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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


jueves 31 de mayo de 2007

Amigos.


Son un don. Un regalo inmerecido tantas veces. Ahí están. Siempre dispuestos a escucharte o a darte la mano en los momentos más complicados. En la amistad uno se siente amado, guarnecido de tantos obstáculos ácidos como nos asaltan en el tiempo. Su afecto es una intimidad impagable, sin alardes. Una conversación donde las palabras van gestando la redención de un abrazo. Porque un amigo es sobre todo un abrazo que escucha, un silencio absorto en tu mirada.

Ahí están. Mis amigos. Como ángeles humanos que velan por mi alma fatigada. Una llamada de Jesús, la oración de Maru, la presencia de Juan, el correo de Antonio, aquella confidencia de José Luis, los versos de Jaime, el esplendor de María… Gente que te quiere de verdad. Tal y como eres. Capaces de ensanchar el límite de tu corazón hasta lo imposible. Su trato es un espacio de tiempo que no acaba, es una bienaventuranza que configura los dominios de tu felicidad.

En mi caso todos ellos escriben. O casi. Poetas, periodistas, novelistas. Don sobre don. Anonadado, aprendo en ellos el perfil impreciso de mi vida. Aprendo a reconocer el secreto de las nubes, o a atisbar en mi interior la desmesura de las cosas. Mis amigos son mis maestros, verdaderos guías que escriben el significado eterno de los días. Cada uno de ellos es una ventana abierta a la perspectiva del prodigio.

Así lo creo. Porque cada día lo veo, porque siento el vigor de su compañía. Y sus preocupaciones son las mías, y sus alegrías mis alegrías. Y hablamos de la belleza, de los hijos, de la poesía, de las lecturas… Todo ello demorándonos en la presencia de Dios que fluye por las palabras. Unas palabras en el cariño submarinas y que respiran por las branquias del silencio.

¡Cuánto bien hace un amigo! Nos salva de nosotros mismos, rezagados tal vez en un presentimiento frío. Y nos fiamos, y le confiamos el dolor más profundo o la emoción más elevada. Amistad leal que nunca sabremos ni podremos agradecer bastante.

Ayer mismo estuve un buen rato con uno estos amigos. Lo necesitaba. Necesitaba salir de mi atonía, necesitaba resolver una vez más el ardid de la tristeza. Y ya en el umbral de la puerta de su casa -mientras dejaba la cartera y contemplaba un precioso ostiario de plata- percibí la paz de su voz. Ya nada era lo mismo.


* * * *


Felicidades Jesús Sánchez Adalid. Sacerdote y novelista. Y amigo. Felicidades por ganar el Premio Lara 2007 con tu novela El alma de la ciudad (Planeta). De nada te vale tu humildad conmigo. Yo sé que eres el mejor escritor de novela histórica que tenemos en España. El que todavía no lo sepa que lea.

miércoles 30 de mayo de 2007

Clonemos y punto.

"Ya sabemos que siempre estarán los tiquismiquis de turno apelando al sentido vaticano de la vida. Clonemos y punto. Al fin y al cabo es por el bien de la humanidad, algo que no admite discusión . Pese a quien pese. ¡Qué ética ni que ocho cuartos! También condenaron a Galileo y quemaron a Bruno. La Iglesia no tiene credibilidad científica alguna. Las industrias farmacológicas y derivadas ya se encargarán de apoyar el buen juicio. Clonemos, clonemos. Adelante. Hacia un mundo por fin feliz. Dupliquemos nuestro genio, a pesar de la ignorancia de tantos recalcitrantes. Es increible de lo que es capaz el hombre cuando destierra de su vida los dogmas cristianos. Nada de bromas ni de juegos con los embriones. Por favor, señoras y señores, esto es ciencia, en toda su grandeza. Más allá del bien y del mal. Ciencia progresista. Todo decidido. A clonar a clonar, que el mañana es ya nuestro. Y a todos esos católicos que siempre andan ayunos de rigor y poniendo trabas a las células madre, a la fecundación artificial, a la eutanasia -pobrecillos- o al aborto, a todo lo que supone un desarrollo exponencial del progreso humano, no hay que hacerles ni caso. Dan pena. Tanto Dios y tanta monserga clerical. Clonemos y venzamos por fin a la muerte".

Venezuela.

He recibido varias misivas de lectores venezolanos a propósito del cierre del último canal libre de televisión. Se sienten amenazados, muy tristes, exiliados en su propia patria. Toda una señal. Allí manda un hombre que es un auténtico pirómano de la libertad de los demás. Él es el enviado, un redentor de pacotilla, un iluminado con jerga de telepredicador y gestos cursis de dictador. Se siente a sus anchas en esa especie de vodevil abracadabrante en el que ha convertido la política venezolana. ¿Política? Según Julián Marías es el arte de manejar colectivamente a los hombres sin profanarlos. Pero el enésimo comandante revolucionario -eso dice- que brota en la América hispana ha caído en la profanación más grave: creerse que es el único que posee la razón.
Mírenlo. Sigue la estela de su tradición: abundantes baños de masas, implacable censura, demagogia nacionalista, expansión de la revolución a otros países... No tengo noticia de quema de libros, pero todo llegará. Y la oposición que todavía tiene reaños para salir a la calle seguro que está a sueldo del príncipe de los demonios. Ya saben, alguien llamado Bush. Ridículo y trágico.
Venezuela sufre. Los venezolanos cada día que pasa están más atados de pies y manos. El pirómano sigue amordazando la libertad de prensa mientras se extiende el fuego de su desprecio. La personalidad de este señor sufre de una patología evidente. Su ego es más grande que su patria. Es más: él mismo es Venezuela. Todo aquel que no esté de acuerdo con él que se atenga a las consecuencias. Tiene su contundente guardia pretoriana, sus pistoleros a sueldo, sus adeptos.
El actual poder de un país que ha dado escritores como Andrés Bello, Rómulo Gallegos o Arturo Uslar Pietri ejerce la mordaza, y tiene ramalazos de secta. ¿Qué hace mientras tanto la diplomacia occidental? ¿Y España? ¿Contemporizar? ¿Mirar hacia otro lado? ¿Quizá todavía haya gobernantes democráticos que disculpan estos desmanes contra la libertad en pro de unos complejos comunes? Por lo visto los hay. ¡Qué vergüenza!
Sí, Venezuela sufre.

martes 29 de mayo de 2007

Nuestra realidad.

Será cosa del barómetro, pero hay días en los que uno está a punto de rendirse. Y te ves lejos de todo, caminando con otros pasos hacia un destino incierto. Un viaje por remotas tierras, otra vida, quizá en un tiempo sin tanta pompa nerviosa, donde las horas fueran una larga espera. Soñar la amistad de Pío Baroja en los primeros años de su casa de Vera. Ordenar su biblioteca, pasear por el monte, releer un libro sin ninguna prisa y templar las manos junto al fuego. Como uno más. Ya sé que es fantasía -¿es fantasía?-, pero escribirlo me calma. No crean, no es una huida lo que cuento. Es algo distinto, como una terapia del alma.
Aquí me asaltan cosas peores. Las dentelladas de una realidad que me deja exhausto. La radio de un taxi que expele las voces de un comentarista pegado al poder. Consigna, consigna. Un tal Carnicero (hay apellidos que retratan). La estampa de Pepe Blanco, dicen que político, aunque yo más bien lo veo como un vocero del trapicheo (otro apellido que se las trae). Y el sin par Zapatero, que es a la vez masón y masoquista, pelota de Fidel Castro y equilibrista, historiador apócrifo, gafe experimentado y presidente del gobierno de España. Yo tengo mis dudas sobre su verdadera obediencia. ¿Bebe los vientos por el bien de todos los españoles o pone más empeño en otros menesteres? Pregunto, pregunto: ¿ a quién debe obediencia Zapatero? ¿A la democracia -que tanto desgasta- o al compás y triángulo, a la constitución o al mandil?

Crítica literaria.

Plinio, en una de sus cartas, escribió lo que considero el fundamento de toda verdadera crítica literaria: Multum legere potius quam multa. Lee en profundidad, no en abundancia.
Hoy, la mayoría de los que escribimos o hablamos sobre libros, hacemos exactamente lo contrario. Por un primoroso prurito erudito, por motivos económicos, por curiosidad compulsiva o por algún tipo de patología libresca. Todo ello es comprensible -si lo sabré yo-, pero hacemos mal.
Procuraré enmendarme.

La misión de los intelectuales.



Creo que su misión en la sociedad es fundamental para un progreso real y coherente. Aportan ideas, capacidad de síntesis y de crítica, y amor a la verdad. En definitiva: educación. Pero me pregunto: ¿cumplen hoy los intelectuales con su misión, con su vocación de servicio, con su palabra? Veamos.

Por doquier hablan y hablan en interminable bullicio; acuciados unos por la vanidad, otros por el prurito de creerse indispensables, los más porque están a sueldo de una vida en exceso burguesa. Dicen que saben, que son profesionales, precedidos de títulos y dignidades. Pero uno, que no cesa de leer y de escuchar, de querer detectar el mínimo signo de excelencia, apenas encuentra en su voz algo que suene verdadero, que tenga la urdimbre del rigor y la belleza.

En cambio uno no deja de tropezarse con desvergonzados eufemismos, con una falta de imaginación que resulta desesperante, con medias verdades, con circunloquios sin fin, con un pensamiento de partido que se autoproclama independiente. Y lugares comunes, y vaguedades que se repiten hasta la saciedad. Porque lo mediocre dispone siempre de una mayor publicidad. La conclusión es clara: nada es lo que parece.

Bajo el fulgor de las portadas de sus libros; tras presentaciones, tertulias, afrodisíacos seminarios, conferencias, premios y cabriolas culturales sin fin, se ocultan cientos de falsos prestigios que deambulan por el ancho mundo sin ningún rubor. Burócratas de cátedras rutilantes evacuan su pensar más pendientes de la subvención que de la verdad.

Y huérfanos de sustancia nuestra inteligencia es mecida en la molicie de lo superficial. ¿Dónde los referentes, dónde los maestros? Sin embargo existen. Yo conozco algunos. Intelectuales de alma vigorosa que perseveran en su honestidad, que analizan con demora el núcleo del silencio. Como por ejemplo Jaime Siles, Olegario González de Cardedal, Jacobo Siruela, Antonio Colinas, Agustín Andreu, Antonio Pau, Juan Manuel de Prada o Pedro Antonio Urbina. Entre otros.

Hoy, no nos engañemos, la coherencia y el rigor se castigan muchas veces con el ninguneo más perverso. ¿Visión negativa? Más bien el testimonio de algo que es demasiado frecuente. “El progreso verdadero es la creciente intensidad con que percibimos media docena de misterios cardinales”, dejó escrito Ortega. Porque una cosa es creerse intelectual y otra muy distinta ser inteligente.

De lo que se trata, me parece a mí, es de ser un poco mejores. Y esa debiera ser la gran misión de los intelectuales: desbrozar el camino de la felicidad. Para ello debemos ser conscientes todos de que la inteligencia debe aplicarse más al estudio del alma. Con la sabiduría de la humildad y el magisterio del trabajo bien hecho. Esa y no otra es la pedagogía que España precisa. Con gran urgencia.




lunes 28 de mayo de 2007

Finalmusik.

Estupenda novela esta Finalmusik, de Justo Navarro (Anagrama). Reencuentro con la propia conciencia del narrador, su vida como versión -y conversión- de unos afectos que perfeccionan el misterio de la propia literatura. ¿Novela intelectual? Más bien novela elegíaca, donde la memoria es la propia redención del lenguaje en el tiempo. Con su metafísica, sus costumbres, su misterio, su escepticismo, sus lecturas y su traducción (y tradición) de la soledad en el diálogo con el lector. Y su esperanza de algo mejor. No, no es una novela fría, tras la exquisita consistencia de las palabras se esconde el alma de un gran escritor.
Recuerdo que en su novela F. escribió: "La literatura, según Ferrater, no trata de la experiencia, sino de la inexperiencia con que nos acercamos a los demás". Pues esa y no otra es la cadencia argumental de Finalmusik.
Estoy de enhorabuena. He leído un libro mayor. Sin paliativos.

Ánimas, espectros y fantasmas.

Asistí espectante al programa televisivo "Cuarto milenio". El plato fuerte era una entrevista con mi amiga María Vallejo-Nágera. El punto de partida su último libro: Entre el cielo y la tierra. Historias curiosas sobre el purgatorio (Planeta). La verdad es que la madrugada me pesaba. El sueño casi consigue que recogiera bártulos y me largara con viento fresco a apacentar mis sueños. Pero... la amistad tiene estas cosas. Y aguanté.
El joven presentador -no recuerdo su nombre y ni siquiera el apellido- lo hacía bien. Con ese punto de suspense y morbo, serio, en un plató a punto de fundirse en negro. María en su costumbre (a la que uno no llega nunca a acostumbrarse). Muy guapa, con el alma cada día más ágil de reflejos, intentando transmitir un poco del gran amor de Dios que atesora su sonrisa.
El programa iba avanzando y yo seguía reflexionando sobre la alegría de María. Era el centro de todo, imantaba sin remedio la mirada del espectador. Las ánimas del purgatorio iban y venían a su alrededor. Estoy seguro de ello. Agradecidas por su libro, que parece haber despertado el interés por la realidad de estas almas, tan fácil de trastocar en una frivolidad idiota o en una carcajada despreciativa. No sé los demás, pero yo percibía como María rezaba. Mientras sonreía y asistía atenta a la puesta en escena. Algo en claro había que sacar de todo aquello.
A mí, en aquella zigzagueante entrevista a María Vallejo-Nágera, lo que más me impresionó fue su silencio. Enmarcado -insisto- en una sonrisa que anda más cercana del cielo que de la tierra. Para beneficio de los que la tratamos.
Lo sobrenatural lo enhebra María en su libro con palabras de una gran naturalidad y sencillez. Y el lector lo agradece. En ningún momento resulta pretenciosa o pedante. Expone con una grácil piedad los hechos, pespunteados por una elegante prosa que arropa el testimonio de su fe. Y no otra cosa sucedió en su entrevista de "Cuarto milenio" por televisión.
María Vallejo-Nágera es de esas pocas personas que con sólo verlas -o escucharlas- logra que seas mejor. Lo escribo así porque es así. Es evidente que su fuerza no radica en la literatura, ni siquiera en su apellido. Su fuerza está en la Verdad de su amor, que ilumina cada uno de sus gestos en una espiritual fascinación.

domingo 27 de mayo de 2007

Ayer

Ayer día de partidos de los niños, alguna página leída y reunión festiva con un buen número de familias amigas. Personas todas muy educadas, de lustre universitario en su mayoría. Nadie hablaba de política. ¡Pásmense! Las conversaciones versaban sobre un denominador común: nuestros hijos. No tanto del aspecto académico como de su formación humana y espiritual. Virtudes, voluntad hacia la verdad, inquietudes sentimentales, sobriedad...

Estas asignaturas son, desde luego, lo más importante en el transcurrir colegial. Y se cursan sobre todo en la familia, y su "libro de texto" se va escribiendo a lo largo de cofianza con los padres: una siembra que exige mimo y tiempo, y que va dando sus frutos. Todo el conjunto conforma aquello que los padres más sensatos queremos: la bondad de nuestros hijos. Por encima de viajes a Oxford, matemáticas o un futuro éxito social. Una cosa no quita la otra, pero lo primero es lo primero, con un claro orden de jerarquía.

Lo que nos rodea no es fácil. Como dice Chateaubriand en sus Memorias de ultratumba (magníficamente editadas en español por la editorial Acantilado): "El cinismo de las costumbres, al anular el sentido moral, trae a la sociedad una especie de bárbaros". Algunos de ellos incluso legislan o gobiernan. Más adelante el autor francés dirá: "Liberándose de toda traba moral, no ha faltado quien ha soñado que se transformaba en hombre de Estado". Pues eso.

sábado 26 de mayo de 2007

Jornada de reflexión.

A veces pienso que la abstención o el voto de muchos se debe en exceso a un sentido muy negativo de la política. Aversión hacia los otros y muy poca ilusión por lo propio. Y de fondo un bien común que parece importar poco, así como un inmoderado deseo de poder no precisamente por parte de los mejores. ¿Qué hacer?

De mañana.

No hay nada mejor que comenzar el día leyendo a los poetas. Es una forma de plegaria, de ir perfilando el horario en su imprevisible alegría. Nada de remotas abstraciones, lo que quiero es su concreta maravilla. Aquello que me haga salir indemne de la indiferencia. Ser así más y más consciente de la ternura de la brisa que me abraza, de las olas de gracia que se derraman entre la hierba.

Leo a Jaime Siles, su Pasos en la nieve (Tusquets), tal vez el mejor poeta español vivo. Al menos de los dos o tres que más me interesan. "¿Qué queda de nosotros /qué acaba, qué germina?". También leo a Julio Martínez Mesanza. Su recién aparecido Entre el muro y el foso (Pre-textos).

viernes 25 de mayo de 2007

Campaña política.

Suele causar hartazgo, esa es la verdad. Un cerebro normalmente constituido no aguanta tanta soflama por mucho tiempo. Y lo peor es cuando se utiliza la demagogia como instrumento de captación. Hace unos minutos escuchaba por unos altavoces contumaces: "¡Hartos de tanta especulación!". ¿A qué especulación harán referencia? ¿A la del alma, que corroe sin remedio un cabal raciocinio?

El alma, un concepto que pasa por ñoño, pero sin el cual nos convertimos en rebaño. Una realidad que el hombre contemporáneo tiende a olvidar para eludir su propia conciencia.

En fin, voy a seguir leyendo la Vida de Rainer Maria Rilke, de Antonio Pau (Trotta), que refleja maravillosamente de lo que es capaz un hombre cuando es consciente de su propia alma. A los poetas les salva la palabra. A los políticos les condena.

viernes 25 de mayo. A VUELTAS CON LA FAMILIA.

44 años ya. Padre de tres hijos. Casi nada. Pero soy el hombre más feliz del mundo. Pese a los agobios de todo tipo no me cambiaría por nadie. Sí, es cierto que casi nada acompaña, que hay una presión social negativa, y que la felicidad se asocia casi exclusivamente al placer. Que la palabra sacrificio parece haber desaparecido del idioma, que nada es lo que parece, que cada uno va a lo suyo...

Todo esto es cierto, sí. Pero también es cierto que hay mucha gente buena -heróica diría yo-, y que el compromiso y la generosidad de tantos hacen posible que nuestra sociedad no se desmorone del todo.

Se me ocurre pensar (aunque no lo parezca viene a cuento) que la poesía no sólo se escribe o lee. La poesía -esa capacidad que tiene el hombre para dignificar y trascender su vida y la de los demás- se vive en la rutina de cada uno de nuestros días. Y la familia, cuando de verdad es familia, cuando su guía no es otro que el mutuo cariño (es decir, el sacrificio) se transforma en el más hondo y perfecto de los poemas.

Es difícilmente soportable la vida sin la familia. Como lo es sin la poesía, quintaesencia de nuestra humanidad. Una humanidad que quiere y debe proyectarse hacia la alegría.

Mientras tanto, sigamos viviendo, sigamos escuchando a los otros... Y sigamos leyendo. ¡Son tantos y tantos los libros! Su presencia forma también parte de mi felicidad. Una parte cada vez más importante. ¿Para qué negarlo?

Yo soy verdaderamente progresista





Porque quiero a mi mujer cada día más, y le soy fiel, y somos uno. Porque tengo tres hijos maravillosos que no me dejan vivir, pero que son mi vida. Porque procuro sonreír a pesar de mi creciente cansancio. Porque creo en Dios y soy cristiano y rezo todos los días. Porque me importan un carajo el qué dirán y las habladurías. Porque me gusta el cine de José Luis Garci. Porque la mentira me repele en toda la extensión de su extravío. Porque cada vez tengo más y mejores amigos, que me quieren por lo que soy y no por lo que tengo. Porque el dinero me importa lo imprescindible. Porque escribo lo que pienso, pero pensando lo que escribo. Porque he dejado de ver la televisión, cansado de dilapidar mi tiempo. Porque escribo en Catholic.net y en Religionenlibertad.com. y colaboro con Isabel Álvarez en su informativo de María+Visión.

Porque considero que el dolor y el sacrificio son la simiente de toda verdadera alegría. Porque mi conciencia no está a la venta. Porque sé que la poesía de Miguel d’Ors está muy por encima de las páginas del diario El País, y del segundo canal, y demás estúpidas vanidades. Porque soy radicalmente optimista. Porque creo en la vida, pero de verdad. Porque proclamo que la pena de muerte que es el aborto -como la incipiente eutanasia- es el más grande holocausto que asola a la humanidad. Porque por condenar los crímenes de Fidel Castro me llamaron en público fascista. Porque no recibo ninguna subvención pública. Porque la madre de Jesús de Nazaret es mi Madre.

Porque cuando contemplo la belleza de un atardecer se me ensancha el alma. Porque después de escribir todas estas verdades como puños, confieso estar todavía más enamorado de mi mujer que antes. Porque aprendo mucho de los niños, doctores en sencillez y cariño. Porque los poetas apadrinan mi existencia y me ayudan a resucitar cada mañana un poco. Porque lo imposible se hace realidad si abro los ojos. Porque me arrodillo todas las noches. Porque no sé vivir sin libros. Porque me gusta escuchar la voz de María Vallejo-Nágera o de Isabel Guerra. Porque creo en la dimensión eterna de todo lo que hago y digo. Porque lloro con frecuencia. Porque no me dejo llevar por las apariencias. Porque no me avergüenzo de ser español. Porque mis maestros me enseñaron que nada hay más ridículo que la soberbia. Porque estudio teología contemplando las hojas en su caída. Porque nada me es indiferente. Porque acabo de encontrar en mi agenda un papel de mi hija donde me escribe lo siguiente: “Papá te quiero un montón. Cada vez que leas esto te recordaré y hará que te sientas mejor. Sobre todo léelo en caso de apuro”.

Sí, soy progresista. Porque me han enseñado a querer y a amar a Dios, que es el combustible de todo verdadero progreso. Es decir, de mi felicidad.