estilo propio, una redención del fracaso por medio de la literatura. En Amado siglo XX (Planeta) dirá del hombre de ese siglo lo que muy bien se puede considerar una confesión de parte: “hombre de recorrido corto, de trayecto entrañable y breve, el hombre que tiene pocas cosas que contar o que siempre cuenta las mismas”.

Son muchos los libros de Umbral. Pero conservan una unidad esencial: la interpretación lírica del tiempo, el sentido profundo de su transcurrir. Proust, Quevedo, Juan Ramón… “Ni vivo ni muerto, leo a mis clásicos, que tiran más bien a románticos, escucho con mis ojos a los muertos, como el barroco, vivo en conversación con los difuntos, y vivo mi vida como una novela lejana, tópica, vieja y todavía querida”. En fin, pues eso: Umbral.

Pd. ¿Aconsejar libros? No sé. Lo que puedo escribir aquí son los que más me han gustado: Mortal y rosa (Cátedra), Trilogía de Madrid (Planeta), Las palabras en la tribu (Planeta) y Un ser en lejanías (Planeta). Y Amado siglo XX (Planeta).

lunes 27 de agosto de 2007

Madrugada

La madrugada está despierta a la espera de alguna noticia. O quizá recorre incansable las páginas de una novela. En ocasiones sueña el porvenir de un verso, dando vueltas a la palabra exacta, a la música que ronda al alma. La madrugada contrasta su noche en la coruscante pantalla del ordenador. Quiere decirme algún secreto que nadie sabe. Confiarme el íntimo color que oculta su traje oscuro. O el deseo que sugiere su aliento en la brisa. Estoy muy atento. Escucho su silencio. Quiero saber más de ella. Y curioseo su esbelta figura estrellada, la fronda de su pecho que respira en los árboles. Su noche es el humus donde el amor crece y se adentra en un profundo beso. La madrugada es mi confidente, inspira en exclusiva imágenes desconocidas. En ella busco apenas un destello de la luz. De esa luz que da vida y santifica todo.

domingo 26 de agosto de 2007

El mal

El miedo ahogó cualquier posibilidad de sonido.
Sólo pude pensar una oración muy breve.
En mi alma la oscuridad era completa. Abrí los ojos.
Nada de sueños ni pesadillas. Estaba despierto
cuando sentí el explícito tacto del mal. Tan rápido
como incisivo. Fui consciente de mi temblor
y de la presencia de alguien al lado de la cama.
Sus pasos corrían hacia el fondo del pasillo.
Se apresuraba a la eternidad sin esperanza
que es el estado en el que brama su odio.

viernes 24 de agosto de 2007

Estoy en el desván todavía

Lo que cuesta no es volver. Es el irse. Hay lugares que no nos dejan marchar con facilidad. Lugares en los que quisiéramos quedarnos una buena temporada más. Ves como se marchan todos, ves como el calendario se transforma en nostalgia. Los días apuran sus horas en una continua despedida. Y se hace casi insoportable ese estado donde uno imagina su propia ausencia. Quisieras quedarte. Las campanas de la iglesia puntúan las palabras que escribes. Frases donde la memoria reconoce tu mirada de niño. Esa misma que ahora contempla todo con prisa, recorriendo los caminos de entonces. Quisieras que llegara un día en el que no fuera necesario irse, en el que pudieras optar por quedarte aquí, en esta casa donde tus sueños suben corriendo hasta el desván...

¿Sensibilidad?

El gusto por lo lírico puede parecer a veces sinónimo de algún tipo de debilidad mental. Cuando es todo lo contrario. La sensibilidad da la impresión de obrar en tu contra. Sientes que los demás viven en un estado de perpetua y casi exclusiva preocupación material. Sí, muchos son los que prosperan en esa especie de respiración artificial que es el dinero. ¿Y qué más te da? Sabes que tus abundantes lecturas y esas líneas que escribes son tu manera de ser feliz. Eres el argumento de una providencia que te quiere así. Los dividendos del alma son lo que ahora ves en tu casa. Esta realidad compuesta de niños, versos, juguetes y esposa. Es lo que te hace ser verdaderamente fuerte.

jueves 23 de agosto de 2007

Felicidad


A pesar de todo soy feliz, muy feliz. Quisiera dejarlo claro. ¿Y qué es la felicidad para mí? Sobre todo estar con Ana, contemplar el mar y las olas por las que navega mi vida, abrazar a mis hijos en su torbellino, ir hacia el horizonte en la vieja bicicleta de mi abuelo, leer el silencio...



Algo de todo esto he apuntado en mi libro Entre dos infinitos. Versos imperfectos estoy de acuerdo, pero en ellos se dibuja el esbozo de mi alma, de su intimidad. Apenas unos apuntes tomados del natural. Por otra parte a mí me gusta más presumir de los versos de mis amigos.

¿Felicidad? Son momentos. Instantes que nunca se olvidan. Tal vez el preámbulo de la eternidad. Como en ese poema que escribí y que titulé precisamente así, "Felicidad":


FELICIDAD

La mirada se queda clavada
en el fuego, sosegada el alma,
los ojos muy abiertos. Recuerdos
que acompañan al humo que asciende
para desvanecerse en la tarde.
Tras la ventana cimbrean los chopos
sonido de incandescentes hojas.
Las brasas arden en igual llama
que el fulgor del sol en el espacio.
Soy feliz. A mi lado duerme Ana.

lunes 20 de agosto de 2007

Y sin embargo...


REGRESO NOCTURNO

(Para Juan Urbizu)

Carretera sin luz. Espigas
con un leve rescoldo de oro
se mecen en la ardiente noche.
Apenas se ve, pero noto
el negro perfil de los chopos,
vítores de gozo a tu paso.
Sonríe la luna en su cóncava
alma de plata. Las estrellas
visten de belleza la tierra
que yace ahora oscura, dormida.
En las sombras la luz es llaga
que sangra el recuerdo del alba.
Es la aventura, el hechizo
febril del verano en tu vida.

domingo 19 de agosto de 2007

¿Qué es ser poeta?

¿Me lo puede decir alguien? ¿Ser poeta es sólo escribir poemas? No puedo creer que todo se reduzca a "eso". Hay algo más, lo siento en lo más vivo del alma. Hay algo que no cabe en el tanteo de esas palabras, en la sintaxis de su música. Ser poeta es, no sé, es... estar enamorado de la vida. Es mirarte las manos vacías y pensar que todavía es todo posible. Es rezar sin prisa mientras limpias el polvo de las estanterías. Es afrontar el dolor con el amor. Es que te importen las cosas sin importancia, como esta brisa que de pronto acaricia la cortina. Sí, parece mentira lo que os voy a decir, pero es que se me queda corta la poesía. No es jactancia ni pedantería. Lo siento así: radicalmente. Leo los poemas hasta el segundo o tercer verso, o leo la última estrofa. Me basta. Todo mi ser abraza la maravilla, toma impulso para comprender lo inefable. Y quisiera no escribir nada. Sólo vivir en plenitud cada resquicio de lo vivo. Así lo pienso. Así de sencillo. Así de infinito.

El alma de la familia

Contra todo pronóstico el alma de la familia no es el dinero. Ni siquiera esa casa tan pulcra que hemos logrado levantar a base de hipotecas y variada ornamentación. Ni el fútbol rampante o los incombustibles seriales de televisión. Tampoco lo es ese sofá de piel que tanto nos hace sufrir cuando los niños se encaraman -¡con los zapatos puestos y gritos comanches!- sobre su preciado tacto. Ni los libros de papá, que se multiplican exponencialmente por cada metro cúbico de espacio disponible, precipitándose por las estanterías.

¿Será el alma de la familia las relaciones sociales y de buena vecindad? ¿Los amigos más leales y abnegados? ¿El trabajo esforzado o el deslumbrante coche de última generación que circula por nuestros sueños? ¿O será quizá los alborotos de los hijos, con el zigzag de sus notas, sus juguetes virtuales, sus cumpleaños y sus colegios? No, no me cuadra. ¿No tendrá dicha alma familiar algo más que ver con la paciencia del padre, que aguanta con aplomo la embestida de todos los demás miembros del clan? No, tampoco me lo parece.

El alma de la familia está en otra cosa muy distinta. Algo sin lo cual todo lo anterior queda en nada. Alguien que ejerce como elemento aglutinador del hogar por excelencia. Sin dicho elemento el padre, los hijos, la casa, el coche y hasta los mismísimos sueños quedarían huérfanos sin remedio, vacíos. Es alguien que da consistencia a la luz que entra por las ventanas de su esperanza, que hace del amor una arquitectura única donde se cobijan las preocupaciones de los demás. Alguien que es capaz de pensar en casi todo al mismo tiempo, sin perder ni una pizca de intensidad y cariño. Alguien cuya fidelidad es directamente proporcional al olvido de sí mismo. Alguien que administra sin ostentación su fortaleza y sacrificio.

Por supuesto que me estoy refiriendo a la figura de la madre. ¿A quién si no? Es ella el alma de cada familia, la que nos provee del entusiasmo y brío necesarios como para encarar la vida con alguna garantía de felicidad. Los niños -que ven donde los adultos no vemos- saben que su madre es mucho más que una mujer que va de lado a lado, trajinando sin parar entre ropa y comida. Quiero decir que se dan perfecta cuenta de que es una mujer transfigurada por la bienaventuranza de la entrega. Todos sabemos que el beso de una madre es el consuelo perfecto para cualquier tipo de tristeza, y que una sola caricia suya engendra una seguridad que nos hace inexpugnables al desaliento.

El alma de la familia no es un concepto abstracto. Tiene un cuerpo muy concreto. Un cuerpo precioso de mujer, femenino, que anda necesitado de piropos y cortejo, de ayuda que alivie la tensión de su labor abnegada. Porque una familia que no cuida como debe de su alma -esposa y madre- está condenada a las malas caras y a la neurosis, a una tibieza generalizada que desemboca en el hastío, en el desamor o en la ruptura. Decididamente, una familia sin alma deja de ser familia. Y una sociedad sin familias -sin madres y esposas con un mínimo juicio- está abocada al delirio de una constante zozobra.

viernes 17 de agosto de 2007

El desafío de la educación de los hijos

Son muchas las personas que toman la opción del mal (no puedo calificarlo de otra forma). Entre ellas no pocos jóvenes. Con total desparpajo y frialdad, con una inteligencia embrutecida que es incapaz de razonar y escuchar a los demás, en un rechazo absoluto -o casi- a cuanto les rodea o incomoda.

No es un problema del Estado, ni de los institutos o colegios, que tienen su indudable responsabilidad. Ni siquiera de la presión social. Los padres debemos ser mucho más conscientes de esta realidad. Porque las cosas no suceden de repente, de un día para otro.

La televisión, internet o cualquier otro cacharro tecnológico no van a educar por nosotros a nuestros hijos. No podemos aparcarlos con las cuidadoras, con los sufridos abuelos o con los vecinos de enfrente.

Los niños, desde muy pequeños, perciben todo con gran nitidez, y necesitan del cariño de sus padres, de su conversación y buen ejemplo. Aprenden lo que ven y escuchan. Y si la familia se limita a vaguedades sin cuento y a concederles todo lo que piden, no deberíamos extrañarnos el día de mañana, cuando vayan por libre y nos echen en cara nuestro egoísmo.
Debemos sacar inmediatas conclusiones. Todavía estamos a tiempo. Y nuestra sociedad será lo que nuestros hijos sean. Y la educación es, en su fundamento, algo nuestro, de los padres. ¡Apañados íbamos si la dejáramos en manos del ministerio de turno o de los boy-scouts! No debemos abdicar de esta sacrificada pero gozosa responsabilidad.

Porque en efecto, la educación requiere un gran esfuerzo, requiere estudio y dedicación, requiere imaginación y opciones, requiere estar encima de los hijos y decir que NO en muchísimas ocasiones.

No dejemos que por apatía nos arrebaten a nuestros hijos.

jueves 16 de agosto de 2007

De versos

Unas cuantas palabras no suman un verso. Cualquiera no sirve y en su elección se requiere la delicada precisión del misterio. El sentido de su belleza es el sonido del alma y el silencio del mundo. Una armonía de pensamiento, emoción y ritmo porque la vida se mide en versos no en días. Pero no es nada fácil dar en lo sencillo, expresar con tino el infinito afán del hombre. Las palabras calibran la respiración del instante en el que ya nada es lo mismo. Leen el idioma inspirado de lo ordinario. Todo tiene una razón poética, una entraña espiritual que trasciende espacio y tiempo. Su cadencia es el amor, o el dolor. Y las palabras se vuelven exactas, necesarias. Nos arrastran a la confidencia, a la intimidad de Dios y su naturaleza.

miércoles 15 de agosto de 2007

Comprendedme

¿Qúe decir cuando escuchas en las hojas la lluvia?
¿Qué escribir cuando el agua te acerca a otra orilla?

Casa de Ana María

Las habitaciones de la casa tienen el aroma de mi adolescencia. Yendo de una a otra recorro los años, los sueños de entonces, aquella edad que olía a sándalo y rosas. Espero encontrarme con el rostro de mi madre o el de mis abuelos. Acaricio los muebles que tocaron, la intimidad de sus fotografías... Beso su crucifijo y me arrodillo en el reclinatorio donde están grabadas sus iniciales. Así, de rodillas, miro por la ventana de sus vidas. Me deslumbran los recuerdos. Pero no es nostalgia lo que cierra mis ojos, es una alegría plena de luz, de orgullo. Una visión muy clara de la santidad de estos muros.

Aquí leí Erasmo y España, de Bataillon o un epistolario de John Keats. Lecturas que jalonaban los veranos. Madrugadas enteras leyendo en la cama a Luis Cernuda, a Galdós, a Bernanos, a Baroja, a Luis Rosales... Entre los versos el reloj municipal despertaba puntualmente a las horas. A veces me asomaba al balcón y percibía en las estrellas la articulación mística del mundo. La poesía me ayudaba -como me ayuda ahora- a creer en Dios. Porque cada palabra crea un silencio que reza.

A media mañana sonaba la aldaba y abría la puerta de casa al cartero. Cartas de los amigos que esperaba con ansia. Noticias sobre literatura que exigían una pronta respuesta. Todo sigue igual, pero distinto. El arte epistolar se ha difuminado en el tiempo. Como el pozo de la entrada. Pero todavía siento aquella agua y aquella tinta.

Sí, me gusta demorarme en cada habitación. En sus blancas paredes se proyecta lo que yo soy. Y del alma mana una vida nueva, una felicidad que nunca pasa.

martes 14 de agosto de 2007

No han pasado los años

No han pasado los años.
De nuevo entre estos árboles
un clamor de hojas me acompaña.
Sonido que es concierto
donde se encauza la tarde.
Mi memoria es el viento,
su oleaje, su verdor, su incendio.
Dejadme siempre aquí, dentro
de los versos que escucho
en el temblor de las ramas.
Al trasluz de la vida
se impone lo eterno. Soy testigo
una vez más, cuando contemplo
con el alma los ojos del tiempo.

lunes 13 de agosto de 2007

Paseo en bicicleta

El sol naranja se oculta detrás de los chopos en una radiante aureola que pigmenta el alma con el color del cielo. Las ruedas giran sobre el camino, sorteando espinas, piedras y baches. A lo lejos algunos pueblos coronados por la torre de su iglesia. El secreto de mi vida es esta belleza tranquila, este paisaje que se prolonga en el espacio que recorro. Procuro verlo todo, lo visible y lo imposible. Todo. Desde ese saltamontes en la cuneta al perfil de los ángeles que sobrevuelan la luz y su vestigio.

Estoy en medio de algo extraordinario. El viento peina los maizales. Pedaleo despacio el tiempo, con los ojos bien abiertos, pendiente de la velocidad de las nubes. Los girasoles aparecen con nostalgia detrás de cada curva. Me afirmo en el manillar del lenguaje. Una bandada de palomas guía mis palabras por el aire.

El destino del camino es lo de menos. Me importa más el significado de lo vivo, del alma de la vida que miro.

domingo 12 de agosto de 2007

"Crash"

Se habla de grandes caídas en las Bolsas del mundo entero. Las hipotecas suben con desproporcionada desmesura. ¿Qué sucede? Es la inestabilidad en el corazón de la usura, el miedo a perder millones de millones mientras la gente común no llegamos a final de mes.

Pero al posible crash financiero le acompaña un crash político (ambición, soberbia e incompetencia), y a los dos les precede un crash de índole moral. Y todo tuvo su origen en una primera ruptura. Aquella que estalló en el alma cuando dimos esquinazo al querer de Dios.

Entendámonos. La decrepitud de Occidente -decadencia real- es de cariz espiritual. Y la quiebra financiera es lógica consecuencia de tanto pretexto, de tanto pecado contra la justicia social.

sábado 11 de agosto de 2007

Vacaciones


Estoy bajo las parras y la higuera, recién regada la tierra de un jardín tapizado de hiedra, lavanda, gardenias y albahaca. Leo, de cuando en cuando, algún cuento de Cortázar. "Maravillosas ocupaciones" es uno de ellos. Aún quedan racimos de uvas pendientes de un hilo de luz. Antes de bajar aquí he estado ordenando los libros. Polvo, recuerdos y el estante preciso. Dobles y triples filas de volúmenes que me gusta admirar en su quietud preestablecida. Palabras vestidas de imprevistos y colores. Palabras que germinan en este jardín, en esta tierra, en este día.

viernes 10 de agosto de 2007

En el alma del tiempo

Antonio Machado en unos breves versos de Nuevas canciones (1924) sintetizó lo que para él era la poesía:

“Ni mármol duro y eterno,
ni música ni pintura,
sino palabra en el tiempo.”

La esencia de lo temporal, el tiempo hecho verbo. El tiempo como sucesión de intuiciones infinitas. La identidad de nuestro pensamiento en el alma de las cosas. El movimiento de la vida en una armonía metafísica. Cada palabra un sueño que engendra esperanza. Un vuelo que contempla el destino eterno del hombre.

¿Cuál es mi poética, mi forma de entender la poesía? Ya he escrito sobre ello, pero después de leer ayer a Machado, y cuando estaba por la noche en el cine, apunté en una libreta:

El silencio de la palabra
escrita en el alma del tiempo.

jueves 9 de agosto de 2007

"Cuentos completos", de Wilde

La editorial Valdemar es una de mis muchas debilidades. Queda dicho. Es difícil resistirse a unos libros tan bien editados, a unos textos tan sugerentes como inquietantes. Sus múltiples colecciones y el rigor con el que se seleccionan los títulos -en unas traducciones impecables- hacen que no haya lector consciente que pueda resistirse. En su seno se alberga la mejor traducción de Proust al español de su A la busca del tiempo perdido, a cargo de Mauro Armiño. Es el colmo de la embriaguez sensitiva, de la memoria como pasión insaciable. O las aventuras del Padre Brown, de Chesterton, que puede ser una más que adecuada lectura veraniega.

Pero hoy quería fijarme en la edición de los Cuentos completos de Oscar Wilde, también traducidos por Mauro Armiño. A Wilde el sufrimiento y la incomprensión le hizo madurar desde una posición de esteta, cínica e irónica -dentro de una educación exquisita- a una obra más profunda, más desnuda de afeites retóricos y adornos. (Siempre con el denominador común de su poderoso ingenio, de sus paradojas). Dando lugar a textos de una gran envergadura literaria, como por ejemplo la Balada de la cárcel de Reading o el De profundis, que cifran una conversión y una esperanza.

Sin embargo en su obra hay un hilo conductor que mantiene viva su grandeza. Son sus cuentos. Desde el comienzo gustó de su ejercicio. En ellos está el germen de gran parte de su obra. Algunos de ellos fueron como el primer impulso, como el primer borrador de obras como la novela El retrato de Dorian Gray. En ellos se desgranan sus gustos literarios, su crítica social, o su visión de la belleza. El arte por el arte poco a poco va dejando paso a una trascendencia. En sus cuentos quiere penetrar la realidad, no sólo acariciarla. Desde la trama romántica a la detectivesca. Por ejemplo.

En esta edición la evolución se ve perfectamente al publicarse los cuentos cronológicamente, con pocas pero oportunas notas. Estos cuentos es de lo más ameno y delicado que escribió Wilde. Con intuiciones geniales y con sencillez. Es una prosa que tiene corazón de poesía, que ambiciona la justicia o la generosidad.

Pd. Junto a este libro recomiendo leer su biografía Oscar Wilde, la verdad sin máscaras, de Joseph Pearce (Ciudadela). Es el complemento perfecto para adentrarse en el alma del escritor irlandés.

miércoles 8 de agosto de 2007

Literaturas

Ayer me hicieron una entrevista. Y la amable reportera me preguntó lo inevitable. Sobre mis autores favoritos y sobre mis libros imprescindibles. ¿Qué decir? Son tantos los libros que han influido en mi vida, tantos los que han ido conformando mi particular manera de escribir, tantos lo que han abierto ante mí un paisaje desconocido o una perspectiva inaudita. Le contesté que la literatura es casi infinita y que, al menos para mí, es la forma más habitual que tengo a mi alcance para indagar en lo infinito.

Es imposible concretar en unos pocos libros o autores. Imposible del todo. Como mucho puedes hacer un esbozo, o recordar de las últimas lecturas aquellas que más te han sorprendido o conmovido. En este sentido debo señalar a la poeta norteamericana Jane Kenyon, al escritor francés León Bloy o al poeta y excelente prosista polaco Adam Zagajewski. Y si me remonto un poco más en el tiempo debo señalar la conmoción que me supuso la lectura de las Memorias de ultratumba, de Chateubriand. Una obra oceánica. En su aliento, en su belleza y en su profundidad.

La relectura de la obra de Pedro Salinas -sobre todo la poética, sin desdeñar su prosa- lleva mucho tiempo acompañándome, ahondando en mi alma sentimientos más precisos. Es por eso que espero con una mal disimulada inquietud sus Obras Completas, editadas por Cátedra en su Biblioteca Aurea. Salinas es el gran poeta de la llamada Generación del 27, ese nuevo siglo de oro de la literatura española, sobre todo en lo que a poesía se refiere. Luis Cernuda y Federico García Lorca le acompañan de cerca. Más allá Manuel Altolaguirre, Jorge Guillén, Ernestina de Champourcin, Gerardo Diego, Rafael Alberti y Dámaso Alonso.

En novela me quedo con Pío Baroja y Thomas Mann. La montaña mágica es un hito y la nueva traducción de Isabel García Adánez para la editorial Edhasa es primorosa. En ensayo George Steiner y Elias Canetti es lo que prefiero, con cierta debilidad por Alberto Manguel. En cuentos no tengo duda: Julio Cortázar, Miguel de Unamuno, Jorge Luis Borges y Vladimir Nabokov. En teatro Calderón y Shakespeare, Pedro Muñoz Seca y Miguel Mihura. En poesía, además de los ya citados, mis preferencias también incluyen a Rilke, Juan Ramón Jiménez, Paul Celan, otra vez Borges, Jaime Siles, Lope de Vega, Claudio Rodríguez, Leopardi, Luis Rosales, el mejicano Xavier Villaurrutia, Coleridge y un largo etcétera.

¡Que difícil es escoger entre tantos libros amados, entre tantos poetas y escritores (el poeta es escritor, sí, pero de otra dimensión digamos más esencial) que con el tiempo y las lecturas son ya parte de tu familia. En mi vida el primer libro que me subyugó de verdad fue El corsario negro, de Emilio Salgari. Después vinieron los Episodios Nacionales, de Benito Pérez Galdós, una obra que debiera ser de lectura obligada en los colegios e institutos a lo largo de la ESO y del bachillerato. Por aquello de aprender algo de España. Y luego llegó Baroja y Antonio Machado y Gabriel Miró

Hablando de Gabriel Miró. Deben leerlo. La Biblioteca Castro lleva editados dos volúmenes de sus completas. Miró es el Sorolla de la literatura. Es la luz que germina en las palabras. Es el detalle minúsculo como quicio de la página. Es el gozo de una prosa de tono lírico. Es la intimidad de la vida y su lenguaje. Es la expresión de los sentimientos como eje central de cada escena. ¿Un libro suyo? Me quedo con El obispo leproso y Figuras de la Pasión de Cristo. Y es que la literatura es un largo e intenso enamoramiento.

martes 7 de agosto de 2007

La crisis de Europa. Un análisis

Acabo de leer un libro indispensable: El cristiano en la crisis de Europa (Ediciones Cristiandad). En portada “El grito”, de Edgard Munch, refleja perfectamente la realidad de nuestra sociedad. Es la imagen más certera de la angustia contemporánea, de esa soledad que nos desfigura el rostro de los días y difumina el rastro de Dios en nuestras vidas.

El grito de Munch podemos ser cada uno de nosotros. El grito de Munch puede ser figura del alma de muchos que piensan que el hombre por si solo puede alcanzar algo parecido a la felicidad, y que sin embargo se acaba escorando tantas veces hacia el tormento del más implacable egoísmo. El grito expresionista de Munch es también una dura crítica a una sociedad muy parecida a la de la Europa del siglo XXI. El arte como conciencia que trasciende la apatía intrascendente de lo superficial.

El cristiano en la crisis de Europa es un libro escrito por uno de los más agudos intelectuales que conozco. Un hombre que ha dedicado toda su vida a profundizar en el conocimiento de las cosas a la luz de Cristo. Un hombre que ama el arte y la buena literatura, un hombre que reflexiona mientras toca el piano. Esa música que le lleva a otra música más callada: la armonía infinita del amor de Dios. La más alta metafísica, la mística de la redención. El autor es sacerdote católico. Es más, es el actual Papa de la Iglesia Católica: Benedicto XVI.

Pero los textos incluidos en este libro los escribió antes de ser elegido Papa. El primero de ellos es “La crisis de las culturas”. Llama la atención su visión optimista, pese a la capacidad de autodestrucción del hombre. Denuncia el terrorismo como “guerra sin límites”, la manipulación genética, etc. Estamos ante un hombre distinto. La fuerza moral no ha crecido en paralelo a la ciencia, dirá. La dignidad del hombre se difumina en su perspectiva amoral, o en una moral a la medida del capricho. La tensión es evidente. ¿Hasta dónde nos llevará la sequedad espiritual de una cultura racionalista y relativista?

A todo ello va pasando revista Ratzinger, culminando con el análisis de la fe cristiana y su “significado permanente”, de su “Razón Creadora” como fuente de una humanidad que todavía puede creer en la esperanza. Este capítulo me parece personalmente el más interesante. Pero no hay que perder de vista el segundo, “El derecho a la vida y Europa”, inmersos como estamos en una cultura fúnebre, donde la piedad se confunde con el holocausto. Y un brillante último capítulo sobre “qué significa creer”, sobre el don magnífico de la fe.

Un librito que eleva el tono intelectual del momento porque tiene en cuenta la dimensión espiritual del hombre, la trascendencia temporal y eterna de sus actos.

domingo 5 de agosto de 2007

El defensor

Si hay un libro que todo buen enamorado de la literatura y de la lectura debiera leer al menos una vez al año o en peligro de grave trivialidad vital, ese libro es El defensor, de Pedro Salinas (Alianza). Hoy releo algunas de sus páginas aprovechando una gris melancolía dominical. En el capítulo segundo, que trata sobre la defensa de la lectura, uno se encuentra con un gran número de párrafos sobre los que reflexionar. Es evidente que leer mucho no significa leer bien, o ser más culto o moderno. La primera misión de la crítica literaria sería enseñar al lector a demorarse en los textos. No otra cosa es la filología: el análisis del alma, enamorarse con pasión de un buen libro y sacar consecuencias. Leo ahora en Salinas: "¿Será posible, en un mundo donde casi todo se hace de cualquier modo, aspirar a que las gentes hagan una cosa bien, leer? ¿Y para leer bien, leer menos libros?".

El gran olvido

Y ¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? (Mateo 16, 26). Y seguimos obsesionados en acumular bobadas, en no conformarnos jamás con lo que tenemos, en estar pendientes de cualquier circunstancia que envanezca nuestro yo. Pasan los días y pasan los negocios. Pasan las obsesiones y pasan aquellas cosas que creíamos imprescindibles. Pasa todo, pero lo que no pasa es nuestro anhelo de felicidad. ¿Dónde encontrarla? Vamos tras ella sin descanso, y pensamos hallarla en cualquier bagatela que nos sale al paso del corazón o -lo que es peor- de la cartera. Pero no. Apenas dura lo que pensábamos era el colmo de la dicha. Y el alma clama. Y sufrimos. Y estamos tristes. Y no queremos darnos cuenta que nos hemos olvidado de Dios.

sábado 4 de agosto de 2007

Paseo y librerías

Paseo por la ciudad. Con Jaime. Hablamos con tranquilidad, a nuestro aire. Pone pasión en lo que dice. Envidio su energía, esa fuerza con la que pronuncia sus deseos. Aunque se resiste un poco entramos en varias librerías. Hacía bastante tiempo que no lo hacía. Miro y remiro. Me deleito con los libros ya leídos y sueño con todo lo que me queda por leer. Es una ilusión que todos los buenos lectores conocen muy bien. Prefiero las librerías pequeñas. En su pequeño espacio se desenvuelve para mí toda la eternidad, un cúmulo de detalles infinitos, de palabras que me llevan de la mano a un sentido más "santo" de las cosas. Y es como si estuviera en casa, en un paraíso donde cada lomo fuera la tecla de una nota nítida. Cada lector tiene su particular sinfonía. Porque la lectura es también música, una armonía del alma en el silencio del texto. Y voy primero a los estantes de la poesía. Es en donde más me reconozco. Me gusta rescatar la voz de poetas olvidados o descubrir lo inaudito en poetas jóvenes. Abro los libros, acaricio los versos... ¡Qué dicha estar ahí, entre mis hermanos! -"Papá, vamos". -"Ya voy , ya voy, espera; mira Jaime, este libro lo leí hace ya muchos años y recuerdo...". -"Vamos". -"Pues vamos". Y siento pena de irme de allí , de no comprar al menos un libro. Esa misma noche unos parientes que cenaron en casa hicieron la pregunta de rigor: -"¿Te los has leído todos?". En fin.

viernes 3 de agosto de 2007

José Luis

Así da gusto. Da gusto estar con alguien que es consciente de todo lo que le ha sido dado. Y te ofrece su casa, y lo que es más importante, su conversación. La hiedra está espléndida, envuelve con su verde encaje las paredes blancas. En el jardín escucho los gritos de Esperanza y Vita. Y contemplo el éxtasis de un precioso gato blanco, tumbado a la sombra. José Luis es un buen amigo. La puerta de su casa es una sonrisa, flanqueada de confianza. Hay plantas por todos lados, árboles que nos protegen del excesivo prodigio.

La bondad habita esa casa. Por eso me atrae ir allí. Cada rincón es toda una vida, pero te olvidarías del tiempo muy pronto, ensimismado en la lectura de la luz, y de la felicidad que es su resplandor. Mi amigo es muy consciente de toda esa belleza. Aunque sabe que es reflejo de otra más íntima, más divina, más perfecta.

En la piscina hablamos de todo esto. Hablamos de Dios con naturalidad, mientras nuestros hijos se zambullen en la profundidad de su alegría. Nos salpican, pero no importa. Somos lo que somos porque somos de Dios. Acaricio la hierba, y de cuando en cuando me fijo en la superficie del agua que se agita nerviosa. O miro el silencio azul del horizonte.

La verdad es que me gustaría perderme por algún recoveco de esta casa y leer dos horas seguidas. En soledad. Escuchando de fondo a los niños. Pero hablar con José Luis es todavía mejor. Es una larga confidencia que me recuerda el fundamento sobrenatural de todo lo que percibo, recuerdo o ansío. Es descubrir de nuevo -cada amigo es una perspectiva- la tracción espiritual del amor de amistad. Sin melindres.

Hablamos de la fe, de los hijos y su formación, de Ana Catalina Emmerick y sor María Jesús de Agreda. De lo cotidiano y su cansancio. De lo cotidiano y su recompensa. Con una cerveza bien fría entre nosotros.

jueves 2 de agosto de 2007

La gerencia (un apunte)

La casa era grande. No, grande es poco. Era inmensa, señorial. Mi niñez corría entre sus habitaciones y se deslizaba por el pasamanos de la escalera. Fuera jugaba al fútbol con las piedras. Detrás de un muro había un jardín perfecto donde me extasiaba mirando el cielo del que brotaban unas peras inalcanzables. Una día la puerta verde se cerró detrás de mí. Y quedé prisionero del jardín. Tuve miedo de los árboles, lo confieso. Los setos comenzaron a moverse a la misma velocidad de mi carrera. No había escapatoria. Era un laberinto del que no saldría nunca. Estaba solo. Solo. Con mis gritos y el aterrador sonido vegetal. De pronto un ruido. Pasos sobre la grava. Y una voz se alzó entre el pánico y las flores. Mi madre. Recuerdo muy bien su abrazo y la carne de membrillo que fue mi merienda.

"¿Quién se ha llevado mi BlackBerry?"

El triunfo. El triunfo por encima de todo y de casi todos (o sin casi). Este es el paradigma de la vida para muchas personas. Si falta el triunfo la vida se puede dar por desperdiciada. La ambición profesional es sana siempre y cuando no caiga en el esperpento que desfigura el alma, en una obsesión enfermiza. Cuando se lleva al límite se adueña de todos nuestros actos una fantasmagoría que esconde muchas veces un gran fracaso humano.

La verdad es que la novela de Lucy Kellaway (Londres , 1959) ¿Quién se ha llevado mi BlackBerry? es un disfrute. El ritmo de la narración refleja muy bien la trepidación de muchas empresas. A base de emails va tejiendo la autora la fragmentada vida de Martin Lukes, director de marketing de la filial inglesa de una multinacional. La respiración del lector se acelera a cada paso, y también nos reímos. Y mucho. Porque la novela es sobre todo una parodia y una sátira. Una burla mordaz.

Los continuos emails reflejan muy bien como una persona es capaz de cualquier sacrificio que conlleve una subida en el escalafón social. Las majaderías más absurdas están presentes aquí. Un mundo de trapisondistas que poco a poco se va alejando de su felicidad. Hay que tener fe en uno mismo por encima de todas las cosas. No desfallecer. Ser el número uno, porque el dos no vale. El liderazgo, la marca personal. Sin éxito la vida no parece concebible.

Pero Kellaway deja entrever lo que todo ese esfuerzo lleva tras de sí. Al otro lado de esa realidad, al otro lado de toda esta desmesura profesional se esconde un drama familiar y una carencia afectiva. En el fondo una completa falta de madurez y una deshumanización galopante. Lo difícil no es cumplir los objetivos que la coach personal sugiere al protagonista, lo heroico es dedicar un poco más de tiempo a su mujer e hijos. ¿Puede sorprenderse Martin cuando a su hijo Jake le dé por probar el éxtasis?

Entre risa y risa el lector se da cuenta de que lo que aquí está en juego es mucho más que los beneficios de una gran empresa o el estrellato de Martin. La auténtica productividad ¿cuál es? ¿Se mide en porcentajes la alegría? ¿Dónde quedarán todos esos años en los que nos hemos perdido lo fundamental? ¿Pensar en la empresa las 24 horas del día supone dejar de lado todo lo demás? Las teóricas dirigidas a manager y demás ejecutivos de altos vuelos cuestan dinero, pero además pueden costar la verdad. Alcanzar el éxito no es lo mismo que alcanzar la excelencia. El primero tiene más que ver con la vanidad y el dinero, la segunda con el alma y su felicidad. Y es aquí donde pienso que radica la eficacia narrativa de Kellaway: en saber exponer con desenvoltura, gracia y emoción este “juego” de contrastes.

Este libro no es sólo para ejecutivos. Es para todos aquellas personas que quieran pasar un buen rato y a la vez quieran trascender un poco tanto materialismo estéril como nos rodea.

miércoles 1 de agosto de 2007

Ya ven ustedes

Cada vez aguanto menos ver la televisión. Las revistas se me caen de las manos. Y son un bodrio las películas y seriales. Ir de compras me solivianta. Aborrezco el fútbol y su circo, los titulares, el sensacionalismo, el ruido, las flores artificiales, la prisa y el vocabulario soez. Los juegos de mesa me parecen derrochar el alma en naderías. Incluido el desenfrenado culto a la gastronomía. No me veréis yendo en chándal o viviendo en un adosado de sonidos imprevisibles. Ni leyendo un libro de Paulo Coelho o Jorge Bucay. ¿Para qué quiero una PDA, una MP3 o una iPOD? No me llama la atención el último modelo de nada. Y mucho menos de motos y coches. Las vacaciones exóticas me traen al fresco, esa es la verdad (todavía no conozco del todo bien mi España y mucho menos Europa). En música ¿qué decirles? La hay estupenda, pero abunda más el estruendo, la crepitación o el chirrido. Sospecho del que se vanagloria o presume de lo que tiene… y hasta de lo que no tiene. No me busquéis en un restaurante chino o en cualquiera de sus tiendas. Me preocupa más la degradación moral que el cambio climático. Los baños de masas me parecen una tortura. Como las grandes superficies.

Ya ven ustedes. Como decía un lúcido escritor: “cada día me vuelvo un poco menos capaz de gozar de lo que agrada a los otros individuos de mi especie”.